Domingo, 01 de septiembre de 2013

El evangelio incluye la expiación que Jesucristo hizo por su pueblo (Mateo 1:21); de lo contrario no sería una buena noticia para los escogidos por el Padre desde antes de la fundación del mundo. El mandato de Jesús de ir por todo el mundo y predicar el evangelio presupone que quien cree es porque ha sido escogido desde antes, y presupone también que el creyente tiene que discernir lo que cree.

En otros términos, no es posible creer e ignorar la persona y el trabajo de Jesucristo. Pablo dijo: Yo sé en quién he creído (2 Timoteo 1:12), de manera que saber o conocer van de la mano de creer. Cualquiera pudiera argumentar que acá hablamos de una obra causal que genera la fe, pero lejos esté tal pensamiento. No hay tal cosa como conocer y saber para llegar a creer; sin embargo, ambas acciones verbales van ligadas con el acto de creer.

En este punto conviene reflexionar acerca de quién es el que produce el nuevo nacimiento. Quién es el que pone el corazón de carne en el lugar del corazón de piedra. Sabemos que ambas actividades refieren a un mismo objeto y son realizadas por un Ser sobrenatural, esto es: el Padre y el Espíritu. Ezequiel 36:26 dice así:  Y os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne. Y Jesucristo le dijo a Nicodemo lo siguiente: Es necesario nacer de nuevo...lo que es nacido del Espíritu, espíritu es (Juan 3: 1-8).

Recordemos que Juan el Bautista, cuando estaba en el vientre de su madre Elisabeth, se movió y saltó en reconocimiento del Hijo de Dios (Lucas 1: 41). Este acto operativo fue realizado por el Espíritu Santo, quien hubo llenado a Elisabeth y la llevó a proferir las célebres palabras: Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre. Un feto de seis meses fue capaz de conocer y reconocer la presencia del Hijo de Dios, gracias al Espíritu Santo.

Si Juan el Bautista pudo manifestar este reconocimiento, el ladrón en la cruz también pudo reconocer a Jesucristo, y saber del beneficio de su obra que terminaba ese día, por lo cual clamó: Señor, acuérdate de mí, cuando vengas en tu reino. El ladrón supo que estaba frente al señorío de Cristo, que el Señor padecía injustamente -el justo por los injustos-, que regresaría a la tierra a establecer su reino. Supo que ese Jesús realizaba un sacrificio expiatorio por sus pecados, por lo cual fue movido por el Espíritu Santo a decir las palabras pronunciadas. No se puede hablar de ignorancia en ese ladrón, como tampoco en el feto de seis meses de Juan el Bautista. El bebé tenía espíritu y el ladrón también, y a ambos les fue manifestado por el Espíritu de Dios el conocimiento de quién era el Mesías y cuál era su función.

El llegar a conocer el evangelio y la expiación es un acto que se hace posible por el Espíritu de Dios. Por supuesto, nosotros hemos sido comisionados para el anuncio de esta buena noticia, pero lo que el Espíritu no obra queda estéril. En el caso específico de Juan, el Espíritu quiso operar de esa forma, de acuerdo a la enseñanza dada a Nicodemo: El viento sopla donde quiere, y oyes su sonido, pero no sabes de dónde viene ni adónde va; así es todo aquel que es nacido del Espíritu (Juan 3:8). El ladrón en la cruz pudo haber tenido información previa mientras estuvo en la cárcel; la actividad realizada por el Mesías durante su ministerio fue un hecho público y notorio. Pero el otro ladrón de seguro había escuchado lo mismo, al igual que Barrabás; sin embargo, no se dice que estos dos ladrones se hayan humillado ante la presencia del Señor. Solamente uno de los tres malhechores mencionados acudió a él en humildad, se reconoció a sí mismo como merecedor del castigo, supo que Jesús padecía inocentemente (como el Cordero sacrificado), entendió en su espíritu nuevo y gracias a su nuevo corazón que Jesús era el Señor y que lo que hacía era en su beneficio.

Es de hacer notar que ese conocimiento acerca del evangelio y la expiación lo da el mismo Espíritu; la mayoría de las veces lo hace a partir de las enseñanzas que anunciamos en la predicación del evangelio; pero como Jesús dijo, el Espíritu es como el viento, que no sabemos de dónde viene ni adónde va, en ocasiones actúa como lo hizo con Juan o como lo hizo con el ladrón en la cruz. ¿Había escuchado Juan a su madre Elisabeth hablar acerca del Mesías? De seguro que sí; ella era la esposa de un sacerdote del Antiguo Testamento. Hoy día la ciencia nos ha mostrado que los fetos son capaces de escuchar lo que se dice en su presencia, que la buena música los calma y los sonidos estridentes los excita.

Lo que deseamos resaltar es que nadie puede excusar el creer otro evangelio por el solo hecho de argumentar que el ladrón en la cruz fue un ignorante de la obra de Jesús. La ignorancia acerca de la persona y el trabajo de Cristo es pretexto para creer otro evangelio, pero no excusa del deber ser ordenado: arrepentirse y creer en el evangelio. Arrepentirse implica un cambio de mentalidad respecto a quién es uno (un transgresor de la ley de Dios) y de quién es Dios; esto implica reconocer que la humanidad se ha forjado una imagen falsa de la Divinidad y que ha estado creyendo en un falso dios. Creer en el evangelio apunta a reconocer la persona y la obra de Jesucristo, quien vino a morir por su pueblo (Mateo 1:21) y a expiar el pecado de muchos (Isaías 53:12), los cuales están incluidos en un mismo grupo y han sido llamados sus amigos (Juan 15:13), su iglesia (Efesios 5:25 y Hechos 20:28), sus ovejas (Juan 10:11).

Mal puede un evangelio diferente pretender asirse de una doctrina contraria a la enseñada por las Escrituras. No vino Cristo a morir por toda la humanidad, ni vino a salvar a cada uno de los miembros de la raza humana, sino que vino por su pueblo para representarlo en la cruz y expiar toda su culpa. Judas es un ejemplo claro de que Jesús no vino a morir por todos, tampoco el otro ladrón en la cruz que se burló de él, mucho menos lo será el Anticristo -el hombre de pecado-, ni los réprobos en cuanto a fe, de los cuales la condenación no se tarda (2 Pedro 2:1-3; 2 Timoteo 3:13; Judas 4). Jesús no murió por los que Dios escogió para eterna perdición, como también relata el libro de Apocalipsis 13:8 y 17:8, hombres cuyos corazones Dios alentó para que le dieran el dominio y el honor a la bestia. Por esa razón, porque Dios es lógico, y el Verbo de Dios no es contradictorio, Jesucristo la noche antes de su crucifixión oró al Padre pidiéndole por sus escogidos, pero específicamente nos enseñó a través de esa intercesión que él no pedía por el mundo (Juan 17:9). Mal pueden los miembros del evangelio diferente pretender enseñar como doctrina bíblica el hecho de que Jesús haya muerto por todos sin excepción. No hubo expiación universal, sino expiación absoluta; esto es, hubo el perdón total de los pecados del pueblo escogido por Dios desde antes de la fundación del mundo, según el beneplácito de su voluntad (Efesios 1: 4-11).

Jesucristo dijo que Dios puede levantar hijos de Abraham de unas piedras. Con esto quiso decirle a los judíos que el poder de Dios es ilimitado y que no conviene tener la mira en asuntos de genealogía. Pero lo que nunca dijo fue que la mentira nos haría libres. Al contrario, solamente la doctrina verdadera tiene la capacidad de liberar de la atadura de la mentira (Juan 8:32). El evangelio diferente es llamado anatema, de igual forma todo aquel que lo pregona. ¿Acaso tendrán un tratamiento distinto los que lo creen? Por algo ha sido recomendado a examinar las Escrituras, para verificar si lo que se habla en nombre de Dios es verdad o es una mezcla de verdad y mentira. La vida eterna merece el estudio enjundioso de la Biblia.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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