Lunes, 18 de febrero de 2013

La Biblia nos dice que sin fe es imposible agradar a Dios, pero al mismo tiempo nos indica que Jesucristo es el autor y consumador de la fe. En otro contexto nos anuncia que Dios terminará la buena obra empezada en nosotros y que Dios es quien produce en nosotros tanto el querer como el hacer por su buena voluntad (Hebreos 11:6 y 12:2; Filipenses 1:6; Filipenses 2:13). Además de estas aseveraciones, las Escrituras también definen el concepto de fe: es pues la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve (Hebreos 11:1).

Tal vez hayamos escuchado de parte de nuestros amigos frases como póngale fe a esto que haces, o ten fe aunque sea en una piedra y se te cumple aquello que anhelas, o lo que importa es tener fe; estos dichos son frecuentes en un mundo plagado por la cultura de lo oculto, de la sensiblería del espíritu, del anhelo y deseo del éxito. No obstante, a pesar de lo que la gente opine al respecto, la fe sigue siendo la seguridad de algo que todavía no vemos pero esperamos. ¿Puedo yo tener fe por mí mismo? Esta pregunta es de vital importancia en la reflexión cristiana, pues tendríamos que diferenciar quién es el que tiene fe y cuál es la razón de la misma.

Supongamos a una persona que no ha creído en Jesucristo, tal vez sea un ateo y tiene fe en que un médico le dé la cura de una enfermedad, tal vez sea un religioso habitual de alguna confesión de fe contraria a la nuestra que cuando pide con anhelo para que ocurra algo que lo ayude en una circunstancia de vida aquello ocurre. Entonces podemos observar que pudiera haber, en principio, varios tipos de fe. Al menos dos categorías: la fe en Jesucristo y la fe en otro ser, en alguna fuerza extraordinaria dentro o fuera de nosotros.

Como nos interesa la definición de fe que da la Biblia, vamos a referirnos fundamentalmente a ese tipo de fe. Sin fe es imposible agradar a Dios (Hebreos 11:6), de manera que en el creyente siempre habrá fe, pues no podemos vivir una vida que a Él no le agrade en alguna medida. Tal vez el creyente esté en una situación de conducta no muy adecuada, pero al menos creerá que Dios es su Padre y como el hijo pródigo pensará en Él y un día volverá a casa. Al mismo tiempo, Jesucristo es el autor y consumador de la fe, por lo tanto es la garantía de que tengamos la fe aunque sea en un grado mínimo. Descubrimos en estos textos que la fuente de la fe está en el cielo, no en nosotros mismos; la causa de la fe radica en Jesucristo, no en nosotros; la necesidad de la fe se da por nuestras limitaciones y por nuestro conocimiento: carecemos de algo que anhelamos y sabemos que Dios premia nuestra fe.

LA FE RAZONADA

Muchos suponen que la fe ha de ser ciega para que triunfe, pero en la Biblia encontramos información que nos presenta a la fe como razonada. En la célebre tentación de Jesús, el diablo lo tentó en el desierto con argumentos bíblicos. Las respuestas de Jesucristo mostraron que su fe se sustentaba en un razonamiento de las Escrituras. No le bastó el conocerlas de memoria, no las repitió mecánicamente sino con argumentos lógicos que exhibían su razón. Escrito está, fue la línea del debate entre Satanás y Jesucristo; el tentador razonaba con la letra fuera de contexto para que Jesús en pleno ayuno pudiera resbalar en su interpretación de las Escrituras, pero Jesucristo respondía con la letra dentro del contexto para que su fe se exhibiera por la debida razón.

Di que estas piedras se conviertan en pan, le dijo el tentador a Jesús cuando tenía hambre después de haber ayunado cuarenta días y cuarenta noches. Esa sí que fue una tentación oportuna e inteligente para derrotar a cualquiera que ayunase en la carne y no en el espíritu, pero Jesús respondió con la sabiduría del cielo: Escrito está: No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios (Mateo 4:4). Después lo tentó diciéndole que se echara hacia abajo por una montaña porque la Biblia decía que Dios enviaría a sus ángeles para que su pie no tropezase en piedra. Lo que Satanás buscaba era debilitar su fe o que Jesús tentara al Padre, pero la respuesta razonada fue: escrito está, no tentarás al Señor tu Dios. En la tercera oportunidad le ofreció los reinos de la tierra si postrado le adoraba. Como Satanás había salido vencido en las dos oportunidades anteriores parece ser que se destapó en este momento revelándole lo que en realidad buscaba, la adoración. La respuesta razonada de Jesús fue que también estaba escrito que al Señor solamente se habría de adorar. Por otro lado el diablo tuvo que obedecer al mandato de Vete, Satanás, porque escrito está (Mateo 4:10). 

El vellón de lana es otro claro ejemplo de fe razonada: Gedeón probó al ángel del Señor para saber si en realidad  era Dios quien lo enviaba a la tarea encomendada (Jueces 6:36-40). A Moisés no le bastó el saber que hablaba con el Omnipotente, sino que pidió una respuesta en caso de que le preguntaran quién lo enviaba al pueblo; Sara se rio porque le pareció muy difícil el que ella gestase un hijo a su edad y en la edad de su marido. Sin embargo, el llamado padre de la fe le creyó a Dios y eso le fue contado por justicia. Pero, ¿cómo le creyó Abraham a Dios? ¿Fue una fe ciega o razonada?

Cuando leemos la historia de Abraham en el libro del Génesis nos damos cuenta de que Dios tuvo un trato progresivo con él. Primero que nada Jehová le había dicho a él que se fuera de su tierra y de su parentela a una tierra que le mostraría. Que haría de él una nación grande y lo bendeciría, asimismo bendeciría a los que le bendijeren y maldeciría a los que le maldijeren (Génesis 13: 3). Llegado a Canaán se le vuelve a aparecer Jehová y le dijo que a su descendencia daría aquella tierra (Génesis 13:7); un tiempo después, por causa del hambre en la tierra, cuando entró a Egipto hubo el incidente entre el Faraón y Sarai su mujer, por lo cual Jehová hirió a Faraón y a su casa con grandes plagas, por causa de Sarai mujer de Abram (Génesis 13: 17). Más tarde tuvo la experiencia del secuestro de su sobrino Lot y salió a rescatarlo; al regresar de la batalla se encontró con Melquisedec el rey de Salem y le dio los diezmos. Su fe en el Dios de los cielos se iba cimentando en experiencias de trato: por un lado las apariciones de Jehová despejaban cualquier duda, por otro lado las promesas de Jehová cobraban vigencia en medio de los problemas habidos: con el hambre en la tierra, con el Faraón y con el secuestro de Lot. Hubo una práctica muy pedagógica en todas estas circunstancias que vivió, pues incluso Melquisedec le bendijo a él y a Dios por haber entregado a sus enemigos en su mano (Génesis 14: 19). Pero la Escritura dice que después de estas cosas vino la palabra de Jehová a Abram en visión, diciendo: No temas, Abram; yo soy tu escudo, y tu galardón será sobremanera grande. Y luego también vino palabra de Jehová a Abram, de manera que la confianza que tuvo el patriarca fue alcanzada en la experiencia del trato con Dios. No fue una confianza ciega sino creyendo que Dios era, que Él le hablaba, que se le manifestaba en visiones, que lo protegía de los enemigos y le daba prueba de su elección. Por eso leemos que Abraham creyó a Dios, y le fue contado por justicia (Génesis 15:6).

Sabemos que la justificación de Abraham no fue por obras, sino por fe que es un don de Dios (Efesios 2:8), de manera que Abraham no tiene de qué gloriarse ya que aún su fe le fue dada por el autor y consumador de ella. De allí que el creer de Abraham, el padre de la fe, es también razonado: 1) supo en quién depositaba su confianza, en la misma persona que lo llamó; 2) tuvo pruebas suficientes e irrefutables de Jehová, quien aparecía en sus visiones y le hablaba claramente aún fuera de ellas; 3) fue protegido con abundancia en la hambruna sobre la tierra, frente al Faraón de Egipto quien no pudo mancillar a su mujer, su sobrino Lot fue rescatado de la mano de sus enemigos; 4) Melquisedec le salió a su encuentro y lo bendijo. Fueron muchas las pruebas objetivas para cotejar su experiencia de fe en el Dios Altísimo.

Como bien dijo Pascal, la fe afirma lo que no afirman los sentidos, pero no lo contrario de lo que éstos perciben. Está por encima de ellos, pero no en contra. Notemos que la fe no es un sentimiento de confianza sino una gran certeza en Dios y Su Palabra, a través de Jesucristo, el autor y consumador de la fe; podemos correr con paciencia la carrera de la fe puesta delante de nosotros (Hebreos 12:1). Mucha gente nos ha precedido en este sendero, Abel, Enoc y Noé antes del diluvio; Abraham, Sara, Isaac, Jacob y José en la era patriarcal; Moisés, Josué y Rahab en la época del éxodo y conquista; después vinieron Gedeón, Barak, Sansón y Jefté, Samuel, David y los profetas. Estos fueron todos célebres, destacados más que otros, pero de seguro hay algunos que no fueron nombrados pero que de igual forma tuvieron la fe que proviene de Dios. No obstante, ellos fueron tan connotados como probados en su fe: por la boca de los leones, en hornos de fuego, algunos escaparon de la espada pero otros fueron aserrados, afrontaron juicios, prisiones, fueron apedreados, destituidos de sus cargos, afligidos, atormentados y pasaron por muchos problemas (Hebreos 11: 33-37).

Pero lo más importante de la fe es que ella viene por gracia, a fin de que nadie tenga de qué gloriarse; nadie puede imputar su propia justicia ante Dios, sino que Dios nos reconoce como justos por la justicia de Dios que es Cristo. Sabemos que se había prometido una semilla, el Mesías que habría de venir, y su justicia, en la cual Abraham miró y creyó por fe, de manera que le fue imputada la justicia de Cristo. De esta forma, si Abraham, el padre de la fe, no fue justificado por las obras (pues la fe incluso es un regalo de Dios, no es obra humana) se sigue que ninguno de sus hijos tampoco seremos justificados por nuestras obras, sino por la fe en Jesucristo.

LA FE DE LOS OTROS

Dijimos al comienzo que existe otra categoría de fe, la de los otros que no son creyentes. Ellos confían en sus ídolos, en sus creencias, en su conocimiento, en la historia. Pero ese tipo de fe no es al que se refiere la Biblia; el objeto de esa fe no es el Jesús de las Escrituras, no es el Dios de Abraham tal como la Biblia lo describe. En Egipto estaba el Faraón con sus magos y ellos también imitaban las plagas enviadas por Dios a través de Moisés; en algún momento esos hechiceros hicieron serpientes, si bien la vara del siervo de Dios convertida en serpiente eliminó a las otras. El enemigo de las almas tiene poder que le ha sido conferido para que lo use de acuerdo a los planes eternos del Creador; con este poder es posible que también otorgue favores a sus seguidores, a quienes depositan su confianza en él y lo adoran con su estilo de vida como sacrificio viviente. Por eso la Biblia prohibe acercarse a los encantadores y adivinos, a la hechicería y a la magia, la consulta de los espíritus (demonios) que se ocultan detrás de las prácticas de idolatría. Hay muchos que siguen leyendo el horóscopo porque suponen que hay cierta verdad natural en lo que dicen; sostienen que los planetas influyen en nuestras circunstancias de vida y por ello consultan a los que los estudian y les hablan mentira. Esa fe no es la de la puerta de enfrente, esa es la que buscan los salteadores que entran por detrás del rebaño.

También es frecuente en las prácticas religiosas contemporáneas el observar a los habladores que hacen ciertos actos mágicos y adormecen a las multitudes, los tumban hacia atrás, los ponen a dormir y a hacer cosas extrañas. Otros entran en trance tratando de parlotear lenguas celestiales; como en los ritos antiguos griegos también les da por adivinar el futuro. Hace muchos siglos se describió un caso patético que ilustra la consecuencia inevitable de una conducta impropia que acontece regularmente en nuestro tiempo:  Entonces el ángel de Jehová habló a Elías tisbita, diciendo: Levántate, y sube a encontrarte con los mensajeros del rey de Samaria, y diles: ¿No hay Dios en Israel, que vais a consultar a Baal-zebub dios de Ecrón?

Por tanto, así ha dicho Jehová: Del lecho en que estás no te levantarás, sino que ciertamente morirás. Y Elías se fue (2 Reyes 1: 3-4). Sabemos que esto acontece en nuestros días porque la Escritura dice que lo que la gente sacrifica a sus ídolos, a los demonios sacrifican (1 Corintios 10:19-21). A pesar de que un ídolo no es nada en sí mismo, sí es algo para quien lo venera. Por ello la advertencia de que el sacrificio a los ídolos lo es a los demonios: ¿Qué pues digo? ¿Que el ídolo es algo? ¿o que sea algo lo que es sacrificado á los ídolos? Antes digo que lo que los Gentiles sacrifican, a los demonios lo sacrifican, y no a Dios: y no querría que vosotros fueseis partícipes con los demonios.  No podéis beber la copa del Señor, y la copa de los demonios: no podéis ser partícipes de la mesa del Señor, y de la mesa de los demonios (1 Corintios 10:19-21). 

En síntesis,  la Biblia nos advierte que la fe del cristiano esté centrada en Jesucristo, no en los ídolos o demonios. Esa fe es abominación a Dios y por lo tanto será castigada. Toda actividad que conlleve una veneración o participación en los templos del demonio son actos de fe profana de los que Dios no se agrada; por ello vienen los castigos sobre los hijos desobedientes. Pablo habló contra el tomar la cena del Señor sin discernir el cuerpo de Cristo, en forma indigna, por lo cual dijo: por ello muchos duermen entre vosotros y otros están enfermos. Ahora uno se pregunta cuál sería el castigo para los que participan de la mesa de los demonios, algo más grotesco y absolutamente innecesario en la vida de los creyentes.

Tenemos que creerle a Dios, como lo hizo Abraham. Eso es mucho más que creer en Dios.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 13:09
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