Mi?rcoles, 15 de mayo de 2013

Y tened entendido que la paciencia de nuestro Señor es para salvación; como también nuestro amado hermano Pablo, según la sabiduría que le ha sido dada, os ha escrito, casi en todas sus epístolas, hablando en ellas de estas cosas; entre las cuales hay algunas difíciles de entender, las cuales los indoctos e inconstantes tuercen, como también las otras Escrituras, para su propia perdición (2 Pedro 3:15-16). Pedro remarca que Pablo ha escrito algunas cosas difíciles de entender, de tal forma que conviene interpretarlas adecuadamente. De lo contrario, ha dicho, mal interpretarlas es un indicio de la propia perdición de quien lo hace. En otros términos, por el Espíritu de Cristo somos guiados a toda verdad, más allá de que existan textos en la Biblia que sean difíciles de entender.

Indocto es falto de instrucción, por lo cual Pedro nos recuerda la exigencia del Señor: Escudriñad las Escrituras; nadie puede argumentar flojera intelectual para la Palabra de Dios, ni mucho menos alegar su propia ignorancia como excusa para dejarla a un lado. Los que pretendemos acercarnos al texto bíblico hemos de hacerlo en forma instruida. En este punto muchos argüirán que hay hermanos que no saben leer ni escribir, que cómo ellos podrán instruirse en el gran libro. Pero se puede responder que hay muchas maneras de hacerse leer el texto o de memorizarlo, o de tenerlo en una grabación para escucharlo. En oposición a esto se añade que hubo un tiempo en la humanidad en el cual millones de personas cristianas no tuvieron a su disposición el libro. Bueno, en ese momento oscuro de la historia algunos oían la palabra expuesta y de seguro que los que Dios había elegido llegaron a comprender usando su intelecto y la orientación del Espíritu de Cristo.

El punto es que el uso del intelecto es preponderante. Nadie puede alegar como excusa su flojera personal para examinar las Escrituras. El hecho de torcer lo que el texto dice significa pervertirlo, con la consecuencia de la perdición de quien lo hace. La falta de instrucción en la Biblia va acompañada con la inconstancia. Esta es una falta de estabilidad y permanencia de algo, una ligereza que hace mover la opinión o el pensamiento.  El hombre de doble ánimo, es inconstante en todos sus caminos (Santiago 1:8). Va muy bien con lo que ha hablado Pedro, la inconstancia se hermana con la falta de instrucción en el libro inspirado y lleva al destino del cambio de opinión. En doctrina bíblica la opinión vale mucho, en especial la que uno se forma a partir de lo escudriñado y de lo enseñado por el Espíritu de Cristo. Dado que Dios no cambia, nosotros tampoco debemos cambiar su enseñanza. Por eso también se nos ha dicho que seamos de un mismo sentir (1 Pedro 3:8).

Pedro ha afirmado que muchas cosas que Pablo escribió son difíciles de entender. Pero no dijo nunca que eran imposibles de interpretar, tampoco afirmó como muchos indoctos aseguran que la Biblia plantea en ella misma muchas paradojas.  Es decir, algunos han llegado al delirio de su inconstancia al afirmar que la predestinación es una doctrina bíblica, pero que igualmente lo es la colaboración del hombre con Dios en materia de salvación o el libre albedrío de los hombres. Muchos aseguran que las Escrituras exponen las dos tesis, casi como tesis y antítesis, para que nosotros derivemos la síntesis.

Esta elucubración no es otra que llevar a Dios al terreno de lo incomprensible aún en aquello que Él mismo nos ha revelado. Esto es alegar que en el texto bíblico se cabalga en terrenos paradójicos. Y llegar a sostener este criterio es mostrar una gran obstinación, pues aún el texto que examinamos ahora nos advierte que hacerlo de esa manera es mostrar que se es indocto e inconstante. Pero lo que es más grave, actuar de esa forma es pervertir o torcer las Escrituras con la grave consecuencia de la propia perdición de quien así lo hace.

¿Importa la doctrina? Tanto que Pablo le dijo a Timoteo que se ocupara de ella, que Jesucristo afirmó que vino a enseñar la doctrina de su Padre. De allí que Pedro en lugar de excusar a la gente que malinterpreta los pasajes estudiados o leídos, alegando que ellos son difíciles de entender, ha dicho más bien que esa gente pervierte tales Escrituras. Esto significa que nadie puede arrogarse el derecho de la mala interpretación porque el texto sea difícil de entender, sino que más bien Pedro señala que quien deriva una conclusión errónea de aquello que es por naturaleza difícil de comprender es un pervertidor de las Escrituras.

Ahora bien, justo es detenernos acá y hacernos otra pregunta. ¿Será que cuando hay situaciones que uno no comprende a primera vista es un claro indicio de que uno sea un indocto o un inconstante? No necesariamente. Por ejemplo, si no sabemos a ciencia cierta dónde se encuentra el Arca de Noé, eso no es un asunto de materia esencial del evangelio.  Tampoco lo es el opinar si Jesucristo tenía el cabello más amarillo que negro, o si su cruz era de roble o de samán.

Pero hay un evangelio esencial que hemos de conocer; nadie puede invocar el nombre de Jesús si antes no ha creído en él; y no podrá creer sin haber quien le predique (Romanos 10:14). Pero la invocación de su nombre no es un acto mecánico, sino que se deriva del texto anterior, pues para hacerlo ha debido primero que nada haber operado el nuevo nacimiento en la persona que lo invoque:  ¿Cómo, pues, invocarán a aquel en el cual no han creído? (Romanos 10:14). El mismo apóstol le dijo a uno de sus discípulos que huyera de las pasiones juveniles, y siguiera la justicia, la fe, el amor y la paz, con los que de corazón limpio invocan al Señor (2 Timoteo 2:22).

Para invocar al Señor hay que haber creído en él, y para creer en él hubo que conocerlo, pues ¿cómo podemos creer en alguien a quien no conocemos? De allí que Pablo haya puesto como fundamental el que haya quien predique el nombre del Señor para que se llegue a creer en él. Por supuesto, esto no niega lo que el mismo Jesús dijo en Juan 3, referente al nuevo nacimiento. Sabemos que la fe viene por el oír la palabra de Cristo, pero que el Espíritu es el que da vida y quien obra el nuevo nacimiento. Todo este conjunto es una actividad producida y coordinada por Dios, en donde nosotros los creyentes solamente tenemos la parte de anunciar o predicar la buena noticia de salvación para el pueblo de Dios. Un ejemplo ilustrativo de lo que estamos diciendo es el caso de una mujer llamada Lidia. Ella escuchaba las palabras de Pablo, pero hasta que Dios no abrió su corazón no fue capaz de entender las palabras del apóstol (Hechos 16:14).

En una oportunidad un grupo numeroso de discípulos que seguían al Señor se molestó porque él les había dicho lo siguiente: nadie puede venir a mí, si el Padre que me envió no lo trajere. Entonces, más allá de que haya habido una predicación del evangelio está el hecho de la voluntad del Padre que tiene misericordia de quien quiere tenerla, y endurece a quien quiere endurecer. Estos discípulos murmuraron entre sí y dijeron: dura es esta palabra. ¿Quién la puede oír? Al instante, muchos dejaron al Señor.

De esta forma queda demostrado que a pesar de ser anunciado el evangelio por muchos lados, a pesar de que muchos han sido llamados, son pocos los escogidos. Conoce el Señor a los que son suyos, ni una sola de sus ovejas se perderá. Más bien, sus ovejas oyen su voz y le siguen, pero al extraño no seguirán porque no conocen la voz del extraño. Antes bien, huirán de él (Juan 10: 1-5).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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