S?bado, 16 de marzo de 2013

La trascendencia de Dios es de tal magnitud que los cielos y la tierra no lo pueden contener. No obstante, para nuestro beneficio y de las cosas creadas, Él es Espíritu. Un día le dijo a Jeremías que Él llenaba los cielos y la tierra, pero esto, desde luego, era una metáfora de su omnipresencia, ya que por causa de su naturaleza y trascendencia, si llenase físicamente los cielos y la tierra no habría espacio para los mismos cielos y tierra que Él hubo creado. Pero más allá de la brevísima introducción filosófica, el tema que celebramos es que Dios responde, a pesar de su trascendencia y grandeza.

Las criaturas, obras de sus manos, son el objeto de su respuesta. No solamente responde las peticiones de sus hijos, sino que va más allá de ellas mismas y nos responde directamente a nosotros. Esto es, cuando Abraham pidió a Dios no destruir a Sodoma y a Gomorra por diez justos, Dios le dijo que no lo haría. Abraham calló porque se le acabaron los argumentos. Sin embargo, cuando Dios destruyó a esas ciudades tuvo misericordia de Lot y lo rescató, para beneficio del afecto de Abraham. A esto me refiero cuando digo que Dios nos responde a nosotros, mucho más que a nuestras peticiones. Dios conocía los pensamientos de Abraham y sabía de su afecto por su sobrino; la discusión retórica acerca de la justicia de Dios fue ganada por el Hacedor de todo, pues no había los justos necesarios para no destruir a tales ciudades. Pero en su trascendente misericordia concedió el deseo no pedido de Abraham.

Este caso específico de Abraham nos conduce a comprender que en ocasiones nuestras oraciones no necesitan ser absolutamente específicas para ser respondidas en forma específica. Pablo argumentó que Dios nos daría mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos (Efesios 3:20). Pero la meta de nuestra vida en esta tierra, en tanto creyentes, es nuestra santificación. Fuimos predestinados para ser santos, todas las cosas nos ayudan a bien a los que hemos sido llamados conforme al propósito de Dios, nuestra santificación ... pues la voluntad de Dios es vuestra santificación; que os apartéis de fornicación; que cada uno de vosotros sepa tener su propia esposa en santidad y honor; no en pasión de concupiscencia, como los gentiles que no conocen a Dios; que ninguno agravie ni engañe en nada a su hermano; porque el Señor es vengador de todo esto, como ya os hemos dicho y testificado. Pues no nos ha llamado Dios a inmundicia, sino a santificación (1 Tesalonicenses 1:3-7). ¿Y qué es la santificación? No es la beatería que hemos conocido en las iglesias, no es el hacer o el no hacer de las interminables listas éticas y morales escritas por los nuevos fariseos de las iglesias. Santificar es separar, de tal forma que nuestra santificación es la separación que tengamos del mundo. El que se hace amigo del mundo se constituye enemigo de Dios.

El mundo puede definirse como más que un lugar. Es una entidad trascendente, no con la misma fuerza de la trascendencia divina, pero sí con la suficiente energía como para que domine nuestros pensamientos. Los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida provienen del mundo (1 Juan 2:16). Con la carne comprendemos bien la concupiscencia, el apetito desordenado de placeres deshonestos; los ojos son la ventana del alma, de manera que los deseos del alma como aquellos del joven rico llevan a la muerte eterna; la vanagloria es la jactancia del propio valer u obrar. ¿De qué hemos de jactarnos, si nada somos? Porque ¿quién te distingue? ¿Qué tienes que no recibiste? Y si lo recibiste, ¿por qué te jactas como si no lo hubieras recibido? (1 Corintios 4:7). Absolutamente todo lo que somos o tenemos proviene de lo alto, del Dios eterno y trascendente. De esta forma, el mundo no tiene arte ni parte en aquello que se nos ha concedido, más bien el mundo pasa y sus deleites, pero el que hace la voluntad de Dios no pasa, sino que permanecerá para siempre.

Jesús habló de orar y pedir, pues el Padre se complace en dar. De igual forma nos garantizó que no seremos burlados, pues si pedimos pan no se nos dará una piedra, y si pedimos pescado no se nos dará una serpiente. Con estas frases la burla queda por fuera, no hay posibilidad de que se nos otorgue algo que contradiga el principio de la petición y el principio del Donador. Por un lado tenemos la garantía del Espíritu, quien gime para ayudarnos en nuestras oraciones; por otro lado tenemos la integridad absoluta de Dios, su atributo de honestidad y verdad para no engañarnos. Asimismo, su omnisciencia nos brinda la seguridad de ser entendidos en las pocas palabras que digamos, pues Él conoce de qué carecemos antes de que le pidamos. Su omnisciencia nos ofrece la seguridad de Su entendimiento en aquello que hemos pedido o intentado pedir.

Una cosa sí es segura para el que ora, que será completamente feliz al recibir la respuesta de lo que ha suplicado. Nada se mueve sin la voluntad de Dios, ni un pajarito cae a tierra sin que el Padre lo disponga. Aún los cabellos de nuestra cabeza están todos contados. Esta última aseveración de Jesucristo pudiera ser una muestra de algo innecesario en el hacer de Dios; saber el número de los cabellos no revela una necesidad aparente, salvo desde una perspectiva médica quizás todavía no muy investigada. Sin embargo, si eso es superfluo a nuestro juicio, cuánto más cuidado no tendrá Dios de aquellas cosas más nobles que el conteo del cabello. He allí el símil por contraste; he allí la importancia que tenemos delante del Padre. Seremos oídos, porque nosotros valemos más que las aves que Él alimenta, o que los lirios del campo que Él viste. ¿No sabe Dios de qué carecemos? Sin embargo, el Dios trascendente quiere oírnos decir que deseamos a Lot fuera de Sodoma, y aunque nos volvamos retóricos como Abraham preguntando por los 50 justos hasta llegar a los 10 justos, Dios comprende nuestros intereses como entendió los de Abraham con Lot. Dios es soberano y hace como quiere, tiene misericordia de quien quiere tenerla (de Lot, por ejemplo) y a quien quiere endurecer endurece (a Judas y a Faraón, a Esaú y a los habitantes de Sodoma).

El paganismo o la incredulidad cree que la respuesta divina es una simple interpretación de alguna coincidencia con las circunstancias de la vida.  De igual forma ilustran en sus historias la presencia de ambigüedad en las respuestas sobrenaturales.  La historia de un rey muestra el problema de la ambigüedad con que el paganismo suele ver la respuesta de la divinidad. Creso envió un mensajero al Oráculo de Delfos, para saber si al ir a una determinada batalla la ganaría. El Oráculo le respondió que si conducía un ejército hacia el Este y cruzaba el río Halis, destruiría un imperio.  Animado por la respuesta, Creso organizó alianzas con otros reyes y también con la ciudad griega de Esparta. Pero las fuerzas persas derrotaron a la coalición en Capadocia, en 547 a. C.  De esta manera se cumplió el vaticinio, ya que Creso había destruido su propio imperio lidio. Pero Jesús ilustró que no se nos daría un alacrán al pedir un huevo, de manera que el Dios de las providencias será oportuno en nuestras necesidades. Dado que la meta de la predestinación es nuestra santificación, todo ayuda a ello, a separarnos más del mundo y de sus necesidades impuestas. Por eso, aún en las sinagogas de Satanás (muchas de las iglesias contemporáneas) existe mundo, mas somos afortunados al saber que Dios no habita en templos hechos por hombres. Además, el Dios que trasciende y que todo lo sabe, conoce lo que dice el movimiento de los labios, aunque la voz no se oiga. Así le sucedió a Ana, una mujer que rogaba a Dios por el fruto de su vientre y aún el sacerdote Elí creyó que estaba ebria: Pero Ana hablaba en su corazón, y solamente se movían sus labios, y su voz no se oía; y Elí la tuvo por ebria (1 Samuel 1:13).

El mundo pagano interpreta erróneamente la presencia de Dios. Supone que está en un espacio determinado, como solía suceder cuando el pueblo de Israel ganaba una batalla. De inmediato, sus enemigos calificaron la situación de su derrota creyendo que el Dios de Israel habitaba en las montañas. De allí que procuraban combatir en las llanuras (1 Reyes 20:23). Esta concepción está muy extendida entre el nuevo cristianismo y el resto del paganismo, porque buscan los lugares altos con preferencia para hacer sus grutas y santuarios donde ejercitar su idolatría. Otros creen que una iglesia determinada, situada en un país específico, es el centro ideal para ir a adorar. Hay muchos que estimulan a los fieles a viajar a lo que ellos han denominado La Tierra Santa, porque suponen que estando en esos lugares perciben mejor la presencia de Dios. Algunos se bautizan o re-bautizan en el río Jordán, porque es como recibir las mismas aguas que recibió Jesús. Otros visitan la tumba vacía de Cristo, o el sitio donde se dice que nació. Esto no es más que turismo religioso, lo cual hace gala a su origen. En la antigua ciudad de Tours, en Francia, se hicieron peregrinaciones religiosas en la Edad Media. Hay filólogos que vinculan la palabra turismo con esta actividad realizada en esa ciudad (darle la vuelta a Tours). De manera que el río vuelve a su cauce, pues de ser cierto el trabajo de la filología existe un trasfondo religioso en el origen del turismo. Hoy día son las iglesias las grandes promotoras de las visitas a los santuarios del mundo, a los denominados sitios sagrados declarados por la UNESCO como patrimonio de la humanidad. ¿No hacen en forma parecida los musulmanes, con sus peregrinaciones a la Meca? ¿Y qué decir de las visitas guiadas a los templos budistas? ¿Cuántos no viajan al Tibet, por razones religiosas? Alguien dijo con cierta sabiduría que Europa lo que tenía que mostrar al mundo eran iglesias y santuarios, la fuente de su gran atractivo turístico.

Aún Salomón con toda la gloria de su templo exclamó que Dios era incontenible, que ni aún los cielos más altos podían contenerlo. Mucho menos el templo que él le había edificado (1 Reyes 8:27). Pero a pesar de esta realidad bíblica, los nuevos conversos en las religiones añoran edificar sitios de adoración. Es como hacer la enramada para que Dios se quede allí con ellos, ignorando lo que Jesucristo le declaró a la mujer de Samaria, que ni en ese monte ni en Jerusalén se habría de adorar al Padre; Dios es Espíritu, y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren (Juan 4: 21 y 24). Ya el salmista lo había declarado, ¿a dónde iría de su Espíritu y de su presencia? A Dios lo mismo le son las tinieblas que la luz, de manera que la oscuridad no puede encubrirlo y aún la noche resplandece como el día (Salmo 139). Dijimos que Dios responde, porque Él trasciende todas las cosas, porque es Omnisciente, porque es Misericordioso con sus hijos. El no necesita un templo hecho de manos para acudir a adorarle, sino que en cualquier sitio o estadio interno del hombre se puede hacer, por cuanto es Espíritu. Al contemplar su obra natural también somos motivados a rendirle alabanza por la magnificencia de su creación. Aún las oraciones silenciosas son escuchadas y Él contesta todas las solicitudes de sus hijos, como lo hizo con Ana en el Antiguo Testamento, como lo ha hecho con cada uno de los que participamos de su amor eterno e inmutable.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 10:58
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