Lunes, 10 de junio de 2013

Esta es la seguridad del creyente, que el Padre nos haya llevado a Cristo. El texto griego es mucho más gráfico que su versión a muchas lenguas, pues el verbo ἑλκύω (hel-koo'-o) significa jalar, extraer, empujar, guiar, arrastrar, y ese es el que se ha usado en español como traer: Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere; y yo le resucitaré en el día postrero (Juan 6:44). Esta es precisamente la idea central en la predestinación bíblica, un acto monergístico, de un solo lado, del exclusivo trabajo del Padre. El hombre muerto en delitos y pecados no podrá jamás jalarse a sí mismo, extraerse o empujarse y tampoco guiarse hacia Dios. Esta elección de Dios es independiente de cualidad o condición nuestra, pues no ha mirado en la persona para descubrir alguna buena condición que lo haga meritorio de la predestinación. Antes bien, la Biblia ha recalcado que este acto del Padre se ha hecho en la base del puro afecto de su voluntad, es decir, de su puro placer.

PACTO ETERNO

En Hebreos 13:20 se menciona la sangre del pacto eterno, la de Jesucristo por su pueblo. Este contrato eterno es inmutable por ser desde siempre y por la eternidad, hecho con el pueblo escogido por Dios. El caso de Judas Iscariote nos enseña que Dios jamás hizo un pacto eterno con él, así como tampoco lo hizo con Caín o con Esaú. De haberlo hecho, todos ellos serían parte del rebaño del Señor y el Padre hubiese tenido que arrastrarlos hacia Cristo.  El Señor en su última cena tomó la copa y dijo: Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre, que por vosotros se derrama (Lucas 22:20). Este vosotros es el grupo de escogidos por los cuales había rogado horas antes ante el Padre en Getsemaní; a este grupo hemos sido añadidos a lo largo de la historia todos aquellos que el Padre ha señalado como su pueblo. Este gran grupo goza actualmente de la intercesión sacerdotal de Jesucristo a la diestra de Dios Padre. Pero así como Jesús no rogó por el mundo (Juan 17:9), tampoco derramó su sangre del nuevo pacto por ese mundo que comprendía a Judas Iscariote, a Caín, a Esaú y a todos los que el Padre aborreció y nunca amó desde la eternidad (Romanos 9).

Jesucristo fue también un gran Maestro que enseñó enfáticamente sobre el tema de la predestinación. Así también dijo: Y esta es la voluntad del Padre, el que me envió: Que de todo lo que me diere, no pierda yo nada, sino que lo resucite en el día postrero (Juan 6:39). Nada se va a perder por cuanto la voluntad del Padre se hace siempre (Nuestro Dios está en los cielos; todo lo que quiso ha hecho: Salmo 115:3). Por eso Jesús en Getsemaní, la noche antes de su crucifixión, rogó al Padre por los que les había dado reconociendo que ellos eran del Padre (Juan 17). Fijémonos que precisamente esa oración demuestra que no todos los discípulos eran de Dios, sino que Judas era el hijo de perdición para que la Escritura se cumpliese. Uno se pregunta, ¿quién fue el inspirador de las Escrituras? La respuesta que da la Biblia es que es el mismo Dios, a través del Espíritu Santo; de manera que Judas fue escogido por Dios como hijo de perdición, como un vaso de ira para mostrar en él la gloria de su poder y de su ira.

Jesucristo como Maestro nos ha enseñado que él no tuvo desperdicio alguno, pues rogó solamente por los elegidos del Padre y específicamente enfatizó que no rogaría por el mundo. Con este contraste su argumento se exhibe como uno muy sublime, declarativo, definitorio. Ya lo había enseñado días atrás cuando hablaba con sus discípulos y ellos le preguntaron si era fácil o difícil salvarse. Jesús les hubo respondido que muchos son los llamados, pero pocos los escogidos. Por ejemplo, Judas Iscariote fue llamado para que la Escritura se cumpliese, pero no fue escogido para salvación.

LA CONDICION HUMANA

El hombre natural no puede entender las cosas espirituales porque le parecen locura; su corazón está lleno de maldad, no busca a Dios, hace lo malo, es rebelde, impuro y profano (1 Corintios 2:14; Marcos 7:21-23; Romanos 3:11; 1 Timoteo 1:9). Pero no solamente hay que atribuir al hombre natural su condición innata hacia el mal, sino que además Dios se atribuye un rol activo en el endurecimiento del impío. El dice que endurece al que quiere endurecer, y muchos son los ejemplos en la Biblia que demuestran esta actividad del Creador para llevar a cabo sus planes eternos. Sea causa primera, mediata o última, Dios está activando esas causas para cumplir su voluntad desde los siglos. Por esa explicación de la conducta de Dios el objetor se levanta y le pregunta: ¿Por qué, pues, inculpa? Pues, ¿quién ha resistido a su voluntad? En otros términos, con Dios nadie gana a no ser que Dios lo gane o lo arrastre para Sí mismo.

Porque para el hombre la salvación es un imposible, pero para Dios todas las cosas son posibles (Mateo 19:26). Jesús repitió varias veces la misma idea en un mismo contexto, cuando hablaba con un montón de sus seguidores que habían presenciado sus milagros; les dijo: Por eso os he dicho que ninguno puede venir a mí, si no le fuere dado del Padre (Juan 6:65). Pero en general, todos hemos sido hechos de la misma masa (unos como vasos de ira y otros como vasos de gloria); todos los que hemos nacido de nuevo hemos sido antes del nuevo nacimiento hijos de la ira, lo mismo que los demás (Efesios 2:3).

EL CORAZON HUMANO

En las Escrituras se refiere que el corazón del hombre es la parte más profunda del ser humano, el centro de la naturaleza del espíritu. De allí proviene el entendimiento, las reflexiones, el sentir alegría y aún las experiencias de dolor. Precisamente por su depravación el corazón humano está enfermo (engañoso y perverso es el corazón del hombre, ¿quién lo comprenderá? -Jeremías 17:9).

Pero mediante el nuevo nacimiento Dios ha cambiado en sus elegidos el corazón de piedra y nos ha dado uno de carne, junto con su Espíritu, para que podamos andar en sus estatutos y amar su palabra (Ezequiel 36:26-27). De manera que podemos confiar que dado que de la abundancia del corazón habla la boca, el hombre regenerado hablará las cosas del Espíritu, todo lo que es noble y virtuoso, se gozará en las cosas de arriba y no en las terrenales. Este es el gran fruto del árbol bueno, pues no puede haber fruto malo en un corazón de carne transformado por Dios y guiado por su Espíritu. De allí que el Espíritu da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios, se contrista en nosotros cuando hacemos lo indebido, nos anhela celosamente, interpreta la mente del Señor e intercede por nosotros con gemidos indecibles.

Es tal la enemistad con Dios de parte del corazón del hombre natural que Jesucristo tuvo que abolir dicha enemistad, en favor de los elegidos. De igual forma se nos ha declarado en los textos de la Biblia que el Señor añadía a la iglesia todos aquellos que habían sido señalados para vida eterna (Hechos 13:48); que los que le recibieron no fueron nacidos de sangre o de voluntad de carne, o a fuerza de voluntad de varón, sino de Dios (Juan 1:12-13); que aquellos a quien Dios amó (conoció) también los predestinó para ser la imagen de Su Hijo, por lo cual en su debido tiempo los llamó, los justificó y los glorificó- Romanos 8: 29-39 (en tiempo pasado, ya que estamos sentados en los lugares celestiales con Cristo). Fuimos escogidos en Jesucristo antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él, predestinados en amor para ser sus hijos adoptados, por el puro afecto de su voluntad (Efesios 1:4-5).

En resumen, Dios no solamente nos proveyó la cruz como vía de salvación, sino que nos aseguró la aplicación de la sangre de Cristo a través de la predestinación. De no haber sido de esta manera, nadie sería salvo, pues se es salvo por gracia; y esto no depende de nosotros, ya que es un don (regalo) de Dios. El Señor es quien produce en nosotros así el querer como el hacer, él es quien comenzó la obra en nosotros y la terminará hasta el final, ya que él es también el autor y consumador de la fe.

Dios nos arrastra hacia Cristo, crea en nosotros un corazón limpio, nos anota para creer (Hechos 13:48), opera la fe en el creyente, nos escoge para ser santos y sin mancha delante de Él, nos garantiza el hecho de creer: Porque a vosotros os es concedido a causa de Cristo, no sólo que creáis en él, sino también que padezcáis por él (Filipenses 1:29), nos llama de acuerdo a su propósito, nos hace nacer de nuevo, nos predestina para salvación (Romanos 8: 29-30), nos predestina para ser adoptados hijos suyos de acuerdo a su propósito (Efesios 1:5,11), nos hace nacer de nuevo pero no por voluntad de varón sino de Dios.

Esta es la enseñanza de la Escritura, pero fue además el eje educativo del Mesías. Cuando muchos de sus discípulos oyeron esta palabra, les pareció dura y se preguntaron quién la podría oír. Ellos se retiraron de la vista de Jesús y se fueron murmurando, pero el Señor no los llamó ni les dijo que iba a suavizar su palabra para que le pudieran seguir. Más bien desafió a los otros y les dijo si ellos también se querían ir. Mas a Pedro el Padre le habló y por eso pudo responder: Señor, tú tienes palabra de vida eterna, ¿a quién iremos? Nosotros hemos creído y conocemos que tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente. Jesús les respondió: ¿No os he escogido yo a vosotros los doce, y uno de vosotros es diablo? (Hablaba de Judas Iscariote, el que le iba a  entregar) (Juan 6: 67-71).

LA ACTITUD HACIA LA PREDESTINACION

Siempre hay las personas instruidas en la Palabra que rechazan la predestinación por considerarla injusta o misteriosa. Hay dentro de ellos quienes sostienen que en la Biblia hay paradojas y una de ellas es la contradicción entre la predestinación y la responsabilidad humana. Pero al mismo tiempo, dentro de los instruidos por la Palabra existe un grupo de personas que no tienen adónde ir más que a Jesús. Estos reconocen que Jesús es el Cristo, el Hijo del Dios viviente, que su palabra es luz y bálsamo para el alma, que no tienen a más nadie adonde puedan ir. A estos la palabra de la cruz no les parece locura, ni la predestinación algo duro de oír. Estos no se van ni se quedan murmurando de la enseñanza de Jesús, sino que se gozan en que de no haber hecho Dios esta elección nadie sería salvo.

Los que objetan la predestinación se oponen a la enseñanza del Espíritu de Dios, cuando en Romanos explica la razón soberana del Padre en haber hecho lo que hizo por cuanto nadie puede resistir lo que Él quiso. En efecto, el Espíritu responde al objetor con un profundo desprecio por su crítica: ¿Y qué, si Dios, queriendo mostrar su ira y hacer notorio su poder, soportó con mucha paciencia los vasos de ira preparados para destrucción, y para hacer notorias las riquezas de su gloria, las mostró para con los vasos de misericordia que él preparó de antemano para gloria ... (Romanos 9: 22-23). 

Los que hoy día objetan la predestinación actúan en peor grado que el objetor bíblico declarado en Romanos 9, por cuanto ignoran la respuesta del Espíritu a su argumento. De igual forma, desprecian la narración del evangelio según el capítulo seis (6) de Juan, cuando se expone al grupo de discípulos que seguía al Señor, que había presenciado sus milagros y escuchado muchas de sus palabras, pero que se retiró murmurando diciendo que era una palabra dura la que predicaba Jesucristo.

Creer en forma diferente a lo enseñado por Jesús el Cristo es sencillamente creer otro evangelio; decirle bienvenido al que trae la doctrina ajena a la de Cristo es recibir sus plagas y castigos. Debemos examinar los espíritus (a las personas) para ver si son de Dios; el ocuparse de la doctrina nos puede salvar de muchos problemas.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 15:49
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