Lunes, 03 de junio de 2013

La Biblia define al reino de Dios como justicia, gozo y paz en el Espíritu Santo; pero también nos dice que no es ni comida ni bebida (Romanos 14:17). El reino de la gracia no puede apoyarse en esas conductas externas, como ceremonias y dispensaciones legales, o en contar los días, los meses, los tiempos y los años (Gálatas 4:10). Más bien, el fin de toda la ley es Cristo (Romanos 10:4). Ya los israelitas se habían convertido en los primeros judaizantes del cristianismo, al introducir la observancia del sábado como uno de los días a guardar. Jesús había advertido en contra de tal conducta cuando arengó que el sábado fue hecho por causa del hombre y no el hombre por causa del sábado. Aún al Hijo de Dios querían encuadrar en la literalidad de la ley al prohibirle sanar en día de reposo. Por cierto, el Señor les devolvió el argumento acusándolos de hipócritas, pues los judaizantes de su tiempo también sacaban sus asnos caídos en un pozo, en caso de ser necesario.

Pero aquellos israelitas guardaban los meses, que comprendían las lunas y toda fiesta religiosa. Recordemos que las fiestas religiosas de la ley de Moisés eran una sombra de lo que había de venir, y una vez entrado el Mesías y aparecida la iglesia, Pablo advierte contra las personas que persisten en guardar dichas festividades. Cristo es la esencia de aquello que se suponía su sombra, por lo tanto ya no tiene sentido continuar con esa insensatez (pues el apóstol llama a los Gálatas insensatos). Y también guardaban los tiempos, que se hacían tres veces al año con las fiestas de los tabernáculos, la pascua y el pentecostés. Ahora Jesucristo es el tabernáculo que está entre nosotros, el Verbo hecho carne; también es nuestra pascua, el sacrificio hecho por su pueblo; y la fiesta de las semanas (el pentecostés) que representaba los primeros frutos de la cosecha ha sido sustituido por el Espíritu de Dios, que fue derramado en una manera especial en ese día sobre los apóstoles.

Los años representaban a los años sabáticos, que se realizaban cada siete años, cuando se liberaba a los siervos y se hacía descansar la tierra. Pero ya Jesucristo nos dio la libertad espiritual, liberó a los cautivos y llevó cautiva la cautividad. Como todo se cumplió en él, ya no es necesario observar aquella sombra de lo que había venido.

Pero en el primer pacto sí aparecía como rasgo importante todas estas fiestas y aún la comida y la bebida: Lo cual es símbolo para el tiempo presente, según el cual se presentan ofrendas y sacrificios que no pueden hacer perfecto, en cuanto a la conciencia, al que practica ese culto, ya que consiste sólo de comidas y bebidas, de diversas abluciones, y ordenanzas acerca de la carne, impuestas hasta el tiempo de reformar las cosas (Hebreos 9: 9-10). Entonces nos preguntamos hasta qué punto es prudente continuar con estas festividades cristianizadas, heredadas de la cultura católico-romana, de la época anterior a la Reforma Protestante.

Las iglesias protestantes celebran la pascua, la Semana Santa, el Pentecostés, la Navidad -en donde a veces le cantan el cumpleaños feliz a Jesucristo-, el día de la madre y del padre, el día del niño, y se aplican en aquello que es ritual y banal. Por ejemplo, hay congregaciones en donde el llamado Jueves Santo se dedican a dar sermones acerca de las Siete Palabras dichas por Jesús en la cruz. Esto no es más que un ritual en una época que consideran necesario conmemorar, como si eso fuese del agrado de Dios. Ya Pablo llamó insensatos a los Gálatas por preservar ceremonias parecidas.

Sabemos que no son las mismas ceremonias las que los cristianos hacen, pero el principio del reclamo del apóstol es el mismo. No hay día, ni meses, ni tiempos especiales, ni años en los cuales celebrar o conmemorar hechos históricos de Jesús. Su evangelio del reino es una práctica de vida, que consiste en justicia, gozo y paz en el Espíritu Santo, no en guardar los días ni en celebrar las fiestas religiosas ahora cristianizadas. ¿Cuál justicia? No la nuestra, sino la del Hijo de Dios, la cual le fue imputada por Dios y es recibida por fe. ¿Cuál gozo? El que produce el Espíritu Santo con la regeneración, el que no descansa en nuestra confianza sino en la gracia de Dios. ¿Cuál paz? La que brinda la sangre de Cristo, pues es la que quita toda mancha del espíritu, del alma, de nuestro ser.

LA PREEMINENCIA DE CRISTO

Este reino de los cielos no tiene otro objetivo último que darle la preeminencia de todo a Cristo, el Hijo de Dios. Así lo dice la Biblia: Él es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación. Porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo fue creado por medio de él y para él. Y él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en él subsisten; y él es la cabeza del cuerpo que es la iglesia, él que es el principio, el primogénito de entre los muertos, para que en todo tenga la preeminencia (Colosenses 1:15-18). El Padre dio testimonio del Hijo, al decir: este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia; aunque también lo hizo a través del apóstol Pedro: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente. Recordemos que el Señor le dijo a Pedro que él era bienaventurado porque eso se lo había revelado su Padre que está en los cielos. Ojalá Jesucristo también sea nuestra complacencia, y no la religión que guarda los días, los meses, los tiempos y los años.

Cuando el apóstol Pablo estaba para ser sacrificado le escribe a Timoteo, su discípulo amado, que se acuerde de Jesucristo, del linaje de David, resucitado de los muertos conforme a mi evangelio (2 Timoteo 2:8). La razón fundamental de estas palabras es que la iglesia había crecido y con ella la apostasía. Los rituales se habían introducido en las congregaciones, falsos profetas se habían levantado con otro evangelio diferente al de los apóstoles. Hoy día esas palabras siguen teniendo relevancia, pues la iglesia parece más una sinagoga de Satanás que la reunión del cuerpo de Cristo. Muchos tienen apariencia de piedad, hablan con lisonjas para tratar de convencer al gran público; otros se afanan en una evangelización que incluye el discipulado de las cabras, no de las ovejas. Abren las puertas de las congregaciones para que entren todos los que deseen ser parte de esta iglesia profesante, la iglesia emergente que presenta una vida con propósito. Es la época de la iglesia que siembra una semilla (dinero) y recibe cosecha (dividendos); es la iglesia que ora por los fieles que aportan dinero para ese ministerio, o la iglesia que no sabe si Satanás gobierna o si Dios es soberano.

Dios quiere ser amigo de todos, dicen en la iglesia apóstata. Pero la Biblia demuestra que por naturaleza nadie quiere ser amigo de Dios (Romanos 3:9-22), que todos los del mundo son sus enemigos (Efesios 2:1-3). Lo cierto es que aquellos de quienes Dios quiere ser amigo los arrastra a Sí mismo, no bajo ruegos o peticiones de misericordia, sino por intermedio de su poder soberano: Tu pueblo se te ofrecerá voluntariamente en el día de tu poder, en la hermosura de la santidad. Desde el seno de la aurora tienes tú el rocío de tu juventud (Salmo 110:3); Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere; y yo le resucitaré en el día postrero (Juan 6:44). Es Dios quien causa que una persona se convierta en su amigo, haciendo que crea el evangelio.  Como los repartimientos de las aguas, así está el corazón del rey en la mano de Jehová; a todo lo que quiere lo inclina (Proverbios 21:1).

LA BUENA NOTICIA

Sabemos que el evangelio significa la buena noticia. ¿Cuál noticia? La promesa del perdón de los pecados, de la comunión con Dios, de la eternidad en los cielos, basado únicamente en la sangre que Jesucristo derramó y en la justicia que él estableció. La buena noticia significa que Dios quitó la enemistad que había entre Él y su pueblo, y proveyó el perdón de los pecados de su pueblo. Dios hizo pecado a Jesucristo por nosotros, quien no había cometido pecado, para que nosotros llegásemos a ser justicia de Dios en él. No lo hizo por el mundo, por el cual no rogó Cristo, sino por nosotros su pueblo elegido los creyentes (2 Corintios 5:21).

EL MEDIADOR

Sabemos que porque Dios es infinito, su justicia también lo es. Todo pecado es una ofensa infinita contra Dios, por eso cualquier sacrificio hecho para expiarlo ha de ser de la misma categoría infinita. Solamente Jesucristo reúne esas cualidades para ser mediador, la de ser hombre y la de ser Dios, pues es el Verbo hecho carne. En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. Este era en el principio con Dios (Juan 1:1-2); ¿cómo puede alguien ser mediador entre Dios y los hombres, si no comparte ambas naturalezas? ¿Cómo puede comprender el corazón humano en su más íntima dimensión si no es humano, y el corazón divino si no es divino? Por eso Jesucristo es el único Mediador entre Dios y los hombres. Como Jesucristo es Dios se le aplican ciertos títulos y nombres: Señor o Jehová (pues Jesús significa Jehová salva); Emanuel que quiere decir con nosotros Dios. En el Apocalipsis de Juan Jesucristo dice de sí mismo lo siguiente: Yo soy el Alfa y la Omega, el principio y el fin, el primero y el último (22:13), pero en Isaías 44:6 Jehová dice de sí mismo lo siguiente:  Así dice Jehová Rey de Israel, y su Redentor, Jehová de los ejércitos: Yo soy el primero, y yo soy el postrero, y fuera de mí no hay Dios. En otros términos, el Padre y el Hijo son uno, por lo tanto Jesucristo es coeterno y es Dios, y se identifican en las Escrituras de la misma manera, aunque con funciones diferentes. Sabemos que la función del Hijo fue la de ser el Cordero de Dios y en consecuencia ser el Mediador entre Dios y los hombres. De allí que nadie mejor que él para ser el Mediador del nuevo pacto (Hebreos 12:24), que tiene poder para perdonar pecados, para dar vida eterna y para juzgar el mundo. Sólo él es digno de recibir alabanza de los hombres y de los ángeles, por cuanto es también Dios.

Desde antiguo el Redentor vivía y se sabía que resucitaría de entre los muertos, y que el mismo era Dios. Así lo describe literalmente el libro de Job a través de su personaje central: Yo sé que mi Redentor vive (Jesucristo), y al fin se levantará sobre el polvo (resucitará); y después de deshecha esta mi piel (la muerte física de Job), en mi carne he de ver a Dios (a Dios quien también es su Redentor Jesucristo) (Job 19: 25-26). Esta es la hermosa esperanza de los cristianos, quienes anhelamos estar ausentes del cuerpo para estar presentes al Señor. Por eso Pablo le dijo a Timoteo: Acuérdate de Jesucristo.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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