Viernes, 26 de abril de 2013

Esta interrogante se la hacen muchas personas cuando están acercándose a estudiar el tema de la soberanía de Dios. Pero de igual forma la hacen muchos de los objetores a la soberanía absoluta del Hacedor de todo. Si Dios ha ordenado todo lo que acontece, si no puedo cambiar sus planes y profecías, entonces ¿dónde queda la oración que debo hacer? ¿Para qué hacerla?

La respuesta sencilla que da la Escritura es que hemos de orar porque es un mandato. A nosotros no se nos indica que debemos indagar siempre las razones metafísicas de los decretos divinos para poder cumplir sus prescripciones u ordenanzas. En otros términos, yo no necesito saber los propósitos ocultos de Dios, o las intenciones sobrenaturales que tiene, para aceptar en obediencia simple su mandato.

Vamos a explicar con algunos ejemplos tomados de la Biblia. Elías estaba en la presencia de Dios, por eso supo que Su voluntad era que él como profeta decretara la sequía por un tiempo determinado, de tal forma que transcurrido el período indicado por Dios volvería a orar para que volviese a llover sobre la tierra. Sin embargo, el profeta no tuvo que entablar una discusión con Dios para que le explicara las razones metafísicas de la ausencia de la lluvia, o el por qué escogió Dios ese método en lugar de enviar una inundación.  El Hijo de Dios tenía que venir a este mundo a morir como Cordero por la expiación del pecado de su pueblo (Mateo 1:21); había sido determinado que sucediera aún antes de la fundación del mundo (1 Pedro 1:20), por lo cual -metafísicamente- Adán tenía que pecar para que la caída se perfeccionase y el Verbo de Dios fuese encarnado y viniese a consumar su encomienda.

Cuando Adán estaba en el Edén -antes de su caída- no fue informado acerca de Jesucristo, ni de los planes decretados por Dios en relación a Su Hijo. Simplemente se le dio una orden para obedecer, a pesar de que Dios se encargó de todos los elementos que lo llevarían a la caída. De no haber sido así, ¿cómo podríamos hablar de un Dios perfecto, que ha hecho todo cuanto ha querido? Con esto enfatizamos que Jesucristo no fue un as bajo la manga del Creador, no fue un plan B por si Adán caía. Nuestro representante federal humano no pudo haber escogido no caer, pues se habría ido al suelo el plan eterno e inmutable de un Dios eterno, perfecto e inmutable. Pero esa es una razón metafísica que Adán no conocía, sin embargo su deber era obedecer la orden divina más allá de conocer su razón metafísica.

De igual forma se nos ha ordenado orar y no desmayar, por más que sepamos que no podemos mover la mano de Dios en ninguna dirección, como algunos argumentan en su error al suponer que Dios les obedece. De nuevo, ¿sucederá algo aún si yo no oro? No solamente sucederá, sino que el que yo no ore está también pre ordenado a pesar del mandato a orar. Pero así mismo está pre ordenado el que ore, cuando me dispongo hacerlo. Siempre hacemos la voluntad metafísica o decretada por Dios, aunque desobedezcamos Su voluntad prescriptiva. Por ejemplo, en la crucifixión del Señor, Judas estuvo pre ordenado para que fuese el traidor, pero eso no lo eximía de culpa.

Asimismo, leemos: Entonces me invocaréis y vendréis y  oraréis a mí, y yo os oiré; y me buscaréis y me hallaréis porque me buscaréis de todo vuestro corazón (Jeremías 29:12-13). Acá vemos un mandato que se va a realizar a la perfección, precisamente porque Dios es soberano y cuando Él ordena que algo deba cumplirse metafísicamente se realiza a la perfección en el plano físico. Pero lo que sí debemos tener claro los hijos de Dios es que no nos es dada la prerrogativa de conocer la intención metafísica de Dios cuando Él no nos la ha querido revelar, y eso no impide el que debamos orar cuando lo hagamos.

La garantía de la oración a Dios es dada en calidad de estímulo a sus hijos, pues Él es quien produce en nosotros tanto el querer como el hacer, por su buena voluntad (Filipenses 2:13). Por eso nos dice que pidamos, que busquemos, que llamemos. Nos recomienda orar en todo momento, a pedir de acuerdo a Su voluntad para obtener aquello por lo que hayamos pedido. ¿Pero cómo vamos a conocer Su voluntad si no conocemos Su doctrina (lo que piensa)?  Si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros, pedid todo lo que queréis, y os será hecho (Juan 15:7). Si en mi corazón hubiese yo mirado a la iniquidad, el Señor no me habría escuchado (Salmo 66:18).

En síntesis, la oración a Dios es un acto, pero es también una actitud. Una disposición de comunión porque le amamos y le conocemos; ¿cómo podemos amar lo desconocido? Esta actitud de oración se da a diario, a cada momento, en cada cosa que hacemos, pues en Él vivimos, nos movemos y somos (Hechos 17:28).

CONCRETANDO

No podemos atribuir nuestra desgana a orar a un mandato o decreto metafísico de Dios; aún más allá de que Él es quien produce el querer como el hacer, nuestra obligación la constituye el obedecer la prescripción dada: orar en todo tiempo. Judas no pudo colocar en su favor el hecho de que estuvo pre ordenado el entregar a Jesús, simplemente lo hizo y se sintió mal por eso al final. Nadie está autorizado para decir que no puede creer porque Dios no se lo ha permitido por algún decreto secreto, pues su deber es acercarse a Dios y arrepentirse para perdón de pecados. El deber ser de las personas en este mundo está sujeto al plano metafísico de Dios, pero no puede esconderse en ello para no cumplir con el mandato. La Biblia dice que no podemos tentar a Dios, de tal forma que nadie podrá alegar a su favor el siguiente acto de locura: voy a lanzarme de lo alto de un edificio, pues si metafísicamente Dios ha ordenado que yo no muera, no moriré; o si metafísicamente Dios ha ordenado que muera de esta forma, moriré. Ese fue más o menos el plan de Satanás en una de las tentaciones que le hizo al Hijo de Dios en el desierto, pero el Señor le respondió que también estaba escrito que no tentaría al Señor tu Dios (Mateo 4:7).

El deber ser nuestro es orar en todo tiempo, de manera que cuando no tengamos ganas podemos pedirle a Dios que nos las dé, pues de esa forma entraremos en oración. El censo que hizo David a su pueblo fue un pecado cometido por él; la Biblia lo recoge en dos versiones: en el libro de Crónicas señala que fue Satanás quien lo indujo a hacerlo, pero en el de Samuel nos dice que fue el plan de Dios el que lo hiciera. Esta última es la razón metafísica, que nos muestra la soberanía de Dios en acción, por encima de Satanás utilizándolo como a un ministro. David cayó en ese pecado porque de su propia concupiscencia fue tentado y seducido (Santiago 1:14), y no pudo alegar en su favor que fue inducido por Satanás o que eso fue porque tenía que cumplirse el plan de Dios. Simplemente tuvo que arrepentirse y seguir adelante. Pero esas cosas se escribieron para ilustrarnos la forma como Dios gobierna el mundo, y cómo opera todo en favor de los escogidos de Dios y para alabanza de su gloria.

Volvió a encenderse la ira de Jehová contra Israel, e incitó a David contra ellos a que dijese: Ve, haz un censo de Israel y de Judá (2 Samuel 24:1); Pero Satanás se levantó contra Israel, e incitó a David a que hiciese censo de Israel (1 Crónicas 21:1); Después que David hubo censado al pueblo, le pesó en su corazón; y dijo David a Jehová: Yo he pecado gravemente por haber hecho esto; mas ahora, oh Jehová, te ruego que quites el pecado de tu siervo, porque yo he hecho muy neciamente (2 Samuel 24:10); Y Jehová envió la peste sobre Israel desde la mañana hasta el tiempo señalado; y murieron del pueblo, desde Dan hasta Beerseba, setenta mil hombres (2 Samuel 24:15).

No nos equivoquemos respecto a Dios, pues Él es soberano absoluto; tanto lo es que ha decretado y afirmado: Toda planta que no ha plantado mi Padre celestial será desarraigada (Mateo 15:13). Por esto, más allá de que muchos se autocalifiquen de hijos de Dios, es el Señor quien conoce a los suyos y a cada uno llama por su nombre (Juan 10: 1-5). Pero los que no lo reconocen como Soberano Absoluto están demostrando que no tienen el Espíritu de Cristo, pues Dios no es Dios de confusión ni de contradicción sino de paz. Una cosa es confesar con la boca, y otra es conocer a quien se confiesa: Respondiendo él, les dijo: Hipócritas, bien profetizó de vosotros Isaías, como está escrito: Este pueblo de labios me honra, mas su corazón está lejos de mí. Pues en vano me honran, enseñando como doctrinas mandamientos de hombres (Marcos 7:6-7).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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