Martes, 13 de agosto de 2013

El capítulo 24 del libro del Génesis ejemplifica con un relato la excelencia de la providencia de Dios. Como autor de la primera causa, el Señor creador de todo cuanto existe es también el hacedor de las segundas causas. No hay nada fuera de su mano, sea bueno o sea malo. Ya lo había afirmado el profeta Jeremías: que no hay nadie que diga que sucedió algo que el Señor no haya mandado (Lamentaciones 3:37).

El anciano Abraham se ocupó hasta de con quién debía casarse su hijo Isaac. Para ello encomendó a su mayor sirviente una tarea apoteósica, en la que tendría que abocarse con exactitud. Su criado debía ir a la tierra de Abraham y a su parentela a buscar una mujer para su hijo, basado en el hecho de que Jehová le había prometido que a su descendencia le daría la tierra prometida. Al mismo tiempo, por medio de su confianza en el Dios que lo había llamado, pudo asegurarle al criado que el Dios de los cielos enviaría a su ángel delante de él para acometer la tarea.

Otro elemento que entraba a reforzar la célebre fe de Abraham era el hecho de que Dios le había bendecido en todo. Pero a medida en que el Patriarca hablaba, el criado dudaba: quizá la mujer no querrá venir en pos de mí a esta tierra (Génesis 24:5); a esta duda siguió una posible salida propuesta por el que debía cumplir la encomienda: ¿Volveré, pues, tu hijo a la tierra de donde saliste? Es interesante que cuando hay duda siempre existen planes B; al contrario, la fe apunta con una sola flecha al objetivo preciso. La respuesta de Abraham fue muy exacta: Guárdate que no vuelvas a mi hijo allá. Si Isaac se volvía a la tierra de donde era Abraham, de seguro que se asentaría en esos lados con su mujer y estorbaría el propósito de Dios (al menos desde la perspectiva histórica). Pero el que había recibido la promesa no era el criado, sino el padre de Isaac, llamado también padre de multitudes, y padre de la fe.

De todas formas hubo elegancia en el hablar de Abraham, pues no impuso por la fuerza el que la mujer viniera con el criado, sino que más bien éste quedaría libre de la promesa si ella se rehusaba a venir con él; lo único que le encarecía de nuevo era que no volviera a su hijo a esa tierra, pues debía cumplir con el designio divino.

EL CRIADO

Este hombre elevó una oración al Dios de su señor Abraham, pidiendo por señal el tener un feliz encuentro junto a la fuente de agua, donde las mujeres salían con sus cántaros a proveerse del vital líquido. Le pidió a Dios que a la doncella a quien dijere Baja tu cántaro para que yo beba, si respondiere: Bebe, y también daré de beber a tus camellos, fuese la mujer indicada. De esta forma reconocería el siervo que Jehová había hecho misericordia con su señor.

Por supuesto, si Dios era el autor de la causa primaria -el hecho de proveerle una mujer a Isaac- lo sería también de las causas secundarias -responderle al criado con la señal demandada. De esta forma el sirviente de Abraham también probaba su fe. Hay muchas maneras de enfrentarse a los problemas diarios de la vida, no siempre se acomete con el deber pidiendo señales específicas a Dios, pero en este caso el criado actuó de esa manera y le fue de maravilla.

Nosotros debemos estar pendientes de la providencia de Dios, pues lo más seguro es que si somos encomendados a realizar alguna actividad específica también tendremos la provisión adecuada de parte del Señor de todo cuanto existe. De Jehová es la tierra y su plenitud; el mundo y los que en él habitan (Salmo 24:1); con esto en mente tenemos por cierto el conjunto de providencias que nos acompañarán en el camino durante nuestras jornadas. Nuestra segura actividad es vivir en plenitud, con gozo, colmados de esperanza; por lo tanto tendremos la provisión necesaria para saciar esa necesidad vital sembrada por Dios mismo.

El criado no se quedó quieto, sino que corrió hacia Rebeca y le rogó que le diera de beber un poco de agua de su cántaro. Corrió porque la vio hermosa y pensó que era la ideal para su señor. Ella respondió de acuerdo a la señal que el sirviente había demandado,  y el hombre quedó maravillado -ya no solamente por la belleza de la mujer sino por la respuesta del Dios de Abraham. Cuando verificó a qué familia pertenecía se dio cuenta de que era la mujer indicada, se inclinó y adoró a Jehová porque no apartó de Abraham su misericordia y su verdad, y porque lo había guiado por el camino correcto a casa de los hermanos de su señor.

El resto de la historia es ampliamente conocida; después de posar una noche en la casa de los padres de Rebeca, partieron al día siguiente de regreso hasta que Isaac la pudo divisar a la distancia y hombre y mujer se miraron y quedaron prendados uno del otro. Isaac la desposó y continuó cumpliendo el designio del Dios que todo lo provee.

En la Biblia también leemos que si Dios no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará con él también todas las cosas? Anexa igualmente que Dios nos suplirá de acuerdo a sus riquezas en gloria, que la bendición que añade consiste en riquezas sin tristeza, en regalos espirituales, en la comunión continua con nosotros.

Dios es lógico y de igual forma es veraz; si ha prometido estar con nosotros todos los días hasta el fin del mundo, así lo hará. Él no es un dios esquizoide, prometedor e incapaz al mismo tiempo; al contrario, es Todopoderoso (El Shaddai), capaz de proveer para cada necesidad puntual que tengamos. Al igual que el criado de Abraham, nosotros nos inclinaremos para adorar al Dios de la providencia. Fue Jesús quien aseguró lo siguiente: Y todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, esto haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si algo pidiereis en mi nombre, yo lo haré (Juan 14: 13-14). Vale la pena probar al Dios de la providencia.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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