Domingo, 14 de julio de 2013

Un fariseo que entró a un templo a orar, dio gracias a Dios porque él era un ser especial. Contrario al resto del mundo, no era injusto, ni adúltero, mucho menos como el publicano recolector de impuestos. Además guardaba un día sagrado para dedicárselo al mismo Dios y daba los diezmos de todo cuanto ganaba. Su celo por cumplir el mandato divino lo colocaba en un ranking especial por sobre muchas personas; lo más interesante de su oración es que reconocía que su estatus religioso se lo debía al mismo Señor del cielo y de la tierra, a quien agradecía con su breve discurso en medio de la congregación.

El fariseo sostenía que hacía lo que Dios le había ordenado en la ley de Moisés. Demostró que creía en la providencia del cielo para cada acto de su vida, así como en su libertad individual que marcaba la diferencia entre él y los publicanos. Su voluntad humana era libre para actuar en forma virtuosa o viciosa, por lo que se sintió especialmente mejor que el hombre público, ese vicioso extremo que también acudió al templo en el mismo momento en que él oraba.  Flavio Josefo, un historiador judío que vivió entre el año 37 antes de Cristo y parte del primer siglo de la era cristiana, definió a los fariseos como quienes creían que todas las cosas estaban sujetas al destino, pero que al mismo tiempo no suprimían el libre albedrío humano para trabajar en ellas. Los fariseos sostenían que la libertad humana cooperaba o se oponía por virtud o por vicio con la providencia o destino (http://www.sacred-texts.com/jud/josephus/ant-18.htm). 

Un fariseo (Φαρισαῖος - far-is-ah'-yos) era un separado, alguien que se había dedicado al estudio de la ley para custodiarla e interpretarla a través de Talmudes. En tal sentido los fariseos eran doctos, perfectos, capaces de dar cuenta de los rituales y maneras de servir en el templo (que después se llamó sinagoga) habiendo tomado el control del judaísmo oficial. Ellos llegaron a constituir una secta con ramas políticas, desde la época de los judíos en el exilio. Fueron célebres por sus ayunos, oraciones, ritos y diversas formas de piedad, así como por las ceremonias del lavado, las ofrendas y los diezmos. Su piedad era más formal que eficaz, pero se enorgullecían de las buenas obras que hacían. Todo esto llevó a ser catalogados como hipócritas y generación de víboras por el propio Jesús que vivió la experiencia de conocerlos en su fina crueldad religiosa. Ellos también aguardaban al Mesías y sostenían que después de la muerte habría una recompensa o castigo de acuerdo a su conducta en esta tierra, ya que creían en la resurrección de los muertos, a diferencia de los saduceos. Su gran influencia sobre el pueblo era notoria y cabe destacar, como señalara el historiador Josefo, que componían un grupo para el momento de al menos seis mil doctos en la ley de Mosaica.

Jesús los acusó de recorrer la tierra para ganar un prosélito, pues eran amadores de las obras externas que les permitían cautivar gran popularidad en medio de la gente necesitada de fe. Pero su piedad era aparente, como un sepulcro blanco que encerraba una gran podredumbre interna. Este resumen hecho por el Señor nos permite subrayar que la creencia en la salvación que está condicionada en el pecador llegó a ser la doctrina fundamental de los fariseos. Diezmaban la menta, el eneldo y el comino, pero olvidaban lo más importante de la ley: la justicia, la misericordia y la fe (Mateo 23:23).

EL EVANGELIO COMO MEDIDA DE SALVACION

Contrario a las acusaciones desmesuradas, acerca de que la predestinación no presupone tener que creer el evangelio para salvación, el evangelio sí importa. Si no se cree el evangelio se está perdido, por cuanto en el evangelio se manifiesta la justicia de Dios, que es Cristo el justo y el justificador (Romanos 1:17 y 3:26). Los que ignoran la justicia de Dios y la substituyen por la propia, están perdidos (Romanos 10:1-3). Pero el Cristo justo y justificador es la justicia de Dios en aquellos que representó en la cruz, ya que la salvación está condicionada en el trabajo del Hijo en el madero. Si se ignora esta realidad del evangelio se está colocando otro tipo de justicia ante Dios, lo que llaman la aceptación voluntaria de Jesucristo, la asunción de creer un evangelio un poco distinto al que la Escritura ha expuesto.

Muchos dicen que el evangelio es una dádiva de Dios a todos los hombres, pero que algunos que son humildes o sabios y lo reciben con gozo, mientras que los otros lo rechazan porque lo ignoran o se aferran a una voluntad oprobiosa. Pero la Biblia habla de que lo que hemos recibido ha sido de gratis (por gracia) y que aún la fe que tenemos en Jesucristo es un regalo (don) de Dios. También dice que no es de todos la fe, lo cual deriva en que si no es de todos entonces Dios no se la dio a todos. Llegar a creer esta parte del mensaje del evangelio parece una palabra dura de oír, por lo cual la gente se pregunta ¿cómo puede esto ser posible? Aducen que creer que Dios es quien elige a unos para vida y a otros para condenación es un asunto injusto, con lo cual ponen de manifiesto que la suya es una justicia superior a la del Creador.

Lo justo sería que Dios respetara la ficción teológica del libre albedrío; pero eso equivaldría a colocar un estándar diferente a lo que Dios ha exigido creer. No es el pecador el que hace la diferencia entre el cielo y el infierno, sino Dios quien elige de acuerdo a su propósito eterno. En este punto los objetores a la palabra de Dios se levantan y discuten con Él diciéndole: ¿Por qué, pues, inculpa? Pues ¿quién ha resistido a su voluntad? Esta discusión es tan vieja como el Génesis, donde la serpiente argumentaba que el hombre no iba a morir por desobedecer (objetar) el precepto de Dios. Pero el hombre murió en su espíritu y la humanidad está muerta en delitos y pecados, de manera que el decreto divino se cumplió más allá de su ordenanza al hombre de no comer del árbol del bien y del mal.

Desde entonces la humanidad anda a traspiés y desea reinterpretar las palabras del Altísimo, busca un estándar con el cual medir y juzgar el evangelio de salvación. Dado que le parece una palabra dura de oír se pregunta quién es capaz de seguirla. En ese cavilar ha llegado a edificarse un falso Cristo, un evangelio diferente, pero que se dice tomado del verdadero Cristo y del verdadero evangelio. El Espíritu de Dios advirtió que si aún un ángel del cielo viniere a predicar un evangelio diferente al que ha sido anunciado por Jesús y por los apóstoles debe ser anatema (maldito). El apóstol Juan también advirtió que no debíamos compartir con aquellos que no traen el evangelio de Cristo, sino que antes debemos probar los espíritus para ver si son de Dios.

EL LIBRE ALBEDRIO

Este concepto se remonta al Génesis cuando la serpiente antigua le dijo al hombre que no iba a morir si desobedecía el mandato (o se independizaba de Dios). Sintiéndose libres, nuestros primeros padres cayeron en el error de creerse ajenos al plan de Dios. Una vez ocurrida la muerte espiritual del hombre, la muerte física se hizo el pan cotidiano sobre la faz de la tierra. Ya conocemos el propósito de Dios en la historia humana, de manera que ella nos cuenta el relato del progresivo y repetitivo intento del hombre por lograr su independencia del Creador. Venida la era cristiana, Pelagio, un monje inglés que vivió entre los siglos IV y V negó el dogma del pecado original y aseguró que el pecado de Adán no ejerció ninguna influencia negativa en nuestra naturaleza. El hombre no puede reducirse a un mero autómata, llegó a afirmar, ni los humanos pueden ser condenados al infierno por hacer algo que en realidad no pueden evitar como es el pecado. Llegó a decir junto a otros pensadores que la humanidad podía evitar el pecado y que el hombre podía salvarse sin la gracia, simplemente siguiendo el ejemplo de Jesús.

Como fuera condenado en un concilio, rectificó más tarde para que fuese reconocido de nuevo en la iglesia.  Llegó a admitir que la muerte de Adán fue producto del pecado que pasó a la raza humana y que la gracia de Dios es una ayuda para la salvación humana. Pero esta gracia ayuda a evitar los pecados futuros y nos da fuerza de voluntad para cumplir los mandamientos de Dios y realizar buenas obras. Como puede verse, el arrepentimiento de Pelagio fue muy sutil, de manera que dejó intacta su tesis sobre el libre albedrío y la gracia de Dios pasó a ser una ayuda brindada a la humanidad. Por supuesto, dejó de lado el tema de la predestinación y la soberanía de Dios. A esta segunda fase se conoce como Semipelagianismo, pues es un Pelagianismo modificado.

La Iglesia de entonces también condenó este semipelagianismo en el Concilio de Orange, del año 529. Sin embargo, la Iglesia Católica pese a condenar el semipelagianismo acepta el libre albedrío humano como el factor decisivo en la salvación del hombre. La fe es un acto libre que viene a ser ayudada por Dios, una vez que el ser humano pone de su parte y decide venir a Cristo; dado que el hombre está muerto en delitos y pecados, Dios en su infinita sabiduría y soberanía se dispone un espacio neutro (teoría del Molinismo, por Luis de Molina) en el que despojado de su influencia soberana sobre el hombre lo deja absolutamente libre para que tome la decisión. Se supone que, dado ese espacio neutro que el mismo Dios ha creado, ni siquiera la oración humana puede ayudar a los seres humanos a decidirse por Jesucristo. Esta ficción teológica es asumida por Roma con mucha mayor fuerza en el Concilio de Trento, en plena Contrarreforma, donde llegó a decir a través de uno de sus cánones que sea anatema todo aquel que niegue el libre albedrío humano en materia de salvación.

A pesar de que oficialmente Roma rechazó al pelagianismo, lo siguió bajo la forma más sutil del semipelagianismo. De la misma forma hoy día gran parte de la Iglesia Protestante participa de la doctrina de Pelagio en esa suave variante, haciendo lo mismo que su madre, como si el veneno pelagiano por venir en presentación diferente dejase de ser mortal.  Desde el comienzo de la Reforma, Lutero confrontó a Roma y ya en 1520 había escrito un libro polémico titulado: La Cautividad Babilónica de la Iglesia. Se dice que la  aparición de esta obra decidió a su amigo Erasmo de Rotterdam a marcar fila eficaz dentro del catolicismo y publicar su también célebre libro El libre albedrío (De Libero Arbitrio). El reformador alemán respondió de inmediato con su Diatriba que se llamó De servo arbitrio (La libertad esclava).

Es de tal importancia conocer el asunto de la salvación que si desconocemos a Dios no podemos rendirle el debido culto, puesto que nunca se sabría cuánto habríamos de atribuirnos a nosotros mismos y cuánto a Dios (Lutero). Erasmo había dicho que la fuerza de la voluntad humana por la cual el hombre se puede aplicar a aquello que conduce a la salvación eterna, o a apartarse de ello, viene a ser el libre albedrío. Con esta idea niega que la caída de Adán haya incapacitado al hombre en forma absoluta, coincidiendo en grado sumo con Pelagio y los semipelagianos.

Roma confrontó la doctrina de la Predestinación aduciendo que Dios sabía de antemano quién se salvaría y quién no, por causa de Su Omnisciencia; así negaría la potestad divina del Alfarero para hacer según su beneplácito un vaso para honra y otro para destrucción, como lo afirma la Escritura en Romanos 9. La Iglesia Católica en plena Contrarreforma propuso la tesis de Luis de Molina, teólogo español, del término medio o de la gracia habilitante. El Molinismo pretendió asumir que Dios soberanamente se despoja de su soberanía y cede el poder al ser humano (muerto en delitos y pecados) para que decida en virtud de una gracia habilitante que le es otorgada por el Todopoderoso. Con esto por delante, Roma garantizaba que el libre albedrío era una cualidad respetada hasta por el mismo Creador de todo cuanto existe. Pero esta descabellada idea no tenía ni tiene arraigo bíblico, sino que es una ficción teológica jesuita con el ánimo de garantizar la teología romana y al mismo tiempo confrontar la doctrina bíblica protestante.

Jacobo Arminio fue un caballo de Troya enviado por los jesuitas años más tarde al seno del protestantismo. Desde allí, bajo la oportunidad de dictar una cátedra universitaria en la Universidad de Leiden, Arminio planteó una doctrina opuesta a lo que el Protestantismo venía enseñando. Su tesis se oponía y se opone a lo que enseña la Escritura en materia de salvación; sin embargo, la Iglesia Protestante tragó el veneno eficaz de los jesuitas y hoy día comparte la tesis pelagiana a lo largo y ancho de sus congregaciones. 

LA SINTESIS

Podemos resumir que desde la perspectiva romana, dado que el hombre es conminado a guardar toda la ley es también capaz de guardarla. Con esto en mente, se establece una compatibilidad entre la responsabilidad y la habilidad: se es responsable porque se es capaz de cumplir con la responsabilidad. Sin embargo, este pelagianismo-compatibilista usado como arma en contra de la Predestinación soberana de Dios en materia de salvación no invalida el decreto bíblico. Más bien la Escritura declara que el hombre está muerto en sus delitos y pecados y que no hay justo ni aún uno. Por ningún lado se encuentra en sus líneas que Dios habilite con su gracia a la humanidad entera para darle la oportunidad de tomar una decisión. Eso sería como darle vida a un muerto para preguntarle si quiere seguir viviendo o prefiere la muerte en que estaba. Tal cosa no se consigue en los textos de la Biblia.

Cuando la Biblia ordena arrepentirse y creer en el evangelio no está presumiendo que el hombre sea capaz de hacerlo, pues su naturaleza está llena de odio contra Dios. Pero en aquellos cuyo corazón Dios ha cambiado, el mandato surte efecto. Nuestra pregunta habría de ser más bien ¿por qué Dios no opera en todos los seres humanos el cambio de corazón? La única respuesta que obtenemos en la Escritura es que Dios hace como quiere y quiso hacer vasos de ira y vasos de misericordia, porque eso redunda en la alabanza de su gloria. Esto está escrito a pesar de que a muchos les parece dura de oír esta palabra, sin importar que esta doctrina enseñada por Jesús ofende a muchos.

Los sinergistas que creen lo que enseña Roma están en contra de lo que Dios dice, sin que importe que se llamen a sí mismos congregaciones protestantes. Un sinergista es aquel que supone que el hombre colabora en el proceso de salvación, que ayuda en la gracia de Dios, que está tan vivo y tan sano como para poder ver la medicina colocada en la mesa. Los sinergistas creen que Jesucristo hizo posible la salvación para cada ser humano del planeta, pero que algunos no la quieren mientras que ellos sí la han deseado. Para ellos Jesucristo no salvó a nadie en específico, sino que apenas brindó una posibilidad de redención al hombre. Si algunos aceptan esa dádiva es porque hay algo bueno en ellos, en su naturaleza no destruida desde el pecado de Adán, que les permite inclinarse al favor de Dios.

A pesar de estos argumentos, la Biblia sostiene que Cristo puso su vida por las ovejas (no por las cabras), por su Iglesia (no por la Sinagoga de Satanás), por sus amigos (no por sus enemigos), por su pueblo (no por el mundo). La Biblia enseña que la noche antes de su muerte Jesús oró por los que el Padre le había dado (sus discípulos creyentes y los que creerían por la palabra de ellos), pero dejó por fuera en su intercesión al mundo, pues dijo: No ruego por el mundo. El libro de los Hechos expone que El Señor añadía a la iglesia cada día los que estaban ordenados para vida eterna, de lo cual se deriva que no todos los seres humanos fueron ordenados para esa vida eterna.

Dado que Dios es perfecto, Él no necesita llegar a conocer; por lo tanto, su predestinación la hizo en base a su planificación del futuro nuestro, nunca en base a que descubriera o conociera en nosotros algo bueno. Si Dios hubiera previsto que algunos se salvarían mientras que otros no, entonces sus profecías serían una simple copia del pensamiento humano; en ese caso tendríamos a un Dios plagiario que indaga en el futuro de los hombres para escribir una historia que sucederá, pero que Él llama fraudulentamente (o farisaicamente) profecía. Al mismo tiempo, estaríamos en presencia de un Dios con demasiada suerte, ya que sus criaturas se mantienen firmes en el tiempo haciendo aquello que Él averiguó que harían.

Ese Dios extraño y sinergista vio desde antaño que unos hombres en la tierra iban a crucificar a una persona llamada Jesús el Cristo, lo cual aprovechó para armar su estratagema de salvación y tomarse como suyo el proyecto de salvación humana. No sólo vio a Judas que iría a traicionar a Jesús, sino que vio a Pilatos y a Herodes como líderes de un pueblo que juzgaría al Mesías. Pero su historia no termina allí, pues también vio al Cristo crucificado en medio de malhechores, todo un material que le sirvió para escribir su historia de salvación con la cual inició el Génesis.

A este tipo de locura conlleva el sinergismo y el pelagianismo junto a la gracia habilitante de los jesuitas. Sin embargo, el Dios de la Biblia es el Logos, la razón pura, el Verbo hecho carne, no el desorden argumentativo. Por otra parte, las Escrituras nos enseñan que Dios decretó desde los siglos quién sería su pueblo por el cual Su Hijo vendría a morir en la cruz (Mateo 1:21), dejando para Él solo la decisión y la forma de la salvación (lo que se llama en teología monergismo). Recordemos este texto para meditar:  Mas antes, oh hombre, ¿quién eres tú, para que alterques con Dios? Dirá el vaso de barro al que le formó: ¿Por qué me has hecho así? (Romanos 9:20).

Los fariseos creían en el libre albedrío bajo el criterio de que la libertad de acción era la única manera de concebir la responsabilidad humana, pero echaban mano del destino escrito de Dios en materia de nación, pues se enorgullecían en llamarse hijos de Abraham, frente al mundo gentil. Así conciliaron destino (predestinación) y libertad humana. No obstante su esfuerzo y su celo por Dios no les alcanzó para salvarse, ya que su fe no fue de acuerdo a ciencia (Romanos 10:1-3), sino más bien basura estorbosa. Fue Pablo (otro antiguo fariseo de la ley de Moisés) quien declaró que había tenido todo (incluyendo su fariseísmo) por basura por amor a Cristo. En resumen, los fariseos y su doctrina extraña del libre albedrío constituyeron un ejemplo del sinergismo inútil en materia de salvación. No en vano la Escritura ha dicho que debemos examinarnos a nosotros mismos para ver si estamos en la fe una vez dada a los santos.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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