Mi?rcoles, 17 de julio de 2013

Mira que te mando que te esfuerces y seas valiente; no temas ni desmayes, porque Jehová tu Dios estará contigo en dondequiera que vayas (Josué 1:9). Este es uno de los textos que memorizamos cuando recién comenzamos a leer la Biblia con agrado; hay otros que también hacen fila junto a él, pero las más de las veces se prefiere uno antes que otro. Dios nos recomienda y ordena esforzarnos y ser valientes, ya que los cobardes estarán junto a los incrédulos, fuera del reino de los cielos.

La presencia del Señor genera valor y coraje para enfrentar a nuestros enemigos. En la época del Antiguo Testamento vemos escenarios con héroes de muy variada estirpe. ¿Quién no recuerda las proezas de David, o de Sansón y Josué? Cuando apenas era un muchacho pastor de ovejas, David se enfrentó al gigante Goliat. A partir de ese momento sentó un paradigma en el imaginario colectivo bíblico. Aún en el mundo secular, el Occidente se acuerda del pastor que pudo encarar el desafío que le hiciera un filisteo a los ejércitos del Dios viviente. Ese rey en potencia representa la lucha del más débil contra el más fuerte, del pequeño contra el grande. El modelo de lo insólito, de que puede subvertirse el orden despótico de un tirano, también está ejemplificado en la lucha del joven pastor de Israel.

Saúl mató a sus miles y David a sus diez miles, cantaba el pueblo al ver a su líder que regresaba de la guerra. Interesante que el pastor era un poeta y un guerrero al mismo tiempo. La cantidad de Salmos compuestos por el hombre que era conforme al corazón de Dios pone de manifiesto el conocimiento profundo que obtuvo del Creador. David comió del pan de la proposición sin ser castigado, se hizo el loco frente a un rey enemigo para no ser identificado, fue también protegido del intento de asesinato del rey Saúl. Pero el salmista había cumplido con el mandato de meditar en la ley del Señor de día y de noche, pues escribió referente a esa ley diciendo: toda el día es ella mi meditación.

Las guerras del cristiano no se hacen frente a ejércitos terrenales, sino contra potestades espirituales de maldad que gobiernan en las regiones celestes. Dirigir la mirada a ese espacio es el principio de la batalla y de la victoria; reconocer que nuestros enemigos no son personas de carne y hueso es una tarea digna de un héroe como lo fue Sansón o como lo fueron Josué o Gedeón. En su época bastaba con enfrentar a los adversarios en los terrenos para la batalla, pero hoy día nuestra lucha se dicta en nuestras almas que se niegan a reconocer que los que nos causan daño lo hacen porque son gobernados por los principados y por las potestades del aire.

Ya había Pablo declarado que Dios quiso salvar al mundo por medio de la locura de la predicación, pero esto es locura mayor para el creyente: comprender que quien le insulta o le dicta con engaño una medida cautelar para llevarlo a prisión lo hace siguiendo el susurro del maligno. En este contexto, las palabras dictadas a Josué cobran vigencia, pues tener valor y esforzarse es tarea de valientes, no de cobardes. No en vano se ha escrito que hemos de resistir al diablo para que huya de nosotros.

La promesa de que Jehová estará con nosotros en dondequiera que vayamos es lícita. Aún el hijo pródigo en medio de la pocilga recordó los asuntos de su padre, que era hijo y que pertenecía a una familia a la que se debía; por esa razón juntó valor y se incorporó para emprender el camino de regreso a casa. Su recibimiento fue glorioso, celebrado y notorio. Aunque su hermano hizo comentarios que mostraron celos, el pródigo no pudo pasar desapercibido. Así sucede a los creyentes, cuando regresan al Padre y vuelven confiados en su amor para ser recibidos en su gozo, nunca les falta algún extraño comentario de algún hermano trabajador como el de la parábola.

Mi siervo Moisés ha muerto, fueron palabras de Dios para tomar las previsiones del caso. A Dios no le preocupó la muerte de Moisés sino que se ocupó en la continuidad del liderazgo en los hijos de Israel. Había escogido a Josué, un miembro de la nueva generación nacida en el desierto, a quien le dijo que se levantara y cruzara el Jordán junto a su pueblo. A veces nos preocupa quién va a sucedernos en la tarea que dejaremos al partir de este mundo, pero ese trabajo le compete a Dios. Así como Abraham le dijo a Isaac que Dios se proveería de cordero, de la misma forma el Señor estará con quien tome el lugar que dejemos. Incluso podría ser en una manera más significativa, como le aconteció a Eliseo, quien obtuvo una doble porción del espíritu de su maestro Elías.

La encomienda hecha a Josué estuvo acompañada de una promesa que no faltó en ninguna circunstancia: Nadie te podrá hacer frente en todos los días de tu vida; como estuve con Moisés, estaré contigo; no te dejaré, ni te desampararé. Cuando un creyente piense que esa promesa se refiere solamente a Josué, no ha visto todo el contexto de la expresión. Es Dios quien habla y sus palabras se dirigen a un hijo; ese Dios es el mismo Padre que tenemos en virtud de la sangre de su Hijo. Sabemos que la sangre que redimió a Josué no vale más que la que salvó al ladrón en la cruz o al apóstol Pablo.

Jesucristo dijo que estaría con nosotros todos los días, hasta el fin del mundo; esa promesa es equivalente a lo que Jehová le dijo a Josué. Jesús dijo a sus discípulos: No temáis; y a Josué le fue dicho que debía de ser valiente, no temer ni desmayar. Las tareas pueden ser diferentes, pero existe similitud en varios aspectos: 1) Es el mismo Dios quien las ordena; 2) el destinatario siempre es un hijo del Altísimo; 3) en todo momento se trata de una batalla. Tal vez los escenarios hayan cambiado y nunca nos topemos con un gigante como Goliat, o no tengamos que atravesar un río tan grande como el Jordán, ni salgamos a batallas con algún rey. Lo que sí se asegura es el combate: nuestra lucha no es contra sangre y carne, escribió Pablo. Cuando comprendemos esa dimensión en la que vivimos podemos amar a nuestros enemigos, reconociendo que son víctimas del engaño diabólico que impera sobre los hijos de desobediencia.

Cierto es que el autor de esa frase también confrontó a personas con nombre y apellido; a algunos les dijo que eran hijos del enemigo y a otros los encomendó a Dios para que juzgase. Sin embargo, en ningún momento tomó venganza con sus manos ni profirió descarga verbal ofensiva contra ellos. El apóstol que vivió en prisiones y padeció azotes con persecuciones pudo sentirse gozoso. Una carta escrita desde la prisión nos encomienda estar siempre contentos y dar gracias a Dios por todo. Esa es la victoria que vence al mundo, nuestro amor; y es que nos podemos mantener con dignidad sin odiar, podemos pedir justicia sin crujir nuestros dientes, podemos amar sin tolerar la maldad.

Resulta indudable que hemos de esforzarnos y ser valientes porque no es tarea fácil la de amar a nuestros enemigos. Tampoco es tarea fácil el amarlos y pedir simultáneamente la justicia divina sobre los que detienen impíamente la verdad. No es contradicción lo que se deriva de esos contrastes sino perplejidad, como la que emana del paradigma de David venciendo a Goliat. Con esfuerzo y valor vamos venciendo a los gigantes que están al acecho buscando a quien devorar. El Dios de Moisés estará con nosotros a la manera en que estuvo con él; en la forma como le fue dicho a Josué, ahora nos es recordado por el Espíritu que inspiró las Escrituras que aquellas cosas fueron escritas para nuestro provecho.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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