Viernes, 15 de febrero de 2013

Podemos preguntarnos por qué razón algunos creen en Jesucristo como el Hijo de Dios para la redención de su pueblo, mientras que otros permanecen en franco rechazo al mandato de creer en el evangelio. Es cierto que a muchos nunca se les ha predicado el mensaje del evangelio, pero aquellos que lo han oído y no lo creen tal vez asuman que deba existir libertad de criterio y el fuero subjetivo en materia de fe.  Una persona interpreta que es de suma importancia el que exista variedad de opiniones, de manera que puede creer pero a su manera. Por ejemplo, argumenta que le interesa la opinión de los psíquicos, que cree en el mal de ojo, en ciertos asuntos mágicos, tal vez en el horóscopo o en las predicciones que se dan a fin de año. Otro dice que cree en Jesucristo pero que también le ayuda el inspirarse en las palabras del Santo Padre, o el depositar su confianza en un santo de esos que suelen mencionarse en las iglesias. A lo mejor alguien asume que es bueno creer con la ayuda de la virgen María, o con la imagen de alguna estatua levantada en algún templo. En fin, que dentro del universo cristiano existen muchas variantes del creer, algunas de las cuales se acompañan de una fe esotérica contraria a las Escrituras.

Aquello que es oculto suele gustar a un gran número de personas, pues lo que es impenetrable o de difícil acceso para la mente se torna apetecible para el alma de algunos. Lo esotérico es lo oculto, lo que está reservado solamente para los iniciados; por esta razón un sentido de pertenencia a un selecto grupo se vuelve atractivo y codicioso entre mucha gente. Sin embargo, muchas han sido las recomendaciones de la Biblia para que no participemos en nada relacionado con el universo ocultista, llámese hechicería, brujería, invocación a los muertos, fábulas espirituales, idolatría o cualquier tipo de culto rendido a otros.

 

THEOTOKOS

El concilio de Éfeso (431) debatió el rol de María en relación a su hijo y decidió llamarla Theotokos, esto es, madre de Dios. Un debate se había levantado en relación a si Jesucristo era totalmente humano y totalmente divino, o si más bien nació humano pero se hizo divino cuando Dios lo llamó como Hijo. Como esta última posición era absurda en cuanto a que interrumpía la deidad de Cristo, el concilio optó por preferir la expresión Theotokos frente a Cristotokos. En otros términos, María ya no era madre de Cristo o de Jesucristo sino de Dios, con la extravagancia que se implica del vocablo que traduce esencialmente como que parió a Dios.

En consecuencia, el debate en relación a las dos naturalezas de Cristo generó una matriz de opinión oficial de la iglesia en Éfeso, que trasladaría el centro teológico del Hijo a la madre. Posteriormente, María fue obteniendo otros títulos fundamentalmente derivados de encuentros teológicos y de mandatos papales.  En 1854 el Papa Pío IX declaró la inmaculada concepción de María, es decir, que ella nació sin el pecado original que toda la raza humana hereda desde la caída de Adán.  Si María necesitó ser concebida sin pecado para poder abrigar en su vientre al Hijo de Dios, entonces para que ella naciera sin pecado habría de servirse de causa similar. Su madre debió haber nacido sin pecado también, en línea regresiva hasta Adán, lo que llevaría a negar el hecho de que el pecado entró al mundo por la vía del primer hombre.

Pero no contentos con los títulos dados hasta entonces, el Papa Pío XII anunció en 1950 que la virgen había resucitado y ascendido al cielo en cuerpo y alma. En consecuencia la nombró Reina del cielo. En el libro de Alexander Hislop llamado Las dos Babilonias, el autor nos conduce hacia el origen de la adoración babilónica de la Reina del Cielo. Fue en la época de Nimrod, el gran cazador mencionado en la Biblia, cuando su esposa Semíramis determinada a retener su poder y su riqueza elaboró la historia de la muerte de su marido (Nimrod) para salvar a la humanidad. Nimrod sería la semilla prometida que heriría la cabeza de la serpiente, en una falsificación de la profecía del Génesis 3:15.

Una profecía que se refería a Jesucristo es copiada y adaptada en la tierra de Sinar, donde se asentó Nimrod, la cuna de Babilonia. Y Cus engendró a Nimrod, quien llegó a ser el primer poderoso en la tierra. Este fue vigoroso cazador delante de Jehová; por lo cual se dice: Así como Nimrod, vigoroso cazador delante de Jehová (Génesis 10: 8, 9). Y fue el comienzo de su reino Babel, Erec, Acad y Calne, en la tierra de Sinar (Génesis 10: 10). Una de las estrategias utilizadas en esta falsificación consistió en elaborar una talla de madera donde se representaba a este niño (Nimrod) junto a su madre (Semíramis). En forma paulatina la madre fue eclipsando al hijo y se constituyó en la antigua diosa pagana. Como la gente comenzó a adorar a la madre más que al niño, los sacerdotes babilónicos decretaron la deificación de ésta y posteriormente se le fueron otorgando títulos como Reina del cielo y Habitación de Dios. Diversos fueron los nombres para la misma deidad: en Egipto la llamaron Athor, en Grecia fue llamada Hestia; en Tibet y en China se le llamó Virgo Deipara; en Roma Paloma o Juno (Las dos Babilonias, p. 77-79). Asimismo, en Alejandría se le conoció como Isis.

Por el libro de los Hechos entendemos que en Éfeso se adoraba a Diana, de manera que cuando Pablo les predicó el evangelio una gran multitud salió de sus estatuillas y las destruyó, como símbolo de rechazo a la cultura idolátrica de la diosa-madre. Lo irónico es que apenas poco menos de cuatro siglos después, en esa ciudad se celebrara el concilio que lleva su nombre, en el cual se le dio a María el atributo de ser Madre de Dios. Con este inicio oficial la iglesia abre el camino hacia la apostasía que el propio Pablo había anunciado a los Tesalonicenses. Pero dejemos que sea la Biblia la que exponga el culto abominable hacia la Reina del cielo:  Los hijos recogen la leña, los padres encienden el fuego, y las mujeres amasan la masa, para hacer tortas a la reina del cielo y para hacer ofrendas a dioses ajenos, para provocarme a ira (Jeremías 7:18); ... para ofrecer incienso a la reina del cielo, derramándole libaciones, como hemos hecho nosotros y nuestros padres, nuestros reyes y nuestros príncipes ... y tuvimos abundancia de pan, y estuvimos alegres, y no vimos mal alguno (Jeremías 44:17).

El pueblo de Israel sostenía que si suspendían el ofrecimiento de incienso a la reina del cielo les faltaría todo y serían consumidos a espada y por hambre (Jeremías 44:18). En forma similar actúa la gran masa social de feligreses que acuden a ofrendar sus oraciones a la Virgen María, pues han sido adoctrinados por el paganismo religioso que domina las colinas del Vaticano. No en balde el libro de Apocalipsis señala a Babilonia como la gran ramera, madre de otras rameras, la cual se sienta con los reyes de la tierra vestida de púrpura y escarlata, la que ha fornicado con ellos y se ha embriagado con la sangre de los santos. ¿Acaso la historia no atestigua de las persecuciones religiosas del Santo Oficio decretadas por el Santo Padre? ¿Acaso se ha olvidado la cuantiosa gama de torturas ideadas por los Jesuitas y su gran invento en su persecución a los protestantes, entre tantas otras personas? No es tiempo de olvidar, sino de recordar, aunque no para odiar sino para huir de en medio de ella. El que un Papa como Benedicto XVI haya tenido que renunciar a la dirección de la gran ramera institucional porque no soportó su hipocresía, su presión por la instauración de la libertad homosexual, o el escándalo financiero de la banca vaticana, no lo hace mejor Papa que sus predecesores. El todavía apoya la adoración a la Reina del cielo en flagrante oposición a las Escrituras, para provocar a ira al Dios del cielo y de la tierra.

El que algunos crean el mensaje salvífico anunciado en el evangelio de Jesucristo es por causa de la elección de Dios desde antes de la fundación del mundo. El que otros rechacen el evangelio es producto también de lo que Dios ha dispuesto desde los siglos, pues a Jacob amó y a Esaú aborreció, mucho antes de que hiciesen bien o mal, para que la salvación no fuese por obras sino por el que llama, de manera que la gracia triunfa sobre las obras. Pero si miramos en la historia humana vemos que el hombre rechaza con firmeza el camino angosto del que habló Jesucristo; asimismo, se resiste a entrar por la puerta estrecha, que es Él mismo, para andar feliz por el camino ancho y espacioso que lleva a la perdición eterna. Con las pruebas bíblicas de que Dios rechaza la adoración a la reina del cielo el hombre actual ha combinado una vez más la verdad con la mentira, y ha tenido como resultado su propia apostasía. La profanación de lo santo por la inclusión de la mentira doctrinal ha generado una matriz de opinión en donde el error es llamado con mucha honra sincretismo religioso. La diversidad cultural de los pueblos es aplaudida y recibida con bombos y platillos bajo la ilusión de que las muchas formas de adorar son llevadas al mismo Dios. Pero eso no es lo que enseña la revelación, sino lo contrario. Es más bien una provocación a ira al Dios del universo, ya que se adora a la criatura antes que al Creador. No en vano Jesucristo le dijo a la mujer Samaritana que ellos adoraban lo que no sabían, de manera que no aplaudió la forma y el objeto de adoración de ellos, los cuales estaban más o menos cercanos a lo pautado en el Antiguo Testamento. Recordemos que los samaritanos salieron de la división del reino de Israel, y Samaria se convirtió en la capital de una de esas divisiones. A pesar de ello, Jesús le enfatizó que la salvación venía de los judíos. Por ello, urge preocuparse de la doctrina para verificar a quién adorar y cómo hacerlo.

Son tiempos acelerados los que vivimos, muchos cambios doctrinales se han dictado y faltan por dictarse, pero el mensaje del Dios inmutable es el mismo ayer, hoy y por los siglos. Adorar lo que no se sabe, como lo hicieron los samaritanos, o tener celo de Dios pero no conforme a ciencia (o a conocimiento), como hicieron los judíos, tampoco resultó en nada positivo en materia de salvación. Ambas advertencias están en las páginas del Nuevo Testamento, de manera que conviene escudriñar las Escrituras, porque ellas son las que dan testimonio acerca de Jesucristo.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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