Lunes, 20 de mayo de 2013

El hecho de decir que se cree en Cristo no significa que es porque se sea salvo; más bien pudiera ser porque hay una cultura cristiana que respalda una manera de enfocar las creencias. La tradición ha hecho que una gran multitud del denominado mundo occidental siga los pasos de sus antepasados. Las iglesias colocan nombres a sus templos, siglas que anuncian su pertenencia a un grupo. En ocasiones parecieran franquicias comerciales que han pagado por un mercado cautivo a sus ofertas.

Pero más allá de la simple denuncia, es menester identificar lo que significa creer y confesar según la Biblia. Que si confesares con tu boca al Señor Jesús, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo (Romanos 10:9). Esta proposición bíblica exige que examinemos quién es ese Señor Jesús que confesamos con nuestra boca, y por qué Dios le levantó de los muertos. Pablo estaba hablando de los judíos que tenían mucho celo de Dios pero no era conforme a conocimiento (versos 1 al 4); estos judíos más bien anteponían sus obras (la ley) como si ellas fuesen su propia justicia (verso 3). A ellos les faltaba conocer quién era ese Señor Jesús y por qué el Padre lo había levantado de los muertos. Solamente les faltaba eso, pero para llegar a ello tenían que hacerlo de acuerdo al conocimiento de Dios.

Isaías dijo del Mesías que: Verá el fruto de la aflicción de su alma, y quedará satisfecho; por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos, y llevará las iniquidades de ellos (Isaías 53:11). El fruto será la salvación de su iglesia y mientras Moisés no pudo justificar a ninguno por la ley, el Hijo justificará a muchos.

LA DOBLE VIA DEL CONOCIMIENTO

Por un lado tenemos el conocimiento humano acerca de Dios, que no puede ser otro que la revelación y la manifestación de su creación. Pero no podemos hablar del conocimiento de Dios en el mismo sentido, pues Él no necesita llegar a conocer. Entonces, cuando la Biblia habla de Dios conociendo al hombre refiere al hecho de tener comunión con él. Dios conoce a los suyos (los ama, tiene comunión con sus ovejas), pero desconoce a los que no son de Él. Nunca os conocí, dirá Jesús en el tiempo del fin, lo cual refiere a un grupo de cabritos que no formaban parte de su rebaño. Sin embargo, el hecho de reconocerlos implica un conocimiento intelectual, aunque hable de no conocerlos (no amarlos, no tener comunión con ellos).

Por otro lado, el hombre necesita ahondar ese conocimiento acerca de Dios. Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado (Juan 17:3). Ese conocimiento no fue alcanzado por los judíos descritos en Romanos 10:1-3, pero se obtiene con el nuevo nacimiento y con el oír la palabra de Cristo.

Sabemos que las  cosas espirituales se han de discernir espiritualmente y que el hombre natural no discierne las cosas del Espíritu (1 Corintios 2:14). El hombre por naturaleza no puede desear ni recibir la palabra, pues se ha profanado en su espíritu, se ha abandonado a los pensamientos de lujuria, ha permanecido injusto y odia al Dios revelado en las Escrituras. ¿Por qué, pues, inculpa?, dicen todo el día los que no tienen el Espíritu de Dios. Estos son los escribas, los fariseos, los disputadores de este siglo, que tienen el entendimiento entenebrecido, esto es, los que tienen la razón vendida a la falacia. Esta condición es la consecuencia de su castigo en el Génesis, cuando Dios le dijo que morirían por su pecado, pero la voz de la serpiente fue la voz escuchada que persuadió a la mujer al oír: no moriréis.

Las Escrituras han sido editadas por el Espíritu Santo, por lo tanto Él mismo ha afirmado que el hombre natural no puede discernir Sus asuntos (Su palabra y proceder). Lo mismo le sucedió a Nicodemo, pues no entendió lo que era el nuevo nacimiento. El hombre natural cuando oye las cosas que son del Espíritu, en lugar de recibirlas con agrado y gustarlas, más bien abjura de ellas y las rechaza. La razón por la cual hace todo esto es porque en su manera de ver el mundo a él le parece que son locura, como si fuera un absurdo: le desagrada todo eso y lo rechaza como algo ridículo. Es por eso que el hombre natural se burla de los creyentes a quienes tiene en muy poca estima intelectual y en alto desprecio espiritual.

Las cosas del Espíritu hay que discernirlas espiritualmente, con la manera y la luz del Espíritu, bajo su influencia y asistencia. Por eso es necesario nacer de nuevo, pero esto no procede de voluntad humana sino de Dios. El círculo se cierra y volvemos al principio: Dios es soberano y hace como quiere. Tiene misericordia de quien quiere tenerla; pero el que sigue en su mente natural pregunta ¿por qué, pues, inculpa? Es posible que los que ahora gritan del lado del objetor, mañana sean objeto de misericordia de Dios y puedan discernir espiritualmente las cosas del Espíritu. En un principio todos éramos por naturaleza hijos de la ira, y también fuimos hechos todos de la misma masa. El llamado es a arrepentirse y a creer el evangelio. Solamente aquellos cuyos corazones sean abiertos por Dios podrán comprender el llamado y habrán nacido de nuevo; por lo tanto podrán creer en su corazón y confesar con su boca que Jesús es el Señor.

OLVIDANDO LA GARANTIA PERSONAL

En muchos momentos de nuestra vida suponemos que deberíamos tener una garantía personal de ser hijos de Dios. Pero precisamente el hecho de darnos cuenta de que no puede existir tal prebenda, nos permite descansar en la esfera de la fe. Tenemos al Espíritu como testigo de que somos hijos de Dios, pues ante nuestro espíritu testifica de la comunión entre Dios y su pueblo. Las buenas obras no hacen ningún mérito para garantizar la comunión con el Padre; sabemos que los buenos frutos son consecuencia de ser un árbol bueno, pero nunca la causa para que sea bueno. Al saber que no tenemos ninguna garantía para no pecar mientras estemos en este mundo, debemos mantener la mirada en la justificación hecha por Jesucristo, la cual ha hecho que nuestros pecados sean borrados y que el Padre no se acuerde de ellos. Esto lo sabemos porque fue revelado en Su palabra y podemos descansar en esa declaración.

De esta forma también estamos experimentando el conocimiento de Cristo, la justicia de Dios. Su santidad en su vida como hombre y el absoluto cumplimiento de la expiación de los pecados de su pueblo, nos han brindado la esperanza de Jesús como Mediador. Habiéndonos traído justicia eterna, el acta de los decretos que nos era contraria fue clavada en la cruz.

Dado que no tenemos mérito alguno en una salvación que fue planificada y ejecutada por gracia sola, no tenemos garantía personal para ser salvos. Pero tenemos su garantía (el Espíritu) y la expiación absoluta de los pecados de su pueblo (Mateo 1:21). ¿Cuántos pecados lavó la sangre de Jesucristo? Todos los pecados de su pueblo, porque no podemos por cuenta nuestra lavar ni el más mínimo de ellos; de allí que Jesús intercede por nosotros ante el Padre y es nuestro abogado: Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis; y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo (1 Juan 2:1).

JESUCRISTO SATISFECHO

Verá el trabajo de su alma y quedará satisfecho (Isaías 53:11). ¿Por qué Jesús está satisfecho? Porque hizo un trabajo específico y no ambiguo. Pocos momentos antes de su muerte intercedió por sus discípulos y los encomendó al Padre, rogó por los que habrían de creer por la palabra de ellos, pero fue tan específico que no rogó por el mundo (Juan 17:9). Si hubiese tenido el propósito de la expiación de cada miembro de la humanidad hubiese rogado por el mundo, pero fue económico, suficiente y perfecto en su trabajo. De allí que vería el fruto de su esfuerzo, de la aflicción de su alma, y quedaría satisfecho.

¿Cómo hubiese quedado Jesucristo insatisfecho? Si hubiese aspirado a la redención de toda la humanidad estaría insatisfecho, pues son pocos los escogidos (en sus propias palabras). Además, su insatisfacción lo sería de manera suprema, ya que hubiese tenido que expiar al hombre de pecado (el Anticristo), así como a Judas y a todos aquellos cuyos nombres no están escritos desde la fundación del mundo en el libro de la vida. Pero aunque son pocos los escogidos, sumados todos son una gran multitud, que nadie podía contar, de todas naciones y tribus y pueblos y lenguas (Apocalipsis 7:9), lo cual también habla de su satisfacción en el sentido de la cantidad.

De allí que es falsa la enseñanza de que Dios no puede salvar o ejercer su irresistible poder sobre una persona para que confiese con su boca y crea en su corazón. Esto mostraría a un Padre débil y a un Hijo insatisfecho. Pensar en un Dios que hizo su parte y que ahora aguarda por los hombres muertos en delitos y pecados, sería suponerlo insatisfecho.  Más bien, el Espíritu Santo nos lleva a toda verdad (Juan 16:13) y nos anhela celosamente; por ese mismo Espíritu sabemos que somos sus ovejas (porque da testimonio a nuestro espíritu) y no oímos la voz del extraño, sino que huimos de él (Juan 10:1-5).

CREER Y CONFESAR

Confesar presupone creer, pero creer implica conocer en quién se cree: ¿Y cómo creerán a aquél de quien no han oído? (Romanos 10:14). Muchos podrán exponer con su boca que Jesús es el Señor, pero no lo creen en su corazón porque no conocen quién es el Jesús de la Biblia. No solamente nos referimos al conocimiento intelectual acerca de quién es Jesús, el Hijo de Dios, sino a la comunión con Él. El que tiene  el Espíritu de Cristo lleva buenos frutos, no cree ni confiesa un falso evangelio, cree en la justicia de Cristo y no establece la suya propia. 

El texto de Romanos 10:14 deja claro que no podemos creer en el verdadero Jesucristo si no hemos oído del verdadero Jesucristo. De esta forma inferimos que es posible creer en un falso Cristo si lo que se ha predicado es a un falso Cristo. Por eso Pablo habló de los falsos evangelios como anatemas, e Isaías aseguró que configurarse un ídolo no nos lleva a la salvación. Muchos adoran a un falso Jesús, aunque lo hayan adornado con frases bíblicas, con tradición eclesiástica, con rigurosidad y disciplina religiosa. Ese falso Jesús es el que necesita un poco de nuestra justicia, de nuestra búsqueda, de nuestra aceptación, una vez que él ya hizo su parte. Quienes así piensan, no han entendido que toda la salvación pertenece a Jehová.

Cristo es el autor y consumador de la fe, por lo tanto comenzó en nosotros la buena obra y la terminará. El nuevo nacimiento presupone que hemos sido engendrados por Dios, y a ningún embrión o feto  se le pregunta si quiere nacer, o si prefiere un idioma u otro. El ente activo en todo momento es Dios y nosotros somos más que pasivos, pues estábamos muertos en delitos y pecados. No había nada justo en nosotros para desearle, más bien éramos por naturaleza enemigos de Dios.

No podemos ser partícipes con los que enseñan un evangelio diferente, con los que alegan su propia justicia: Yo hice, yo hago, yo recibí de mi buena voluntad, yo estuve dispuesto. No hay yo en materia de salvación, solamente Dios mostrando su misericordia para con el que Él quiere, así como en materia de condenación también ha  endurecido a quien ha querido endurecer. Si el denominado creyente no se ha percatado de la absoluta soberanía de Dios en todos los campos de su vida, entonces debe examinarse a sí mismo para ver si está en la fe.

La persona que intenta resistir las proposiciones reveladas de Dios puede mirarse en el espejo del objetor mostrado en el capítulo 9 de la carta a los romanos. Este reclama el porqué Dios inculpa, ya que no parece justo que un Dios tan soberano condene sin que nadie pueda resistir a su voluntad. Dios reclama para Sí mismo la gloria de su soberanía, de tal forma que aquel que pretenda juzgarlo es porque objeta Su palabra. Estos objetores no son más que adoradores de ídolos, pues prefieren cambiar la gloria del Dios incorruptible por aquella de un Dios confeccionado a semejanza humana, con un espíritu democrático y participativo en igualdad de condiciones y oportunidades para todos los hombres.

Dios no es demócrata ni tirano, simplemente ejerce su soberanía sobre toda su creación y nada hay que se le oponga.  Los tiranos gobiernan a placer y no muestran misericordia porque no la conocen; simplemente hacen favores para manipular su gobierno. Dios ha mostrado su misericordia para con judíos y gentiles, ricos y pobres, en diferentes lenguas, tribus y naciones. Sometió la creación a vanidad por causa de aquél que la sujetó a esperanza, una esperanza que no avergüenza, por la cual somos llamados hijos.

Decimos que sí hay Dios, oramos a un Dios que puede salvar, dejamos de ser ignorantes de la justicia de Dios, predicamos el verdadero evangelio de Jesucristo, sabemos que continuamos pecando, pero tenemos abogado para con el Padre, afirmamos que Jesús es el Cristo,  permanecemos en su doctrina y no nos congraciamos con los que no tienen este evangelio: por lo tanto, no nos cansamos de exponer todo el consejo de Dios. Eso es creer en el corazón y confesar con la boca.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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