Martes, 05 de marzo de 2013

La manera en que Dios hace las cosas es muy variada. Él es Espíritu, por lo tanto actúa de una forma distinta a la nuestra. Tal vez su figura ejerce alguna influencia particular que podemos sospechar, pues algunos han oído hablar de presencia espiritual y suponen que Dios pudiera actuar en forma parecida. Lo interesante es que es un ser Todopoderoso capaz de ordenar con su voz y que las cosas sucedan. Una palabra tuya y mi hijo sanará, fue la exclamación de un padre angustiado por su hijo enfermo. Pero eso fue dicho a Jesucristo, mientras habitó entre los hombres. No obstante, él y el Padre son uno.

En la selva humana que habitamos basta que una noche nos quedemos sin luz para comenzar a pensar en otros paradigmas. Algunos se entregan a los cuentos fantasiosos, otros a los imaginarios de espantos y terror. Pero quedamos algunos que sacamos provecho a una noche oscura para pensar a Dios. Pensarlo es ya un reto, o quizás un privilegio. Imaginar lo que pueda ser el más allá, recrear algún texto aprendido para ejercitar la fe. El gran problema de pensarlo a Él es que el binarismo al que estamos sometidos propone de inmediato su oposición. El mundo no es nuestro hogar, pero ¡cómo jala! Dios se presenta y al rato la antítesis nos muestra su vacío junto a la ausencia que nos devuelve las ansias por el hogar. Aparece la nostalgia, el dolor por el viaje hacia la patria donde está nuestra ciudadanía.

Esperamos verlo más allá del cielo azul, en plena gloria, pero el instinto de conservación nos ata demasiado a la vida, a lo cotidiano, por lo cual quisiéramos hacer a Dios más real en nuestro diario vivir.  Sabemos que allá no habrá más llanto ni dolor, que toda lágrima será enjugada de nuestros ojos, pero la nostalgia se invierte. Si un momento atrás queríamos llegar a la casa celestial, ahora nos duele abandonar la casa terrenal. A pesar del contraste queremos sobre el mundo ser vencedores, que las tinieblas no nos cubran, que reine una luz de justicia.

Pero el gran Maestro dijo una vez en son de reclamo y hastío: ¿hasta cuándo estaré con vosotros? (Mateo 17:17). El sabía de dónde venía, conocía de cuál gloria se había despojado, por eso anhelaba ir de nuevo al Padre.  Tuvo el rol de educador del espíritu, una materia cuyos precursores fueron los profetas. Recordemos las hazañas espirituales de Elías, o de Eliseo, que dejaron profunda huella en su entorno y en aquellos que leyeron de sus proezas. El reino del espíritu domina la materia, por lo cual un  apóstol afirmó que nuestras luchas no eran contra carne o sangre, sino contra principados y potestades en las regiones celestes. La oposición entre carne y sangre con huestes espirituales de maldad se observa por el contraste de la materia con el espíritu. Un espíritu no tiene carne ni sangre, pero sí posee influencia y poder.

Dios es Espíritu, y los que le adoran tienen que hacerlo en espíritu y en verdad (Juan 4:24). Existe una parte de nuestro ser que no es materia, que denominamos espíritu, y con él hemos de realizar grandes tareas: 1) adorar a Dios; 2) pelear batallas espirituales contra huestes de maldad que habitan en las regiones celestes; 3) orar en el espíritu. La grandeza de Dios ha permitido que nos comprenda el gran apego que tenemos por nuestra morada terrenal; nos apasiona la comida, nos gusta la bebida, queremos el contacto físico con nuestros semejantes y cuidar nuestro cuerpo. Él suple todas las necesidades relativas a la materia, pero también nos entrena a percibir las cosas que son del espíritu.

En una ocasión, Jesucristo nos dijo que entráramos a la cámara secreta, que oráramos a nuestro Padre que ve en lo secreto, que de seguro nos recompensaría en público. Esta es la comunión a solas para recibir el beneficio de la compañía del Espíritu, su respuesta a nuestro clamor. Esas respuestas producen alegría, paz, armonía en nuestra mente. Además nos adornan con la seguridad de que Dios es real, que es un Ser que oye a sus hijos, que los recompensa por el solo hecho de haber depositado nuestra confianza en su amor. Es en la cámara secreta donde ganamos confianza espiritual, pues las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Cristo para derribar fortalezas. Hay ocasiones en que una fortaleza espiritual se levanta contra una nación, es una montaña que tenemos que mover. Lo ideal sería que muchos estuviésemos al unísono orando para combatirla y derribarla, pero basta con que alguien se introduzca hasta su cámara secreta para obtener respuesta.

Entonces, ¿por qué la soledad? Los profetas la sintieron a menudo y nosotros aguantamos sus embestidas. Nos vamos quedando solos porque el mundo no nos ama y aquellos que se han metido en las iglesias son ajenos a ella. En la medida en que más nos acerquemos al Padre, más lejanos estamos del mundo. Le sucedió algo parecido a Jesús, quien en muchas oportunidades se apartaba aún de sus discípulos para ponerse a orar. Es cierto que los profetas se llenaban del poder de Dios para obrar grandes hazañas, que nosotros nos investimos de su poder para llegar con fuerza a confrontar el mundo, pero una gran soledad como ola gigante nos cubre y nos devuelve hacia el aposento secreto.

Orar en el espíritu es tomar conciencia de que somos espíritu. No hay secretos imposibles en ese arte de la oración, sólo una disposición a ejecutar lo que por naturaleza nos corresponde. En ocasiones se nos ha confundido al hacernos creer que necesitamos ser espirituales para orar en el espíritu. Se nos ha dicho que la espiritualidad va unida de un hacer y de un dejar de hacer, de una conducta propia frente a una impropia, de manera que nos la pasamos tratando de acomodar un perfil al tamaño del espíritu. Pero eso ha sido un engaño, ya que el ser espiritual no es producto de una conducta sino que es por necesidad de nuestra naturaleza. El ser humano es fundamentalmente espíritu, de tal manera que está capacitado para comprender las cosas del espíritu. Bien es cierto que las cosas espirituales han de discernirse espiritualmente, que para el hombre natural son locura porque no puede desentrañarlas. ¿Pero cuáles cosas? Las cosas espirituales de Dios, no las cosas espirituales del diablo.

De esta forma entendemos que nuestra capacidad espiritual nos la dicta por un lado la naturaleza humana, haciéndonos comprender que no todo lo que nos compone es materia; pero por otro lado estamos vivos y vivificados por Jesucristo, de tal forma que aquello que por naturaleza nos es propicio entender se potencia a tal grado que somos capaces de adorar a Dios. No así el hombre natural que entiende todo esto como locura, porque aún siendo espíritu está muerto en delitos y pecados. Nacer de nuevo es cosa del Espíritu de Dios, no de voluntad humana.

La muerte de los santos de Jehová es estimada (Salmo 116:15), porque es necesario que el grano de trigo se pudra para que germine. Nuestra casa terrenal se va deshaciendo y va quedando aquella casa no hecha de manos, sino por Dios, que se usará como nuestro refugio eterno. Estas cosas están escritas para que vayamos comprendiendo cual es nuestra meta y cual nuestro propósito en esta vida. Acá aprendemos valores espirituales, porque el Creador de todo cuanto existe es Espíritu. Pero aún en nuestra morada celeste tendremos un cuerpo transformado, espiritual, que nos permitirá movernos en una dimensión diferente a esta que conocemos. El cuerpo del Señor después de la resurrección atravesaba paredes, ascendió a los cielos, se trasponía de un lugar a otro sin impedimento de las leyes físicas. También pudo degustar comida, fue capaz de articular palabra, de sentir emociones, de ser tocado -ya que le dijo a Tomás que tocara las heridas de sus manos. Por otro lado, mantuvo su fisonomía y su gente lo reconoció sin mayores problemas. Es maravilloso saber desde ahora que mantendremos nuestra identidad, que seremos nosotros mismos pero transformados, sin defecto físico o moral, con capacidad intelectual y capaces de sentir emociones, pues allá se nos enjugara toda lágrima de los ojos.

Pero un adelanto a esta vida del espíritu que nos espera es sin duda la entrada a la cámara secreta, donde nuestro Padre que ve en lo secreto nos oye para recompensarnos en público, como evidencia fehaciente y objetiva de su existencia, concediéndonos lo que pedimos y rogamos. La vida en Cristo nunca puede ser aburrida, más bien está llena de entusiasmo y de sorpresas enriquecedoras.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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