Martes, 03 de septiembre de 2013

Si nos pusiéramos a enumerar la diversa cantidad de evangelios, el número sería muy alto. En realidad, hay tantos como la imaginación produzca. Tiene sentido el que Pablo haya advertido acerca de los que vendrían anunciando un evangelio diferente del que los apóstoles habían anunciado. La buena nueva de salvación ha sido dada al mundo en general, pero con destinatarios particulares. El evangelista no conoce quién es el elegido de Dios, pero sabe que habrá fruto en su predicación, ya que la palabra enviada no regresa vacía, sino que cumple el propósito por el cual fue enviada.

Conviene señalar que existen características comunes dentro de la gama de los evangelios diferentes. Todos ellos muestran a un Cristo hecho a la medida de las aspiraciones humanas. Tal vez hay cosas en la Biblia acerca de la doctrina enseñada por Jesús que no gustan del todo, pero la solución a esa palabra dura de oír puede ser la re-interpretación de lo dicho. Una nueva lectura que busque el acomodo semántico y acople el segmento doctrinal con una ideología que satisfaga puede dar inicio a un nuevo evangelio.

Una de las proposiciones que más molesta es la que contiene la idea de la expiación limitada. Esto hierve la sangre de Roma junto con la de Arminio, y de inmediato se escucha el gruñido desde las sinagogas de Satanás, abogando por una transformación cónsona con un Cristo más humanista. Surge de esta manera el antropo-evangelio como modelo subyacente de los evangelios diferentes. Los de vieja data ven en María a una corredentora, una madre sufriente que manipula al hijo y lo convence por la vía del complejo edípico de mostrarse más complaciente con los que ruegan en su nombre. El hijo cumple los deseos de la madre, que al parecer son contrarios a sus propios deseos, pero los afectos a María hacen sus ruegos para que la buena madre los haga llegar ante el hijo. La iglesia católica tiene un historial teológico en torno a esta falacia que sirve de ilación dentro de su evangelio diferente.

La iglesia arminiana (dentro del campo de los evangélicos) también apela a la teología antropológica; para ello ha elaborado la tesis de la expiación universal mediante la cual Dios quiere salvar a todos los pecadores, aunque depende de la buena voluntad de cada ser humano. Toma prestado de Roma la tesis del libre albedrío e insiste en que la salvación es un trabajo conjunto entre Dios y el hombre. Dios ha hecho su parte, suele decir, ahora le toca al hombre hacer la suya.

Son diversas las estrategias empleadas para persuadir a la audiencia, para convencerla de acudir al perdón ofrecido. Con cánticos suaves, gente que suplica, variaciones en el todo de voz de los predicadores, más la insistencia del orador anunciando que tal vez mañana no habrá lugar, se manipula la psiquis colectiva de los que visitan la congregación. Ayuda también el tomar sus nombres y direcciones para hacerles la visita personalizada y estimularlos a levantar la mano por Cristo. Lo que sigue es catequesis, adoctrinamiento según las líneas del evangelio diferente.

Aquellos textos de la Biblia que incomodan son dejados de lado, son re-interpretados a la usanza de la iglesia de Roma, diciendo que son difíciles de entender. En cuanto a la predestinación argumentan el conocimiento previo de Dios, que Dios predestinó gracias a que vio el futuro en las mentes de los hombres, de manera que incluyó como elegidos a aquellos que vio que se decidirían por Él.

EL INFIERNO

Esta aterradora doctrina avergüenza a los que anuncian el evangelio diferente, por lo cual la han suavizado con la idea de que más que un lugar de tormento es una simple aniquilación total. Otros aducen que el infierno es la ausencia de Dios, pero no necesariamente un castigo eterno. Un Dios de amor no puede identificarse con un castigo que no termina, donde el gusano no muere ni la llama se apaga. Además, jamás podría existir tal amor si el mismo Dios fue quien eligió a unos para vida eterna y a otros para permanente condenación. Fue el gran predicador protestante del siglo XIX, apodado el príncipe de los predicadores, Spurgeon, quien en su sermón titulado Jacob y Esaú desarrolló la tesis de que el abjuraría de un Dios que pusiera ante sus mismos pies la sangre de Esaú. En otros términos, Dios predestinó a Jacob para vida eterna, pero Esaú se predestinó a sí mismo para la eterna condenación. Tal absurdo lógico y teológico fue suscrito por el célebre predicador inglés tan aclamado hoy día en los círculos calvinistas.

Curiosamente, teniendo el texto de Romanos 9 en sus manos fue capaz de saltarse una línea para cometer tal aberración teológica. Fue el Espíritu Santo quien inspiró a Pablo para que escribiera el texto completo, de manera que no es honesto obviar una línea para que el sermón parezca más acorde con el antropocentrismo.  Dice Romanos 9:11 lo siguiente: (pues no habían aún nacido, ni habían hecho aún ni bien ni mal, para que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese, no por las obras sino por el que llama), de manera que tanto Jacob como Esaú fueron escogidos para destinos diferentes por un ente activo que es Dios. Dice el texto que Jacob no había aún nacido ni hecho ni bien ni mal para que Dios lo hubiese escogido conforme a su propio propósito (el de la elección y el del que llama); pero Spurgeon obvia la segunda parte referida a Esaú y declara que se perdió porque quiso, porque vendió su primogenitura, porque fue negligente. Pero eso no es lo que dijo el Espíritu a través de Pablo, como lo muestra el verso citado, pues tampoco Esaú había aún nacido, ni había hecho ni bien ni mal, para que el propósito de Dios en relación a la elección y al llamado permaneciese. En otros términos, Dios eligió a Esaú y lo llamó como vaso de ira para el día de la ira de acuerdo a su soberano propósito eterno, no de acuerdo a la negligencia mostrada ni a que vendería su primogenitura. Más bien, Esaú vendió la primogenitura y se mostró negligente porque fue apartado antes de nacer (y de hacer bien o mal) para ser un vaso de deshonra.

Por esta razón expuesta en Romanos 9, el Espíritu levanta al objetor como figura retórica, para que valide su argumento con su pregunta: ¿Qué, pues, diremos? ¿Que hay injusticia en Dios? En ninguna manera (verso 14). El objetor pregunta y el Espíritu responde de inmediato: en ninguna manera. Spurgeon se preguntó si Dios ejerció influencia sobre Esaú para hacer lo que hizo, y se respondió a sí mismo diciendo: Ni Dios lo quiera. Con esto coincide con Roma en la tesis del libre albedrío, pues por su libero arbitrio Esaú vendió la primogenitura y Dios no ejerció su soberanía al respecto. Pero ¿qué dice la Escritura que sea distinto a lo dicho por Spurgeon? Ya el texto fue expuesto, mas traigámoslo de nuevo: (pues no habían aún nacido, ni habían hecho aún ni bien ni mal, para que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese, no por las obras sino por el que llama). Vemos que el Espíritu se refiere en plural a los dos hermanos, que no habían aún nacido, ni habían hecho aún ni bien ni mal; de manera que Dios se atribuye el destino de Jacob así como el de Esaú. Sin embargo, al gran teólogo del siglo XIX le salió por las venas su reverencia a su archirival John Wesley, a quien había comparado con un apóstol y de quien él mismo no era digno de desatar su calzado (en plagio a la frase dicha por Juan el Bautista en referencia a Jesús); en efecto, la guinda de la torta la colocó Spurgeon cuando exclamó en su sermón: Mi alma se rebela ante la idea de una doctrina que pone la sangre del alma del hombre a la puerta de Dios. No puedo concebir cómo unas mentes humanas, al menos unas mentes cristianas, puedan sostener una blasfemia de ese tipo.

Fijémonos en lo que dijo: que su alma se rebelaba ante la idea de la doctrina de la predestinación para la muerte eterna. Lo que estaba el Espíritu diciendo en el texto, que él manipuló en su sermón, lo llamó blasfemia. El se declaró más puro que el Espíritu Santo, pues dijo que no podía sostener tal doctrina por declararla una blasfemia. Pero el texto bíblico es claro, el Espíritu dijo que en efecto Dios se encargó del destino de Esaú aún antes de que hiciese bien o mal. De manera que no fue por negligencia de Esaú que vendió la primogenitura, sino porque Dios lo destinó para tal fin. Y recordemos el refuerzo argumentativo del Espíritu, al preguntar retóricamente a través del objetor si hay injusticia en Dios. ¿Por qué sería Dios injusto, si Esaú fue condenado por su propia negligencia? La pregunta no tendría sentido hacerla; pero está hecha de tal manera para resaltar el argumento de que Dios es el que ha creado los destinos de los hombres de acuerdo a su beneplácito, no de acuerdo al bien o al mal que los hombres harían. Si esa es una palabra dura de oír, entonces sucede igual que con aquellos discípulos que se molestaron y murmuraron cuando Jesús les dijo que nadie podía ir a él a no ser que el Padre lo llevara hacia él (Juan 6).

EN RESUMEN

Noel Smith fue un predicador que se atrevió a decir que el infierno es un monumento al fracaso de Dios en salvar a las personas que van allá; de igual forma, hay muchos seguidores de semejante doctrina. La gran mayoría de los evangélicos creen en una expiación universal, para toda la humanidad. Es indudable que éstos no entienden la expiación, ya que si Jesucristo representó a todos los seres humanos en la cruz, si pagó por sus pecados, si los pacificó con el Padre, si intercede por ellos en la actualidad, no se entiende cómo muchos son los que se pierden. Tampoco se entiende por qué razón no rogó por ellos en el Getsemaní, la noche antes de su crucifixión, cuando específicamente dijo: No ruego por el mundo (Juan 17:9).

Uno debe preguntarse cuál fue el evangelio predicado por Pablo y los demás apóstoles, pues él nos advirtió acerca del evangelio diferente del que él había llevado. En el capítulo uno del libro de los Gálatas, el apóstol habló de Jesucristo, quien se hubo entregado por el pecado de nosotros (hablaba con la iglesia, por lo tanto no se refirió a los pecados de toda la humanidad; -verso 4); en los versos del seis al ocho menciona el asunto del evangelio diferente, al cual llama anatema. El explica que no hay otro evangelio, pero sí hay perturbadores que intentan pervertir el evangelio de Cristo. El apóstol estuvo sorprendido por la cantidad de evangelios que en su época circulaban en forma escrita en las iglesias; la historia de los apócrifos señala que hay alrededor de 70 evangelios que fueron leídos y citados por algunos supuestos creyentes.

En algunos de estos evangelios se enfatizaba en la necesidad de la circuncisión y la sujeción a la ley de Moisés. Esto no era más que salvación por obras, como el mismo Pablo lo explicó, que por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de Dios; más bien, el que no obra, sino cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia (Romanos 4:3 y 3:20).

El apóstol estaba muy confiado en que había predicado el verdadero y único evangelio, por eso aclaró que no había otro evangelio sino gente perturbadora que intentaba pervertir la verdad enseñada. ¿Y qué fue lo que enseñó Pablo? Hemos leído en todas sus cartas el énfasis colocado en la predestinación de Dios, no solamente de los que se salvan sino también de los que se pierden. En cada epístola expuso la doctrina de la soberanía absoluta de Dios, enfatizó en la fe sobre las obras y recalcó que por obras nadie se puede salvar. De manera que Pablo jamás supuso que el hombre podía colaborar en su propia salvación; más bien encomendó a Timoteo a ocuparse de la doctrina aprendida, pues de esta manera se ayudaba a salvar a sí mismo y a otros. ¿Salvar de qué o de quiénes? De los perturbadores y de la perversión del evangelio.

La doctrina es el cuerpo de enseñanza que constituye la parte vital de la información dada. No se trata jamás de colocar la enseñanza por un lado y la fe por otro lado, sino que la misma fe viene por el oír la palabra (doctrina, enseñanza) de Cristo.

La maldición (el anatema) se levanta contra todo aquel que pretenda perturbar a la grey y pervertir el evangelio de Cristo. No hay nada más opuesto que la libre justificación por la fe que nos ha sido dada y la justificación por las obras de la ley del evangelio diferente. La misma fe es un don o regalo de Dios (Efesios 2:8), pero no a todos la ha dado Dios  (2 Tesalonicenses 3:2). Vemos que estos versos señalados fueron también escritos por el mismo apóstol que le escribe a los Gálatas acerca del evangelio único que él predicó y que anunciaron los demás apóstoles, de manera que quienes pervierten el evangelio de Cristo agregándole que todos pueden tener fe, y que la fe es una obra que el ser humano aporta en su salvación, han de ser llamados anatemas, esto es, malditos.

Todo aquel que intenta perturbar a la grey de Dios diciéndole que la salvación se puede perder, debe ser llamado anatema; asimismo, todo aquel que pervierte el evangelio al decir que Dios predestinó en base a que vio el futuro en la mente y en el corazón humano, y escogió a quienes le iban a aceptar, están negando que el Señor ha dicho que no hay justo ni aún uno, que no hay quien busque a Dios, ni quien haga lo bueno. Decidirse por Dios es hacer lo bueno, pero no hay ni uno solo que lo haga motu proprio. ¿Hemos de creerle a los perturbadores que pervierten el evangelio, o al evangelio de Pablo y de los demás apóstoles?

Lázaro estuvo muerto y hedía, pero el Señor le ordenó a salir fuera, y no le fue requerido al muerto si consentía en vivir. Tampoco Dios le pregunta al hombre si quiere ser libre, simplemente llama eficazmente a los que amó, que son los mismos que predestinó para que fuesen hechos conforme a la imagen de su Hijo, que son los mismos que justificó y glorificó. Decir lo contrario es pretender argumentar en contra de la gracia irresistible; quien tal haga es llamado anatema por el Espíritu Santo que fue quien inspiró las palabras del apóstol.

El verdadero evangelio nos enseña a decir que si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros?

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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