Martes, 02 de abril de 2013

En el conocimiento de que el nombre Adán significa varón, y ya que Eva fue llamada varona, hemos de extender el rango de apreciación semántica a la expresión que inicia el Salmo 1: Bienaventurado el varón (y la varona). Este primer Salmo de la lista de 150 que componen un libro del Antiguo Testamento, nos presenta el doble climax entre aquel que busca a Dios y el injusto que lo ignora. Su énfasis es la felicidad como centro de la vida humana, ese bien tan anhelado por millones de personas a través de todos los tiempos. Dios hizo al hombre para que fuese feliz en medio de toda Su creación, con tal énfasis que cualquier ser humano normal rechaza por naturaleza la miseria. No obstante este propósito, algo aconteció en el corazón humano que marcha por un camino errante en donde la infelicidad es el común denominador, a veces interrumpida por momentos de alegría buscados con situaciones poco naturales.

El injusto está apartado de Dios, y sólo pertenece a él mismo (ni siquiera a la sociedad a la que dice estar integrado). Injusto es aquel que no tiene a Dios dentro de él, que está sin Dios en el mundo, pues está injustificado. Pero al mismo tiempo es llamado pecador, una persona que equivoca el blanco, que pasa los límites prohibidos, que transgrede la norma. Acá el problema es más grave que el eslogan errare humanum est (errar es humano), porque este hombre no sólo no da buen fruto sino que produce el mal. Una cosa es estar sin Dios, pero otra cosa es la consecuencia que aparece en el tiempo: el convertirse en desesperadamente malvado. A la persona que vive sin Dios le sucede algo terrible, pues aquello que parece ser implantado como virtud natural del alma humana llega a mancillarse: la revelación, la inmortalidad del alma y la existencia de un mundo invisible le parecen ridículo. Este es el escarnecedor del cual habla el Salmo, el que excede lo injusto y traspasa los límites de su mal juicio.

CAMINAR, ESTAR Y SENTARSE

Feliz el varón que no anda (anduvo) en consejo de malos. Este es el caminar al que hacemos referencia. Antes que todo, se añade una gran cantidad de felicidad a aquél que no caminó (o no camina) en la compañía de los perversos. Ese solo hecho de estar separado de los malos trae alegría al corazón del hombre; revertido el texto podríamos leerlo de la siguiente manera: maldito el varón que caminó (camina) en el consejo de los malvados.

Ni estuvo en camino de pecadores (el verbo estar). Hay un progreso entre caminar y estar; una persona puede caminar con alguien por diversas razones, porque le tocó compartir forzosamente ciertos contextos de vida (la escuela, un viaje, los padres, los amigos, etc.). Pero otra cosa muy distinta es estar con ellos. Acá el verbo presupone el hallarse en un lugar o situación, en un modo actual del ser. El hijo pródigo estuvo en medio de los cerdos comiendo los algarrobos. El estar implica permanecer con cierta estabilidad en un lugar o condición, en una situación dada. Fulano está preso, solemos escuchar, lo cual nos lleva a inferir una condición de tiempo o permanencia mayor a caminar con los presos. Por caminar con gente malvada llegamos a estar en medio de la maldad. El hijo pródigo caminó con sus fantasías de libertad y de independencia del padre, pero llegó a tocar fondo en su miseria; se estaba muriendo en el pecado.

Ni en silla de escarnecedores se ha sentado. Este verbo sentarse lleva una metáfora por demás de interés. Establecerse o asentarse en un lugar, estar apoyado y descansado en un sitio. Este paso constituye el climax verbal usado para indicar el progreso obligatorio y el recorrido significativo en la ruta de los malvados. En este momento ese varón que anduvo en consejo de malos se perfila asegurado y en disfrute de su compañía. Si se anda en la compañía de los malos (o de los malos pensamientos), esto conduce a estar o permanecer tiempo con los pecadores. La etapa final es asentarse como lo han hecho muchos en ciertos sitios que le son cómodos.

Tal vez podríamos hacer una lectura diferente de este primer verso del Salmo 1: Maldito sea el varón que camina en consejo de malos; que estuvo en el camino de los pecadores; y que en silla de escarnecedores se ha sentado.

La bienaventuranza es la felicidad suprema; pero ella se consigue cuando la norma de Jehová, su ley y Su palabra se convierten en nuestra delicia. ¿Cómo puede ser eso posible? No hay mecanismo humano que nos corresponda para alcanzar ese objetivo dichoso; el hombre se ha corrompido desde Adán y ha transmitido su maldad de generación en generación. No hay justo ni aún uno, no hay quien haga lo bueno, no hay quien busque a Dios. Por esa razón Dios se guardó un pueblo para Sí y envió a Su Hijo Jesucristo para darlo en sacrificio por muchos (pues salvaría a su pueblo de sus pecados). Una vez que Jesucristo nos representó en la cruz y el acta de los decretos que nos era contraria fue clavada en esa misma cruz, Él llegó a ser nuestra justicia, nuestra pascua, pero porque al mismo tiempo llegó a ser la justicia de Dios. Ese es Su parámetro y por intermedio de esa condición podemos disfrutar y meditar de día y de noche en su ley.

Pero acá también existe un progreso, uno contrario al de los malos y perversos de los que habla el Salmo. Somos llamados felices (o benditos), pero somos en consecuencia como árboles plantados junto a corrientes de agua. La lógica de plantar un árbol en la cercanía de un arroyo es para que su hoja esté verde y dé su fruto a su tiempo. Nosotros tenemos un Maestro que nos enseña y nos conduce a toda verdad; el Espíritu de Cristo nos permite cosechar los frutos de justicia: por lo tanto, todo creyente que lee la palabra, que ora con denuedo, y que medita en la ley de Dios, verá el resultado del trabajo que Dios le ha dado por hacer. Verá el poder de Dios en su vida, aprovechará las circunstancias de tiempo, lugar y oportunidades para hacer aquello que redunde en mayor gloria para Dios. Habrá bondad para nuestras almas y aún nuestro prójimo se beneficiará de la edificación que podamos hacer en su vida. Recordemos que la fe sin obras es muerta; bien, no hay angustia con esta promesa. El objetivo de Dios fue plantarnos en medio del arroyo (venga a la memoria el que desde nuestro interior correrán ríos de agua viva), por lo tanto daremos el fruto a su tiempo. Pero la bendición no termina, pues sigue otra consecuencia y promesa: todo lo que hagamos prosperará.

El hombre de Dios siempre está echando una raíz más fuerte, como el árbol plantado junto a corrientes de agua. Pero esa raíz se dirige hacia la gracia recibida, motivada por las cosas de arriba y bajo la influencia continua del Espíritu de Dios. Me atrevería a decir que aún los hombres malos quisieran posarse un rato debajo de la sombra de tal árbol. Así parece haberlo mostrado con su vida José en Egipto y Daniel en Babilonia. Poco importaban esos dos imperios enemigos del pueblo de Dios, pero dos hombres sembrados como árboles en medio del arroyo del agua de vida crecieron como robles y dieron fruto a su tiempo, fueron útiles a su pueblo y aún les alcanzó para dar sombra a los egipcios y babilonios.

La promesa de Dios es inequívoca: todo lo que hace prosperará. Los malos, en contrapartida, son como el tamo que arrebata el viento. El tamo es la pelusa de las semillas trilladas, la que se desprende también del algodón, del lino o de la lana. Esa es tan débil y sin volumen que es arrastrada por doquier por el viento, así como dijo un apóstol que había muchas almas arrastradas por todo viento de doctrina. Como está escrito para los hombres, que mueran una sola vez y después de esto el juicio, los malos no se levantarán en el juicio, ni los pecadores en la congregación de los justos. Estos resucitarán después para eterna condenación, aunque ahora estén en prisiones de oscuridad aguardando su destino final.

Este Salmo 1 nos habla de la bienaventuranza o felicidad suprema que tienen los justos (y nadie puede llamarse justo si no ha sido justificado por Jesucristo), frente a la infelicidad o desdicha de los malvados, pecadores y escarnecedores, quienes perecerán en su camino porque transitan un camino de muerte. Jehová, el Dios soberano, conoce (tiene comunión con) el camino de los justos, por lo tanto existe la garantía de que llevaremos fruto y de que prosperaremos en todo lo que hagamos. La razón de ello no radica en nuestra buena voluntad de servicio a Dios, sino en que hemos sido plantados junto al arroyo del agua viva para vida eterna.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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