Lunes, 22 de julio de 2013

Adorar lo que no se sabe o hacerlo sin conocimiento de lo que se hace no sirve de nada. Según las Escrituras es importante el conocimiento en el objeto de la adoración para que surta el efecto deseado; los samaritanos adoraban lo que desconocían (Juan 4:22) y los israelitas también desconocían la justicia de Dios (Romanos 10: 1-3), por lo tanto ni los samaritanos ni los judíos se sujetaban a esa justicia. Es tan importante conocer a Dios que los que no lo conocen están fuera de Su salvación.

Si Pablo hubiese entendido que los griegos en Atenas habían alcanzado el conocimiento de Dios, porque adoraban al dios no conocido, entonces no hubiese sido necesario hablarles de Jesucristo; en cambio, se dispuso a predicarles acerca de ese Dios desconocido para ellos. Además, los griegos admitían de hecho el que no habían conocido a tal Dios, simplemente que pretendían adorarlo por si acaso existía. Pablo citó un fragmento del poema de Arato llamado Fenómenos (s. III a.C.), linaje suyo somos; luego agregó una cita del poeta Epiménides (s. VI a.C.), En él vivimos, nos movemos y somos, bajo el interés de intentar ligar al Dios no conocido con el Dios que él conocía (Hechos 17:22-29).

Pero, ¿cómo puede uno adorar lo que no conoce?. La única forma de adorar lo desconocido es hacerlo bajo la pretensión de adorar algo que uno conoce, simulando que uno adora a la persona desconocida a través de alguien conocido, por vía de la sustitución de un dios por otro dios. Pero eso implica caer en la falacia de non sequitor, ya que la conclusión del argumento no se sigue de las premisas. Equivaldría a expresar lo siguiente: Los griegos adoran a las divinidades desconocidas, y aunque no conozcan a Dios también lo adoran porque adoran aún a las divinidades desconocidas.

En este tipo de falacia poco importa que tanto las premisas como la conclusión sean en ocasiones verdaderas. Por ejemplo, si digo como premisa mayor la frase:  Los seres humanos son mamíferos, y añado como premisa menor: Pedro es mamífero, no puedo concluir con: Pedro es un ser humano. Conocemos como verdadero que los seres humanos son mamíferos y que Pedro es un ser humano, pero esta conclusión no se sigue de la premisa mayor, porque no todo mamífero es un ser humano.

De la misma manera, no se sigue que los griegos adoraban al Dios de la Biblia por el solo hecho de que adoraban lo desconocido. No en vano Jesucristo aseguró que nadie podía ir al Padre sino a través de él, y en el mismo sentido afirmó que nadie podía ir a  él si el Padre no lo enviase. Con esto queda puesto en evidencia que tanto el Padre como el Hijo se excluyen de las religiones o de las divinidades paganas, y pasan a ser el único camino para la vida eterna declarada en la revelación bíblica.

El grave error radica en confundir los axiomas: un axioma es manejado por el paganismo -donde todas las divinidades son adorables- y otro axioma está demostrado en las Escrituras -donde solo Dios es digno de adoración. De esta forma se muestra evidente que cuando los griegos adoraban a todas las divinidades no adoraban por fuerza al Dios de las Escrituras. En ese sentido, Dios era un Ser desconocido para ellos, por lo cual Pablo pudo decirles que venía a anunciarles ese Dios. Prueba de que no lo conocían era precisamente el que necesitaban la predicación del evangelio, el anuncio acerca de quién era ese Dios.

ADIOS A LAS SOMBRAS

Porque la ley, teniendo la sombra de los bienes venideros, no la imagen misma de las cosas, nunca puede, por los mismos sacrificios que se ofrecen continuamente cada año, hacer perfectos a los que se acercan (Hebreos 10:1).  El Antiguo Testamento apuntaba a la sombra de aquello que habría de venir; en tal sentido, los sacrificios que hacía el sacerdote levítico eran específicos para las personas que aportaban el animal como símbolo de aquel Cordero que se manifestaría más tarde. El sacerdocio estuvo limitado al pueblo de Israel, no fue extensivo al mundo pagano, si bien hoy día, con la llegada de Jesucristo, el mundo gentil fue incorporado al mundo judío, con la salvedad de que ambos pueblos estuviesen como uno solo en Cristo.

Esta unión, sin embargo, no es hecha por obra humana sino por Dios. A Él corresponde la salvación y si aquello fue sombra de lo que vendría es bueno comprender lo que significaba. El pueblo de Israel fue escogido por Dios, en base al puro afecto de su voluntad. Jesucristo vino a morir y expiar los pecados de su pueblo (Mateo 1:21); nadie puede ir a él si el Padre no lo enviare (Juan 14:6; Juan 6:44). Dios no escogió a cada miembro del linaje humano para ser objeto de su amor, sino que aún antes de que el hombre cometiera pecado Dios escogió a uno para amarlo y a otro para aborrecerlo (Romanos 9: 13).

Sucede que la parcialidad de Dios por unos implica por fuerza de argumento su rechazo por otros; también en forma explícita Él lo declara abiertamente, diciendo que endurece al que quiere endurecer y tiene misericordia de quien quiere. Pero su parcialidad no obedece a razones semejantes a las de los humanos, sino que en el afecto de su voluntad lo hizo todo, para alabanza de la gloria de su poder, su ira y su amor. Para esto, ¿quién es suficiente? ¿Quién puede altercar con Dios? Más bien, ¡Ay del que pleitea con su Hacedor!

Dentro del parámetro del Antiguo Testamento, más allá de que Dios haya elegido a un pueblo para ser el instrumento de su salvación (pues la salvación viene de los judíos), cada quien se ocupaba de intentar el cumplimiento de la ley dada a Moisés. Al parecer nadie fue suficiente para cumplir tal meta, pues nadie pudo salvarse a través de la ley sino por la fe. Abraham creyó y le fue contado por justicia (antes de la ley), y Job sabía que su Redentor vivía y lo resucitaría del polvo (dentro de la ley). Hoy día, con el Nuevo Pacto, nos convino más un Cordero perfecto con un solo sacrificio que hiciera posible la salvación. Porque el que ha entrado en su reposo, también ha reposado de sus obras, como Dios de las suyas (Hebreos 4:10).

En el templo antiguo existía el santuario hecho de mano, que era figura del verdadero, lo cual era un símbolo que señalaba al tiempo presente. Pero Jesucristo entró en el Santuario verdadero como Sacerdote eterno, santo, inocente, sin mancha, apartado de los pecadores, y hecho más sublime que los cielos; que no tiene necesidad cada día, como aquellos sumos sacerdotes, de ofrecer primero sacrificios por sus propios pecados, y luego por los del pueblo; porque esto lo hizo una vez para siempre, ofreciéndose a sí mismo. Porque la ley constituye sumos sacerdotes a débiles hombres; pero la palabra del juramento, posterior a la ley, al Hijo, hecho perfecto para siempre (Hebreos 7: 28).

DOCTRINAS EXTRAÑAS

No os dejéis llevar de doctrinas diversas y extrañas; porque buena cosa es afirmar el corazón con la gracia, no con viandas, que nunca aprovecharon a los que se han ocupado de ellas (Hebreos 13:9). El autor de Hebreos alude a la oposición entre doctrinas extrañas y el hecho de afirmar el corazón con la gracia. Se deduce que la enseñanza extraña es la que refiere a la obra humana por sobre la absoluta gracia divina. Incluso, cualquier pretensión de ayudar en la gracia de Dios es una sublimación de su dádiva y oculta el intento por deshonrar la gloria de su poder y amor.

Fue Jesús quien declaró que él era el Buen Pastor, el que ponía su vida por las ovejas. El agregó que conocía las ovejas propias, que nunca seguirían al extraño porque no conocían esa voz. De manera que seguir al extraño es pretender separarse de la gracia absoluta y soberana de Dios. Por este argumento muchos de sus discípulos dijeron que su palabra era dura de oír y que nadie la podía seguir (Juan 6: 60); pues si se es salvo por gracia ya no es por obra, pues de otra manera ni la gracia sería tal ni tampoco la obra. Al que trabaja se le debe un salario, pero lo que es de gratis no es una obligación sino dádiva.

Afirmar que el hombre decide su futuro eterno es sostener que la Biblia está equivocada o que el Espíritu Santo enseñó falsedades. Las Escrituras han declarado que el hombre está muerto en delitos y pecados, que no hay quien haga lo bueno ni quien busque a Dios, que no hay justo ni aún uno. Frente a un espíritu muerto como resultado de la caída de Adán (ciertamente moriréis) urge el nuevo nacimiento (la resurrección espiritual). Aquel corazón de piedra, corrupto, engañoso y perverso, necesita ser quitado y en su lugar sustituido por uno de carne, que escuche con agrado el mandamiento divino y que tenga un espíritu nuevo, como lo anunciara su promesa: Además, os daré un corazón nuevo y pondré un espíritu nuevo dentro de vosotros; quitaré de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón de carne (Ezequiel 36:26).

El nuevo nacimiento es un acto cuyo agente es el Espíritu Santo, donde el hombre es apenas el sujeto pasivo, quien recibe la acción del Verbo. Con el cambio de corazón sucede igual, pues el hombre no puede trasplantarse a sí mismo el espíritu. La doctrina extraña aparecida en la temprana era cristiana ha tomado su fuerza como la mala hierba sembrada por Roma en la Reforma Protestante. El viejo Pelagianismo trocado en Semipelagianismo, ha pasado de afirmar que la caída de Adán no afectó en nada a la raza humana a decir que la afectó pero no en forma total. En una de sus variantes asegura que Dios aporta una gracia habilitante para que el hombre caído pueda ser llevado a un terreno neutro y decidir, en respeto a su libre albedrío, si se afianza o no con Cristo. Tal aseveración niega la caída total del hombre y pone por el suelo la soberanía divina en materia de salvación.

Esa doctrina extraña es ajena a la gracia soberana; muchos se han perdido sin siquiera oír de esa gracia habilitante extraña y herética. El nuevo nacimiento expuesto por Jesucristo a Nicodemo no enseña que el hombre nace de nuevo para ver si quiere o no quiere seguir a Jesucristo. A los que Dios amó también los llamó y justificó. Incluso Judas cuando fue llamado ya era el hijo de perdición: No hablo de todos vosotros: yo sé los que he elegido: mas para que se cumpla la Escritura: El que come pan conmigo, levantó contra mí su calcañar (Juan 13:18).

La doctrina extraña opuesta a la gracia ha construido un Cristo extraño, paralelo al de la Biblia, absolutamente falso. Ese es un Cristo que murió por todos sin excepción, pero que no salva a nadie particularmente; hizo una expiación universal y potencial, pero no consumó ninguna redención individual; murió por todos pero no por su pueblo, sus amigos, sus ovejas o su iglesia. Ese falso Cristo otorga una salvación temporal que el hombre debe mantener asegurada para no perderla; ese falso Cristo ruega ante una humanidad que resiste su gracia soberana; el Cristo de la doctrina extraña murió para hacer posible un camino de salvación.

La Biblia enseña que Dios ha predestinado a los elegidos para salvación, a quienes amó de tal manera que dio a Su Hijo para rescatarlos. Jesucristo es el único que completa el modelo del Antiguo Testamento, cuyo sacrificio y expiación se hizo en función de quienes representó en la cruz. De hecho, la noche antes de su muerte, no rogó por el mundo, sino solamente por los que el Padre le había dado (e incluía también a los que habrían de creer por la palabra apostólica sembrada). Pero el fundamento de Dios está firme, teniendo este sello: Conoce el Señor a los que son suyos; y: Apártese de iniquidad todo aquel que invoca el nombre de Cristo (2 Timoteo 2:19).

ADORAR LO QUE NO SE CONOCE

Ya Jesús le enseñó a la mujer samaritana la futilidad de adorar a un dios que no es el Dios revelado en las Escrituras. Juan nos recomendó no decirle bienvenido a nadie que no traiga la enseñanza de Jesús; debemos probar los espíritus para ver si son de Dios. Muchos falsos profetas o pastores andan por el mundo engañando a la gente, pero no podrán hacerlo con los escogidos. Sin embargo, ha habido una exhortación para que estemos atentos y no nos dejemos seducir; antes bien, hemos de separarnos de los que pregonan la doctrina extraña, pues no debemos hacernos partícipes de sus plagas.

El que se nos advierta de la presencia del lobo no implica que el lobo nos vaya a devorar o que el diablo nos arrancará de las manos del Padre. El que seamos salvos por su gracia tampoco niega nuestra actividad previsiva en este mundo. Sabemos que Él produce en nosotros el querer como el hacer, pero somos nosotros quienes hacemos; un padre guía a su hijo pequeño a cruzar una calle transitada por muchos camiones, el padre tiene cuidado de su hijo y lo lleva de la mano, jamás lo va a soltar, pero le dice al niño que no se suelte para que nunca tenga un accidente, y aunque vaya tomado de la mano, el hijo también camina por sí solo.

La ayuda que recibimos de Dios no suprime nuestro deber concreto y natural de actuar en cumplimiento de lo encomendado. Dios pudo decirle a Josué que se esforzara y fuera valiente, aunque el mismo Dios haya podido darle fuerzas y valor. Dios nos provee el alimento pero nosotros tenemos que trabajar para comprarlo, producirlo y después tenemos que cocinarlo. El ángel le quitó las cadenas a Pedro cuando estaba en una prisión, pero le dijo que se atara el calzado. Cuando uno respira lo hace a través de los mecanismos reflejos del cuerpo, aunque Dios sea quien nos esté dando la vida (el aire, la respiración, el cuerpo humano, etc.).

Dios ha dicho: no te dejaré ni te desampararé, siempre te sostendré con la diestra de mi justicia, pero eso no niega que nosotros debemos buscarle mientras pueda ser hallado y llamarle en tanto que esté cercano. No niega que tengamos con diligencia que  acercarnos a su Palabra y llegarnos a su presencia. Existe una interacción entre Dios y nosotros, entre lo que hacemos y su ayuda y provisión. De allí que hasta un poeta pagano haya podido resumir en una frase la teología de siglos: En él vivimos, nos movemos y somos.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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