Domingo, 26 de mayo de 2013

Pero si nuestro evangelio está aún encubierto, entre los que se pierden está encubierto; en los cuales el dios de este siglo cegó el entendimiento de los incrédulos, para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios (2 Corintios 4:3-4). Sabemos que Jesús dijo que él y el Padre eran uno, de manera que la imagen de Dios es la imagen de Cristo. Más allá de que el Hijo tuvo la función de morir por el pecado de su pueblo, el Padre y él son uno, pues también afirmó que: quien me ha visto a mí ha visto al Padre.

El evangelio es luz que saca de las tinieblas, por cuanto es poder de Dios para salvación. Sin embargo, no cualquier evangelio tiene similar poder. Solamente el evangelio anunciado en las Escrituras es el verdadero, pero el poder engañoso del dios de este siglo ha hecho que a los que no amaron la verdad no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios.

Fijémonos que el verdadero evangelio no es cualquier evangelio sino el de la gloria de Cristo. Luego pensemos en lo que se declaró de manera inmediata: el cual es la imagen de Dios. Jesucristo fue el más grande predicador de su evangelio, es su autor y el sujeto del cual se habla allí; por lo cual se dice que es la imagen de Dios, del invisible Dios (Colosenses 1:15). Cristo es el Hijo de Dios, eterno, esencial y sustancial, no creado y perfecta imagen de su Padre.

Si la luz del evangelio refiere a la gloria de Cristo como imagen de Dios, el evangelio mismo es reflejo de Cristo, porque él y el Padre son uno (Juan 10:30). En esencia, la buena nueva de salvación es la proyección de la esencia y sustancia de Cristo, es su imagen. Cualquier otro evangelio que no refleje esta esencia e imagen es un anatema (Gálatas 1:8). Hablamos de evangelio, no de evangelizadores.

MUROS Y PUENTES

Dado que Jesucristo es la esencia y sustancia, es sujeto y objeto del evangelio, podemos examinar su persona y sus dichos para verificar si Jesús como evangelio es muro o puente. Ciertamente, él dijo que nadie viene a mí si no le fuere dado del Padre. Pero también afirmó que no podían ir a él porque no eran de sus ovejas. Aseguró que como Buen Pastor ponía su vida por las ovejas (no por las cabras, las cuales nunca conoció); como sacerdote intercesor rogó por los suyos, pero no rogó por el mundo. Los que anunciaron su venida fueron explícitos con su propósito: salvará a su pueblo de sus pecados.

Con estos datos podemos inferir que Jesucristo es un puente (el Mediador) para los escogidos, pero un muro (la piedra en que tropiezan) para los que el Padre ha endurecido como vasos de ira. Jesucristo ha sido un puente para Jacob, pero un muro para Esaú (Romanos 9). Sin embargo, hay un evangelio diferente, otro evangelio, que resulta de una interpretación errónea de aquellos que escuchan la voz del extraño y se van tras él. Este evangelio y sus seguidores son anatema para Dios, y ha llegado a ser en parte una estrategia de Dios para los incrédulos que jamás habrán de comprender su mensaje. Por esto Dios les envía un poder engañoso, para que crean la mentira, a fin de que sean condenados todos los que no creyeron a la verdad, sino que se complacieron en la injusticia (2 Tesalonicenses 2:11-12); por esta razón, El dios de este mundo cegó el entendimiento de los incrédulos para que no les resplandezca la luz del evangelio de Cristo, el cual es la imagen de Dios (2 Corintios 4:4). Dios les envía el poder engañoso, pero el diablo cumple esa encomienda al cegar el entendimiento y evitar que resplandezca la luz del evangelio de Cristo. Como se disfraza de ángel de luz, presenta la luz de otro evangelio.

Este grupo de incrédulos se complace en la injusticia, no cree en la verdad, está cegado por el dios de este mundo, tiene el entendimiento entenebrecido, es ajeno a la vida de Dios por la ignorancia que en ese grupo hay, por la dureza de su corazón (Efesios 4:18; Romanos 10:1-3); esos incrédulos no fueron escogidos desde el principio para salvación, mediante la santificación por el Espíritu y la fe en la verdad, ni fueron llamados por Dios por el verdadero evangelio (2 Tesalonicenses 2:13-14).

Vemos definitivamente dos evangelios, con dos esencias y dos anunciadores. 1) El verdadero evangelio que es la imagen de Dios, así como Cristo que es su esencia y sustancia, su objeto y sujeto, es también la imagen del Dios invisible; 2) el otro evangelio es anatema (maldición) y está cargado de engaño, es en esencia un poder engañoso con el objeto de que se crea en la mentira, como juicio para todos los que no creyeron en la verdad, sino que se complacen en la iniquidad. Pero este otro evangelio tiene varias características extraordinarias: a) es para los no elegidos a salvación; b) en ellos no hay santificación del Espíritu ni fe en la verdad; c) los que lo siguen no son llamados por Dios y jamás alcanzarán la gloria de Jesucristo.

Como  existe un verdadero evangelio, y solo uno, conviene conocerlo para diferenciarlo del falso evangelio. El verdadero evangelio es la imagen de Cristo quien es la imagen del Dios invisible. Este Dios invisible es Todopoderoso, elige, exige, llama, santifica, glorifica, salva. Este Dios invisible conoce a los suyos desde la eternidad, por cuanto se ha formado un pueblo desde entonces; ha elaborado un plan para la redención de ellos, quiso salvarnos por medio de la locura de la predicación; en su soberanía absoluta amó a Jacob pero rechazó o aborreció a Esaú, antes de que hicieran bien o mal; no tiene disputador que le diga por qué, pues, inculpa; antes bien, quien se atreve a formularle esa pregunta recibe como respuesta: ¿Y quién eres tú, para que alterques con Dios? El disputador solamente es otro vaso de ira preparado para exhibir su ira y su poder, y obtiene como respuesta: ¿Y qué? (Romanos 9).

El otro evangelio es del extraño, del disputador de este siglo. Es un evangelio diferente, maldito (anatema), que se parece mucho al verdadero pero que deja un sabor amargo de principio a fin. Es el evangelio de las muchedumbres que corren presurosas a las sinagogas de Satanás para que les prediquen las fábulas que desean oír; es el evangelio de un Cristo hecho a la medida de sus necesidades mentales. Ese evangelio es para las ovejas que no son propias del Buen Pastor, es para los cabritos que se parecen a las ovejas. Este es un evangelio que no conduce a la salvación, pues su dios es tan débil que ruega al hombre para que le reciba, que anuncia que hizo todo lo posible en la cruz, pero que ahora depende de la buena voluntad de los hombres el aceptarlo. Es el evangelio sinergístico (de un trabajo conjunto entre ese dios y el hombre); es definitivamente un evangelio imagen del dios de este mundo. Como sus fieles están ciegos, no les resplandece la luz de la verdad del evangelio de Cristo.

Cualquiera que milita en ese falso evangelio llamado anatema no tiene el Espíritu de Cristo, por lo tanto no es de él. La Biblia nos recomienda probar los espíritus, para saber si son de Dios. Nos exhorta a no decirles bienvenidos a los que traen semejante evangelio; a ellos les advierte desde hace siglos que en el día final se les dirá: nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de  maldad (Mateo 7: 23), sin importar el alegato de que echaron fuera demonios en su nombre, o de que profetizaron o hicieron muchos milagros. Y es que Jesús ha sabido desde el principio quiénes eran los que no creían, por lo cual dijo: Mas hay algunos de vosotros que no creen (Juan 6:64); vosotros sois de vuestro padre el diablo (Juan 8:44); no podéis creer en mí, porque no sois de mis ovejas (Juan 10:26). Ciertamente, cuán fácil es predicar la mentira, el evangelio maldito, el que no es la imagen de Cristo. Pero Dios conoce a los que son suyos, y nuestra predicación les alcanza, de acuerdo al propósito de su palabra enviada.

César Paredes

[email protected]

destino.blogcindario.com


Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 13:37
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios