Domingo, 23 de junio de 2013

A lo largo de los últimos siglos se ha presentado a un Cristo que esté a la mano de todos los que lo deseen y en oferta insistente para que lo tomen. Matizado con las atracciones de un comercial televisivo, el Cristo de la expiación universal se exhibe en un clima de paz, amor y amistad. El sacrificio en la cruz es historia para toda la humanidad, tanto para los que han escuchado el mensaje como para los que jamás han oído ni una sílaba al respecto. Una iglesia universalista se erige como la gran impostora, pero escondida detrás del manto de la piedad y de la consolación.

Bien vale la pena darle un trato por 60 días, se escuchó decir a un predicador del Cristo universalista, si no te gusta lo devuelves. Este Jesús es un muñeco de cera que va cambiando día a día de acuerdo a la figura que cada quien desee darle. Murió por todos, ya hizo lo necesario para que te arregles con Dios, de manera que espera por ti y por tu decisión. Si este Cristo universalista murió por todos sin excepción, entonces perdonó a todos sin excepción y nadie tiene por qué estar en el infierno. Para resolver lo paradójico del argumento, este Cristo cambiante tampoco ofrece infierno, sino aniquilación total.  Dicen sus seguidores que todo depende de nuestra libertad de aceptar o rechazar, por lo tanto no es su culpa que muchos se pierdan por la eternidad.

Pero esta manera de enfocar el tema de la expiación muestra el odio que se tiene al Dios de la escena bíblica. Dios ha seleccionado a un pueblo para Sí mismo y ha enviado a Su Hijo a morir por los pecados de ese pueblo particular (Mateo 1:21), como dice la Escritura: el Señor añadía a la iglesia cada día los que estaban ordenados para vida eterna. En ese sentido, el Cristo de la Biblia oró por los que el Padre le había dado y específicamente no quiso rogar por el mundo (por el mundo no dado a él por el Padre). En otros términos, este es un Cristo altamente económico, que no derrocha energía alguna en intercesiones inútiles. Mal puede el Cristo de la Biblia rogarle a la humanidad la limosna de la aceptación.

Dado que redimir significa comprar, pagar el precio para la posesión o rescate, el pueblo de Dios fue comprado por precio (1 Corintios 6:20) o redimido con la sangre preciosa de Cristo (1 Pedro 1:19). La iglesia de Cristo la ganó él por su propia sangre (Hechos 20:28) y todos los que conformamos su pueblo fuimos justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús (Romanos 3:24). Es muy interesante la metáfora utilizada en el Nuevo Testamento para ilustrar la relación del pueblo de Dios con su Señor: Pero gracias a Dios, que aunque erais esclavos del pecado, habéis obedecido de corazón a aquella forma de doctrina a la cual fuisteis entregados; y libertados del pecado, vinisteis a ser siervos de la justicia (Romanos 6:17-18). Si bien el Señor nos ha llamado amigos, cuando estuvimos muertos en nuestros delitos y pecados éramos esclavos del pecado; un agente externo vino a liberarnos para convertirnos en sus siervos. Dado que un esclavo no puede venderse a sí mismo, ni toma decisiones en cuanto a cuál amo obedecer, los liberados de la maldición de la muerte y de la ley fueron inconsultos,  en tanto eran esclavos del pecado. Si todos éramos por naturaleza hijos de la ira, lo mismo que los demás, los que hemos creído en Jesucristo como salvador de su pueblo hemos sido llamados a la pacificación con Dios. Los otros han sido dejados en su naturaleza y endurecidos por Dios para la honra de su ira y su poder (Romanos 9:18 y 22). Por esa razón los que se pierden nunca fueron liberados, por lo cual nunca creyeron, aunque hayan cifrado sus esperanzas en el Cristo de la expiación universal.  En la Parábola del Sembrador se menciona a éstos, que no tienen raíz profunda y cuyo evangelio no les permite prevalecer en el ambiente hostil del enemigo de las almas, sino que son devorados  como la semilla del camino que las aves del campo se comen.

SOLA GRATIA

No desecho la gracia de Dios; pues si por la ley fuese la justicia, entonces por demás murió Cristo (Gálatas 2:21). Los que dependen de las obras de la ley están bajo maldición, por cuanto no pueden permanecer sin quebrantarla. Por medio de la ley ninguno puede ser justificado, pues el justo por la fe vivirá. Jesucristo se hizo maldición al ser colgado en la cruz, ya que la ley dice: Maldito todo el que es colgado en un madero (Gálatas 3:13). Las obras modernas de la ley son diversas y los que militan en la religión universalista (que Cristo murió por cada miembro de la humanidad) necesitan trabajos que exhibir para garantizar su salvación eterna, tales como: Ir a la iglesia, leer la Biblia y aprender de memoria sus textos, orar con frecuencia, dar ofrendas o limosnas, predicar para ganar prosélitos, llevar una vida al servicio de la moral y las buenas costumbres, etc.  Aunque estas actividades suelen ser de provecho para el alma de los creyentes del verdadero evangelio, no son nunca la condición para la redención.

HACERSE CRISTIANO O CREER EL EVANGELIO

Hacerse cristiano es una tarea que procuran los que creen en la expiación universal. Estos ciertamente no han creído el evangelio (la buena noticia para el pueblo de Dios), ya que se ofenden con la palabra de la predestinación, les parece duro de oír el discurso registrado en Juan 6 y 10, que relata del Buen Pastor dando su vida solamente por sus ovejas. El hecho de que nadie pueda venir a Jesús, a menos que el Padre lo traiga hacia él, destruye la proposición que esbozan habitualmente: que Cristo ya hizo su trabajo, pero que ahora le toca a cada quien recibir o rechazar esa obra universal de salvación.

Uno debe preguntarse si la muerte de Cristo implicó la redención, compra y liberación de cada uno sin excepción. Hay gente que no ha sido alcanzada por esa redención extraña, incluso muchos que jamás oyeron de ese anuncio. ¿Dónde están ellos ahora? ¿Dónde se encuentra Judas o el Faraón? ¿Por qué no bastó esta redención para Esaú, o para el Anticristo -el hombre de pecado? ¿Se dio Jesucristo como el precio por los pecados de ese mundo por el cual no rogó al Padre? ¿Los sustituyó en la cruz y expió su culpa?

Si la economía de Jesucristo en la oración intercesora dejó por fuera al mundo, ¿cómo no podría ser igualmente económico su trabajo inmediato en la cruz? En la noche dijo no ruego por el mundo pero al día siguiente expresó que todo estaba consumado, lo cual significa que no quedó más nada por hacer en cuanto al pago sustitutivo que realizó de una vez y para siempre. Si todo quedó consumado no hay razón para que ninguno se pierda, a no ser que se pierdan quienes no fueron sustituidos o redimidos en la cruz -aquellos por los cuales Jesucristo no rogó al Padre.

El Cristo de la expiación universal es un falso Cristo, y como tal es incapaz de salvar aunque sea a uno solo de sus seguidores. Poco importan aquellas obras novedosas de la ley de la religión universalista, porque el suyo no es el Cristo del evangelio. Dios no está en lucha contra el mal, como si tuviese un gran problema por resolver, más bien ha hecho todo lo que ha querido y el universo entero sigue el curso de sus profecías. Asimismo, es necesario que surjan falsos Cristos y que se anuncie el evangelio diferente, porque así está escrito; pero ese otro evangelio es llamado anatema (maldito) y todos sus seguidores y anunciadores también. Baste con predicar el verdadero evangelio de la sola gratia para que aquellos prosélitos universalistas muestren su odio al verdadero Dios y al verdadero evangelio. ¿A cuál evangelio sigues? No en vano la Escritura prescribe: arrepentíos, y creed en el evangelio.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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