Lunes, 24 de junio de 2013

La eternidad de Dios y su poder forman parte del conocimiento intuitivo de todos los hombres. Cuando se habla del Ser se le reconocen atributos que derivan del razonamiento lógico: infinitamente bueno, inamovible, eterno... Es tal la definición que se ha llegado a la conclusión a contrario sensu de que el no Ser no es. En su carta a los Romanos, Pablo menciona apenas parte de esos atributos de Dios, pero agrega un elemento valioso que denuncia la inmoralidad humana. Dice que la idolatría y la homosexualidad son condenables, de tal forma que nadie tiene excusa pues las leyes morales han sido escritas en las mentes o corazones de los hombres. Cada ser humano sabe, en consecuencia, qué acciones lo condenan o lo exoneran.

Pero Pablo no habla solamente de esta revelación general tallada en el corazón de la humanidad, sino que añade la revelación específica en un momento de la historia humana. Dios escogió a un pueblo para hacerlo receptor de su ley y para anunciar por medio de profetas su plan eterno e inmutable, asunto que ahora conocemos gracias a los escritos del Antiguo y Nuevo Testamento.

Esta otra revelación nos habla del Logos eterno, el que era desde el principio. En el principio era el Logos, que puede ser traducido como la razón o la lógica. Sabemos que el universo muestra inteligencia, de manera que Juan está mostrando que el autor de todo cuanto existe es también inteligente. También leemos que todos los hombres compartimos varias características: 1) somos imagen de Dios; 2) hemos caído en la muerte espiritual; 3) hemos sido destituidos de la gloria de Dios (Génesis y Romanos).

Gracias a la imagen de Dios el hombre natural puede conocer intuitivamente lo que es bueno o malo (Romanos 1 y 2), asunto enfatizado en la otra revelación. Pero la reverencia a Dios se pervirtió por la naturaleza misma del hombre, de tal forma que la humanidad prefirió rendir culto a la criatura antes que al Creador. A pesar de compartir la imagen de Dios, el conocimiento natural-intuitivo no permite ninguna información de valor acerca de cómo alcanzar la salvación eterna. Sin embargo, ese conocimiento de Dios que es manifiesto incrimina al hombre de sus hechos abominables.

Por los planteamientos de Pablo en su carta a los romanos y por el inicio del evangelio de Juan comprendemos que el conocimiento general que el hombre natural tiene de Dios es intuitivo, mientras que el conocimiento de la otra revelación (La Palabra) es lógico. Intuir se define como percibir íntima e instantáneamente una idea o verdad, tal como si se la tuviera a la vista (RAE); razonar es descrito como discurrir, ordenando ideas en la mente para llegar a una conclusión (RAE). La intuición (el mirar hacia adentro) es una contemplación que produce un conocimiento inmediato, que deja a la deducción por fuera. La intuición se produce como un acto reflejo entre la percepción y lo evidente, por lo tanto el razonamiento no hace falta (en principio). Pablo argumenta que el hombre en general conoce de Dios lo que le es manifiesto por medio de las cosas hechas (la creación); en otras palabras, la percepción del medio ambiente y del hombre mismo como parte de él permiten que Dios sea conocido como algo evidente. Pero Juan anuncia que el Logos era desde el principio y que por él todas las cosas existen; para este conocimiento hace falta la razón, aunque del argumento de Pablo se deriva que el Logos puede ser intuido como el Dios de la creación. No obstante, si la Palabra Revelada se hizo necesaria, cabe concluir que la intuición no es suficiente en sí misma para ir más allá de lo evidente.

Las cosas creadas no nos dan pie para intuir que haya un Padre, un Hijo y un Espíritu; tampoco inferimos de ellas el plan de salvación. Pero las cosas reveladas nos pertenecen, en tanto hayamos sido objeto de la gracia de Dios, mas al malo dijo Dios:

¿Qué tienes tú que hablar de mis leyes, y que tomar mi pacto en tu boca? (Salmo 50:16). Notamos una exclusión del réprobo en cuanto a fe, pues ni siquiera le es dado el mencionar el pacto de Dios. A ese le basta con la ley de Dios impresa en su corazón para que no tenga excusa en desobedecer algo que no conoce, pero la otra revelación es para su pueblo específico. No obstante, esto no implica que no se predique el evangelio a toda criatura, sino que la criatura que no ha creído no tiene como juzgar la palabra revelada.

Una vez que el pecador elegido es despertado de su somnolencia intelectual y perceptiva, la revelación se le hace visible y él pasa de las tinieblas a la luz. La comunidad entre creyentes e incrédulos radica en la imagen de Dios, de tal forma que nadie puede excusarse de no haberle conocido. Sin embargo, la muerte espiritual acontecida por la cabeza federal en Adán exige que una fuerza externa resucite al incrédulo. El que no todos crean indica que esa fuerza externa no actúa en todos, sino en los que el Padre ha ordenado para vida eterna.

EL ARREPENTIMIENTO

El mandato de arrepentirse y creer en el evangelio implica un proceso sobrenatural. Una vez operado el nuevo nacimiento en nosotros podemos comprender que el conocimiento intuitivo de Dios que suprimíamos, por lo cual negábamos a Dios con nuestros actos y con nuestro reconocimiento, estaba en nosotros. Acá entra el arrepentimiento de obras muertas, la metanoia o el cambio de mentalidad. Pasamos de la simple percepción intuitiva al conocimiento razonado acerca del Dios propuesto o revelado en las Escrituras. Destruimos los ídolos (cualquier imagen física o mental que hayamos hecho de Dios) para cambiarlos por la gloria del Dios incorruptible. No se puede creer en el evangelio si no hay arrepentimiento de las falsas creencias, pero eso es un acto conjunto que proviene del Espíritu, en donde nuestra fe surge por el oír la palabra revelada. De nuevo, no todos los que oyen creen o tienen fe, pues el hombre necesita de un agente externo, como sucedió cuando Pablo exponía las Escrituras y Dios abrió el entendimiento (el corazón) de Lidia para que estuviese atenta a lo que Pablo decía (Hechos 16:14).

CREER EN EL EVANGELIO

La buena nueva de salvación puede ser una mala noticia para muchos, por eso dice la Escritura que debemos creer en el evangelio. Son notorios los casos en que Jesús enseñaba a muchos de sus discípulos y sin embargo estos no creían en sus palabras. En ningún momento el Señor insistió en que ellos formaran parte de la manada, pues Jesús sabía desde el principio quienes creían y quién le habría de entregar. A otro grupo le dijo que no podían creer porque no eran parte de sus ovejas; asimismo, hablando con una multitud les insistió que nadie podía seguirlo a no ser que el Padre lo enviara hacia él. También expresó categóricamente que él había escogido a su gente y no que su gente lo había escogido a él. Más tarde, Juan en una de sus cartas nos recuerda ese mismo principio cuando escribió: le amamos a él porque él nos amó primero.

Este evangelio de la soberanía de Dios no es aceptado con gratitud sino que más bien es repudiado por las masas. En ese evangelio se acaba la opción de escoger y nos humilla al punto en que entendemos que si no hemos sido escogidos desde antes de la fundación del mundo no podemos ser salvos. Pero la mayoría de los que se dicen creyentes asumen el otro evangelio (el que es anatema) porque es más humanista y otorga cabida al ego. En este contexto fue que Jesús expresó: arrepentíos y creed en el evangelio. El llamado es a cambiar la mentalidad respecto a quién es Dios y su soberanía, para que a través de ese conocimiento podamos creer la buena nueva o buena noticia de salvación. Si se cree un evangelio diferente no se ha recibido la buena noticia, sino que se ha cambiado ésta por una errónea noticia.

En el falso evangelio hay un falso Cristo con una errónea asunción de quién es Dios. Los que así creen todavía no han dejado de suprimir al Dios manifestado en la creación y continúan menospreciando la verdad. Estos siguen cambiando la gloria del Dios incorruptible por semejanza de cosas corruptas, como la percepción de la auto-revelación. Ellos se han fabricado un Cristo a su imagen y semejanza, de acuerdo a sus necesidades intelectuales y filosóficas, borrando el conocimiento intuitivo que de Dios se tiene. Pero han ido más lejos, pues le han añadido el torcimiento de las Escrituras para su propia perdición.

Nada más vigente hoy día que el llamado de Jesús: arrepentíos y creed en el evangelio (Marcos 1:15). El llamado al arrepentimiento no es solamente respecto a los pecados antiguos y grandes de la vida, sino en relación a los criterios erróneos acerca del reino del Mesías, al supuesto libre albedrío que no existe, a la justificación por obras, a la creencia en la salvación por medio de la obediencia de ritos y ceremonias, o a la asunción de la tradición como esquema teológico. La única salvación posible es aquella de la gracia, la que es por fe -la cual también es un regalo de Dios. Este es el gran círculo tautológico: aún la fe es un don de Dios y no es de todos la fe. El evangelio de la gracia implica que no hacemos nada para obtener un premio, sino que aún el hecho de recibir el regalo de la salvación es irrenunciable como dádiva. Lo que es de gratis no podemos pagarlo y porque no podíamos pagar nada a cambio nos fue dado de gratis. Cualquier añadido es ya otro evangelio, uno diferente que incluye la obra humana de la aceptación voluntaria en virtud de un inexistente libre albedrío.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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