Jueves, 18 de abril de 2013

Los insensatos no estarán delante de tus ojos; aborreces a todos los que hacen iniquidad (Salmo 5:5); Jehová prueba al justo; pero al malo y al que ama la violencia, su alma los aborrece (Salmo 11:5); Destruirás a los que hablan mentira; al hombre sanguinario y engañador abominará Jehová (5:6); Los labios mentirosos son abominación a Jehová; pero los que hacen verdad son su contentamiento (Proverbios 12:22); Abominación son a Jehová los perversos de corazón; mas los perfectos de camino le son agradables (11:20); Porque Jehová abomina al perverso; mas su comunión íntima es con los justos (3:32); Abominación es a Jehová todo altivo de corazón; ciertamente no quedará impune (16:5).

Hermanos míos, no os extrañéis si el mundo os aborrece. Nosotros sabemos que hemos pasado de muerte a vida, en que amamos a los hermanos. El que no ama a su hermano, permanece en muerte. Todo aquel que aborrece a su hermano es homicida; y sabéis que ningún homicida tiene vida eterna permanente en él (1 Juan 3:13-15). Respecto de Jesucristo dice: Has amado la justicia, y aborrecido la maldad, por lo cual te ungió Dios, el Dios tuyo, con óleo de alegría más que a tus compañeros (Hebreos 1:9).

Los textos citados nos muestran con gran claridad el contraste existente entre estos dos conceptos opuestos, el amor y el odio. Sabemos, por lo ya leído, que Dios ama y odia, así como el mundo odia a los que somos de Dios y nosotros amamos a los hermanos. Pero, ¿cuándo empezó este amor y odio en Dios? Resulta indudable que siendo Dios eterno Sus planes son eternos. Desde antes de la fundación del mundo ya Él tuvo un plan, un único plan porque no necesita de planes B, ya que es perfecto. Lo que se propuso desde la eternidad lo ha obtenido, pues para eso es Dios. Su soberanía no conoce límites y siempre ha hecho como ha querido.

Por lo tanto, la Escritura ha declarado que Dios amó a Jacob y odió a Esaú desde antes de que hiciesen bien o mal, esto es, desde la eternidad pasada (pues Dios habita la eternidad). En otros términos, Su propósito de amar y odiar fue concebido antes de la caída del hombre, de manera que Su actividad en la predestinación deja fuera todo carácter judicial. Tanto la elección como la reprobación son incondicionales, y no son una consecuencia de actos previos en los hombres; no se trata de que Él viera que Jacob haría algo bueno, pues más bien la Escritura nos muestra la historia de este personaje lleno de contrastes y cargado de mucho engaño. Pero Dios tuvo misericordia de él y no de su hermano gemelo. Lo mismo ha sucedido con Esaú, pues Dios lo aborreció aún antes de que hiciese bien o mal (Romanos 9:11-14), sin tomar en cuenta su futura maldad. Solamente Su soberana voluntad intervino en esta selección de estas dos personas que representan a toda la humanidad, en la revelación teológica del apóstol.

Una evidencia interesante de que esto es de esta manera y no de otra se muestra por la presencia del objetor. Este es un personaje que el Espíritu señaló como alguien que trata de argumentar contra Dios y su soberana voluntad; a través de él Dios es declarado injusto por hacer tal cosa. Por supuesto, de no haber presentado Pablo esta revelación no habría surgido este personaje, más bien habría aparecido otro distinto para resaltar la misericordia y la justicia de Dios. Porque hay que aclarar que Dios se vería mucho más justo ante los ojos del mundo si la revelación hubiese sido otra; tal vez algo como Dios amó a Jacob porque vio que él tomaría una decisión favorable al Creador, o incluso porque Dios quiso tener misericordia de él, en cambio Dios odió (aborreció) a Esaú porque vio sus pecados y éste no quiso ir a Dios, teniendo como resultado el castigo judicial del Dios soberano.

La Escritura es enfática en declarar que Dios es absolutamente justo y el objetor está equivocado. De ninguna manera hay injusticia en Dios, pero el juicio ético humano continúa contra el Soberano Dios. El problema se presenta porque hay dos parámetros de justicia; uno dentro de la perspectiva divina y el otro dentro de la óptica del hombre caído, envuelto en delitos y pecados, cegado por las tinieblas y cargado de odio contra Dios. Pero esto nos devuelve al principio, la lucha entre el pedazo de barro contra el Alfarero: ¿por qué inculpa Dios, si nadie puede resistir a Su voluntad? Este argumento del objetor es altamente científico, desde el plano argumentativo. No se hubiese proferido a no ser que la evidencia del argumento precedente lo hubiese indicado de otra manera; el reclamo del objetor no se fundamenta en el hecho de que Dios tenga misericordia de unos, sino en que Dios aborrece a los que quiere aborrecer aún antes de que hagan mal. Esta es la objeción natural del objetor, por lo cual valida el argumento precedente: que Dios escogió a Esaú para perdición independientemente de sus malas obras.

Si el Todopoderoso hubiese escogido a Esaú para perdición como resultado de un castigo por sus pecados (razón judicial), el argumento no hubiese sido ¿Por qué, pues inculpa? Pues ¿quién puede resistir a su voluntad?. Más bien hubiésemos encontrado otra argumentación, como la siguiente: ¿Por qué no tuvo misericordia de Esaú, así como la tuvo de Jacob? Este hubiese sido el argumento lógico a seguir si el planteamiento de la revelación hubiese consistido en un castigo judicial merecido por Esaú. El objetor se hubiese levantado igualmente contra Dios, pero desde otro plano lógico, con la única y forzada argumentación lógica posible. Jamás hubiese dicho ¿por qué, pues, inculpa?, o ¿pues quién ha resistido a su voluntad?, sino más bien hubiese optado por exclamar ¿por qué razón no tuvo también misericordia de Esaú?

"Si Jesús en la cruz hubiese intentado salvar a los depravados habitantes de Sodoma y Gomorra, los cuales estaban condenados ya en el infierno, sus intentos e intenciones habrían sido frustrados y él no hubiera  estado hoy satisfecho. Por lo tanto Jesús no intentó salvar a cada miembro de la raza humana, sino simplemente a su simiente" (Gordon Clark. Predestination. Ed. The Trinity Foundation, 1987, p.134). La Biblia presenta a un Dios que trabaja con los corazones de los hombres, a la manera que Él quiere.  Ha dicho que Él cambió el corazón de ellos para que aborreciesen a su pueblo, para que contra sus siervos pensasen mal (Salmo 105:25).

Queremos indicar que Dios no solamente está en control de cada cosa, sino que efectivamente controla activamente todas las cosas. Estar en control es como estar a cargo, pero se puede presentar a interpretaciones diversas. Tal vez la más común sería que la persona que está en control batalla porque las cosas le salgan bien. Este es el argumento favorito de los dualistas, de los que ven en el mundo una lucha entre el bien y el mal, o entre Dios y el mal, o entre Dios y Satanás. Pero al afirmar que Dios controla cada cosa decimos que no existe tal dualidad, sino que es una Su voluntad la que ha hecho que suceda cada evento en Su creación (no que Dios haya permitido, como algunos sostienen alegremente). Por eso Él mismo afirma que endurece a quien quiere endurecer y que nadie puede resistir a Su voluntad. Todo lo que quiso ha hecho y su corazón ha quedado satisfecho.

Dios no permite que la gente mala haga sus acciones fuera de su control activo y soberano; de permitirlo sería como decir que los eventos humanos tomarían el control de la historia y Dios se amoldaría a ellos. De igual forma, Sus profecías no lo serían pues la Biblia tendría que re-escribirse a cada rato de acuerdo a los acontecimientos suscitados en Su creación.

Isaías 55:11 es un ejemplo de lo planteado. En ese texto la palabra enviada es Cristo, quien es el Verbo de Dios. Pero esto no es elucubración teológica, sino revelación bíblica; dice uno de sus profetas: ¿Habrá acontecido algún mal en la ciudad, el cual Jehová no haya hecho? (Amós 3:6). Más claro no podía ser, un texto que coincide con lo planteado en Romanos 9 y con el reclamo del objetor: ¿Por qué, pues, inculpa?, Pues ¿quién ha resistido a Su voluntad? Este objetor tiene una doble virtud: 1) Reconoce la más absoluta soberanía de Dios, al decir que Su voluntad es irresistible; 2) utiliza el argumento adecuado para intentar oponerse a Dios: ¿Por qué, pues, inculpa? Más allá de que el objetor resulte objetado por Dios, su argumentación coloca de manifiesto la más absoluta soberanía de Dios en cualquier materia de la voluntad humana. No existe un poder independiente de Dios, pues nadie puede huir de su presencia.

PRUEBAS DEL CONTRASTE ENTRE AMOR Y ODIO

La palabra odio viene del griego miseo (μισέω) y nos recuerda otros vocablos usados en nuestra lengua. Misógeno es quien tiene rechazo a las mujeres, o quien las detesta; misoteismo es el odio hacia Dios. Miso significa odiar, perseguir con odio, detestar. Aunque para algunos pudiera también implicar amar menos, lo que la Biblia enseña con este vocablo es la oposición al verbo amar. Este último verbo proviene en el texto griego de Agapao (ἀγαπάω), que implica dar la bienvenida, amar profundamente, estar complacido, estar contento. Por lo tanto, afirmar que cuando la Biblia afirma que Dios aborreció a Esaú debería interpretarse como que Dios amó menos a Esaú, es un sinsentido porque uno puede preguntarse ¿de qué le sirvió a Judas el poco amor de Jesús? ¿O de qué le aprovechó a Faraón el poco amor de Dios, o a Caín, o a los que no están escritos en el libro de la vida desde la fundación del mundo? Por otro lado, tal afirmación equivaldría por argumento a contrario sensu a que cuando Dios ama quiere significar que nos odia poco, por lo cual sería un gran absurdo esta interpretación.

Si el mundo os aborrece, sabed que a mí me ha aborrecido antes que a vosotros. Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero porque no sois del mundo, antes yo os elegí del mundo, por eso el mundo os aborrece (Juan 15:18-19). En esta declaración de Jesucristo uno puede darse cuenta de la oposición entre amar y odiar (aborrecer), que es la misma entre el mundo y los que no son del mundo; pues es cierto que el mundo ama lo suyo pero odia lo que es de Dios. De allí que el mismo Señor declaró también que la amistad con el mundo es enemistad para con Dios.

CONOCIMIENTO DE DIOS

Sabemos que el pecador no aporta nada para su salvación. Eso es una actividad conocida como monergismo, en donde una sola persona es quien actúa, esto es, Dios. Por lo tanto no se le puede atribuir al pecador inconverso algún tipo de conocimiento especial para alcanzar su salvación; antes bien, siendo una actividad monergística y de parte de Dios, el pecador no puede hacer absolutamente nada. ¿Por qué? Por la declaración bíblica acerca de quién es el pecador: es ciego, está muerto en delitos y pecados, es nada y como menos que nada, no puede y no quiere creer la verdad. Estas declaraciones pueden ser corroboradas en los siguientes textos: Romanos 3: 9-12; 8: 5-8; Juan 6:44; Colosenses 2:13; 1 Corintios 2:14; Efesios 2:5.

En síntesis, el inconverso no tiene ningún conocimiento espiritual conforme a ciencia, de tal forma que es apenas capaz de orar a un dios que no puede salvar (Isaías 45:20).  Proclamad, y hacedlos acercarse, y entren todos en consulta; ¿quién hizo oír esto desde el principio, y lo tiene dicho desde entonces, sino yo Jehová? Y no hay más Dios que yo; Dios justo y Salvador; ningún otro fuera de mí (Isaías 45:21). Este es el conocimiento que tenemos que proclamar, pero a pesar de hacerlo no será escuchado con oídos capacitados a no ser que Dios abra el entendimiento. Al parecer, lo que se tiene que conocer y lo que se da a conocer no es otra cosa que la síntesis presentada  por el profeta Isaías: que no hay otro Dios justo y Salvador que el Padre, el Hijo y el Espíritu.

¿Y cómo se conoce a Dios justo? ¿O cómo se conoce a Dios salvador? Veamos lo que nos dice Pablo en Romanos 1:17: Porque en el evangelio la justicia de Dios se revela por fe y para fe, como está escrito: Mas el justo por la fe vivirá. En otros términos, la justicia de Dios se revela en el evangelio, en la buena nueva de salvación que es Cristo muriendo en la cruz por su pueblo, en expiación de todos los pecados de sus representados y en representación de cada uno de los miembros de su rebaño. Jesucristo es nuestra pascua, la justicia de Dios; por la fe en el Hijo somos justificados sin diferencia alguna. Habiendo sido todos destituidos de la gloria de Dios, hemos sido justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención (el pago por los pecados) que es en Cristo Jesús. Jesucristo es nuestra propiciación por medio de la fe en su sangre, ya que pasó por alto nuestros pecados. Jesucristo es el justo y el que justifica al que es de la fe de Jesús, de manera que no hay jactancia pues somos justificados no por lo que hagamos o no hagamos, sino por la fe sin las obras de la ley (Romanos 3-28).

Entendemos que este evangelio no ha llegado a todos, pues está encubierto en los que se pierden, en los cuales el dios de este siglo cegó el entendimiento de los incrédulos, para que no les alumbre la luz de Cristo, la imagen de Dios (2 Corintios 4:3-4). De tal manera que los que no creen el evangelio están perdidos (Marcos 16:16 dice: El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado). Por esta razón, la gente perdida es aquella que no tiene el conocimiento del evangelio. Acá no se trata de conocer mucha o poca Biblia, sino de conocer el mensaje del evangelio y lo que significa Jesucristo en representación de su pueblo (Mateo 1:21). Dios es el que regenera a través de Su Espíritu en la operación del nuevo nacimiento; en esta metáfora divina o símil con la biología, vemos que quien va a ser engendrado no es interrogado para preguntarle si quiere serlo. En la biología, el óvulo fecundado no tuvo potestad previa para contribuir con su fecundación. De la misma forma es todo aquel que es nacido del Espíritu. Entonces, ¿por qué no todos son engendrados del Espíritu? Porque el Espíritu a quien quiere da vida, y no podemos controlar su pasar como tampoco podemos manipular el origen del viento. Si el nuevo nacimiento es obra absoluta de Dios -y no de voluntad de varón (Juan 3)-, cabe la pregunta acerca de por qué razón no ha dado vida a todos, pero lo que no cabe es suponer siquiera que la voluntad humana es invitada a participar de ese nuevo nacimiento. La respuesta a la interrogante ha sido expresada en las Escrituras: Dios es soberano y tiene misericordia de quien quiere y al que quiere endurecer endurece (Romanos 9).

Dios da la fe a su pueblo en la regeneración (la fe es un don de Dios y no es de todos la fe; la salvación, la gracia y la fe no son obra nuestra sino de Dios: Efesios 2:8; 2 Tesalonicenses 3:2). Y la fe es la certeza de lo que se cree y se espera, la convicción de lo que no se ve; la fe implica creer en la verdad. Jesucristo dijo que él era la verdad, de manera que la fe implica creer en Jesucristo y su obra en la cruz, lo cual se traduce como creer el evangelio, la buena noticia de la salvación de su pueblo.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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