Lunes, 18 de febrero de 2013

El escritor bíblico ha nombrado a Dios de muchas maneras, a veces porque relaciona la referencia en que Él se ha encontrado con el hombre, a veces porque destaca la oportunidad en que el Dios mismo le dijera cómo habría de ser llamado. Cuando el Señor se le apareció a Moisés en una zarza ardiente le dijo que Él era el Dios de su padre, de Abraham, de Isaac, de Jacob. Se dice que Moisés tuvo miedo de mirar a Dios, pero cuando le fue ordenada la tarea Moisés preguntó cuál era el nombre de Dios, por el cual había de dar referencia a los hijos de Israel; la gran respuesta fue: Yo soy el que soy ... Yo soy me envió a vosotros (Exodo 3:14).

¿Cuál es el nombre de Dios, por si los hijos preguntan? La respuesta que Él mismo dio fue esa, que Él era quien era. La esencia de Dios fue mostrada a Moisés en la declaración definitoria del nombre de quien le enviaba: el gran Yo soy. Esto es muy importante tenerlo en cuenta, porque Jesucristo en el Getsemaní, momentos antes de que fuera apresado, al ser requerido para identificación dijo: Yo soy, que en griego es Ego eimi. Dice el relato bíblico que quienes lo buscaban cayeron a tierra. La razón no descansa en que Jesús respondiera a una pregunta sino en el gran significado de su expresión: él era el gran Yo soy del Antiguo Testamento, pues el Padre y él eran uno. El mismo nombre Yeshúa o Yashúa es el nombre hebreo de Jesús, pero significa YHWH el que es salvación. En arameo, el idioma de la Judea del siglo I, el nombre Jesús proviene de Yeshúa, que significa: Yahvéh es Salvación. Este nombre contiene el tetragramaton del nombre dado a Moisés, YHWH, Yo soy el que soy.

Si Jesucristo es también el gran Yo soy, si se ha identificado con YHWH, si la etimología de su nombre implica a YHWH, resulta extraño que se ande diciendo que invocar el nombre de Jehová (YHWH) traería la maldición de la ley del Antiguo Testamento. Desde esta perspectiva falaz aún el Salmo 23 estaría prohibido pronunciarlo, así como cualquier referencia de fe en el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, ya que el gran Yo soy se identificó ante Moisés con todas esas características: que Él era quien era y que además era el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob. Por cierto, Jesucristo se refirió a lo mismo al decir que Dios no era un Dios de muertos sino de vivos. Me temo que esta tendencia a fijarnos en los nombres como algo que puede generar maldición es una vuelta al neoplatonismo. Platón creyó que en la palabra estaba la cosa misma, por lo cual su influencia en la temprana era cristiana hizo que se supusiera como válido que Cristo estaba físicamente en el pan y el vino, derivando así la tesis de la transubstanciación de la iglesia católica romana.

El otro problema ligado con el nombre se desprende del apego que se tiene por los nombres originales, lo cual se manifiesta como la metodología deseada y desplegada por los judíos mesiánicos, quienes pretenden introducir en la iglesia una nueva referencia para la invocación del nombre del Señor. Ellos a cada rato colocan nombres hebreos para nombrar personas o cosas, lo cual funge como argumento de autoridad frente a una masa ignorante y feliz de aprender palabras hebreas, como si esa lengua fuese la lengua de Dios o de los ángeles. En tal sentido, cito textualmente unos párrafos oportunos de un artículo encontrado en internet que refieren al tema del nombre de Jesús:

Los partidarios de Yeshua están tratando de empezar un caso sin ninguna evidencia del nuevo testamento. Nuevamente, el Nuevo Testamento no fue escrito en Hebreo sino en griego, desde el cual fue traducido directamente al español, para que los lectores hispanos podamos leer. Dios quería que los habitantes del mundo griego de aquel primer siglo conocieran el nombre de su Mesías, que trae salvación, sanidad, y poder sobre los demonios, como “Iesous” (en castellano: Jesús) y no “Yeshua”. Si Dios hubiese querido que los escritores judíos del Nuevo Testamento usasen “Yeshua” así estaría escrito, pero ese no es el caso. Decir que “Yeshua” significa salvación no establece una conexión muy clara con el Salvador de Nazaret. Tal nombre no identifica al hombre que derramó su sangre en la cruz del Calvario, resucitó y regresará nuevamente, como el Nuevo Testamento identifica a Jesús de Nazaret.

 Jesús tiene el nombre que está por sobre todo nombre (Fil. 2:9). Por lo tanto, ese nombre debería ser usado sin temor por nuestra sociedad hispanohablante, a pesar de todas las mentiras y fabricaciones que están siendo difundidas por algunos judíos mesiánicos. También es algo notable considerar que Pablo fue un hebreo de pura cepa (Fil. 3:5), y no estaba involucrado en ningún concepto tan extraño como para pensar que Iesous (la palabra griega equivalente a Jesús) era inferior, o tenía raíces paganas como dicen algunos hebreos en la actualidad, que alegan creer en el Mesías del cristianismo (http://www.alcanceevangelistico.org/JesusoYeshua.htm.  Jesús o Yeshua, ¿Ambos Son Correctos o  Uno Es Más Exacto Que El Otro? —Dan Corner. Leído el 16 de Febrero de 2013, 8 a.m.).

Pero volviendo al punto anterior, el de la forma de nombrar a Dios, cuando el Señor le dijo a Moisés que Él era el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, se estaba refiriendo al Ser que hizo el pacto respecto a la tierra de Canaán, al de la promesa de la semilla bendita que no es otra que el Mesías. La vigencia de estas palabras es de tal magnitud que Jesucristo las usa para probar ante los saduceos la verdad de la resurrección: Dios no es Dios de muertos, sino de vivos (Marcos 12:26 -27). Ese Dios de vivos es el mismo que unos versos después se declarara como el gran Yo Soy (Exodo 3:14), YHWH.

Esta declaración divina de su nombre tiene la virtud de que es una revelación del mismo, no una interpretación del hombre frente a su Creador. Asimismo, se muestra la prueba de su auto-existencia, pues es el Ser absoluto, el que es siempre: el que era, el que es y el que ha de venir. Frente a esta declaración de su nombre, cuyo sentido enuncia al Ser mismo bajo el tetragrama YHWE, ¿cómo se pretenderá ignorar en aras de que se refiere a un Dios distinto al Hijo? El Padre y el Hijo uno son; asimismo el Espíritu es desde la eternidad en un solo Dios. Jehová, como se le llama en castellano por habérsele incluido vocales al nombre hebreo para su adecuada pronunciación, es el mismo Señor, otro de los nombres dados por los hebreos para no pronunciar en vano este apelativo con que Dios se manifestó ante Moisés. Adonai es el Señor, cuyas vocales fueron añadidas a YHWH para proferir el nombre de Dios: YAHOWA, transformado después en YEHOWA o JEHOVA por razones de las grafías y de la fonética de la lengua. Jehová es el mismo del Salmo 23, el que no se puede leer más nunca según la extraña interpretación de estos adoradores de nombres antes que de la persona detrás del nombre. Si adorar o invocar a Jehová presupone la maldición de la ley, que se explique cómo podemos adorar a Jesús, cuyo nombre deriva de la esencia misma del nombre YHWH. Jesús es Jehová-salva, como le dijo el ángel a José según relata el evangelio de Mateo, 1:25: Pondrás su nombre Jesús, pues salvará a su pueblo de sus pecados. En el nombre Jesús estaba implícito el sentido de Jehová-salva; poco importa que se haya escrito en griego en el Nuevo Testamento, pero el sentido en arameo, así como en hebreo, es ese, que Jehová salva.

Dijimos que Jesús se identificó como el YO SOY (Ego eimi, en griego), ante cuya expresión cayeron postrados quienes lo buscaban para matarlo. Él hizo alusión al Dios de Moisés que era el mismo de Abraham, Isaac y de Jacob, un Dios de vivos y no de muertos, de manera que en ningún momento queda proscrito el pronunciar el nombre de Jehová en el Nuevo Testamento, pues al nombrar a Jesús como Señor se alude al mismo Dios del Antiguo Testamento cuyo nombre fue dado a Moisés como el Yo Soy. Hay quienes han contado 6800 apariciones de este nombre en la Biblia, de manera que no existe razón para suponer que los que a Él invocan atraen la maldición de la ley. Jehová es mi pastor dice el Salmo 23:1, de la misma forma que Jesucristo se declara como el Buen Pastor (Juan 10). Puede referirse a Jehová el Padre como a Jehová el Hijo (véase: Génesis 49:24; Isaías 40:11; Ezequiel 34:23 y 37:24; Zacarías 13:7; Juan 10:11 y 14; 1 Pedro 2:25; 5:4).

En este punto uno puede preguntarse ¿a qué se debe tanta diversidad de nombres dados a Dios? Más o menos alrededor de 21 nombres distintos han sido identificados en la Biblia para designar al Dios de la revelación: Abba Padre, Cristo, Jesús, Adonai, JAH, El Elion, El Deah, El Olam, El Roi, etc. Cada uno de los nombres con que se identifica a Dios sirve para denotar ciertas cualidades excepcionales: el eterno, el que todo lo ve, el que es Altísimo, el que es, el Todopoderoso (El Shaddai), Elohim -el Creador, entre otros. Si descartamos a Jehová surge la pregunta: ¿con cuál nombre nos quedaremos? Pero antes de responder es mejor plantear otra interrogante: ¿Cómo surgió cada nombre? Para responder uno puede leer toda la Biblia y a medida que va descubriendo un nuevo nombre lo va viendo relacionado con alguna actividad específica de aquella persona que lo nombra. Por ejemplo, cuando Agar se quedó sola con el hijo de Abraham y tuvo que huir al desierto, se echó a morir con desasosiego; pero un ángel se le apareció para consolarla. Después de haberla socorrido ella llamó el nombre de Jehová que con ella hablaba: Tú eres Dios que ve (El Roi); porque dijo ¿No he visto también aquí al que me ve? (Génesis 16:13). Del mismo modo, era Abraham de edad de noventa y nueve años, cuando se le apareció Jehová y le dijo: Yo soy el Dios Todopoderoso; anda delante de Mí y sé perfecto. Y pondré Mi pacto entre Mí y ti, y te multiplicaré en gran manera (Génesis 17:1-2). Este Dios Todopoderoso es El Shaddai, otro de los nombres revelados por Dios. Notemos algunos hechos de importancia en este texto: 1) Dios se revela como El Shaddai; 2) El Dios que se revela es también Jehová - YHWH (se le apareció Jehová). Fijémonos que Abraham no estaba bajo la ley, pero el texto dice que fue Jehová quien se le manifestó bajo el nombre El Shaddai. No hay ningún problema en entender que Jehová es el eterno, el que siempre es, de manera que fue el mismo que se le apareció a Abraham, fuera de la ley; de igual forma a Moisés, sin la ley también y aún después que le dio la ley. Es también el mismo Jesucristo en la forma de Jehová salva, o del Yo soy (Ego eimi); 3) la aparición de Dios en ocasiones evoca algún nombre, dado por Él mismo -como en este caso del texto mencionado- o dado por el hombre como interpretación del hecho sucedido (el caso de Sara y muchos otros).

En síntesis, suponer que un nombre en hebreo tiene poder por pertenecer a una lengua semítica, o por imaginar que es una lengua hablada por Dios, no tiene base bíblica. De igual forma, eliminar uno de los nombres que Dios mismo se dio a Sí mismo y que lo identifican en uno de sus grandes atributos -el del Ser- no tiene feliz acierto. Nada más contrario a las Escrituras que arrancar el nombre hebreo de Dios de nuestros labios o darle uno en lengua hebrea para suplantar el que nos fue dado en lengua griega en las Escrituras. ¿Por qué la gente se ocupa de la banalidad de la forma antes que del fondo? ¿De dónde emerge este criterio de lengua purísima para nombrar a Jesús como lo nombraría un hebreo, o de eliminar el nombre de Jehová por considerarlo el Dios de la ley de Moisés? Si Él es eterno y no cambia, ¿dejarán de ser cualquiera de los nombres que Él mismo se da? ¿Dejará de ser el que es por llegar a nombrarse como Todopoderoso? ¿O dejará de ser Todopoderoso por nombrarse a Sí mismo Jehová? ¿Dejará igualmente Dios de ser el que todo lo ve (El Roi) porque es Jehová o El Shaddai? Sabemos que no, que es imposible, de manera que los que se oponen a que se nombre a Jehová como el Dios revelado en las Escrituras se oponen a los salmos que evocan su nombre, a las alusiones que Jehová el Hijo hace de Sí mismo como un Dios de vivos y no de muertos, como el que es por los siglos, el que ha sido y el que será. El que Jehová sea Todopoderoso no hace al Hijo menos Todopoderoso; el que el Hijo salve (Jesús: Jehová salva) no hace que el Padre no salve. Nadie viene a Mí, si el Padre que me envió no lo trajere (Juan 6:44) es una expresión indisoluble de la divinidad: por un lado el Padre envía a la persona elegida al Hijo, por otro lado el Hijo la recibe, pero no sería posible si el Espíritu no lo hace nacer de nuevo (Juan 3: 5). ¿Es que acaso la serpiente de bronce levantada por Moisés en el desierto no representaba al Hijo de Dios que sería levantado (Juan 3:14-15) para que todo aquel creyente fuere salvado? Aquella serpiente se erigió a semejanza del Hijo en la época de la ley de Moisés, y continúa siendo levantada fuera de la ley de Moisés. ¿Nos atreveremos a decir que esa serpiente es una maldición porque pertenece a la época de la ley de Moisés? ¿Acaso el Hijo de Dios estaba aludiendo a algún símbolo maldito por el solo hecho de que fue ordenado por Jehová el Dios de Moisés? ¿No son el Padre y el Hijo un mismo Dios? ¿Si Jehová estaba con Moisés levantando la serpiente de bronce, no lo estaba con el Hijo levantándolo de los muertos?

Ahora no nos queda más nada que decir sino agregar las palabras de un apóstol: Pero si nuestro evangelio está aún encubierto, entre los que se pierden está encubierto; en los cuales el dios de este siglo cegó el entendimiento de los incrédulos, para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios (2 Corintios 4:3-4).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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