Mi?rcoles, 27 de marzo de 2013

Es importante en el terreno conceptual de la soberanía de Dios, comprender su vinculación con la responsabilidad y la libertad humana. En primer término debemos dejar claro que el Dios de la Biblia no es esquizofrénico, loco, mentiroso o contradictorio. A muchos llamados creyentes les encantaría escribir un libro titulado El Dios de las Paradojas, lo cual podría constituir un bestseller. Son bastantes los que siguen esa idea de que nuestro Dios trabaja en base a paradojas o problemas no resueltos, pero que debemos asumirlos por fe. Ellos olvidan que Él mismo se revela como el Logos, un Dios lógico y coherente, de pleno raciocinio y que exige de forma igual a sus seguidores. No en vano existe una declaración del Nuevo Testamento confirmando que los verdaderos creyentes tenemos la mente de Cristo.

Sucede igual cuando se estudia la literalidad o espiritualización de las Escrituras. Hay quienes niegan la interpretación literal porque temen que con ello se pueden alejar de las metáforas, símiles y todas las demás figuras del lenguaje. Pero no hay nada más alejado de la verdad lingüística, ya que una palabra literalmente informa cuándo existe un símil, una metáfora o cualquier otra figura de lenguaje. Como el ciervo clama por la corriente de las aguas, así clama por ti, oh Dios, el alma mía. Sabemos por este símil que se compara al animal con el alma humana; esa comparación expresada en la literalidad de la palabra es un símil, una figura, que presupone la necesidad en el animalejo de satisfacer su sed, así como la del poeta bíblico de beber del agua que la sacia. Cuando Jesús dijo que el que bebiere del agua que él le daría, de su interior correrían manantiales de agua vida, no quiso afirmar la locura de que nosotros no tendríamos que beber más nunca agua potable. Se entiende el símil porque la literalidad de la palabra lo transporta y lo refiere.

Hay muchos autores que escriben que la Biblia enseña tanto la soberanía de Dios en la elección como la responsabilidad humana. Pero argumentan que esos dos conceptos son irreconciliables (paradójicos) y que debemos convivir con ellos. Agregan que para nuestro reposo hemos de alegrarnos con que la dificultad exhibida se debe a la limitación de nuestras mentes (a pesar de que tenemos la mente de Cristo) y no a la ilimitada mente de Dios.

Tal parece que confunden el huevo con la gallina. Una cosa es la responsabilidad humana y otra la libertad humana. Mas también con esto se equivocan, pues parten de una premisa errónea al asumir que para que exista responsabilidad debe existir libertad. Entonces, como consecuencia, se arman una gran defensa en favor del libre albedrío que es una entelequia (cosa irreal) que jamás ha existido en la declaración bíblica. La definición natural de Soberanía Divina contradice el concepto de libertad humana o en cualquier otro ser o cosa creada. Nada puede escapar del control absoluto de Su Creador. Adán dio una clara muestra de independencia en el Edén, pero le resultó infructuoso, antes bien cumplió al calco los planes hasta entonces no revelados del Creador. Queda demostrado por declaraciones posteriores que el Cordero de Dios estaba preparado desde antes de la fundación del mundo. Y como Dios no tiene planes B, ni sombra de variación, siendo un Dios perfecto había planificado la caída de Adán. Era un acto necesario, nunca contingente, para exhibir al Cordero que fue inmolado.

Algunos reclaman que la orden de prohibición dada al primer hombre presupone que sí tenía libre albedrío y podía decidir en cuanto a su destino. Pero acá existe otro error doctrinal y de interpretación de las Escrituras. Una cosa muy distinta es la prescripción divina y otra el decreto eterno.

PRESCRIPCION Y DECRETO

La voluntad de Dios puede valorarse por una orden prescriptiva como por un decreto imperativo. Cuando Dios nos ordena obedecer su ley es una prescripción. Prescribir es preceptuar, ordenar, determinar algo. En este sentido nace nuestra responsabilidad de cumplir su voluntad prescriptiva. La voluntad decretiva de Dios se fundamenta en la persona que tiene autoridad o facultades para ello; significa decidir que el decreto suceda tal como lo dictaminó. Entonces vemos una gran diferencia entre estas dos maneras de valorar la voluntad de Dios: la prescriptiva descansa en la responsabilidad humana, la decretiva reposa en la persona que la dictaminó.

Dios ha decretado cada simple o compleja cosa que acontece en el universo desde antes de la fundación del mundo. Por eso es que la voluntad de Dios siempre se cumple, porque depende de Él mismo. Para ilustrar sirva el ejemplo del endurecimiento del Faraón. Por un lado Dios prescribe a Faraón que deje ir a Su pueblo, pero le advierte a Moisés que Él endurecerá el corazón del mandatario para que no lo deje ir todavía. Tenía muchas cosas por hacer, antes de que el Faraón liberara a Israel. ¿Cómo entender estas dos maneras de estudiar Su voluntad? Hay quienes han dado la respuesta apropiada: El decreto de Dios fue que Faraón desobedeciera la prescripción u orden de dejar ir a Su pueblo, hasta que llegara la plaga de la muerte de los primogénitos. Es por esta razón que Dios le expresó a Moisés lo que iría a acontecer.

En el libro de Apocalipsis leemos: Y la adoraron todos los moradores de la tierra cuyos nombres no estaban escritos en el libro de la vida del Cordero que fue inmolado desde el principio del mundo (Apocalipsis 13:8). El texto refiere a los que adoraron al dragón que le había dado autoridad a la bestia y que también adoraron a la bestia diciendo: ¿Quién como la bestia, y quién podrá luchar contra ella? En el capítulo 14 uno de los ángeles se dirige a los que moran en la tierra y ordena temer a Dios y darle gloria. Entonces, en la síntesis de estos dos capítulos vemos estas dos vías de análisis de la voluntad de Dios: 1) Hay un decreto de adorar a la bestia (referido sólo para aquellos cuyos nombres no estaban escritos en el libro de la vida del Cordero); 2) Hay un decreto implícito de no adorarla (referido sólo para aquellos cuyos nombres están escritos en el libro de la vida del Cordero); 3) Hay una prescripción general de temer a Dios y darle gloria (Capítulo 14). ¿Quién puede cumplir esta prescripción? Solamente aquel cuyo nombre está escrito en el libro de la vida del Cordero inmolado desde el principio del mundo (la firma decretiva de Dios).

Esta idea se corrobora en el mismo libro pero un poco más adelante, en el Capítulo 17 verso 8: La bestia que has visto, era, y no es; y está para subir del abismo e ir a perdición; y los moradores de la tierra, aquellos cuyos nombres no están escritos desde la fundación del mundo en el libro de la vida, se asombrarán viendo la bestia que era y no es, y será. Esto no es una prescripción hecha al hombre, pues nunca se nos ha ordenado escribir nuestro nombre en el libro de la vida. Esto es un decreto que se cumple por cuanto depende exclusivamente de la voluntad de Dios.

NECESIDAD Y CONTINGENCIA

Desde la perspectiva divina lo que acontece en todo el ámbito de Su creación ha de suceder por necesidad. Ante Dios no hay contingencia, esto es, no hay un puede o no puede ser, un Dios que permite o no permite. Pues aunque se diga que al viajar de un sitio a otro debemos decir si Dios quiere haremos esto o aquello, ese si condicional lo es desde nuestra visión o perspectiva. Desde la voluntad de Dios lo que hacemos es un acto operativo decretado. Jonás es otro ejemplo importante: se le dijo que fuera a un sitio pero huyó a otro. La historia del relato nos enseña que tuvo que cumplir la voluntad decretada por Dios. ¿Pero qué pasa con su huida, con la fuga que sorprende al lector? ¿Sorprendió esta fuga a Dios? Claro que no, pero no por lo que muchos pueden suponer, argumentando que Dios es Omnisciente y por ello sabía de antemano lo que iba a hacer Jonás. Pero acá debemos ser cuidadosos con lo que digamos o pensemos; o Dios tiene una bola de cristal al estilo de un psíquico y adivina el futuro porque lee nuestras mentes, o sabe el futuro porque lo hace y lo planifica. La respuesta que demos a esta inquietud nos mostrará lo que creemos de la soberanía de Dios, pero también nos hablará de si blasfemamos Su nombre o le damos toda la gloria.

Como para Dios Su voluntad  siempre se cumple y no hay contingencia, entonces la huida de Jonás también fue planificada y decretada por Él.

En esto compaginamos con lo dicho por Pablo en su carta a los romanos, que Dios decretó antes de que los gemelos hicieran bien o mal (lo que se supone antes de que el pecado entrara al mundo) el destino de Jacob y de Esaú, fundamentado en Su elección y no en las obras de ellos. Por eso se levantó el objetor, también ordenado por el Espíritu de Dios para preguntar la razón por la cual Dios inculpa, pues ¿quién puede resistir a su voluntad? Esa misma pregunta podría hacerse acerca de la desobediencia de Jonás, ¿por qué el navegar en un pez y en las profundidades del mar, si fue Dios quien decretó su desobediencia? Jonás era responsable de cumplir la prescripción de ir a Nínive a predicar, como lo demostró en su oración de arrepentimiento hecha cuando estaba dentro del enorme pez. Sin embargo, tanto lo uno como lo otro fue decreto de Dios y la huida de Jonás no sorprendió a Dios en ningún momento, pero no porque Él fuese un psíquico sino porque Él planificó o decretó que todo ese evento aconteciera de esa manera.

EL EVANGELIO ESCONDIDO

Pero si nuestro evangelio está aún encubierto, entre los que se pierden está encubierto; en los cuales el dios de este siglo cegó el entendimiento de los incrédulos, para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios (2 Corintios 4:3-4). Los que andan en la vanidad de su mente, tienen el entendimiento entenebrecido, ajenos de la vida de Dios por la ignorancia que en ellos hay, por la dureza de su corazón (Efesios 4: 18). Por esta razón, en cada incrédulo ocurre el milagro de la ceguera, y se vuelve ignorante de la justicia de Dios (que es Cristo), no importa cuánto celo tenga por la religión o por Dios mismo (Romanos 10: 1-4).

La Biblia también agrega que el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, pues para él son locura, y no es capaz de conocerlas porque no las puede discernir espiritualmente (1 Corintios 2:14). Entonces, el hombre natural es inhábil para comprender las cosas de Dios, pero eso no lo excusa de responsabilidad. En el Derecho Civil vemos casos parecidos; personas que no son hábiles jurídicamente pero a quienes les asiste la responsabilidad civil. Un ejemplo lo tenemos en materia de tránsito terrestre.

HACIA LA SINTESIS

El incrédulo carece de habilidad espiritual, por lo tanto no tiene libre voluntad para decidir. Ni siquiera el creyente tiene libertad de decisión, como vimos en Jonás, ya que nadie puede escapar del control de Dios que todo lo cubre. ¿Adónde huiré de tu presencia?, dijo el salmista. Pero volviendo con el incrédulo, él está lleno de odio contra su Creador, a quien a veces ignora y niega; no tiene capacidad espiritual para discernir lo que le conviene; está puesto en deslizaderos para ser objeto de su ira, salvo aquellos cuyos nombres fueron escritos en el libro de la vida del Cordero inmolado desde la fundación del mundo, y que despertarán cuando opere en ellos el Espíritu con el nuevo nacimiento. Por ello Pablo enfatizó que no depende del que quiere ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia. El querer y el correr de un incrédulo es una falacia, pues él está lleno de malos pensamientos contra el verdadero Dios, por lo tanto no puede querer y mucho menos echar a correr.

Alguien oportunamente señaló que el libre albedrío es el ídolo de la modernidad que se adora en las iglesias, que se parecen más a las sinagogas de Satanás que a los templos del Dios de la Biblia. De esta manera la diferencia entre cielo e infierno descansa en la voluntad libre del hombre, por lo tanto éste tiene de qué gloriarse. Es, sin duda, un atentado contra los innumerables textos de la Biblia que expresan lo contrario, pero en especial contra 1 Corintios 4:7, que dice: Porque ¿quién te distingue? ¿o qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿por qué te glorías como si no lo hubieras recibido? Estos millones de jactanciosos continúan tan perdidos como siempre, pues están atados en su fantasía al pecado, presumen tener un libre arbitrio del que jamás habla la Escritura, y que el Dios soberano nunca ha otorgado.

UN ULTIMO CASO

La crucifixión del Hijo de Dios fue un evento planificado en todo su aspecto por el Padre. Su sacrificio estuvo preparado desde antes de la fundación del mundo y cada detalle tuvo que cumplirse al calco. ¿Quién escupió el rostro del Señor? ¿Quién le colocó una corona de espinas en su frente? ¿Quién lo hirió en un costado? ¿Quién lo subió a la cruz? ¿Quién lo azotó? Podemos continuar con un gran etcétera, pero basten estos ejemplos para reconocer que estas acciones fueron pecaminosas y ominosas. De manera que estos pecados fueron ordenados por el Padre para llevar a cabo Su propósito. No dejó nada al azar o a la contingencia, no permitió que le hicieran lo que se les ocurriera hacer con el Cordero, sino que cumplió perfectamente Su decreto.

El Dios soberano de la Biblia ordena lo bueno y lo malo, de su boca sale la luz y la adversidad. De la boca de Jehová sale lo bueno y lo malo (Lamentaciones 3:38); Él ha hecho al malo para el día malo (Proverbios 16:3).

Si Dios hubiese dejado al arbitrio del hombre, o de Satanás, la muerte de Su Hijo, entonces de seguro no habría habido expiación. Jesús hubiese podido morir de una pedrada, del acecho conspirador del pueblo judío, decapitado como Juan el Bautista. Pero tenía que morir como lo indicaban las profecías por varias razones: 1) Para que la Escritura se cumpliese; 2) para que tuviera el efecto de la expiación en representación de su pueblo; 3) para que la sangre fuese derramada como lo fueron en los tiempos del Antiguo Testamento, donde los corderos sacrificados fueron tipos del que habría de venir; 4) para que cumpliese a cabalidad el trabajo encomendado y pudiese decir Consumado es.

Dios no deja ninguno de sus decretos al designio humano. Como en Él todo es necesidad y no hay contingencia alguna, en Él todo es un Sí y un Amén. Por otro lado, la ilusión humana en hacer y actuar libremente se percibe en relación con otros seres humanos, o con las cosas y tareas que nos circundan. Pero frente a Dios nadie puede sentirse libre, ya que como Creador soberano no puede darse el lujo de que sus criaturas o cualquier cosa creada escape de su influencia. La gente se queja de que esta concepción es la de ser como marionetas en sus manos, y que Él es como un gran titiritero. Pero la relación comparativa es en realidad más grave: Él es el alfarero que moldea Su arcilla con sus manos. Como alguien dijo, un titiritero apenas mueve sus dedos y las cuerdas que tiene atadas al muñeco; un alfarero trabaja la arcilla y le da la forma que quiere; la puede quebrar para hacer un vaso nuevo y mejor, o la puede moldear para deshonra y destrucción.

En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados ... Si le amamos a Él es porque Él nos amó primero (1 Juan 4:10 y 19).

César Paredes

[email protected]

destino.blogcindario.com

 

 

 

 


Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 6:37
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios