Martes, 12 de marzo de 2013

La regeneración es el acto fundamental sin lo cual es imposible el arrepentimiento y la fe en Cristo para salvación. La tesis antigua de qué fue primero, el huevo o la gallina, parece colocarse en el tapete para el análisis.  La respuesta tangente señala que fue el gallo, pues sin él no hay fecundación del huevo para que salga la gallina. Con este galimatías conceptual muchos tropiezan en su analogía hecha en el campo de la fe, aunque es mucho mejor ir a las Escrituras, porque parece ser que allí está la vida eterna y ellas dan testimonio del Cristo que había de venir.

Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe (Efesios 2:8-9). Sigo este texto porque da absoluta claridad sobre el tema a exponer, la gracia prevalece sobre las obras; las obras en cambio llevan la gloria al hombre que las hace. La gracia es un regalo (don) de Dios, si bien la salvación gratuita se obtiene por medio de la fe. Vamos a explicar con algún ejemplo que ilustre el asunto: Alguien muy bondadoso me regala una fruta y merced a que tiene súper-poderes ha hecho una transformación en mi voluntad (y/o corazón), de manera que siento el deseo y las ganas de recibir esa fruta. Pero el regalo ofrecido tengo que agarrarlo con mis manos para que pase a formar parte de mi posesión. Resulta ser que el personaje superdotado con plenos poderes es Dios, quien gratuitamente me ha transformado el corazón de piedra colocando uno de carne que no se resiste a su voluntad, me ha dado (la fruta) la salvación y al mismo tiempo me ha provisto de unas manos (la fe) para asir dicho regalo. Cuando miramos el panorama del ejemplo, la gloria absoluta la tiene Dios, pues ha hecho todo lo que se necesita para que yo tenga el regalo con agrado.

Algunos teólogos de la confusión han comenzado a hablar y a decir que es necesario que quien reciba la salvación deba recibir primero el señorío de Cristo. En otros términos, a esta teología la llaman por su origen en inglés Lordship salvation. Hacen un conteo de las veces que ocurre en el Nuevo Testamento el vocablo Señor frente al término Salvador y obtienen un resultado aproximado de 80 a 2, respectivamente. Con ese argumento de cantidad reclaman el Lordship salvation a su favor. Pero acá caen en un problema interpretativo de grave dimensión. Dios es por definición soberano, y soberanía significa señorío. Entonces, no es posible tener al Señor Jesucristo como nuestro salvador sin que sea al mismo tiempo nuestro señor. Más bien, toda la humanidad y todas las potestades celestiales -buenas y malas- están bajo el señorío de Cristo, y ante él se doblará toda rodilla el día en que el Padre lo ha programado.

En otros términos, el señorío de Cristo no se discute en la Biblia ni siquiera una sola vez; al contrario, los mismos demonios reconocen a Jesús como el Señor y desconocen a muchos que falsamente vienen en su nombre. Aún Satanás tuvo que someterse al designio de Dios respecto a Job, y obedecerle en el trabajo que le fue encomendado hacer con él. Lo mismo sucedió cuando el Espíritu llevó a Jesús al desierto para ser tentado por el diablo, el cual tuvo que dejarlo cuando el Señor se lo ordenó. Entonces Jesús le dijo: Vete, Satanás, porque escrito está: Al Señor tu Dios adorarás, y a él sólo servirás. El diablo entonces le dejó; y he aquí vinieron ángeles y le servían (Mateo 4:10-11). En el libro de Amós encontramos escrito que nada malo puede ocurrir en la ciudad sin que Jehová lo haya hecho. Allí el texto no habla de que Jehová lo haya permitido, sino hecho (Amós 3:6).  ¿Puede existir un señorío más absoluto que ese? Por lo tanto, no se entiende la locura de estos nuevos predicadores anunciando que se debe recibir primero a Jesucristo como Señor para que después sea nuestro Salvador. Muchos que ya lo tienen como Señor (los perdidos eternamente, el diablo y sus ángeles) no lo tienen como Salvador. De manera que así como la salvación pertenece a Jehová y no es de todos la fe, quien es salvo por gracia tiene inevitablemente el señorío de Cristo encima, pues si los no salvos son guiados a hacer aquello que el Dios del cielo y de la tierra les ordena que hagan (Apocalipsis 13:8 y 17:8), cuánto más no cumpliremos el querer como el hacer aquellos que hemos sido ordenados para vida eterna.

Quizás la gente se confunde por los mandatos bíblicos. El deber ser del cristiano implica un cumplir voluntariamente el mandato divino. El que se nos diga que debemos amar a Dios por sobre todas las cosas y a nuestro prójimo como a nosotros mismos, no presupone que seamos reacios a hacerlo. Simplemente la orden está dada como un estímulo y también existe la reprensión por la desobediencia a todos aquellos a quienes Dios ama y azota por ser hijos. Hay un deber ser del creyente que es instaurado por el Espíritu de Cristo, pero eso no implica que lo hagamos nosotros por nuestras propias fuerzas, ya que la vieja naturaleza batalla contra nuestra mente para hacer aquello que no queremos hacer y dejar de hacer lo que deseamos hacer. Esa fue la experiencia de Pablo relatada en su carta a los romanos, la prueba irrefutable de que a pesar de tener el Espíritu de Cristo todavía nos sentimos miserables por el pecado que mora en nosotros. Algunos han sostenido la locura interpretativa de que este texto hace referencia a la vida antigua de Saulo de Tarso, pero leen mal los que así interpretan. El texto agrega que el bien que quiero hacer no hago, por lo tanto Saulo de Tarso (que es Pablo sin Cristo) nunca pudo querer hacer el bien ni tener clara disposición de lo que debería hacer. Acá el apóstol hace referencia a su vida actual en tanto Pablo.

EL ARREPENTIMIENTO

Arrepentirse no implica volverse del pecado. Miles de personas se arrepienten de lo que hacen y eso no presupone que se hayan vuelto del pecado cometido. No existe tal capacidad para dejar el mal en forma total en aquellos que se arrepienten. La definición bíblica de arrepentimiento es cambiar de mentalidad; esa es la metanoia de la lengua griega. La Biblia nos educa en cuanto a que el arrepentimiento nos conduce a un cambio de acciones. Por ejemplo, en Lucas 3: 8-14, se nos ordena a hacer frutos dignos de arrepentimiento. Precisamente, Jesús les explicó a los que le escuchaban su discurso acerca del cambio de mentalidad que lo que les era necesario hacer en ese momento era que quien tuviera dos túnicas diera una al que no tuviera ninguna; lo mismo se habría de hacer con el alimento. A los soldados (el ejército o la armada del momento) les dijo que dejaran de extorsionar y de levantar calumnias, y que estuvieran contentos con su salario.

Muy oportunas estas palabras de Jesús acerca del arrepentimiento para los militares de hoy día en muchas naciones. Ellos extorsionan, levantan calumnias para ganar dinero y galardones, pero además amenazan con deslealtad si no se les aumenta su salario. Después salen a tener actos religiosos con sus capellanes de turno y de cualquier religión.  En Hechos 26:20 se declara que el llamado hecho por Pablo fue que la gente se arrepintiera y se convirtiera a Dios, y que hiciesen obras dignas de arrepentimiento. Ese fruto digno proviene de la conversión a Dios, es parte de la tarea que nos impone el Espíritu de Dios y es parte de la respuesta gozosa de nuestro corazón de carne, pues si le amamos a él es porque él nos amó primero (Juan). Así lo hizo espontáneamente Zaqueo el publicano, pues convertido después del llamado de Jesús quiso dar el cuádruple a quien hubiere defraudado, y la mitad de sus bienes a los pobres. El estuvo muy consciente de que la salvación de Jesús había entrado a su casa, como se lo había indicado el mismo Señor. Zaqueo había cambiado su mente en relación con Jesucristo, simplemente porque Jesús lo llamó y le dijo que entraría a su casa. Un cambio de mentalidad que conduce a salvación y a la producción de buenos frutos, pero simplemente porque el autor de la salvación lo llamó por su nombre. De igual forma fue dicho por Jesucristo en la imagen recogida del Buen Pastor, relatado en Juan 10: El buen pastor llama a cada oveja por su nombre, porque las conoce y ellas le siguen, pues conocen su voz.

Si usted está oyendo la voz de que es necesario aceptar el señorío de Cristo para ser salvo, entonces esa es la voz del extraño. Zaqueo oyó la voz del Señor, no la de los que le rodeaban diciendo que era un hombre público indigno, un jefe recaudador de impuestos. Como que si alguien le hubiese añadido a la voz del Señor una nota marginal que dijera más o menos así: Muy bien Zaqueo, has oído la voz del Señor; ciertamente la salvación entrará a tu casa pero recuerda que primero debes recibir al Señor como Señor de tu vida y después de eso sí será tu Salvador. Tal voz es la del extraño y salteador.

No olvidemos nunca que el Hijo del hombre vino a buscar lo que estaba perdido, y que Dios como soberano absoluto llama a sus ovejas por su nombre y ellas le siguen. Es el llamado de Dios lo que recibimos, sin que medie el ritual de recibir a Jesucristo como Señor, para que en consecuencia sea nuestro Salvador. Ya sabemos de la historia de los demonios que le reconocían como Señor, y sin embargo ellos no fueron salvos. Judas siempre supo que Jesucristo era el Señor, incluso en el momento en que le fue dicho que fuera a hacer lo que tenía que hacer en forma inmediata.  Jesús le acababa de señalar como el culpable, al declarar que el que mojaba el pan en su plato sería el traidor; eso es señorío absoluto. Pero de nada le valió a Judas comprender ese señorío si no había sido llamado para salvación, así como el Pastor llama a sus ovejas. Por el contrario, Judas era el hijo de perdición, para que la Escritura se cumpliese.

Usted no puede colocar su fe en Jesucristo como Salvador si no cambia de actitud respecto a quién es él. Pero ese arrepentimiento no es una obra que uno hace para obtener la salvación, sino una consecuencia de la visitación del Espíritu mediante el nuevo nacimiento. Es crucial conocer quién es Jesucristo y qué significa su salvación; no se trata de saber cosas acerca del Hijo de Dios. Los demonios sabían mucho más de lo que muchos llamados creyentes conocen hoy día, pero precisamente por ese conocimiento entendieron que ellos no fueron nunca llamados al arrepentimiento ni a creer en el evangelio.

El evangelio significa literalmente la buena noticia. No hay buena noticia para todos, solamente para las ovejas propias que Jesús llama por su nombre (Juan 10:1-5). Entonces, saber que Jesús es el Señor, o recibirle como tal, no nos hace salvos ni nos garantiza serlo. Precisamente, porque él es el Señor nos llama en su soberanía y nadie puede negarse a su voz, nadie puede renunciar o revocar su llamado. Eso es señorío absoluto, pero se demuestra no por nuestra buena voluntad, como lo pretenden hacer ver los predicadores del Lordship salvation; se demuestra su señorío cuando llama a sus ovejas por su nombre y ellas le siguen, pero a las cabras las endurece y les envía un espíritu de mentira para que crean en ello y sean condenadas. Claro, usted dirá que las cabras se negaron a creer a la verdad, pero de igual manera tiene que comprender que el Señor a quien quiere endurecer endurece, de manera que si se negaron a creer la verdad fue por su endurecimiento previo, hecho activamente por el Señor. Y eso, señores del Lordship salvation, eso sí es soberanía o señorío absoluto (Romanos 9).

Tal vez ellos opongan que eso no es lógico en un Dios que se dice ser amor, pues ¿quién puede resistir a su voluntad? La respuesta que el Espíritu dejó a través de Pablo el apóstol fue de señorío absoluto, un señorío que no se ruega ni se suplica: ¿quién eres tú, oh, hombre, para que alterques con Dios? ¿Podrá la olla de barro decirle a su alfarero por qué me has hecho así? ¿O no tiene el alfarero potestad para hacer de la misma masa un vaso para honra y otro para deshonra?

Esto sí que es señorío que no se suplica ni se pide que se acepte, simplemente es señorío manifiesto, pura y llanamente. Por esta razón, entre otras, muchos yerran y son llevados de todo viento de doctrina, porque la imagen que tienen de Dios no se conjuga con las palabras de la revelación bíblica. Por eso su comezón de oír los lleva a buscar quien les predique las fábulas que son agradables en su mente, si bien el fin de su camino es camino de muerte. ¿Sabía usted que aún las buenas obras fueron preparadas delante de nosotros para que anduviésemos en ellas? Entonces, ¿por qué esa nueva doctrina extraña de hacer buenas obras para demostrar que Jesucristo es nuestro Señor y por consecuencia nuestro Salvador? La simple fe en Cristo resultará en una vida de cambio (2 Corintios 5:17; Gálatas 5:22-23). Pero la salvación es por fe, solamente, y esto es un regalo de Dios (Efesios 2:8-9). Una persona que ha sido liberada del pecado por la fe en Jesucristo no desea y no debe desear permanecer aún en el pecado, como lo asegura Pablo (Romanos 6:2).

Es por ello que asumimos que el evangelio es resultado de la regeneración, no un pre-requisito de ella. Pero lo que sí es cierto para todos las personas regeneradas (nacidas de nuevo) es que creemos el evangelio de salvación condicionada en el trabajo de Jesucristo solamente. No hay tal cosa como un sinergismo o, lo que es lo mismo, un trabajo conjunto entre Jesucristo y la libre voluntad humana. Cuando una persona es regenerada (visitada por el Espíritu, como le dijo Jesucristo a Nicodemo) sucede su conversión. Nadie puede venir a mí, si el Padre que me envió no lo trajere. Esas son palabras del Salvador Jesucristo, de manera que a ellas hemos de aferrarnos. Es necesario nacer de nuevo, pero esto no depende de voluntad humana, sino de Dios, le dijo Jesús a Nicodemo, maestro de la Ley. A Jacob amé, mas a Esaú aborrecí (y esto lo dijo antes de que ellos hubiesen nacido o hecho bien o mal, para que el propósito de la salvación se mantuviera por el que llama (por la elección) y no por las obras: Romanos 9). Creemos el evangelio porque fuimos salvos, o lo que es lo mismo: nuestros ojos fueron abiertos, nuestro corazón de piedra fue cambiado por uno de carne; fuimos pasados de muerte a vida, porque nacimos de nuevo. Por eso dijo Juan que amamos a Jesucristo porque él nos amó primero.

Esto está en la Biblia desde Génesis hasta Apocalipsis, pero suena muy duro, por lo cual  muchos no pueden oír este discurso (Juan 6: 60). Las multitudes se aferran a sus ídolos, dioses a semejanza humana que se amoldan a sus imágenes mentales, pero ellos no pueden salvar (así también lo dicen las Escrituras). Bastantes han sido las personas engañadas por largo tiempo, que se sorprenden de que el Dios de las Escrituras es totalmente diferente del dios que ellos conocieron en las iglesias. No sólo es la Gran Ramera la que anuncia a un dios babilónico y amolda sus ritos al de sus costumbres, sino que las  hijas de ella (las pequeñas rameras) forjan en sus sinagogas a un dios a la medida de todos. No en vano alguien sabiamente llamó a los templos de hoy día Sinagogas de Satanás. Por fortuna, la Biblia también nos consuela al decirnos que El Dios que hizo el mundo y todas las cosas que en él hay, siendo Señor del cielo y de la tierra, no habita en templos hechos de manos (Hechos 17:24).

Pero sea grato reconocer que cada verdadero creyente acepta como dogma de fe el sacrificio de Cristo como su único asidero de salvación. Es solamente Su trabajo de salvación el que ha hecho posible esta salud tan grande; ni un solo verdadero creyente puede asumir que el sacrificio de Jesucristo necesita de las obras humanas para ser eficaz, ni siquiera de la obra de aceptación de la salvación. Porque si eso hiciésemos, entonces ya no sería gracia sola sino obra lo que intervendría en el proceso de salvación de los elegidos. Así como Adán no fue tomado en cuenta para el acto de su creación, por cuanto ni Dios lo quiso ni Adán existía, de la misma manera nosotros no somos interrogados para el momento de nuestro nuevo nacimiento. Ni Dios lo quiso ni nosotros estábamos vivos, sino muertos en nuestros delitos y pecados. Lázaro no fue consultado, sino que a él le fue ordenado salir fuera de su tumba. De la misma manera, esa figura proviene de Jesús para ilustrar entre tantas cosas el nuevo nacimiento. Hemos pasado de muerte a vida, hemos sido trasladados de las tinieblas a la luz. Nuestra ciudadanía ya no está en la tierra, sino en los cielos y nos hemos convertido en extranjeros y peregrinos en este planeta.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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