Lunes, 08 de julio de 2013

Una enorme cantidad de personas militan en diferentes iglesias que se llaman cristianas, lo cual hace suponer que ellos han llegado a creer en el evangelio mostrado en las Escrituras. Sin embargo, cuando uno observa su práctica de vida, su manera de adorar, e indaga en lo que han creído, puede descubrir que una gran mayoría sigue un evangelio diferente al que enseña la Biblia.

El énfasis de algunos grupos religiosos circula en torno al deseo súper natural de la manifestación de lo que ellos denominan el Espíritu. Milagros, lenguas extáticas (de éxtasis), nuevas profecías, formas extremas de lo que han llamado adoración, son algunas de las características más llamativas. Otros caminan por el lado opuesto, cuidándose de lo que para ellos puede ser escandaloso, y se dan a la práctica de una conducta más conservadora. Los hay quienes huyendo de estos extremos procuran el equilibrio en la forma de adorar y muestran un deseo en el estudio de ciertos textos bíblicos que les motivan a continuar en la vida cristiana aprendida.

A pesar de la gran variedad de formas religiosas que puede llegar a manifestarse en las diversas culturas humanas, en materia de evangelio es de radical importancia acudir a su mensaje central. A propósito, la Biblia señala que la justicia de Dios ha sido revelada en el evangelio (Romanos 1:16-17). De manera que en esta introducción de Pablo a los romanos vemos que el evangelio pone de manifiesto la justicia de Dios. Cuando uno continúa leyendo la carta encuentra otros datos relevantes, como la declaración de que es la buena noticia de salvación condicionada en la persona y en el trabajo de Jesucristo (Romanos 3: 21-26) ... con la mira de manifestar en este tiempo su justicia, a fin de que él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús.

Resulta que uno continúa leyendo las Escrituras y encuentra que aún la fe viene a ser un regalo de Dios y que no es de todos la fe (Efesios 2:8; 2 Tesalonicenses 3:2). De manera que la salvación total es un diseño y una ejecución del Dios Omnipotente, quien desde los siglos decretó que resultase en la alabanza de su gloria en los que quiso salvar, y  en la honra de su ira y poder en los que endureció para que se perdiesen (Romanos 9). Jesucristo es el único mediador entre Dios y los hombres, él es Dios hecho hombre, el Verbo encarnado, y está a la diestra del Padre intercediendo por los suyos como Sumo Sacerdote; de la misma forma, la noche antes de morir como Cordero substituto por su pueblo, dejó por fuera al mundo cuando oraba. Específicamente al exponer: no ruego por el mundo (Juan 17: 9), daba a entender ante nosotros que el propósito de su muerte expiatoria estuvo ligada exclusivamente a su pueblo (Mateo 1:21), a sus ovejas (Juan 10: 11), como nunca a los cabritos (Mateo 25:32-33) bien expuesto en Juan 10:26:  pero vosotros no creéis, porque no sois de mis ovejas, como os he dicho.

Aparte de la persona de Jesucristo existe la doctrina que él enseñó, la cual es necesario creer. En su cuerpo de enseñanzas resalta su trabajo en la cruz, como muy bien se explica en el capítulo 10 del evangelio de Juan. Allí se habla de la figura del Buen Pastor que da su vida por las ovejas, y éstas le oyen y le siguen, y no perecerán jamás ni nadie las arrebatará ni de su mano ni de la mano de su Padre. Se menciona también que los que no creen no lo hacen porque no son ovejas (una condición que no depende de la persona sino de quien los ha hecho ovejas, así como el otro grupo ha sido formado como cabritos -el mundo por el que no rogó). Ya vamos viendo que el trabajo de Jesucristo estuvo limitado al beneficio de aquellos a quienes sustituyó en la cruz, que son los mismos que representó y justificó.

Si alguien tuviera alguna duda debería preguntarse si Judas estuvo representado por Jesús en la cruz, o si Esaú y Faraón  disfrutan actualmente del beneficio de su sangre derramada en la cruz. Ya desde antaño se prometió que salvaría a su pueblo de sus pecados, como lo dijo el ángel a José para que le colocara el nombre Jesús al niño; por cierto que ese nombre significa Jehová salva, pues Jesucristo es la justicia de Dios, tal como se anunció por uno de sus profetas: y este será su nombre con el cual le llamarán: Jehová, justicia nuestra (Jeremías 23:6).

Jesucristo es nuestra justicia o nuestra pascua, pero no es la justicia de cada uno en el mundo; la Biblia dice que Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él (2 Corintios 5:21); pero eso no se cumple en los que ni siquiera han oído su palabra, en los dejados de lado sin participar de su gracia. Ahora bien, muchos dirán que la predestinación es el producto del conocimiento intelectual de Dios, pero equivocan una vez más el sentido del término. Dios no necesita conocer nada nuevo, pues siendo perfecto ya todo lo sabe. Más aún, Él conoce el futuro porque lo hizo, no porque lo adivina o lo descubre.

Si conocía el futuro desde siempre, la pregunta lógica sería ¿por qué creó a los que se iban a condenar? Pudo haberlo evitado si quería, pero de todas formas lo hizo: creó a los vasos de ira preparados para destrucción, pero los predestinó antes de que hiciesen bien o mal, para que el propósito de la elección permaneciese por sobre las obras (Romanos 9). Esa es la única razón por la que el Espíritu Santo levanta la figura del objetor que reclama: ¿Por qué, pues, inculpa? Pues ¿quién ha resistido a su voluntad?  Ese es el eje del reclamo, mas la respuesta dada es que no calificamos siquiera para argumentar con Dios, ya que Él hace como quiere y está en su derecho. Observemos que la respuesta del Espíritu no está ligada a ningún acto judicial; simplemente así lo quiso Dios hacer, de tal forma que ni siquiera su propósito inicial fue un asunto de castigo por la culpa sino el interés de la elección de dos grupos: uno como objeto de su gloria y amor y otro como objeto de su ira y poder.

¿Quién es suficiente ante semejante Dios? ¿Qué sentido tiene nuestro juicio contra su decisión? Sin duda nada podemos hacer para interferir sus actos, pero al menos podemos gozarnos en el hecho de que hayamos sido predestinados para escuchar su mensaje y para seguir en su camino. Nadie tiene que abandonarse a la suposición de que no haya sido predestinado, pues el mandato de Jesús ha sido el de ir a predicar el evangelio a toda criatura, hasta lo último de la tierra. Existen dos planos en los que se puede mirar el contexto de la salvación: El metafísico y el físico o natural.

En el contexto metafísico sabemos por las Escrituras que Dios desde los siglos se hizo un pueblo para Sí mismo y que dada su perfección no es posible alterarlo ni en un solo número. Nosotros no hemos sido llamados a indagar en ese terreno para descubrir lo imposible, esto es, si se está o no predestinado para salvación para después creer. En el plano físico en el cual vivimos, nuestra realidad nos muestra si hemos llegado a conocer el evangelio o si jamás hemos oído de él. Lo cierto es que en este plano muchos hemos sido llamados al arrepentimiento y a la creencia en el evangelio. Nadie puede esconderse en la metafísica y alegar que no cree porque supone que no ha sido llamado desde los siglos; en este ámbito natural somos responsables de hacer lo que es agradable a los ojos de Dios, sin que se alegue imposibilidad metafísica.

Incluso Pablo resaltó que el hombre es inexcusable, pues lo que de Dios se conoce Dios se lo manifestó a través de la creación. Los cielos cuentan la gloria de Dios y las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas. Esta es la llamada revelación natural, la cual es suficiente para alertar que existe un Dios soberano capaz de hacer cuanto ha sido hecho. El apóstol da a entender en su carta a los romanos que el hombre es responsable de obedecer a Dios, ya que existe una ley natural que le permite conocer y distinguir lo bueno de lo malo. El problema humano fue que pese haber conocido a Dios, la humanidad no lo glorificó como a Dios, ni le dio gracias, sino que se envaneció en su razonamiento, y su necio corazón fue entenebrecido (Romanos 1:21).

LA EXPIACION

Esta se conoce como el trabajo realizado en la cruz por el Cordero sin mancha que fue ofrecido a Dios para apaciguar su ira en relación al pueblo que representó. Jesús dijo que su labor había sido consumada, de manera que su eficacia es absoluta como ser perfecto que era y es. A su obra no puede agregarse nada, ya que al Hijo de Dios la perfección lo circunda; pero además de lo perfecto, destacan su infinito amor, su gracia y misericordia otorgadas, tanto como su justicia. El amor de Dios se mostró en que Él nos amó y envió a Su Hijo como la propiciación de nuestros pecados (1 Juan 4:10). No podríamos jamás decir que el amor del Hijo es superior al del Padre, o viceversa. O que el Espíritu nos ama más que el Padre y el Hijo, ya que en ellos existe perfecta armonía. Sin embargo, a través del Hijo hemos podido constatar en forma objetiva e histórica el amor del Padre y del Espíritu. El amor del Padre que predestinó y ordenó el evangelio, junto al amor del Espíritu enviado como Consolador y como Vicario del Hijo.

Sabemos por la revelación bíblica que no hay otro nombre bajo el cielo en quien podamos ser salvos, sino el de Jesucristo (Hechos 4:12), por lo cual entendemos que los que no son salvos han rechazado ese nombre o nunca han oído de él. Lo que también es cierto es que el que unos sean salvos y otros condenados ha sido parte del propósito eterno de Dios que también ha revelado en las Escrituras. Esto ya lo hemos designado como el plano metafísico, pues escapa a nuestro conocimiento inmediato, físico o natural, el comprender quiénes están inscritos en el libro de la vida del Cordero inmolado desde la fundación del mundo. Nunca será nuestra tarea el averiguar el listado para saber si hemos de creer o de rechazar el evangelio, de allí que la gran comisión apostólica siga vigente: ir por todo el mundo y predicar el evangelio; el que creyere será salvo, pero el que no creyere ya ha sido condenado (Juan 3:18).

El profeta Isaías nos recomendó que si oyésemos hoy la voz de Dios no endurezcamos nuestro corazón; ¿por qué lo dijo? Porque es Dios quien abre el entendimiento, quien quita el corazón de piedra, quien da la fe para creer. Sin embargo, el llamado se hace tomando en cuenta nuestra responsabilidad en responder, pues en los que responden de acuerdo al propósito eterno del Padre se ha dicho que ellos son las ovejas del Hijo (Juan 10: 11,15), su Iglesia (Hechos 20:28), su pueblo (Mateo 1:21), sus elegidos (Romanos 8:32-35). Estas son diversas formas de llamar a un mismo colectivo de personas que hemos sido representadas por Jesucristo en la cruz, y somos los mismos por quienes él intercedió antes de morir en expiación por nuestros pecados. Son los cabritos quienes rechazan definitivamente el llamado, representados por el mundo del cual Jesús nunca rogó.

LA PERSEVERANCIA O PRESERVACION DE LOS SANTOS

Nada ni nadie puede matar la gracia de Dios, porque nadie nos puede separar de su amor. No existe ni ángel ni persona humana capaz de arrebatar a una sola oveja de las manos de Cristo o del Padre, ya que quien comenzó en nosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el final (Filipenses 1:6).

Conviene una vez más resaltar la soberanía de Dios en materia de perseverancia o preservación, pues un Dios perfecto y Todopoderoso actúa económicamente sin pérdida alguna. Dado que la fe es un regalo de Dios y que fue Él quien nos quitó el corazón de piedra para que amemos sus estatutos, entendemos que el continuar hasta el final en la fe del Hijo es un proceso en el cual el Espíritu de Dios está inmiscuido en y con nosotros. En la parábola del sembrador se ilustra el hecho de la perseverancia cuando se menciona la tierra buena que recibe a la semilla que produce fruto en abundancia; al mismo tiempo, nos enseña esa parábola que existen otros que tienen una fe espuria, banal, superficial. Esta semilla había caído en pedregales o había sido ahogada por los espinos y zarzales, por lo cual pereció como producto del medio ambiente que le era contraria (Lucas 8:5-8).

El apóstol Juan refiere a la fe verdadera y a la fe espuria, cuando nos habla de dos grupos de cristianos. Un grupo permanece por la gracia de Dios, pero el otro grupo perece, representado por la semilla que cayó junto al camino o sobre la piedra, o entre espinos, refiere a los que salieron de nosotros pero no eran de nosotros, para que se manifestase que no todos son de nosotros (1 Juan 2:19). El capítulo 8 de la carta a los romanos nos habla del conjunto de personas que persevera hasta el final, dándonos a entender que los glorificados por Dios jamás serán separados del amor de Dios, que es en Cristo Jesús, porque son los mismos que el Padre conoció (tuvo comunión en su intimidad) y quiso predestinar, llamar y justificar. El texto habla de que ninguna cosa creada por muy alta o profunda que sea podrá separarnos del amor de Dios, por lo que ni aún nosotros mismos -que hemos sido creados- tenemos el poder de escaparnos de las manos del Hijo o de las del Padre donde estamos ahora.

Pero hay gente que parece haber caído junto al camino donde las aves le comen las entrañas, o lo que es lo mismo el diablo quita de su corazón la palabra, para que no crean y se salven; hay quienes no tienen raíces y creen por algún tiempo, pero en las pruebas se apartan; hay también quienes oyen el evangelio pero los afanes y las riquezas y placeres de la vida los ahogan. Como estos en realidad no creen, sino que han salido de en medio de nosotros, se han encargado de decirle a todo el que les oiga que ésta es una palabra dura, que nadie la puede oír. Ellos intentan perseverar con sus fuerzas pero confían en otro Jesús, uno muy parecido, imitación del Jesús del evangelio de la Biblia. Ellos agregan a la carta a los romanos que nosotros mismos nos podemos salir de las manos del Padre o del Hijo, de manera que la salvación se pierde y que es posible resistir al Espíritu Santo.

Queda por decir que muchos de aquellos que no perseveran en el verdadero evangelio hacen el simulacro de perseverar en el otro evangelio, que es anatema. Ese otro evangelio presenta a un Jesús más humanitario, que muere por todos los hombres aunque no salve a ninguno. Ese Jesús del otro evangelio hizo una expiación universal que depende finalmente del buen arbitrio del corazón humano, muerto en delitos y pecados por lo cual no puede ni siquiera ver la medicina para tomarla. Ese otro evangelio ignora arbitrariamente que nadie puede ir al Hijo a menos que el Padre lo traiga, que el Buen Pastor puso su vida solamente por las ovejas, que dijo que hay muchos que no son de sus ovejas por lo cual no pueden creer. Ese otro evangelio niega rotundamente que Dios amó a Jacob y odió a Esaú aún antes de que hiciesen bien o mal, sin basarse en obra humana alguna para tomar su decisión eterna. Pero ese otro evangelio es más humanista, sin importar que resulte ser una copia mal hecha del verdadero evangelio de Jesucristo.

Existe un mito más en relación a la salvación y la perseverancia: que si somos siempre salvos entonces nos entregaremos al mal para no perseverar. Los que así afirman no conocen de qué se es salvo, no conocen el poder del Espíritu para apartarnos de la iniquidad, ignoran por completo lo que es tener un corazón de carne y el sentido propio de la parábola del sembrador. Jesucristo tuvo que explicar esta parábola para dejarla bien entendida entre su gente, pues respecto a los otros los quiso dejar en la ignorancia: a los otros por parábolas, para que viendo no vean, y oyendo no entiendan (Lucas 8:10). El dijo que la semilla (la palabra de Dios) que cayó en buena tierra refiere a los de corazón bueno y recto que retienen la palabra oída, por lo cual dan fruto con perseverancia. Pero ¿quién puede tener un corazón bueno y recto? La Biblia ha dicho que el corazón del hombre es engañoso y perverso, más que todas las cosas (Jeremías 17:9). Jeremías estaba hablando acerca de los que no ponían su confianza en Jehová sino en el hombre, a los cuales los declaró malditos. Entonces se deduce que los que ponen su confianza en el Jehová que salva (Jesucristo) no tienen el corazón perverso; sin embargo, ha habido una declaración general respecto a toda la humanidad: que ella está muerta en sus delitos y pecados, que no busca a Dios y que no hay justo ni aún uno. ¿Cómo puede haber un corazón bueno y recto para retener la palabra oída, si no existe ni un solo justo? La respuesta la encontramos en la misma Escritura, cuando el profeta Ezequiel nos dice: Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne (Ezequiel 36: 26-27).

Queda descubierto el mito de la relación entre la seguridad de la salvación y la falta de perseverancia. Es Dios quien da el corazón nuevo, por lo tanto es Dios quien prepara la buena tierra para que su palabra lleve fruto. Los que niegan esta realidad teológica y añaden su propia interpretación tuercen las Escrituras porque no son de nosotros. Ellos sienten la necesidad de hacer algo, añadir una buena obra al proceso de salvación, porque en realidad saben que no son salvos. En consecuencia, el falso Jesús del otro evangelio tiene muchos seguidores, ya que se amolda como imagen de cera a los designios humanos que día a día van cambiando su rostro por uno más conveniente. Pero el Dios de las Escrituras ha declarado que sigue siendo el mismo, por los siglos de los siglos.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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