S?bado, 17 de agosto de 2013

Se nos encomienda a estar siempre gozosos, nunca preocupados ni por el pasado ni por el futuro. Buscar el reino de Dios y su justicia es la premisa fundamental con una consecuencia ejemplar para nuestras mentes: todas las cosas nos serán añadidas. No pensemos en las cosas que nos preocupan, señala el griego bíblico; antes bien, ocupémonos en servir y glorificar a Dios. La preocupación es el pecado que el creyente comete más a menudo, pues puede definirse como no creerle a Dios. Una cosa es creer en Él y otra muy distinta es creer lo que nos dice.

Pensar en lo que nos preocupa (o preocuparnos) mata la esperanza y la certeza de que Dios está a cargo de cada circunstancia de nuestra vida, así como del universo. No hay posibilidad de descuido para un Dios absolutamente soberano. Hay una escena muy gráfica en el evangelio, cuando un día los discípulos iban con Jesús en una barca. Una gran tempestad caía desde las nubes y la pequeña nave era mecida por el agua embravecida, con el peligro de voltearse. El Señor dormía profundamente, pero los discípulos estaban muy asustados. Al parecer tenían razones de sobra para preocuparse, y dando voces clamaron diciendo: ¿Maestro, no tienes cuidado que perecemos? (Marcos 4:38). Otras versiones traducen un poco distinto pero con la misma esencia: despierta, que perecemos.

Ya conocemos que Jesús también dijo que todo lo que pidiésemos al Padre en su nombre nos lo daría, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. En esta oportunidad se lo pidieron a él directamente y no hubo una respuesta contraria, pues él y el Padre uno son. La gran tempestad levantada podía en realidad voltear a la barca, pero el Señor dormía tranquilamente. A los ojos de los discípulos este pudiera ser un momento de negligencia de su Maestro; quedarse dormido en medio de una tempestad. La cultura nos ha enseñado con esmero a estar preocupados y a participar en conversaciones inútiles que cargan de ansiedad nuestras mentes. A través de las pláticas innecesarias pensamos las distintas perspectivas en que el mal que nos asecha puede cobrarse una victoria. Esta enseñanza viene respaldada por un gran método, Hollywood y sus presentaciones catastróficas en las muy variadas circunstancias de la vida.

Los homicidas entran a la casa en una noche tenebrosa, acosan a una mujer solitaria que intenta defenderse, pero la fuerza bruta del enemigo vence. Un coche a gran velocidad arremete contra un peatón, la policía atraviesa con sus balas a un ladrón que huye de una joyería. Golpes en un bar, peleas callejeras y drogadicción en un edificio colmado de jóvenes inmigrantes. Estos hechos cautivan y desarrollan el morbo, pero también ocupan nuestra mente con elementos preocupantes. De esta forma nuestra paz se desvanece y lo que es peor, el Maestro del evangelio no aparece en ninguna de las escenas. Al contrario, se escuchan maldiciones en los personajes del reparto y sus voces quedan grabadas como si nuestro cerebro fuese cera.

Alguien puede todavía objetar y añadir que lo que Hollywood nos muestra son escenas de la vida real, al igual que los ataques en una guerra. Acá no se pretende decir que eso sea una mentira, o que debemos tener una actitud evasiva frente a tales hechos. Lo que recordamos es el mandato bíblico: no tener tales pensamientos de preocupación. Aquello que los discípulos vivieron en la barca era también real, con una enseñanza que nos levanta el ánimo. Jesús se levantó e increpó al mar y hubo grande bonanza. También el Señor les dijo a ellos: ¿Por qué estáis así amedrentados? ¿Cómo no tenéis fe? (Marcos 4:40). Sin negar la realidad adversa, Jesús les mostró de igual forma una realidad de paz, pues su mente no estuvo centrada jamás en las preocupaciones sino en el poder superior que todo lo domina. El es el Jehová que salva (tal es el significado de su nombre Jesús), por lo tanto es el gran Yo soy, el mismo que hace que todo sea posible.

Aprendemos de este texto la gran dificultad humana en no dejarse atrapar por la preocupación, muy a pesar de que en aquel momento los discípulos andaban con el Señor y no existían los medios de comunicación que han secuestrado nuestra forma de pensar, que la han estructurado hasta torcerla y hacernos especialistas en el pensamiento negativo. Lo que el impío teme, eso le vendrá (Proverbios 10:24), pero la otra parte del verso dice algo también verdadero: y el deseo de los justos les será concedido. Ciertamente una cosa acontece a los que no son hijos de Dios y otra muy distinta a los que hemos sido justificados. Más allá de que vivamos en circunstancias parecidas, existe diferencia. El temor del impío lo arropa, por eso Hollywood tiene tanto éxito en el secuestro de las mentes; pero la paz del justo lo cobija (lo que Hollywood no puede hacer).

Jesús en la barca enseñó esa parte de la verdad, el no tener que preocuparnos por nada, ni siquiera por la tempestad en medio del mar. Pablo nos recomienda orar en medio de las dificultades bajo la promesa de que la paz de Dios que sobrepasa todo entendimiento, guardará nuestros corazones y pensamientos en Cristo Jesús. Precisamente la clave radica en que la paz de Dios sobrepasa todo entendimiento, incluso la comprensión del peligro inminente. ¿Cómo hacerlo o cómo lograrlo? No podemos mientras nuestras mentes estén secuestradas por Hollywood, o por los titulares de la prensa, o por lo que dicen los narradores de noticias. Tampoco podemos si escuchamos a nuestros vecinos en sus quejas cotidianas acerca de la escasez, o del alto costo de la vida, o de los peligros que les acechan. Nosotros valemos más que las aves y aún ellas son alimentadas sin trabajar, también están contados los cabellos de nuestra cabeza (y no entendemos para qué sirve eso, cosa que jamás hemos hecho) y eso a Dios le importa. Con esto declarado en las Escrituras podemos recuperar la confianza que un día tuvimos en Él; podemos empezar a liberarnos de la cautividad de nuestra mente y dejar de amar el mundo y sus falsas percepciones de la vida.

La mejor forma de triunfar sobre las preocupaciones es dejar de pensar en lo que nos preocupa, así de simple. Ese es el consejo del Nuevo Testamento, no pensar en lo que es locura para el mundo, en lo que el impío teme: No tenga ningún pensamiento sobre lo que debe comer, vestir o beber (Mateo 6:31). No hay otra recomendación para curarnos del mal hábito de la preocupación; antes bien, pensemos en el reino de Dios y su justicia. Ocuparse con profundo deseo en el reino de Dios equivale a hacer un complot contra la vida que el impío nos ha mostrado, y esto es una gran lucha a la que debemos habituarnos. Una vez que practicamos este estilo de vida podemos dormir en medio de la tormenta.

Haga memoria de lo que ha acontecido durante años en su vida; haga la práctica de escribir solamente lo que escucha en un día en la calle o en la casa en medio de la impiedad en que vive la gente. Busque el resultado en la noche, saque las cuentas de lo que ha podido registrar en un solo día de camino y comprenderá que ha sido educado una vez más acerca de cómo angustiarse y preocuparse neciamente. Con eso en mano propóngase el complot contra lo que fue aprendido y libérese de ese secuestro que han hecho de su mente: ocúpese de la adoración de Dios, piense en ese reino maravilloso del Dios soberano que controla todas las circunstancias, aún las tormentas reales que se levantan en el mar. Usted no vive para el cuerpo, sino que debe presentarlo en sacrificio vivo ante Dios, pues para usted el vivir es Cristo.

David supo desde muy temprano que existía una gran diferencia entre los ejércitos del Dios viviente de Israel y el filisteo incircunciso (Goliat), por lo cual tomó fuerzas de ese pensamiento y salió a la batalla hasta derrotar a ese guerrero que asustaba a los israelitas. Cuando entendamos la diferencia que existe entre lo que Dios ha hecho en nosotros y lo que ha hecho en los que ha endurecido, entonces podemos salir libres del secuestro de nuestra mente. Tú guardarás en completa paz a aquel cuyo pensamiento en ti persevera; porque en ti ha confiado (Isaías 26:3). Conocer la verdad nos hará libres, incluso de la locura del mundo y sus preocupaciones. La preocupación quiebra la confianza, la confianza disipa la preocupación.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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