Martes, 13 de agosto de 2013

Y si por gracia, ya no es por obras; de otra manera la gracia ya no es gracia. Y si por obras, ya no es gracia; de otra manera la obra ya no es obra. El teólogo cristiano (cualquier creyente) ha de tener en cuenta esta premisa mayor esgrimida por Pablo. Si es por gracia, entonces no es por obras. Más bien de esta forma: Todo lo que es por gracia no es por obras. Su lado opuesto o por argumento a contrario sensu sería: Todo lo que es por obras no es por gracia. Estos son los dos lados de la misma moneda: gracia y no obras, obras y no gracia.

Los dos conceptos son excluyentes en la mente del apóstol y en la mente del Espíritu quien lo ha inspirado a escribir. El sentido monergístico de la salvación queda patente en esta sentencia del Juez Supremo, para que nadie pretenda confundir a la grey de Dios. Las ovejas propias del Buen Pastor jamás escucharán al extraño que tuerce las Escrituras o que intenta combinar gracia con obras. El hecho mismo de que Dios haya realizado su elección desde antes de la fundación del mundo, que haya escogido un pueblo para amarlo y otro para aborrecerlo, sin que para ello hubiesen hecho ni bien ni mal (Romanos 9:11), deja palpable la idea de que el propósito de Dios conforme a la elección debía permanecer por sobre las obras del hombre.

Muchos anteponen otro texto de la Biblia para contradecir lo afirmado antes. El referido a la fe y a las obras, citado por Santiago en su epístola (2:18), pero que está dentro de otro contexto. El hermano de Jesús hizo referencia a las personas que se jactaban de una gran fe que venía a ser hueca, sin producción de obras, por lo cual arremetió contra ese criterio formal, estéril, de una militancia nominal y no práctica. El deseo del Padre es que llevemos fruto en abundancia, por lo tanto es inconcebible que exista un solo creyente sin producir la obra de la caridad. Santiago lo ejemplifica con un caso de un hermano necesitado de alimento y vestido, pero el supuesto hombre de fe en virtud de esa fe hueca lo despide diciéndole Id en paz, calentaos y saciaos, sin darle la protección necesaria debida. Eso equivale a decir Tengo fe de que Dios te ayudará, pero sin pretender ser instrumento de esa ayuda divina. También el apóstol Juan escribió en referencia a esta situación: Pero el que tiene bienes de este mundo y ve a su hermano tener necesidad, y cierra contra él su corazón, ¿cómo mora el amor de Dios en él? (1 Juan 3:17).

A pesar de la exhortación de Santiago, el apóstol también recriminó el lado contrario, el de la obra sola. Por eso dijo: Pero alguno dirá: Tú tienes fe, y yo tengo obras. Es decir, pudiera presentarse el caso opuesto en que una persona se jacte de sus obras y vea innecesaria la fe. Las obras para él son de tal importancia que deja que el otro se ocupe de la fe. Eso también es reprendido por el apóstol, pues de inmediato agregó: muéstrame tu fe sin tus obras -cosa imposible- y yo te mostraré mi fe por mis obras -única forma posible.

Volviendo al punto inicial, Pablo hizo referencia a la fe para salvación la cual es también un don de Dios (Efesios 2:8). La salvación pertenece a Jehová, de manera que es por gracia y no por obras que el hombre pueda realizar. El asunto es que Santiago complementa que, una vez salvo, el cristiano produce obras. De la misma manera, el nuevo nacimiento produce el entendimiento de quién es Dios, de qué hemos sido salvados, así como en qué consiste el evangelio de la gracia. No puede haber un solo creyente que ignore el evangelio de Jesucristo, pues sería un contrasentido el creer en alguien a quien no se conozca.

Si el Espíritu de Cristo nos es dado como garantía de que somos salvos, entonces seremos guiados a toda verdad, discerniremos la mente de Dios, pues el Espíritu todo lo discierne (Romanos 8:27). Pero mejor aún, la Escritura aclara que el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender. Existe una incapacidad natural en el hombre para comprender las cosas de Dios, de manera que está en ignorancia en cuanto a la revelación del evangelio de Cristo. Sin embargo, una vez operado el nuevo nacimiento en los elegidos de Dios, ese Espíritu de Dios dado como arras de nuestra salvación nos hace comprender las cosas propias de Él mismo (1 Corintios 2:14). Este nuevo conocimiento espiritual es parte del testimonio que el Espíritu da a nuestro espíritu, y constituye la aserción de que somos hijos de Dios (Romanos 8: 16).

Es muy importante comprender que la salvación no es por obras, por cuanto el hombre natural no comprende las cosas del Espíritu de Dios, de manera que no podría jamás poseer el conocimiento espiritual de que pertenece a Dios. Por el contrario, necesita nacer de nuevo, pero esto es una operación propia del Espíritu de Dios que no proviene sinergísticamente por mediación humana (Juan 3:3-6). De la misma manera, una vez que ha nacido de nuevo tiene el conocimiento de qué es el evangelio, así como la certeza de en quién ha creído. El que ha nacido de nuevo no se va tras el extraño, no sigue un evangelio diferente, no le da la bienvenida a quienes no traen el evangelio de Cristo. Antes bien prueba los espíritus para ver si son de Dios, y eso es tarea simple, ya que puede cotejar las Escrituras para saber de qué hablan los que se disfrazan como ángeles de luz. ¿No fue esto lo que hizo el ladrón arrepentido en la cruz? El llegó por el Espíritu de Dios a comprender que Jesús era el Señor, que no merecía morir pero que lo hacía como Cordero de Dios. Llegó a entender que él mismo merecía el castigo que le estaban dando, reprendió a su amigo y colega de al lado y le pidió al Señor que se acordara de él en su segunda venida. La respuesta que le honró constituyó una revelación para el mundo de los creyentes: en el mismo instante de la muerte estaría con el Señor en el Paraíso. De la misma manera afirmó el apóstol Pablo, cuando dijo que prefería morir y estar con Cristo que seguir en la carne y estar con los hermanos, pero que por causa del evangelio soportaba esto último. El estaba seguro de que al partir de este mundo estaría con el Señor, lo cual es muchísimo mejor (Filipenses 1:21-23); de manera que estos son testimonios del Espíritu para que no nos amedrente la muerte. El Dios que nos ha amado desde antes de la fundación del mundo no va suspender el amor en sus escogidos una vez que el Espíritu ha operado en ellos el nuevo nacimiento.

Como el conocimiento espiritual es por gracia, no le es posible al hombre natural que no tiene el Espíritu de Dios. Sin embargo, una vez que el mismo Espíritu revela la naturaleza de Cristo en nosotros, nos aclara qué enseña su evangelio, somos exhortados a crecer en la gracia, a escudriñar las Escrituras, a ocuparnos con temor y temblor en esta salvación tan grande. Todo eso lo hacemos sin miedo, por cuanto si nuestro corazón nos reprende, mayor que nuestro corazón es Dios (1 Juan 3:20).

En resumen, una gota de veneno lleva la dosis mortal a todo el vaso de agua; un poco de obra en la gracia nos indica que no hay salvación alguna. Solo la gracia sola es la que produce en nosotros el nuevo nacimiento; sin ella no hay esperanza ninguna.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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