Jueves, 06 de junio de 2013

Existen dos tipos de personas espiritualmente opuestas: el hombre natural o animal y el hombre espiritual (el que ha nacido del Espíritu). El hombre natural está incapacitado para discernir las cosas de Dios, las que son del Espíritu; su incapacidad le nace del hecho de estar muerto en delitos y pecados. No puede amar a Dios, no le gusta ni le desea, aunque intente indagar acerca de Él por vías alternas, a través de las múltiples religiones, porque cuando la Biblia habla de Dios se refiere al único y verdadero, no a las miles de imitaciones que se han hecho a lo largo de la historia.

El hombre natural está incapacitado para conocer la mente del Señor, por lo tanto no puede ni siquiera recibir instrucción de él. Por más que se lea la Biblia no va a percibir las cosas que son de arriba (a no ser que nazca del Espíritu). Es cierto que la fe viene por el oír la palabra de Cristo, pero es Cristo quien habla esa palabra. La Biblia puede señalarse como Logos o como Rhema; el logos es la palabra general que va de Génesis a Apocalipsis y que por más que se lea no se va a entender espiritualmente, a menos que se tenga la mente de Cristo. El rhema es la palabra diciente y específica de Cristo, cuando habla él en forma particular. El texto griego refiere a rhema, no a logos, cuando dice que la fe viene por el oír la palabra diciente de Cristo. Por esto digo que una persona puede leer la Biblia o escucharla de principio a fin, incluso memorizarla, pero eso no es garantía de que vaya a creer. Para creer es necesario nacer de nuevo, esto es, recibir la palabra específica de Cristo que produce la fe (en el acto operativo del Espíritu, cuando genera el nuevo nacimiento).

El hombre espiritual, en cambio, ha nacido de nuevo y por ello tiene la capacidad de la mente de Cristo, por cuanto posee el Espíritu de Dios como garantía de su salvación. Sabemos que quien puede comprender lo profundo del hombre es su espíritu, de igual forma nadie puede entender lo profundo de Dios sino su Espíritu. Entonces, si tenemos el Espíritu de Cristo estamos en capacidad de entender sus profundidades, su mente misma. En ese sentido, por la vía del Espíritu de Dios, tenemos la mente de Cristo.

El texto presentado en 1 Corintios 2:16 lo asocian con uno encontrado en Isaías 40:13, que dice: ¿Quién enseñó al Espíritu de Jehová, o le aconsejó enseñándole?  Sin embargo, el texto de 1 Corintios posee una frase que se ha traducido de varias maneras, lo cual pareciera confundir a muchos: Porque ¿quién conoció la mente del Señor? ¿Quién le instruirá? Mas nosotros tenemos la mente de Cristo. Nuestro problema es con el referente del objeto le. ¿Se refiere al Señor o se refiere al hombre espiritual? Veamos el contexto para comprender mejor.

Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente. En cambio el espiritual juzga todas las cosas; pero él no es juzgado de nadie. Porque ¿quién conoció la mente del Señor? ¿Quién le instruirá? Mas nosotros tenemos la mente de Cristo. Según el texto se han hecho un par de preguntas: 1) ¿quién conoce la mente del Señor? 2) ¿quién le instruirá? Si tomamos la pregunta dos (2) como referida al Señor, la respuesta que el apóstol da queda sin sentido. Es como preguntar y responder lo siguiente: 2) ¿quién instruirá al Señor? Pero nosotros tenemos la mente de Cristo. Esta forma de preguntar y responder da la impresión de que en realidad nosotros sí podemos instruir al Señor, lo cual anula lo expresado en Isaías, cuyo contexto es diferente al de 1 de Corintios. En cambio, si valoramos el texto con la luz del otro referente, toma más sentido lógico la respuesta: 2) ¿quién instruirá al hombre espiritual? Pero nosotros tenemos la mente de Cristo. Es decir, ya se había declarado que el hombre natural estaba incapacitado para entender las cosas del Espíritu de Dios, y se había dicho que el hombre natural no puede juzgar al hombre espiritual (implícito en el verso 15: él no es juzgado por nadie); entonces ¿quién es el que instruye al hombre espiritual? Es el Señor a través de su palabra y a través de su Espíritu, porque tenemos su mente.

LA MENTE O LA RAZON

Los consejos profundos del corazón y el esquema de salvación (Gill) dibujados en la mente eterna del creyente, el sentido de las palabras inspiradas por el Espíritu de Dios a lo largo de las Escrituras, la doctrina de la gracia mostrada en el Evangelio, jamás han sido comprendidos bajo la luz de la razón del hombre natural, ya que a él todo este conglomerado de enseñanzas le parece locura. Por esta razón declarada, el hombre natural está incapacitado para instruir al hombre espiritual, así como también ha quedado demostrado su incapacidad para juzgarlo. Cada vez que el hombre natural con su mente puesta en las cosas de abajo intenta comprender al hombre espiritual, termina juzgándolo mal: lo declara loco y a su doctrina locura.

El hombre natural no tiene el Espíritu de Cristo, por lo tanto no puede juzgar o discernir con debido criterio las cosas de la mente del Señor. No puede comprender el sentido que implican las palabras inspiradas por el Espíritu de Dios en las Escrituras; no alcanza a dar una suficiente razón para juzgar adecuadamente en un reino que le es ajeno. El está imbuido del reino de este mundo, cuyo príncipe es su carcelero; está en las prisiones de la mentira y el engaño, en un mundo que se corresponde con su naturaleza que es de la carne. Este reino es de comida y bebida, de servicio a las viandas, en el más alto sentido de Epicuro: comamos y bebamos, que mañana moriremos.

El hombre natural ha creído a la serpiente del Génesis que le dijo que no moriría si desobedecía el mandato de Dios. El sigue creyendo que está vivo, y su frase preferida es la que Satanás ha hecho reproducir por siglos: Si eres el Hijo de Dios di a estas piedras que se conviertan en pan; si eres el Hijo de Dios sálvate a ti mismo y a nosotros (las repetidas por el ladrón en la cruz no arrepentido). El hombre natural quiere la prueba contundente de que Dios es Dios en la medida en que le demuestre su proposición requerida: Si eres el Hijo de Dios...

Por este contraste podemos vislumbrar mejor al hombre espiritual, que discierne bien las cosas del Señor. El apóstol no está dando una lista de cosas que se hacen y cosas que se evitan; no está dando ninguna referencia a la actividad religiosa en la historia. Más bien está mostrando que el creyente que ha nacido de nuevo tiene la mente de Cristo, juzga todas las cosas, pero él no es juzgado por nadie. Un hombre espiritual puede ser instruido por el Señor y enseñado también por otro hombre espiritual, dado que es la misma mente de Cristo la que poseen ambos hombres espirituales. Pero la enseñanza del hombre natural puede ser espirituosa, normativa, apegada a la letra, aunque será por fuerza carente de vida y luz. Un ejemplo claro mostrado en la Biblia lo constituyen las enseñanzas de los rabinos, de los escribas y fariseos, que recorrían la tierra para conseguir un prosélito, pero no tenían entendimiento conforme a ciencia.

Hay un grupo de personas que demanda señales, otros quieren sabiduría como la filosofía del mundo, pero existe una manada pequeña que predica a Cristo crucificado, locura para unos y tropezadero para otros, pero al mismo tiempo la única opción de poder para los escogidos de Dios.

ANIMUS ANIMA

Como algo curioso podemos señalar que el mundo latino (del Latín como lengua) usaban anima para referir al alma como aquella parte de las bajas pasiones. Sin embargo, empleaban animus para ilustrar una pasión más elevada. De igual forma hicieron los griegos, quienes oponían ψυχη -  psuché (alma, hombre animal) a νους -  nous (mente o parte racional). Pero el hombre natural o animal lo es no porque no tenga enseñanza de las cosas espirituales, sino porque a pesar de ellas vive para el presente mundo sin importarle las cosas espirituales y eternas. La razón, sin embargo, la expone Pablo en su carta a los Romanos cuando explica que quien no tenga el Espíritu de Cristo no es de él. Ya Jesucristo le había explicado a Nicodemo la necesidad de nacer de nuevo, es decir, de dejar de ser un hombre natural ψυχικος - psuchikos- para convertirse en una nueva criatura con la mente de Cristo. Pero el grave problema para Nicodemo y para muchos es que esta actividad depende solamente de la voluntad de Dios, pues así como el viento sopla de donde quiere el Espíritu da vida a quien quiere dar vida.

Existe una oposición entre el psuchikos (hombre natural) y el πνευματικος -pneumatikos (hombre espiritual), quien está bajo la influencia del Espíritu de Dios, en contraposición con el primero que no recibe esa benéfica influencia. En su carta a los Filipenses Pablo recomienda, en virtud de ese ser pneumakitos, que se piense en todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre, si hay virtud alguna, si alguna alabanza (Filipenses 4:8). Esta práctica ayudaría a mantener inflado al hombre espiritual, asunto que escapa por naturaleza al psuchikos -hombre natural o animal. Este último, por su estado natural, sin la regeneración de gracia del Espíritu de Dios, no puede recibir ni comprender las cosas propias de ese Espíritu, pues le parecen locura. Para él lo más relevante es la alta sabiduría de este mundo, el hombre como medida de todas las cosas, el humanismo absoluto, la independencia de Dios.

Tal vez el reflejo más gráfico del hombre natural lo muestra el relato acerca del rey Nabucodonosor, cuando fue reprendido por el Altísimo: fue echado de entre los hombres, comía hierba como el ganado y su cuerpo se empapó con el rocío del cielo hasta que sus cabellos crecieron como las plumas de las águilas y sus uñas como las de las aves (hasta que reconoció que el Altísimo domina sobre el reino de los hombres, y que lo da a quien le place) (Daniel 4: 33).

Pero el hombre espiritual todo lo examina y lo escudriña; también reprueba lo que es malo en el hombre natural; asimismo, es luz y sal en la tierra y recrimina el error y los vicios, por cuanto su mente está iluminada por la luz del mundo (Jesucristo)

EL OFICIO DE LA MENTE

No existe nada mágico en tener mente, simplemente es una cualidad que se posee pero que conlleva a un fin práctico. No existe una mente estática, sin conocimiento, sino que más bien ella existe para indagar y discernir. Ella es la potencia intelectual del alma responsable del entendimiento y capaz de crear pensamientos, de aprender, de razonar, de percibir o incluso de sentir emoción, de hacer uso de la memoria, de la imaginación y de llegar a ejercer dominio sobre la voluntad. El hombre natural y el hombre espiritual comparten esta cualidad humana; pero la gran diferencia entre ambos es que el espiritual tiene la mente de Cristo, del Verbo hecho carne, de Dios mismo, por el Espíritu que le ha sido dado como las arras de su salvación. Su disposición está ligada a las cosas de arriba, a la patria celestial, a la ciudadanía de los cielos. Sabe que no es ciudadano de este mundo, sino transeúnte; que es enemigo del mundo y que el mundo es su enemigo, por lo cual es contado todo el tiempo como oveja para el matadero. De igual forma entiende que ya no está bajo el Príncipe de las potestades del aire sino bajo la influencia del Espíritu Santo. El hombre espiritual sabe que nadie lo puede juzgar, pues Dios es el que justifica y Cristo el que murió y resucitó, quien está a la diestra de Dios intercediendo por él. El está seguro de que nadie lo puede separar del amor de Cristo; ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna cosa creada podrá separarlo del amor de Dios.

Pero la mente del hombre natural está en enemistad con Dios, es gobernada por los deseos de la carne, actúa en desobediencia a su mandato de arrepentimiento y de creer en el evangelio. La mente natural del hombre natural no puede discernir las cosas que son de arriba o de Dios, por lo tanto no entiende eso sino como locura. La mente de Cristo juzga la mente natural, pero la mente natural no puede ni discernir ni juzgar la mente de Cristo. Solamente el milagro del nuevo nacimiento puede quitar el milagro de la ceguera; pero como la fe viene por el oír la palabra específica de Cristo, continuamos anunciando este evangelio con la esperanza de que los elegidos se adhieran a él.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 21:52
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