Domingo, 03 de marzo de 2013

No ha sido fácil conseguir con quien compartir la verdad del evangelio, tal como es presentado en las Escrituras. Hoy día existe una mezcla muy sutil que suaviza la aspereza evangélica y permite tragar con buen sabor el evangelio diferenciado. Como en un trabajo de un sastre, el traje es confeccionado a la medida del consumidor. Usted puede darle un trato a Cristo por sesenta días y si no le interesa lo devuelve, siguiendo el eslogan declarado frente a la televisión por uno de los evangelistas más prominentes de estas décadas. Su nombre es Rick Warren, su iglesia es llamada la iglesia emergente. Tiene un libro célebre bajo el nombre de Una vida con propósito, que se ha convertido en el sustituto de la Biblia, pues el sistema de digerido previo parece ser el más apropiado para los nuevos lectores que se apegan a las normas y a las instrucciones de cuanto producto compran.

Aquella aspereza evangélica es el conjunto de dogmas declarados en la Biblia en palabras de Jesús el Cristo, de sus apóstoles y profetas, para contarnos la revelación que Dios hiciera de lo que no nos quiso ocultar. Pero ¿por qué aspereza, si Dios es sabio y ha podido convencer con suavidad a la inmensa cantidad de peregrinos del planeta? Parece ser que la descripción hecha por muchos de sus discípulos que le seguían por días, y que vivieron el milagro de los panes y los peces, fue que la palabra de Jesús era dura de oír. Era una palabra áspera, difícil de comer por el espíritu humano. Lo fue en aquel momento, en que Jesús andaba en forma humana por la tierra, como el Maestro de la sabiduría y como el Mesías enviado a salvar a su pueblo de sus pecados. Esos discípulos dijeron que la palabra era dura por definición, pero se preguntaron acto seguido quiénes podían oírla.

Con esta pregunta se aventuraron en lo que en argumentación se conoce como un razonamiento incorrecto, bajo la falacia de generalización apresurada. Si algo no lo puedo comprender me apresuro a sostener que más nadie puede hacerlo. Dura es esta palabra, ¿quién la puede oír? (Juan 6:60).  Tal vez muchos piensan que la dureza de la palabra de Jesús descansaba en que se suponía una palabra moralista, acusadora de los errores humanos, declarativa del pecado humano. Pero el contexto en que aparece tal declaración muestra que la dureza y aspereza fueron reflejo de una doctrina que Jesús enseñó en todo momento, que el Padre reveló desde el principio y que el Espíritu aplica a cada instante. El contexto se recoge de otra declaración previa y reiterada en el mencionado capítulo del evangelio de Juan: Nadie viene a mí, si no le fuere dado del Padre (Juan 6:66).

Pero poco antes ya había declarado que Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere; y yo le resucitaré en el día postrero (Juan 6:44); así como también su célebre dictamen: Y esta es la voluntad del Padre, el que me envió: Que de todo lo que me diere, no pierda yo nada, sino que lo resucite en el día postrero (Juan 6:39). Queda claro que el contexto básico de lo relatado en Juan 6 es la soberanía de Dios en la predestinación, pues no hay manera de ir al Hijo a no ser que el Padre lo lleve a uno (lo arrastre, como dice el texto griego). Así como en Juan 3 el contexto habla de la soberanía del Espíritu en el nuevo nacimiento, ahora la referencia se hace al Padre que es quien provoca todo este engranaje de la salvación. El Hijo soberanamente también declaró que nadie va al Padre sino por él, que el que va al Hijo no le echa fuera (Juan 6:37). El Dios en tres personas actúa en coordinación con un plan soberano e inmutable, y esto resultó áspero y duro para muchos de sus discípulos de entonces, así como hoy tampoco es palabra fácil de digerir.

Muchos se preguntan ¿quién puede oír esta palabra? Vivimos la era de la democracia en el mundo, al menos como símbolo de los pueblos. La gente decide, compra y vende, escucha a sus cantantes favoritos, estudia lo que quiere cuando puede, trabaja en lo que su alma anhela, hasta decide el gusto por lo sexual, llámese hetero u homosexual. Entonces, ¿cómo puede ser cierto que un Dios se las dé de soberano y ande declarando que Él ya ha escogido a quién salvar y a quién condenar? Eso atenta contra el más mínimo respeto por la dignidad humana, el de la libre decisión interna de cada ciudadano del planeta. Por otro lado, un Dios que se ha definido como amor, ¿cómo podría haber decidido desde antes de que el hombre hiciese bien o mal el destino de la humanidad? (Romanos 9:11). Todo este argumento no es más que aspereza en su grado más elevado, y ningún espíritu puede oír semejante declaración sin regurgitar lo que ha escuchado.

La consecuencia inmediata y natural es que la gente ya no ande con este Jesús, como lo hicieron aquellos discípulos mencionados en Juan 6:66; muchos se volvieron atrás y ya no andaban con él. Hoy día sucede en forma idéntica, muchos ya no andan con ese Jesucristo presentado en las Escrituras, pero sí andan con otro confeccionado a su medida. La nueva teología tiene el oficio de la sastrería del espíritu, sus ideólogos son los nuevos mercaderes del templo que hacen mercadería con las almas de las ovejas que perecen por falta de conocimiento. Pero estas ovejas no son las propias del Buen Pastor, no son aquellas que el Pastor llama por su nombre porque se conocen mutuamente y le siguen. Estas ovejas, que no son las propias, escuchan gustosas en su ignorancia la voz del extraño y lo siguen, porque conocen su voz y les agrada el evangelio a su medida (Juan 10: 1-5). Ahora esta palabra ya no es dura de oír, ya viene interpretada y suavizada como el remedio endulzado que quita su sabor amargo. Pero a diferencia de aquellas ovejas que son propias del pastor, éstas perecen y son devoradas por los falsos maestros y profetas que les anuncian un celo de Dios pero no conforme a entendimiento (Romanos 10:3).

Jesucristo se refirió a este tipo de siervo y prosélito que se hacía doblemente merecedor del infierno de fuego. Esos que andan encampañados salvando almas con una falsa doctrina, porque detestan ocuparse de la doctrina como le recomendó Pablo a Timoteo (1 Timoteo 4:13-16), esos no hacen sino arar en el mar. No ganan tesoros en el cielo y en la tierra dejan su vergüenza para comidilla de la gente, de ellos Jesucristo dijo: ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque recorréis mar y tierra para hacer un prosélito, y una vez hecho, le hacéis dos veces más hijo del infierno que vosotros (Mateo 23:15). Frente a ese concepto de un Cristo fácil al que se le puede dar un trato de sesenta días para ver si conviene, se contrapone el concepto de la manada pequeña, del camino angosto, la puerta estrecha y del remanente dejado por el Señor. Con este concepto bíblico uno puede trazar una raya imaginaria y quedar separado de tantos que se llaman hermanos, como aquellos que también se llamaban discípulos; a estos pseudo-hermanos les parece dura cosa oír la palabra de la soberanía absoluta de Dios aún en materia de salvación, al igual que a sus hermanos los discípulos que dejaron a Jesús porque les parecía dura la palabra acerca de que nadie puede ir a Jesús si el Padre que le envió no lo llevare. Esas son las ovejas del extraño, las que buscan quien les predique, por tener comezón de oír, las que se gozan en escuchar un evangelio a la medida de la comprensión y aceptación de su espíritu, las que siguen muertas en sus delitos y pecados. De estos se dijo hace tiempo que no les ha amanecido Cristo y que Dios les ha enviado un poder engañoso, para que crean la mentira a fin de que sean condenados todos los que no creyeron a la verdad, sino que se complacieron en la injusticia (2 Tesalonicenses 2:11-12). Este solo verso es también duro de oír, pero más claro no lo ha dicho el Señor, de manera que o se cree la verdad o se cree la mentira bajo un poder engañoso para ser condenado. No hay otra salida ni otra oportunidad, por lo tanto todos aquellos que sostienen que esta palabra es dura de oír terminan por fuerza creyendo una fácil de escuchar, pero que les llega por intermedio de un poder engañoso enviado por Dios. La ironía es tan alta, aunque muchos ni la perciben, que el texto se explica por sí solo: 1) no creyeron lo plano del texto revelado; 2) no lo creyeron porque se supone que un Dios de amor no predestina en base a su propia elección, sin tomar en cuenta al elegido para nada (Romanos 9: 11); 3) declararon que es una palabra dura de oír, por lo cual no se debe aceptar; 4) el mismo Dios que les reveló que Él hace como quiere y que endurece a quien quiere, pero salva al que quiere salvar, les envía el poder engañoso; 5) terminan creyendo al poder engañoso enviado por Dios para ser condenados. En este punto la ironía es consumada, por cuanto no le creyeron a Dios su palabra revelada, pero ahora tienen que creerle al extraño, enviado también por Dios, pero para que se condenen.

Mucho más sencillo es doblar la cabeza y descansar en el poder y la sabiduría de Dios, en lo insondable de su camino, como lo hizo el apóstol Pablo. Es mucho más sabio comprender que no somos nada para altercar con Dios, y que como olla de barro no podemos discutir con el alfarero el por qué ha hecho un vaso para honra y otro para deshonra, pues eso es su potestad absoluta. Mucho mejor responder como lo hizo Pedro a la pregunta del Señor: Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabra de vida eterna (Juan 6:68).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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