Jueves, 16 de mayo de 2013

Lo que Dios hizo en la cruz con su Hijo fue suficiente para dar la justificación a su pueblo elegido. Hay quienes sostienen que el sacrificio de Jesucristo también hubiese sido suficiente para todos los seres humanos, si esa hubiese sido la intención del Creador. Pero al parecer esa justificación solamente se hizo por aquellos a quienes el Hijo vino a salvar: porque él salvará a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21).

Sabemos que Jesús no rogó por el mundo, sino únicamente por aquellos que el Padre le había dado y los que habrían de creer por la palabra de ellos (Juan 17:9). Una humanidad separada de Dios por naturaleza, calificada como muerta en delitos y pecados, necesitaba que se estableciera la paz de Dios. Sin embargo, esa paz fue dada a un grupo dentro de ella, pues también el Mesías dijo: Muchos son los llamados, pero poco los escogidos.

Es natural que se llame a muchos, pues cuando se anuncia el evangelio no se sabe quiénes son los que van a creer, si bien Dios conoce los corazones que Él ha preparado para que la semilla dé  su fruto. Sin embargo, ni siquiera se llama a todos. Esto es lo que ha sucedido en la historia de la humanidad y por eso se levantan objetores al evangelio de Dios. Si Él no se ha propuesto salvar a todos, entonces cómo es posible que se declare que es un Dios de amor. ¿Qué le costaba con extender los términos de su expiación lo suficiente para abarcar a todos sin distinción?

Frente a esta interrogante muchos teólogos han tratado de responder amigablemente. Han llegado a afirmar que en realidad Cristo murió por todos sin excepción, de manera que depende del hombre el aceptar o rechazar tal oportunidad. No obstante, esta respuesta también tiene su hueco terrible, pues son muchos los que jamás han oído que existía esa posibilidad de aceptar o rechazar. Por ello, esta respuesta no es del todo feliz.

Otros, más atrevidos, han pretendido extender la lógica de la respuesta a toda la humanidad, argumentando que Dios mira en los corazones de los hombres y sabe quién tiene buenas intenciones para con Él, independientemente de que conozca o no el evangelio de Jesucristo. Esto abarca a cualquier religión, o incluso al ateísmo, pues al final de todo lo que importa es la intención de la humanidad y no si el ser humano busca al verdadero Dios. Pero esta tesis también tiene su gazapo, ya que obvia la proposición de Jesucristo que dice: nadie viene al Padre, sino por mí.

La respuesta del Espíritu a la objeción que el hombre hace a la justificación exclusiva y limitada al pueblo escogido por Dios, la tenemos en la carta a los Romanos, cuando Pablo escribió que las palabras del objetor contra la soberanía de Dios no eran suficiente para cambiar Su intención: ¿Y qué, si Dios, queriendo mostrar su ira y hacer notorio su poder, soportó con mucha paciencia los vasos de ira preparados para destrucción? (Romanos 9:22). No hay otra respuesta, no hay filosofías o sutilezas que cambien la proposición bíblica, por más que ésta disguste a miles.

La teología del libre albedrío se ha mostrado muy variopinta y cobró fuerza en la Contrarreforma. Entre los siglos XV y XVI, Erasmo de Rotterdam escribió su tratado acerca del tema y concibió al libre albedrío como un poder de la voluntad humana por el cual un hombre puede ayudarse a sí mismo con aquellas cosas que conducen a la salvación, o bien volverse contra ella ... ¿Cómo puede Dios invitar al arrepentimiento, si Él es el autor del no arrepentimiento? ¿Cómo puede ser la condenación justa si Él es quien nos lleva a hacer las cosas malas? ... Si no hay libre albedrío, ¿dónde está el lugar para el mérito? ¿Si no hay lugar para el mérito, qué lugar queda para la recompensa? ... ¿Podrá justificarse un hombre sin méritos?

Esta síntesis presentada por Erasmo nos ilustra la tesis general del libre albedrío, defendida por Roma en su teología y reforzada en su tesis contra la Reforma Protestante. Tanto se adhiere Roma a esta doctrina que ha escrito en sus cánones que si alguno niega el libre albedrío, ha de ser maldito o anatema. Pero sabemos que la voluntad humana es sierva y no autónoma, como bien le respondió Lutero en su época a Erasmo, cuando escribió su libro La voluntad esclava (De servo arbitrio).

Justo es responder a todos los que claman por la justicia del libre albedrío con las palabras tomadas de la Biblia: por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios, siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados, con la mira de manifestar en este tiempo su justicia, a fin de que él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús. ¿Dónde, pues, está la jactancia? Queda excluida. ¿Por cuál ley? ¿Por la de las obras? No, sino por la ley de la fe. Concluimos, pues, que el hombre es justificado por fe sin las obras de la ley (Romanos 3:23-28).

Diera la impresión de que Erasmo se cegó con la fábula de Roma respecto al libre albedrío. No podemos decir que no conocía las Escrituras quien tradujo el Nuevo Testamento, simplemente que sus ojos no fueron abiertos como el corazón de Lidia y por eso no pudo comprender lo evidente: 1) que toda la humanidad quedó destituida de la gloria de Dios; 2) que Jesucristo es el justo y el que justifica por su gracia; 3) que no hay lugar para la jactancia (léase mérito o virtud, según palabras de Erasmo); 4) que no existe ningún régimen de la ley o de las obras por el cual podamos ser salvos (obra como la voluntad libre).  Pero si a esta respuesta le anexamos lo que ya se vislumbró en Romanos 9, tenemos que concluir que: 1) Dios es quien endurece a quien quiere endurecer; 2) que este endurecimiento obedece a Su propósito eterno e inmutable; 3) que los vasos de ira preparados para honrar Su ira y Su poder los preparó antes de que el hombre hiciera bien o mal; 4) que existe un profundo desafío a los objetores cuando el Espíritu les dice: ¿Y qué...?

En síntesis, que el ser humano a quien se le anuncia el evangelio podrá creer siempre que su corazón le sea abierto; de lo contrario, seguirá en la presuposición que su orgullo le dicte, en su afianzamiento a su libre albedrío según el cual puede tomar la decisión en el momento que mejor le parezca. Incluso hay muchos continúan engañados por la soberbia de su corazón, pues dicen haber creído pero argumentan el que esa salvación hay que aceptarla, como si esto no fuese parte del nuevo nacimiento. Eso no es más que continuar aferrado a la vieja soberbia que señala al hombre como amo de sí mismo, pues aún ante la supuesta oferta libre de Dios continúa autónomo y rebelde, aceptando la dádiva si, y solo si, él decide soberanamente en su libre voluntad.

(Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios -Efesios 2:8).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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