Viernes, 08 de marzo de 2013

Hay gente que odia a Dios por diversas razones. Algunos lo confunden con las religiones, otros nunca han sido llamados por su voz, de manera que son variadas las formas del misoteismo (Miso es odio y Teos es Dios: odio a Dios). Cuando uno lee o estudia la Biblia logra comprender que ese Dios en ella presentado es muy distinto del que tenemos preconcebido o del ideal que uno se construye gracias a la cultura de los pueblos. Entonces las razones sobran para cultivar el odio al Creador del universo, pues Él mismo se ha declarado como el que ha hecho lo bueno y lo malo que hay, la luz y las tinieblas, la paz y la adversidad. Incluso uno de sus profetas aseguró que no ha acontecido nada malo en la ciudad el cual Jehová no haya hecho (Amós 3:6).

Al leer el libro de Job, se dice que es uno de los más antiguos de la Biblia, algunos más osados ven un hilo misoteista, ya que el justo estaba tranquilo y Dios mismo le sugiere a Satanás que considere a su siervo, pero que no le toque su vida. Pero otra visión literaria del libro nos muestra una perspectiva de equilibrio en la Biblia, la frontera entre la soberanía divina, su amor por sus siervos y las pruebas enviadas a ellos. Acá no se trata al héroe al estilo griego o clásico, para que recorra el itinerario de pruebas que lo glorifican, no hay necesidad de luchar contra hidras, o de encadenar monstruos. Simplemente es necesario soportar con paciencia las pruebas enviadas por Dios pero aplicadas por su siervo malo llamado diablo o Satanás. Al final de la agonía, el buen siervo es reivindicado y sus bienes son multiplicados como signo de aprobación. De esta manera se crea un paradigma de vida para que los que leemos el libro estemos prevenidos de las tareas que nos sobrevengan en el camino de nuestra peregrinación.

Pero hay muchos ejemplos más acerca del trato de Dios con los hombres. En el Nuevo Testamento se le pregunta a Jesucristo acerca de la causa de la enfermedad de un hombre. Era ciego y no se sabía de quién era la culpa, si suya o de sus padres. La respuesta de Jesús sorprende: no es por el pecado de este o de sus padres, sino para que Dios se glorifique. Respondió Jesús: No es que pecó éste, ni sus padres, sino para que las obras de Dios se manifiesten en él (Juan 9:3). Mucho molestan los casos relacionados con la incapacidad para tener fe, como la de algunos judíos a quienes Jesús les dijo que ellos no podían creer en él porque no eran de sus ovejas (Juan 10:26). Es decir, para poder ser un creyente se necesita la previa condición de ser oveja (elegido). En la división semántica hecha por Jesucristo, él separa las ovejas de las cabras, y sabemos por otras clasificaciones hechas por él mismo que existen árboles buenos y malos, y que los frutos de uno no los puede dar el otro. De manera que con estas categorías enunciadas el ser es teológicamente más importante que el estar. Se es bueno, o se es malo; se es árbol de higo, se es oveja o se es cabra.

Pablo plantea en su carta a los romanos que existe una predestinación absoluta hecha por Dios desde antes de que la gente hiciera bien o mal.  Es más, llega a hablarnos del amor y del odio de Dios.  A Jacob amé, mas a Esaú aborrecí (Romanos 9: 11-13). Esto lo hizo Dios antes de que ellos hicieran bien o mal, de manera que la elección, escribe Pablo, no se hizo en base a las obras sino para que prevaleciera el propósito del elector. Ante esta realidad soteriológica el apóstol levanta a un objetor, una persona que recrimina y se opone al designio del Creador. Le da palabra y le permite exhibir su argumento, el cual parece muy lógico, pues la referencia del reclamo está centrada en que el ser humano es absolutamente incapaz de resistir a Dios. ¿Por qué, pues, inculpa? Pues, ¿quién ha resistido a su voluntad?  Es decir, en este terreno no estamos como en el caso de Job, o del ciego, o del paralítico, pasando por pruebas temporales. Ahora es presentada la soberanía de Dios que apunta al destino eterno de la humanidad creada. La respuesta en principio es la objeción de su designio, con la razón que asiste a nuestra naturaleza. Pero el argumento de Pablo es dirigido a la relación entre el Amo de su creación y la cosa creada; ¿quién es el hombre para discutir con Dios?

En esta respuesta del libro de Romanos vemos un paralelismo con el debate entre Dios y Job.  Ahora ciñe como varón tus lomos; Yo te preguntaré, y tú me contestarás. ¿Dónde estabas tú cuando yo fundaba la tierra? Házmelo saber, si tienes inteligencia (Job 38: 3-4). La confrontación entre la criatura y su Hacedor es un tema básico de las Escrituras. El hombre intenta desde el Génesis independizarse de Dios, pero en su recorrido de vida va descubriendo que no puede huir de su presencia. Por eso odia a Dios, cuando no está capacitado para amarlo.

Juan el apóstol escribió un texto clave para comprender la interpretación del drama humano y la liberación del misoteismo. Dijo: Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero (1 Juan 4:19). Un hombre muerto en delitos y pecados, que por naturaleza odia a Dios por su rebeldía heredada desde Adán, que no es justo ni puede hacer lo bueno, necesita primero ser amado por Dios para que se genere en él amor hacia el Creador. Sin el nuevo nacimiento el hombre continuará como Lázaro antes de que Jesús le ordenara salir de la tumba; sabemos por lo que dice la Biblia que eso se produce por obra del Espíritu de Dios, no por voluntad humana. De manera que no depende de quien quiera ni de quien corra, sino de Dios que tiene misericordia de quien la quiere tener, pero que endurece a quien quiere endurecer (Juan 3 y Romanos 9).

La reacción de Dios frente al misoteismo también ha sido descrita en la Biblia. Allí leemos que Él ha soportado con mucha paciencia los vasos de ira preparados para destrucción. ¿Y qué, si Dios, queriendo mostrar su ira y hacer notorio su poder, soportó con mucha paciencia los vasos de ira preparados para destrucción, y para hacer notorias las riquezas de su gloria, las mostró para con los vasos de misericordia que él preparó de antemano para gloria (Romanos 9: 22-23).

Frente a semejante declaración es lógico suponer que exista odio a Dios, pero de igual manera es equilibrado afirmar que existe amor a Dios. La razón del odio o del amor va a descansar en el hecho del ser. Se es árbol bueno, se es oveja, se es elegido para salvación, se es amado por Dios; por consiguiente le amamos a Él. Se es árbol malo, se es cabra, se es preparado para destrucción como vasos de ira, se es odiado por Dios; en consecuencia, se odia a Dios.

El misoteismo es una consecuencia inevitable de la naturaleza humana sin transformación alguna, sin la operación del nuevo nacimiento. Es también la respuesta lógica al descubrir que el Dios revelado en la Biblia no se corresponde con la idea que tenemos de un buen Dios. Pero como a Dios nada le sorprende, Él mismo ha dicho que soporta con mucha paciencia a estos vasos de ira preparados para destrucción. Si a nosotros nos molesta sobremanera tener que escuchar las manifestaciones de odio por el solo hecho de amar a Jesucristo, cuánto más no habrá de molestar al que es Santo por los siglos.

El evangelio se resume a una proposición o anuncio de la buena noticia de salvación hecha posible por Jesucristo, quien vino a dar su vida en rescate por muchos. El nombre Jesús conlleva el significado de su misión: Él salvaría a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21). Esa es una buena noticia para los que son renacidos por el Espíritu, pero no es tan buena para aquellos cuya naturaleza de odio a Dios no ha sido cambiada. Nos toca convivir en esta tierra con los misoteistas, sabiendo que nuestra ciudadanía está en los cielos y que acá somos extranjeros y peregrinos.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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