Viernes, 07 de junio de 2013

Así dijo Jehová: No se alabe el sabio en su sabiduría, ni en su valentía se alabe el valiente, ni el rico se alabe en sus riquezas. Mas alábese en esto el que se hubiere de alabar: en entenderme y conocerme, que yo soy Jehová, que hago misericordia, juicio y justicia en la tierra; porque estas cosas quiero, dice Jehová (Jeremías 9:23-24).

El conocimiento que se tenga acerca de Dios es el tesoro más grande que se pueda alcanzar. ¿De qué aprovecharía al hombre conquistar el mundo si pierde su alma? Por lo tanto, sería prudente amistarse con Dios para que tengamos paz y nos venga bien. Pero hay un estigma social e intelectual en eso de merodear los asuntos de la Biblia; para empezar, la etiqueta de teológico suena más académico que la de bíblico. En las credenciales de un hombre de fe vale mucho más para la comunidad del mundo el que presente su aval como teólogo, antes que como estudioso de las Escrituras. Pero a pesar de ello, la teología es de todas maneras el centro de la Biblia por cuanto ésta no hace sino presentar la revelación que hace el Dios vivo de Sí mismo. De esa manera, nuestra gloria consiste en conocer aquello que nos ha sido mostrado como la evidencia de la personalidad de Dios.

Son muy variados los conceptos teológicos que se mueven y ensamblan en el núcleo de las Escrituras. No es posible siquiera acercarnos a muchos de ellos en unas breves páginas, pero podemos mirar al menos algunos que tocan de cerca la relación del hombre con el Dios soberano. ¿Existe responsabilidad moral humana frente a un Dios absolutamente soberano? ¿Hay libre albedrío en la humanidad? ¿Existe la compatibilidad entre la responsabilidad y la libertad de acción? Son muy variados los temas que podríamos abordar al  hacer una lectura curiosa de las Escrituras. Por esa razón Pablo escribió: ... aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por amor del cual lo he perdido todo, y lo tengo por basura, para ganar a Cristo (Filipenses 3:8).

RESPONSABILIDAD MORAL

Este concepto tiene que ver con el hecho de que Dios haya ordenado un conjunto de normas que rigen el fuero interno del individuo. Esta responsabilidad encaja en la asunción de que Dios es soberano, de lo cual se deriva que si Él ejerce su  pleno poder y control nosotros no somos libres. Existe un problema de aprendizaje del concepto soberanía por cuanto las más de las veces lo tomamos del ámbito jurídico internacional. Decimos que un país es soberano en su espacio aéreo o en su mar territorial, por ejemplo. Un Estado ejerce plena soberanía dentro de ese legado territorial, pero su poder se limita cuando empieza la soberanía del otro. El traslado de este concepto al ámbito netamente político ha llegado a señalar que el pueblo es el soberano, de quien el Estado depende. Existen Convenciones Internacionales que delimitan la cuantía del mar territorial, del espacio aéreo y la injerencia de los Estados entre ellos. Entonces estamos en presencia de un concepto de soberanía que es limitada por la conveniencia política internacional, un concepto relativo y variante, de acuerdo a la filosofía política que se desarrolla en la historia.

Pero el concepto bíblico de soberanía divina que se deriva de la posición teológica declarada en los textos de la Biblia es diferente a lo que en Ciencias Políticas entendemos por soberanía de los Estados. Dios es el Legislador que no hace normas que lo limiten; al contrario, hace normas que el hombre no puede cumplir libremente pero que lo tornan responsable. Bajo el criterio de soberanía divina no existe la compatibilidad entre responsabilidad y libertad de la criatura. En otros términos, no existe una condición previa de libertad para que seamos moralmente responsables.

LIBERTAD DE DIOS O DE LOS HOMBRES

El sentido de libertad que tenemos al actuar nos hace presuponer una causa que nos conduce a la acción. Muchos estudiosos de la Biblia parten de un supuesto equivocado que prefieren llamarlo misterio o paradoja. Asumen que Adán, el primer hombre, fue un ser absolutamente libre, por lo cual tenía la posibilidad de no cometer pecado. Es cierto que estuvo libre del pecado, mientras no pecó, pero eso no toca la esfera de relación con el Creador. El asunto es decir si Adán era o no era libre frente a Dios como su Hacedor soberano.

Afirmar que Adán nunca fue libre ante Dios ha llevado a muchos a un sendero de sorpresas y perplejidades. Si no fue libre entonces pecó porque tenía que pecar. Frente a esta realidad algunos exclaman que Dios permitió el pecado, pero no lo ordenó. Con  este concepto de soberanía a medias prosiguen su camino teológico manchando cualquier interpretación posterior de las Escrituras. Todo el cuadro de la teología sistemática debe adaptarse a ese concepto dualista de un Dios que permite pero que no ordena. Es como si dijeran que existe una fuerza igual o superior a Dios que intenta competir con Él.

Al no conocer de dónde salió tal fuerza, porque achacársela a Satanás como si fuese un ser independiente de Dios sería dualismo en extremos, se asume que eso es un misterio, por lo cual conviene no indagar donde no ha habido revelación. Pero la Escritura muestra por doquier que Dios ha hecho todo lo que ha querido, aún al malo para el día malo. Dios tenía preparado al Cordero desde antes de la fundación del mundo, lo cual significa que esa preparación sucedió antes de la creación de Adán. Si Cristo estuvo preparado desde mucho antes, y si como agrega la Escritura fue inmolado desde el principio del mundo (Apocalipsis 13:8), ordenado desde antes de la fundación del mundo (1 Pedro 1:20), y si nosotros fuimos escogidos en Cristo antes de la fundación del mundo (Efesios 1:4), entonces se debe inferir que el pecado de Adán no era una simple posibilidad a cometer, sino una necesidad que tenía que cumplirse.

Al parecer, este criterio de un Dios que pre-ordenó los eventos que acaecerían en el tiempo, aún en materia de salvación, ofende a muchos. Algunos son muy delicados en la exposición de sus argumentos y pretenden esconderlos bajo una sonada defensa moral de Dios. Se establece un parámetro judicial en donde el Dios soberano ejerce su potestad para mostrar misericordia sobre los hombres perdidos en el pecado, pero que castiga con su juicio a los que ha dejado en el mismo. De esta forma es un Dios activo para la gracia y la misericordia, pero pasivo (que permite el pecado) en los que deciden vivir en el pecado.

Muy humanista la presunción teológica asumida, pero contradictoria con la naturaleza de Dios y con la evidencia revelada. El Dios de la Biblia no es un Dios que permite el pecado, o que da permisos al hombre para que haga según le place; más bien es un Dios que ordena el pecado por cuanto se desempeña activamente en el acto de endurecer a quienes quiere endurecer. A Esaú no lo dejó de lado en su maldad, sino que lo endureció y lo destinó como vaso de ira aún antes de que naciera, antes de que hiciese bien o mal (Romanos 9:11). Jesucristo predicó que nadie podía ir a él a menos que el Padre lo llevara hacia él. Este acto de ir a Jesús no dependía de voluntad humana sino divina, por lo cual muchos de sus discípulos murmuraron y dijeron: dura es esta palabra, ¿quién la puede oír?

Si lo dicho hasta ahora suena atrevido para algunos lectores, entonces continúe leyendo en las Escrituras. Busque los textos referidos a las profecías acerca de la crucifixión del Hijo de Dios, que son abundantes. Sabemos que solamente entre el día previo a este hecho y el día propio de la consumación del sacrificio se cumplieron cerca de cuarenta profecías. Pero cuando uno examina los textos proféticos y los que hablan de su cumplimiento no puede ver más que una organización de pecados sucesivos propios a los de un crimen continuado. Dios Padre no podía darse el lujo de dejar esos eventos al libre arbitrio de sus criaturas, pues si una sola de sus órdenes fallara dejaría de ser soberano y la eficacia del sacrificio expiatorio hubiese sido vana.

Idear todos estos eventos no hace a Dios pecador, por cuanto Él no está sujeto a sus leyes ni ordenanzas. El pecado es rebelión a Jehová, y Dios no se rebela a Sí mismo, por lo tanto nunca peca. El hacer que la gente escogida para llevar a cabo tal ignominia  ejecute tales actos implica actuar activamente y no permisivamente en ellos. Imaginemos por un momento que Dios hubiera permitido que Judas traicionase a Jesús; esa permisión supondría su lado contrario: que no lo traicionase. Las posibilidades se convertirían en cincuenta y cincuenta, por lo cual la profecía podía ser incierta. Lo mismo habría que decirse de quienes tenían que escupirlo, azotarlo, injuriarlo, mecerlo, clavarlo, traspasarlo, abofetearlo, ridiculizarlo, huir de él, negarlo, etc. Si todo eso fue permitido mas no ordenado, entonces todo eso fue con posibilidades de cumplirse y fallar de cincuenta y cincuenta por ciento. Estaríamos frente a un Dios con mucha suerte, pues lo que predijo se le cumplió sin haberlo ordenado, y el hombre que es de doble ánimo se mantuvo firme en su propósito de hacer aquello que no le fue ordenado sino permitido. Por otro lado, habría todavía que preguntarse cómo supo Dios que toda esta gente quería hacer aquello que ni siquiera le fue sugerido por Él.

Pero el Dios de las Escrituras afirma de Sí mismo que todo lo que ha querido hacer eso ha hecho (Salmo 115:3), que no ha acontecido algo malo en la ciudad que Él no haya hecho (Amós 3:6), que ¿Quién será aquel que diga que sucedió algo que el Señor no mandó? ¿De la boca del Altísimo no sale lo malo y lo bueno? (Lamentaciones 3:37-38). Para que se sepa desde el nacimiento del sol, y hasta donde se pone, que no hay más que yo; yo Jehová, y ninguno más que yo,  que formo la luz y creo las tinieblas, que hago la paz y creo la adversidad. Yo Jehová soy el que hago todo esto (Isaías 45:6-7); Jehová empobrece, y él enriquece; abate, y enaltece. El levanta del polvo al pobre, y del muladar exalta al menesteroso, para hacerle sentarse con príncipes y heredar un sitio de honor. Porque de Jehová son las columnas de la tierra, y él afirmó sobre ellas el mundo. El guarda los pies de sus santos, mas los impíos perecen en tinieblas; porque nadie será fuerte por su propia fuerza (1 Samuel 2:7-9).

De relevante importancia es la síntesis proferida por Nabucodonosor, el soberbio rey de Babilonia, una vez que fue repuesto de su castigo. Mas al fin del tiempo yo Nabucodonosor alcé mis ojos al cielo, y mi razón me fue devuelta; y bendije al Altísimo, y alabé y glorifiqué al que vive para siempre, cuyo dominio es sempiterno, y su reino por todas las edades. Todos los habitantes de la tierra son considerados como nada; y él hace según su voluntad en el ejército del cielo, y en los habitantes de la tierra, y no hay quien detenga su mano, y le diga: ¿Qué haces? En el mismo tiempo mi razón me fue devuelta, y la majestad de mi reino, mi dignidad y mi grandeza volvieron a mí, y mis gobernadores y mis consejeros me buscaron; y fui restablecido en mi reino, y mayor grandeza me fue añadida. Ahora yo Nabucodonosor alabo, engrandezco y glorifico al Rey del cielo, porque todas sus obras son verdaderas, y sus caminos justos; y él puede humillar a los que andan con soberbia (Daniel 4: 35-37).

LA SENSACION DE LIBERTAD NO ES LIBERTAD

Muchos teólogos deterministas aseguran que todo lo que hacemos viene determinado por una cadena de antecedentes que llega hasta Dios. Esto es verdad en un sentido, sin embargo es justo reconocer que Dios no puede dejar nada a la deriva en tanto causa primera o última. En tal sentido, Dios actúa como causa inmediata de cada evento, más allá de que sea bueno o malo lo que cause, pues Él no comete pecado ni tienta a nadie a hacer el mal. Pero una cosa es ser el tentador y otra muy distinta ser el que origina todo de acuerdo a sus planes y decretos eternos. Las llamadas causas segundas no pueden dejar de atribuírseles a Dios, pues aunque no parezcan que son generadas por Él vienen a ser los mecanismos o medios para conseguir sus decretos inmutables.

Hemos visto en la traición de Judas que Jesucristo señaló que el Hijo del Hombre iba como estaba establecido, pero que ay de aquel quien lo entregare. Es decir, Dios eligió a Judas en forma específica como hijo de perdición para que la Escritura se cumpliese, pero eso no relevó a Judas de su responsabilidad. Por la misma razón expuesta por Pablo en su carta a los  romanos, el objetor se levanta y pregunta: ¿Por qué, pues, inculpa? Pues ¿quién ha resistido a su voluntad? La exposición de tal pregunta obedece a la lógica del argumento expuesto: Dios hace vasos de ira para mostrar su ira y su poder, asunto que a la mente natural incomoda mucho. Esa es la razón de la pregunta, y de no existir la premisa argumentativa del vaso de ira preparado por Dios no existiría la pregunta como una conclusión derivada. Supongamos que el argumento mostrado por Pablo hubiese sido otro; tal vez el apóstol hubiese atribuido la condenación de Esaú a sus pecados y a su injusticia. Ya había dicho que Jacob había  sido objeto de la misericordia de Dios, en forma inmerecida. Bien, el objetor no hubiese hecho la pregunta de la misma forma, sino más bien por otro sendero: ¿Por qué no tuvo misericordia de todos? Claro, si tuvo misericordia de Jacob, pero dejó a Esaú condenado por sus propios pecados, lo lógico hubiese sido preguntar en esa dirección: ¿Por qué no tuvo misericordia de Esaú, también?

Fijémonos que con este otro argumento la lógica se centra en la extensión de la misericordia de Dios, no en su injusticia. Dios no sería injusto -a los ojos del hombre natural- si hubiese dejado, en una acción judicial, perecer a Esaú por causa de sus pecados. A fin de cuentas no es obligatorio el tener misericordia sino un acto de gracia soberana y libre. Pero el argumento de Pablo nunca fue en esa dirección, sino que guiado por el Espíritu expuso todo el consejo de Dios para decir de un lado la verdad y para abatir, por otra parte, toda reminiscencia de soberbia humana. Los que se resisten a ese argumento resisten al Espíritu de Dios que dijo: (pues no habían aún nacido, ni habían hecho aún ni bien ni mal, para que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese, no por las obras sino por el que llama) ... Como está escrito: A Jacob amé, mas a Esaú aborrecí (Romanos 9: 11 y 13). Si ellos no habían hecho ni bien ni mal quiere decir que la confección de un vaso de ira no fue nunca un acto de condena judicial, sino un acto de voluntad soberana.

Pero así como Judas no se sintió impelido por una fuerza extraña que lo indujera a traicionar a su Señor y Maestro, tampoco la gente que peca en menor o mayor grado siente que es llevada a cometer esos actos. Es posible que algún criminal espere una orden de su jefe para actuar, pero sus actos gozan del sentido de libertad individual para cometerlos. Nosotros compramos cosas y cuando acudimos al mercado tomamos decisiones. Preferimos el aroma de un perfume a otro, tal vez nos agrade la carne de res mucho más que el pescado; aún las palabras que escogemos o que fluyen en nuestro acervo lingüístico nos parecen las mejores, pero todo eso no es más que el producto de una concatenación de causas.

¿Por qué alguien prefiere comprar un auto deportivo? Hay muchos intereses que afloran en la mente del comprador, pero su cerebro recibe órdenes de lo que ha adquirido dentro de su cultura. A lo mejor ha asociado ese tipo de auto a un sentido de rebeldía o libertad; a lo mejor piensa que con ello conquistará a un ser querido. Las relaciones de poder jugarían sin duda un importante papel en la  adquisición de su producto; sin embargo, la persona siente que decidió libremente. Pero la sensación de libertad no es la libertad misma.

Jesucristo dijo que el Hijo del Hombre iba de acuerdo a como estaba escrito, pero él dijo también que él ponía su vida de sí mismo, que nadie se la tomaba. Las dos cosas las dijo y las cosas son verdad. El era el Cordero que había de inmolarse para conseguir el perdón de su pueblo, pero también lo hizo voluntariamente. En ningún momento se entregó a la desidia en la suposición de que su Padre lo conduciría por buen camino para lograr su plan eterno. Más bien procuró hacer con diligencia su trabajo, al punto que en la cruz pudo decir: Consumado es. En los momentos de oración no jugó a la negligencia alegando que era Dios y no tenía por qué orar. De manera que en el Hijo de Dios vemos un ejemplo de predestinación y de responsabilidad simultáneas, tanto que podemos afirmar que aún su disposición de ánimo formaba parte de los medios predestinados para lograr su objetivo.

Un error común en metafísica es transponer un concepto de un área terrenal al ámbito de la eternidad. Si en el sistema judicial de la tierra se requiere libertad de acción para ser tenido por responsable judicial, eso no sucede en el plano metafísico del que habla la Biblia. Somos responsables porque el Dios soberano lo ha decretado, más allá de que no podamos satisfacer la justicia que Él demanda. Por eso Él es soberano, y no hay nadie quien detenga su mano y le diga ¿qué haces? Nuestra justicia es Jesucristo (nuestra pascua), porque él nos sustituyó en la cruz, nos representó allí en el madero, dando su vida en rescate por muchos (no por todos), derramando su sangre por su pueblo que el Padre le hubo dado. De allí que en su economía de la salvación, siendo un Dios perfecto, no tuvo desperdicio alguno y pudo orar unos momentos antes de ir al madero diciendo: no ruego por el mundo. Jesús solamente rogó al Padre por los que le había dado, con la inclusión de los que creerían por la palabra llevada de mano de los apóstoles. Como también había dicho que nadie podía ir a él a no ser que el Padre lo llevara, queda entendido que aquellos que habrían de creer por la palabra de los apóstoles también habrían de ser llevados a él por el Padre. Por eso también dijo: Muchos son los llamados, pero poco los escogidos.

Nadie puede escapar de Dios, nadie puede huir de su presencia. Más allá de que haya gente que no lo desee y que pretenda actuar sin su consentimiento, aún ellos están actuando como vasos de ira preparados para destrucción, o tal vez como vasos de misericordia que aún no han nacido de nuevo. Pero el hecho es que la declaración bíblica indica que nadie puede huir de su presencia. Todas las cosas ha hecho Jehová para sí mismo, y aun al impío para el día malo (Proverbios 16:4).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 13:11
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