S?bado, 23 de febrero de 2013

En medio del salvajismo del imperio romano, el cristianismo tuvo que desarrollarse como una religión de esclavos. A pesar de ello, su fuerza le permitió llegar a estimular la aparición de muchos cambios sociales en el planeta, e incluso con el tiempo se llegaron a fundar universidades, en donde en todos estos conglomerados o universos se incluía el estudio de la teología como una disciplina central, unida a las artes, la medicina y las matemáticas. Más allá de los desvíos institucionales de una iglesia ávida de poder político, el mensaje del evangelio anunciaba la liberación en Cristo. El canto a la no violencia esencial en el mensaje evangélico conquistó el ánimo de muchos patronos que comenzaron a cambiar sus vidas frente a sus semejantes, en especial frente a sus esclavos o dependientes. La respuesta nunca fue a través de la institución comprometida con las cúpulas del poder, pero sí lo fue de manera individual de acuerdo a lo que cada amo ejecutaba con su sometido.

En la carta a Filemón, escrita aproximadamente por el año 60, se trata el asunto de la esclavitud. Filemón tenía una iglesia en su casa y era dueño de un esclavo, de nombre Onésimo. Este había huido a Roma para ocultarse de su amo y de seguro había tomado indebidamente dinero para escapar. El y Pablo se conocían y mientras el apóstol estaba en prisión le escribe a Filemón para que lo recibiese para siempre, no ya como esclavo, sino como más que esclavo, como hermano amado. Pablo antepone la amistad con Filemón como garantía del recibimiento que desea para Onésimo y le dijo que si le debía algo que lo pusiera a su cuenta. El discurso paulino no dejaba de ser irónico, pues inmediatamente después de decir eso le añadió por no decirte que tú mismo te me debes también (Filemón, verso 19).

Muy importante el tener en cuenta que esta carta era en extremo revolucionaria para la época, y que incluso podía haber sumido al apóstol en mayor peligro por enfrentar una institución vital del imperio romano. Estaba minando el sistema esclavista con sus palabras, lo que era lo mismo que encarar el sistema político y económico del imperio. El trato mutuo que esclavo y amo se debían era el de la esclavitud en Cristo, con el amor que todo lo puede y que de todo se compadece, sin que nunca deje de ser. La iglesia naciente no atacó directamente la esclavitud, sino que puso el fundamento para una nueva relación entre el amo y el esclavo. Al unir a Filemón y a Onésimo en la hermandad en Cristo, la emancipación era necesaria. Una vez más, la institución de la esclavitud se debilita y muere cuando es puesta a la luz del evangelio de Cristo.

Otro hecho destacado en el apóstol fue que advirtió a los dueños de esclavos que tenían una responsabilidad hacia ellos y mostró a los sometidos como seres morales responsables que debían temer a Dios. En este punto es enorme el aporte del apóstol Pablo, ya que el derecho romano mantenía el criterio jurídico de que el esclavo era cosa y no persona, era un semoviente al igual que una vaca o un toro. Por ello el amo podía llegar incluso a disponer de la vida en la forma que quisiera o someterlo a los oficios más viles, incluso el de la humillación sexual. Pero una persona responsable ante el Dios de la Creación demuestra no ser cosa sino persona y deja de tener el concepto de semoviente para ser portador de una ética laboral y una moral individual capaz de responsabilidades semejantes a la de los ciudadanos de Roma.

Resalta el hecho de que para Filemón existía un doble derecho: el romano y el judío. En la ley de Moisés encontraba el derecho de castigar al esclavo fugitivo; según la ley romana obtenía aún mayor libertad, pues disponía de los métodos que se le antojasen para cumplir su objetivo. Sin embargo, Pablo le recordó que él mismo se le debía. Probablemente esto se refiera a que Filemón escuchó el evangelio por boca del apóstol y creyó en Jesucristo por ese medio. Ahora la gracia se erigía como la serpiente de bronce en el desierto, muy arriba, para ser vista desde lejos, de manera que no había escapatoria para el amo de Onésimo, la doble ley que le garantizaba el derecho de hacer lo que quisiera con su esclavo (la romana y la de Moisés) sucumbían frente a la ley de la gracia en Jesucristo. A Filemón Cristo le había perdonado mucho más de lo que Onésimo podía deberle.  Esta gracia permitiría que amo y esclavo tuvieran compañerismo en amor sobre las bases de la igualdad encontradas en el cuerpo de Cristo, en donde cada miembro tenía su función.

Existe un espíritu de enseñanza en esta brevísima carta paulina, útil en el hogar con la relación familiar, ya que ni los hermanos ni los padres deben enseñorearse sobre los hijos o sobre otros; útil en los centros de trabajo, donde los patronos y obreros han de convivir en armonía de hermanos; útil en la escuela y la universidad, para que profesores y estudiantes encuentren un punto de apoyo en el amor de Jesús. Sucede en ocasiones que un cristiano ve a otro creyente como un escalón para ascender socialmente en la empresa; pero el mensaje de la carta de Pablo a Filemón expone el trato  amable que allí habrá de manejarse. Y esto trasciende el mundo cristiano, pues muchos son los compromisos públicos de los políticos cristianos en donde debe servir incluso a personas que son antagónicamente opuestas en materia de fe. Lo mismo sucede en el salón de clase, ya que un profesor cristiano no se encuentra con una totalidad de alumnos creyentes; o viceversa, un estudiante cristiano no tiene la fortuna de encontrarse con un profesor de ideas similares a las suyas. A veces la soledad es la reina en el salón, de manera que la inspiración de esta carta sigue vigente para trazar una conducta afectiva como la encomendada por Pablo a Filemón.  A fin de cuentas, aún los compañeros de clase, de trabajo o de vida son tenidos por esclavos del pecado. También a ellos debemos de tratar amigablemente bajo el lema de esta carta. En otra misiva, Pablo les escribe a los de Colosa acerca del mismo tema: Amos, haced lo que es justo y recto con vuestros siervos, sabiendo que también vosotros tenéis un Amo en los cielos (Colosenses 4:1). Aunque no seamos amos de los esclavos del pecado, la carta de Pablo a Filemón y a los Colosenses nos inspira para recordar el trato que Cristo quiere que tengamos con nuestros semejantes: aún amar a nuestros enemigos y bendecir a los que nos maldicen.

Del salvajismo romano, desde las atrocidades de la esclavitud, la iglesia ha transitado por en medio del rechazo del mundo. Burlas, desprecios, matanzas; a veces torturas, cárceles y persecución, pero a su paso ha dejado la siembra del evangelio de la paz, ha creado universidades, hospitales, escuelas y orfanatos, bajo una ética que es sal de la tierra. A pesar de los apóstatas las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Quiso Dios salvar a su pueblo por medio de la locura de la predicación, y a pesar de su poder no nos transporta de inmediato al reino de los cielos, sino que nos lleva uno a uno a su debido tiempo. Mientras tanto nos deja con los mecanismos para seguir venciendo con el bien el mal, para seguir creando universos que sirven de solaz a la humanidad en su lucha contra lo salvaje del hombre.

La esclavitud al pecado es la esencia misma del combate del evangelio, al menos en el creyente. La esclavitud física que hemos visto en la historia humana, en donde el maltrato y la humillación resaltan como el elemento esencial de esta relación, son el tipo de aquella otra esclavitud que la Biblia nos quiere mostrar, la del espíritu al pecado. Les acababa de hablar a sus discípulos acerca de la verdad que los haría libres, pero muchos se jactaban de serlos sin que necesitasen más nada. En ese contexto Jesús les respondió que todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado (Juan 8:34). Esta otra esclavitud no tiene emancipación política o social, sino espiritual. El vino a liberar a los cautivos de Satanás, a sacarlos de su prisión. Pero no a todos ha sacado porque la voluntad del Padre es hacerlo con sus escogidos, muchos de los cuales claman a Él día y noche.

Pero la Escritura dice: si alguno oye su voz ... buscad a Dios mientras puede ser hallado, llamadle en tanto que está cercano. La fe viene por el oír la palabra de Cristo. De manera que se hace bien al estar cerca de su mensaje y atentos los oídos a los dichos de su boca. El milagro de la salvación se puede producir en diferentes momentos, pero en especial se da en aquellos que rendidos por la esclavitud del pecado son despertados para clamar por su liberación. El ladrón en la cruz fue un claro ejemplo de último momento, de alguien que no hizo ni una sola obra buena y que estaba consciente de que su sufrimiento y castigo eran meritorios. Nunca se quejó contra la justicia romana, pues sabía que merecía el castigo por sus malas acciones. Sin embargo, movido a arrepentimiento apenas logró exclamar al Señor para que se acordara de él cuando viniera en su reino. La respuesta obtenida fue un regalo inmerecido, gracia pura y soberana: hoy estarás conmigo en el paraíso.

La carta de emancipación dada a un esclavo siempre le es oportuna; cuánto más no lo será la carta del perdón eterno. Por fe andamos, no por vista, y nuestra lucha es contra fuentes espirituales de maldad en las regiones celestes, no contra carne y sangre. El mundo tiene una apariencia concreta que simula ser la realidad verdadera, pero la Biblia nos ha enseñado que no debemos mirar a los deseos de los ojos, de la carne ni a la vanagloria de la vida, pues el mundo pasa y sus deleites, pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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