Lunes, 17 de junio de 2013

La ley produce el conocimiento del pecado, de manera que los mandamientos legales se han dado no para que el hombre los cumpla (como si pudiere) sino para que el hombre se convenza de que es un pecador o transgresor de la ley. Por supuesto, este darse cuenta de que es transgresor conduce más fácilmente al hombre a la idea de que necesita la gracia divina ... ya que por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él; porque por medio de la ley es el conocimiento del pecado (Romanos 3:20).

Por eso es que ningún mandamiento dado por Dios resulta en vano, porque en última instancia descubre el pecado y hace que el hombre necesite de la gracia de Dios. Resulta por demás interesante que cuando Abraham obedece a Dios al circuncidar a Isaac, ya tanto Abraham como su hijo eran adoradores del Todopoderoso. Ellos no necesitaban la circuncisión de la carne para convertirse en seguidores de Dios, sino que la circuncisión llegó a ser una obra subsecuente del hecho de pertenecer a la familia de la fe. Por eso es que los creyentes, en general, mortifican la carne como una consecuencia inmediata del hecho de poseer dentro de ellos al Espíritu Santo en tanto arras de su salvación. Este mortificar implica batallar contra la corrupción de la naturaleza humana, en un repudio continuo a la obra del pecado.

Pablo nos ha hablado de la circuncisión del corazón (Romanos 2:29), pero esta actividad corresponde a las manos de Dios (Colosenses 2:11). Al reflexionar acerca de la circuncisión hecha a los niños (la ordenada en la ley de Moisés) nos damos cuenta de que ésta es pasiva, pues los infantes no tienen arte ni parte activa en el cumplimiento de la norma. Recordemos que muchos eventos del Antiguo Pacto (Testamento) fueron un tipo o sombra de lo que habría de venir en el Nuevo Pacto; de esta manera queda patente que la circuncisión del corazón se hace en gente pasiva bajo las manos de un Dios activo.

Circuncidaos a Jehová, y quitad el prepucio de vuestro corazón, varones de Judá y moradores de Jerusalén; no sea que mi ira salga como fuego, y se encienda y no haya quien la apague, por la maldad de vuestras obras (Jeremías 4:4). Este texto, aunque muestra el verbo en imperativo (para dar una orden), viene en una forma pasiva, tal como fue traducido en la Septuaginta y en la Vulgata Latina. Veamos la transcripción al latín (de la Vulgata): Circumcidimini Domino, et auferte praeputia cordium vestrorum, viri Juda, et habitatores Jerusalem, ne forte egrediatur ut ignis indignatio mea, et succendatur, et non sit qui extinguat, propter malitiam cogitationum vestrarum. Tal como se aprecia, el verbo está en segunda persona plural, del presente; puede ser tanto modo indicativo como imperativo, ambos en voz pasiva. Es como si el profeta dijera: Seáis circuncidados. Aún en ese viejo texto de Jeremías el mandato se hizo en voz pasiva, ya que el ser humano no puede hacer nada para la propia circuncisión de su corazón.

APARTE DE LA LEY

La justicia de Dios se ha manifestado aparte de la ley, por medio de la fe en Jesucristo (Romanos 3:21-22). Esta justificación es gratuita y por la gracia de Dios: a través de la redención de Jesucristo, quien es la propiciación y justicia de Dios (Mateo 1:221). De esta forma el único justo es Jesucristo, pero es también el que justifica al que es de la fe de Jesús (Romanos 3:26). El resultado de esta operación divina es que no puede haber ninguna jactancia en el hombre, ya que no hay obras posibles que satisfagan a la ley, sino que es solamente por fe.

Pero no debemos olvidar lo que la misma Escritura dice al respecto: No es de todos la fe (2 Tesalonicenses 3:2); Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues [la fe] es don de Dios (Efesios 2.8). Esto es lógico en grado extremo, ya que si la salvación es por gracia, y no puede haber jactancia humana, entonces la fe no podría ser una obra del hombre. Por lo tanto la Escritura advierte que la misma fe es un regalo de Dios, lo cual configura el paquete de la gracia. No obstante, cualquiera podría argumentar que la fe viene por el oír la palabra de Dios (Romanos 10:17), pero en el griego dice que viene por el oír la palabra específica de Cristo (rhema y no logos).  Sabemos que la fe confirma la ley y no la invalida, por lo que los de la circuncisión de la carne (los judíos) y los de la incircuncisión (los gentiles) seremos justificados por medio de la fe.

LA CONCIENCIA DEL PECADO

Yo no conociera la codicia, si la ley no dijera: No codiciarás (Romanos 7:7). El mandato de la ley hace que se produzca la transgresión, de manera que la norma que era para poder vivir en saneamiento se convirtió por naturaleza en una norma de muerte. Tengamos en mente que aún Adán, cuando estaba en la inocencia, tuvo un mandato para obedecer: no comer el fruto de cierto árbol del huerto. Lo mismo ha acontecido con el resto de los hombres, aún antes de la ley de Moisés y fuera de esa ley: Porque las cosas invisibles de Dios, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas, de modo que nadie tiene excusa (Romanos 1: 20). La gente conoció a Dios a través de la creación de todo lo que existe, pero por su naturaleza enferma y su corazón muerto en delitos y pecados no puede agradar a Dios ni glorificarle, ni darle gracias; antes bien, la humanidad se envaneció en sus razonamientos hasta entenebrecer su necio corazón.

Pero gracias a la ley de Dios (al mandato general) una vez que hemos recibido al Espíritu como garante por la operación del nuevo nacimiento, se posee tal luz acerca del pecado y su consecuencia de tal modo que uno logra verse a sí mismo como un ser muerto. Éramos por naturaleza hijos de la ira, lo mismo que los demás, pero esto se dice una vez que tenemos el Espíritu de Cristo. De igual forma Pablo vio que él merecía la muerte eterna y que se envanecía toda esperanza de vida en virtud de la obediencia de la ley. De esta manera, el apóstol resalta la importancia de la doctrina de la fe frente a la doctrina de la ley o de las obras. Ninguno puede ser justificado por las obras de la ley, mas solamente por medio de la fe en Jesucristo

UNA ACUSACION COMUN

A los que predicamos la doctrina de la gracia se nos acusa de ser permisivos con el pecado. Sin embargo, esta acusación lleva implícita el carácter moral del acusador que pretende hacer valer la obra sobre la fe: la obra de no pecar, la obra de tener una buena conducta, de ser mejor que el otro. Por otro lado, quien actúa de tal forma demuestra que no comulga del todo con la doctrina de la gracia plena.

Pablo no estuvo exento de esta acusación: ¿Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde? (Romanos 6:1). ¿Pecaremos, porque no estamos bajo la ley, sino bajo la gracia? En ninguna manera (Romanos 6: 15). ¿Y por qué no decir (como se nos calumnia, y como algunos, cuya condenación es justa, afirman que nosotros decimos): Hagamos males para que vengan bienes? (Romanos 3:8).

La respuesta del apóstol a esta acusación fue contundente: 1) la rechazó como argumento falso (en ninguna manera); 2) preguntó cómo vivir aún en el pecado (Porque los que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos aún en él? -Romanos 6:2). Sí, Pablo reflexionaba en la carta acerca de la acusación hecha y llegó a preguntarse cómo podía ser posible para alguien que ha muerto al pecado continuar viviendo en él. La vida en el pecado no puede ser posible para alguien que ha nacido de nuevo, más allá de que se peque y que él sea vendido al pecado. Pablo entiende que él es carnal, como cualquier creyente, como lo fue Santiago o Elías, hombre sujeto a pasiones semejantes a las nuestras. La ley que es santa y espiritual nos muestra que somos carnales y vendidos al pecado (Romanos 7: 14), y el pecado que mora en nosotros es quien hace lo malo (Romanos 7: 17).

A pesar de esa lucha, el apóstol y nosotros sentimos que queremos hacer el bien (esto es consecuencia de tener el Espíritu de Cristo), por lo cual según el hombre interior nos deleitamos en la ley de Dios, un hecho imposible para el hombre natural enemistado con Dios (verso 22). Ahora son dos leyes las que nos gobiernan: 1) la ley de Dios que permite al hombre interior desear hacer el bien; 2) la ley del pecado que en nuestros miembros nos lleva cautivos  y que se rebela contra la ley de nuestra mente -hombre interior.

Pablo confirma que esa lucha interna convierte a los creyentes en unos miserables, pero agradece a Dios por Jesucristo porque nos librará de este cuerpo de muerte. Además, ha dicho en el capítulo anterior (el 6) que el pecado no se enseñoreará de nosotros, de manera que podemos descansar en ese triunfo de Jesucristo en la cruz, ya que hemos sido bautizados con su muerte.

RESUMIENDO

Resumiendo, diremos que bajo ningún respecto podemos aceptar la acusación de que los que predicamos el evangelio de la gracia anunciamos implícita o explícitamente que pecar es bueno. Rechazamos que dejar de pecar sea posible en esta carne que habitamos, pero también refutamos que el pecar nos produzca placer. Más bien nos abate y nos vuelve miserables, porque no es posible vivir en el pecado para los que hemos muerto al pecado.

La libertad recibida en Cristo nos produce la tranquilidad suficiente para seguir adelante pese a la lucha interna; pero además es oportuna para lidiar con los acusadores que nos oprimen con sus falsedades deducidas de lo que ellos rechazan internamente. Porque si entendieran la doctrina de la gracia y fuesen de la misma no nos levantarían tales calumnias. Por doquier andamos anunciando este mensaje, sin ocultar el completo consejo de Dios, se oyen las voces de los que conviven en las iglesias (o en las sinagogas de Satanás) que nos denuncian pública y privadamente (y sin derecho a réplica ni repreguntas) como practicantes de una vida libertina y como incitadores de la misma.

Pero nada más lejos de la realidad tanto en Pablo como en los que creemos todo el consejo de Dios. No en vano Satanás ha sido llamado el acusador de los hermanos, y opuestamente la actitud de Dios ha sido inversamente proporcional a la suya: nos ha declarado justificados por la fe en Su Hijo, ha sepultado nuestros pecados en el fondo del mar y ha prometido no acordarse más de ellos. Por esa razón queda en evidencia que Satanás acusa por perverso y por envidioso, pues él no ha tenido jamás la opción del perdón de Dios; aunque también se pone en evidencia que quienes nos acusan siguen al príncipe de este mundo con su método, y engañados continúan con el evangelio de las obras (del hacer y no hacer), como si eso cambiara al árbol malo para que diera fruto bueno, o quitara las manchas del leopardo y transformara una cabra en oveja. Dado que Jesucristo fue nuestra propiciación, justificación y pascua, preguntamos con el mismo argumento de Cristo frente a la mujer pecadora: ¿Dónde están los que te acusaban?

Al darle gracias a Dios por librarnos de este cuerpo de muerte podemos hacer la siguiente pregunta: ¿dónde están los que nos han acusado de predicar la transgresión para que la gracia de Dios sobreabunde? Nuestra respuesta es que ellos no han comprendido todavía el gran amor de Dios operado en el nuevo nacimiento al darnos un corazón de carne que entienda y ame sus estatutos. Más allá de que el Señor no nos haya quitado la vieja naturaleza, sino que ha permitido el combate entre el Espíritu y la carne, El nos ha decretado la victoria por su sangre y nadie podrá acusar a los escogidos de Dios. Si esto perturba a los cristianos que se escandalizan y murmuran porque esta palabra es dura de oír, entonces quienes nos acusan lo hacen porque todavía no les ha amanecido Cristo ni la luz del evangelio. No olviden que religión no es evangelio, que obras de hacer y no hacer no se parece en nada a la fe ni a la gracia.

El único camino que le queda a los acusadores es el mismo que le es ofrecido al resto del mundo: arrepentíos y creed en el evangelio. Este es el mandato histórico, más allá de que metafísicamente el decreto de Dios capacite a algunos para esa tarea y a otros endurezca y les envíe un poder engañoso para que crean la mentira y se pierdan. Pero no tenemos derecho a la elucubración de que sabemos a ciencia cierta quién es el elegido y quién el endurecido. Nuestra meta es anunciar el evangelio a toda criatura, la responsabilidad general del hombre es buscar a Dios mientras puede ser hallado. Nunca es tarea humana lícita el excusarse en el hecho metafísico para no creer o para echarse al abandono espiritual.

El ladrón en la cruz fue un ejemplo de alguien que vivió extraviado toda su vida en el hampa y en el dolor del pecado, pero en el instante de su muerte la luz de Cristo lo alumbró, la palabra específica le brindó la fe necesaria para creer. Pero hubo otro ladrón que también esperó hasta el último momento y de nada le aprovechó el estar al lado del Logos eterno, pues su palabra (logos) no fue específica para él, si bien continúa en la eternidad siendo responsable por lo que de Dios fue revelado: sea en las Escrituras, o sea en la creación. En su conciencia está todavía presente su burla y su rechazo a la ley de Dios, y no podrá descansar en el hecho metafísico de que no fue escogido para salvación.

La soberanía aplastante de Dios sirve para humillar absolutamente al ser humano y no permitirá un ápice de posibilidad de jactancia delante de Sí mismo. Esta realidad sería motivo suficiente para que el hombre deje a un lado su soberbia y se humille para suplicar como uno de los ladrones en la cruz. El que se humillare será ensalzado, a lo mejor obtendría una respuesta parecida a la que Jesús le brindó a aquel malhechor de vida cotidianamente pecadora: Hoy estarás conmigo en el Paraíso. A lo mejor Jesús le responderá que estará con el él en el reino de los cielos y que le resucitará en el día postrero. Si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestro corazón.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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