Martes, 19 de marzo de 2013

Si partimos de la premisa mayor (1) Todo aquel que no tiene el Espíritu de Cristo no es de él, entonces tenemos que valorar el esquema silogístico completo. Le sigue la premisa menor (2)  y la conclusión (3). Sería posible decir que en la premisa mayor (1) se incluye a cualquier persona que ha sido depositaria del Espíritu Santo como garantía o arras de la redención. De manera que continuando con el croquis o esbozo del silogismo formal podríamos decir que para (2) la premisa menor, es imperativo que esté contenida dentro de la mayor (1) para que tenga validez lógica y no sea falaz. De esta forma continuamos con el enunciado; Yo tengo el Espíritu de Cristo (2), y vemos que la expresión el Espíritu de Cristo (parte del predicado) está contenido en (1). La conclusión derivada y lógica sería (3): Por lo tanto soy de Cristo (de él). La premisa mayor en forma negativa es posible, pero más compleja. Por fortuna podemos invertirla hacia el valor positivo o afirmativo: Todo aquel que tiene el Espíritu de Cristo es de él. Así sería mucho más inteligible, pero dado que en la Biblia aparece de la otra manera intuimos que es lógico suponer que debemos hacer un esfuerzo por entender la proposición.

En este resumen del silogismo esencial presentado por Pablo, podemos valorar la importancia de la lógica que los apóstoles en general le dieron a la proposición del evangelio. Según el apóstol Juan, Jesucristo es el Logos divino, el que era desde el principio y por medio del cual son todas las cosas, y sin el cual nada de lo que ha sido hecho fue hecho (Juan 1). Ese Logos o Verbo encarnado es lógico, inteligente, coherente. Por supuesto, nosotros no hablamos con silogismos formales, pero ellos siempre están presentes en cualquiera de nuestros enunciados. En ocasiones se presentan solamente las dos premisas y uno deriva la conclusión implícita. A veces se da una de las premisas con la conclusión, pero tenemos que hallar la premisa faltante; en otras oportunidades bastaría con enunciar una sola parte del silogismo para que intuyamos e infiramos sus partes restantes. Cuando esto ocurre, que falta una o varias partes del esquema silogístico, lo llamamos entimema. Según la retórica el entimema produce mayor adhesión en el auditorio (en el oyente) porque tiene que trabajar mentalmente para completar la operación silogística. De esta forma, el entimema hace trabajar al auditorio con la proposición que el orador emite.

Lo que se deriva de esa gran premisa mayor enunciada es que si en (2) alguien no tiene el Espíritu de Cristo, se concluye que no es de él. Así de simple.  Con la premisa mayor que es general y universal (El que, Todo aquel...), se emite una verdad teológica como la expuesta; pero si incluimos una expresión de negación en (2), es decir, si negamos que estamos incluidos en el universal de (1) Todo aquel, El que..., hemos de cosechar la conclusión (3) de estar excluidos de la presencia de Cristo. En otros términos, una premisa (2) tal como: no tengo el Espíritu de Cristo derivaría en una síntesis conclusiva de estar separado de Cristo, o lo que es lo mismo o peor: no ser de él.

Ahora bien, ¿quiénes son los que tienen el Espíritu de Cristo? Jesús se lo dijo a Nicodemo (Juan 3) cuando le expuso acerca de la tesis del nuevo nacimiento. También se lo dijo a sus apóstoles, al prometerles que les enviaría otro Consolador cuando él se fuere; asimismo, un día sopló delante de ellos para que recibieran a dicho Espíritu. Y sobre la iglesia naciente, cuando Pedro estaba reunido con los hermanos en oración, vino una manifestación especial mediante la cual el Espíritu descendió en los que estaban reunidos (Hechos de los Apóstoles). En  otra oportunidad, también el Espíritu fue dado a los gentiles (el mundo no judío). De esa manera, Pablo, como apóstol especial de los gentiles, dijo que el Espíritu era las arras o garantía de nuestra redención final. Y el que nos confirma con vosotros en Cristo, y el que nos ungió, es Dios, el cual también nos ha sellado, y nos ha dado las arras del Espíritu en nuestros corazones (1 Corintios 1:21-22).

Pablo en su carta a los Efesios, cuando expone el tema de la predestinación de Dios, dijo que en Cristo nosotros hemos oído la palabra de verdad, el evangelio de nuestra salvación. Es decir, lo que oímos fue una proposición, un mensaje para nuestra salvación. Una vez que hemos creído en él (en el evangelio o en la proposición que es asimismo Cristo), fuimos sellados, estampados, cerrados herméticamente, precintados, nada más y nada menos que con el Espíritu Santo de la salvación (el nuevo nacimiento explicado a Nicodemo). Pero, ¿qué significa este gran sello colocado en los creyentes? Ese sello es la prenda que se daba en un contrato antiguo, lo que hoy podría constituir una escritura debidamente certificada por una autoridad en la materia civil correspondiente. Es además la entrega de una parte del depósito o precio que garantiza el cumplimiento de una obligación. ¿Se imagina usted que si un creyente se condenara en el infierno de fuego estaría llevándose con él en alguna medida al Espíritu Santo que le fue dado como garantía de la salvación? Porque siguiendo con la lógica de la figura jurídica usada por el escritor bíblico, el cual está inspirado por el Espíritu Santo, y en el ánimo de la proposición silogística implícita, quien se desvincula de la obligación asumida pierde las arras o garantía dada por el producto adquirido. ¿No dice la Escritura que fuimos comprados con la sangre de Cristo? ¿No agrega que quien empezó en nosotros la obra la terminará hasta el fin? ¿No dice que si fuéremos infieles, Él permanece fiel? ¿No agrega que si bien la obra del creyente podrá quemarse por el fuego que la prueba, y por haber sido edificada en materiales poco nobles como heno, hojarasca y madera, la obra se perderá pero el creyente mismo será salvo como del fuego? La razón lógica es porque tenemos la garantía de la salvación.

En este punto hago un paréntesis para exponer lo que el mismo apóstol Pablo dijo en referencia a la predestinación. Somos predestinados para ser santificados, de tal manera que él se preguntó en su carta a los romanos ¿cómo podríamos vivir aún en el pecado? Esto es imposible, a pesar de que el pecado mora en nosotros y en ocasiones nos somete a la miseria, pero ya no podemos vivirlo o hacerlo permanecer ni practicar el pecado.

De esta forma, Pablo les dice a los Efesios que ese Espíritu Santo con el cual fuimos sellados o precintados, marcados o herméticamente cerrados, es las arras de nuestra herencia hasta la redención de la posesión adquirida, para alabanza de su gloria (Efesios 1:14). Acá muchos yerran pensando que somos nosotros los que tenemos una posesión adquirida, pero el texto hace referencia al comprador quien es el que da la garantía de la opción compra. De esta forma, quien redime el objeto comprado es Jesucristo mismo, para alabanza de su gloria. Pablo lo repite en su carta a los Corintios: Mas el que nos hizo para esto mismo es Dios, quien nos ha dado las arras del Espíritu (2 Corintios 5:5); y a los romanos les dice que tenemos las primicias del Espíritu (Romanos 8:23).

Mas vosotros no vivís según la carne, sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él (Romanos 8:9). ¿Qué hace el Espíritu de Cristo en nosotros? Es indudable que cumple muchas funciones, tales como conducirnos a toda verdad, enseñarnos lo que ha oído de Dios, intercede por nosotros con gemidos indecibles, nos enseña por tener la unción del Santo, nos consuela, nos garantiza la vida eterna. Cuando uno habla de la verdad se confronta con la mentira; no hay posibilidad de ser neutro en estos valores. Por eso Pablo es tan categórico al decirnos que si no se tiene el Espíritu de Cristo, no se es de él. A Timoteo le encomienda a que tenga cuidado de él mismo y de la doctrina (hay que cuidar la doctrina, el cuerpo de enseñanzas fundamentales de la fe en Jesucristo, lo que es igual a cuidar lo que Jesucristo enseñó) (1 Timoteo 4: 13-16).

Esta doctrina o enseñanza en la que debemos ocuparnos no es humana sino divina. ¿Por qué me llamáis Señor, Señor, y no hacéis lo que yo os digo? (Lucas 6:46). Ya desde el Antiguo Testamento se le daba suma importancia a la doctrina revelada: Goteará como la lluvia mi enseñanza; destilará como el rocío mi razonamiento; como la llovizna sobre la grama, y como las gotas sobre la hierba; (Deuteronomio 32:2). Esa era la voz de Moisés para su pueblo, comparando su enseñanza razonada y lógica con la llovizna o con el rocío sobre la hierba y la grama. En un lenguaje altamente poético y por demás figurativo expuso la relevancia de escuchar y estar atento al mensaje inspirado por Dios. El autor de los Proverbios escribió con afecto y expuso: Hijo mío, está atento a mi sabiduría, y a mi inteligencia inclina tu oído, para que guardes consejo, y tus labios conserven la ciencia (Proverbios 5:1-2). La ciencia es la sabiduría de la enseñanza de Dios, de lo cual carecieron siglos después los judíos, pues teniendo celo de Dios no lo hacían conforme a ciencia (Romanos 10:3). La encomienda a estar atento a la doctrina de Dios es para que no haya el lamento posterior por el menosprecio de la reprensión, o por no oír la voz de los que instruían y enseñaban (Proverbios 5:12-13).

No tener el Espíritu de Cristo es no ocuparse de su doctrina, por cuanto una de las funciones del Consolador es precisamente enseñarnos y guiarnos a toda verdad. Ante la exclamación de algunos judíos que se preguntaban cómo era posible que Jesucristo supiera tantas cosas (letras) sin haber estudiado, el Mesías tuvo que responderles: Mi doctrina no es mía, sino de aquel que me envió (Juan 7:16). De manera que Jesús sí que le dio importancia a Su doctrina, se ocupó de ella y expuso su sabiduría. Si usted es de los que en alguna oportunidad ha pensado o ha dicho y sostenido que la teología no importa, sino el corazón que uno tenga, sepa que eso es uno de los grandes disparates que también sostuvieron los judíos que tenían celo de Dios. El corazón es el centro de la vida, de él manan los pensamientos (buenos y malos), los homicidios -dijo Jesucristo. De manera que si usted divorcia el intelecto del corazón no sabe lo que está diciendo o haciendo, ya que eso es un imposible. En el lenguaje bíblico, el corazón -mucho más que el órgano que bombea la sangre- es una figura de gran importancia porque de allí mana la vida: sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón, porque de él mana la vida (Proverbios 4:23). Pero también mana la muerte, ya que de allí salen los malos pensamientos, los adulterios, las fornicaciones, los homicidios, los hurtos, las avaricias, las maldades, el engaño, la lascivia, la envidia, la maledicencia, la soberbia, la insensatez y todo ello contamina al hombre (Marcos 7: 21-23). Entonces, si lo que importa es el corazón, sepamos que allí también hay intelecto, y no simple emoción. Por la mala doctrina del corazón salen cosas que dañan al hombre, mas por la buena doctrina en la que el corazón se ocupa nos podemos salvar y ayudar a otros.

Cristo vino a dar su vida por sus ovejas; le colocaron el nombre Jesús porque eso significaba que salvaría a su pueblo de sus pecados; vino a salvar a muchos; no dio su vida por las cabras, solamente por las ovejas; solamente murió en expiación y sustitución por los que el Padre le dio, por eso no rogó por el mundo, sino solamente por los que el Padre le había dado y los que habrían de creer por la palabra de aquellos; asimismo, nadie puede ir a él si el Padre no lo arrastra hacia él. Pero vino a hacer la voluntad del que lo envió, y en relación a eso se mantuvo fiel, al punto que le dijo a Nicodemo que nadie podía nacer de nuevo a menos que el Espíritu lo hiciera posible; que para ver el reino de los cielos era necesario el nuevo nacimiento. Una gran multitud se irá detrás de la bestia o anticristo, pero de ellos se dice que sus nombres no están escritos en el libro de la vida del Cordero desde antes de la fundación del mundo. La Escritura dice que Dios amó a Jacob pero aborreció (odió) a Esaú, mucho antes de que ellos hicieran bien o mal, para que el propósito de la salvación y condenación se mantuviese por la gracia del Elector y no por las obras del elegido o del rechazado. El Padre a quien quiere endurecer endurece (como lo hizo con Faraón, con Esaú, con los réprobos en cuanto a fe), y de quien quiere tener misericordia tiene, pues ese es su derecho de alfarero o de Hacedor. No hay quien le diga qué haces, ni quien le dispute con ganancia, por eso el objetor se levanta y reclama: ¿Por qué, pues, inculpa? Porque ¿quién ha resistido a su voluntad? El objetor reconoce que no puede hacer nada en contra de la voluntad inquebrantable de Dios, voluntad inmutable desde los siglos, y solamente alcanza a exclamar desde su lógica que eso no le parece justo, condenar sin que nadie tenga la opción de resistir a tal condenación. Pero el Padre responde a través del Espíritu que ¿quién es ese objetor para que alterque con Él? No es más que una olla de barro que el mismo Padre ha hecho para deshonra y destrucción y alabanza de su gloria y su poder.

Si todo esto que se ha dicho acá, que son palabras extraídas de la Biblia y ajustadas al contexto del Dios soberano, molestan o son duras de oír, lo seguro es que a quien le parecen duras no tiene el Espíritu de Cristo. Pues el Espíritu de Cristo es quien ha enseñado todas estas cosas que Él mismo inspiró en los escritores de la Palabra revelada. Por lo tanto, sigue diciendo la misma Biblia a través del apóstol Juan, también escritor inspirado por el Espíritu de Cristo, que si alguno viene a vosotros y no trae esta doctrina, no lo recibáis en vuestra casa, ni le digáis: Bienvenido. Porque el que le dice: Bienvenido, participa de sus malas obras (2 Juan 1:10-11).

 

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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