Lunes, 11 de febrero de 2013

Dentro del plano doctrinal de la soberanía de Dios uno puede preguntarse qué sentido tiene la oración a Dios. La respuesta es que tiene mucha importancia, pues la misma soberanía lo dicta: orar siempre y no desmayar. Basta con que haya sido un mandato divino para que comprendamos que es de suma importancia el recurrir al recurso de la oración. Ahora bien, existe una relación de importancia entre la oración y la soberanía de Dios; el asunto es que la oración no mueve la desgana de Dios, como algunos suponen, sino que cumple el propósito divino.

Tal vez algunos se preguntarán si ciertas cosas acontecen sin que uno tenga que orar, y eso es correcto. Quizás nadie ora por la respiración que hacemos para vivir; tampoco se ora para poder dar pasos con las piernas y caminar en consecuencia. Pero es cierto que ciertas cosas ocurrirán si oramos. El que estas cosas ocurran o no ocurran es contingencia desde nuestra perspectiva; sin embargo, no hay contingencia desde la perspectiva divina. Para Dios ocurrirá todo lo que tenga que ocurrir, porque así lo ha planificado.

La vida de Jesucristo fue un ejemplo en materia de oración. A cada momento que podía se retiraba a orar con el Padre. Sus palabras aconsejaron orar siempre; en una oportunidad dijo que ciertas cosas no acontecerían a menos que hubiese oración y ayuno. Pedid y se os dará fue una promesa estimulante para dedicarse a orar. Llamad y se os abrirá, es la consecuencia inmediata de la oración. Buscad y hallaréis viene a ser el incentivo mayor para estar en comunión con el Padre. David escribió en una oportunidad algo respecto a la comunión con Dios que viene a ser un aval para orar siempre: Deléitate asimismo en Jehová y Él te concederá las peticiones de tu corazón (Salmo 37:4).

Podemos definir a la oración de muchas maneras, pero existen universales en la definición. Toda oración implica una petición o súplica ante el Ser Supremo. Ella contiene un acto de sumisión ante su soberanía infinita. Con ella reconocemos que Dios es soberano y que tiene el control completo de cada circunstancia de los eventos que acontecen. Asimismo, cuando oramos nos sentimos contentos por haber sido escuchados ante el trono de la gracia. Nuestros corazones son guardados con una paz que sobrepasa todo entendimiento.

Pero la oración requiere una estructura esencial para que sea respondida de acuerdo a nuestras expectativas. La oración necesita estar conforme a la voluntad de Dios, para que podamos recibir aquello que hayamos pedido. No debemos estar haciendo mucho análisis sobre la voluntad divina como si ella solamente se ocupase de cosas abstractas y de una trascendencia colectiva. Dios también oye la oración individual con súplica y repercusión individual. Jesucristo prometió que si orásemos al Padre en secreto, Él nos respondería en público. El acto de orar en secreto es precisamente realizar una actividad individual con peticiones que nos incumben como individuos. Es preferible orar siempre y esperar a ver la respuesta por si hemos pedido conforme a la voluntad de Dios. Esa fue la experiencia de Pablo, oró tres veces por un problema individual hasta que comprendió que la voluntad de Dios era precisamente permanecer con el problema encima. El apóstol no indagó primero si era la voluntad de Dios orar en una u otra manera, sino que más bien se propuso a orar por algo que le agobiaba. Pese a que la respuesta no fue la que esperaba, sabemos que sí fue escuchado y obtuvo el beneficio conveniente. Esto nos puede animar a orar siempre y a dejar en manos de Dios la respuesta.

La oración también es uno de los mecanismos usados por Dios para darnos el fin que esperamos. Así lo dice la Biblia: yo  sé los pensamientos que tengo acerca de vosotros, pensamientos de paz y no de mal, para daros el fin que esperáis (Jeremías 29:11). Por causa de esos buenos pensamientos de Dios habrá una consecuencia uniforme en su pueblo: Entonces me invocaréis, y vendréis y oraréis a mí, y yo os oiré (verso 12). Una consecuencia con una promesa incluida, el que seremos oídos. Los dos versos que siguen añaden información relacionada con el tema, el hecho de buscar a Dios de todo nuestro corazón, para ser hallado (Buscad y hallaréis). ¿Es que la gente puede preferir la dádiva antes que al Dador? En nuestra relación con Dios es a la inversa, el anhelo por el Espíritu de Dios trae la respuesta de tener tal Espíritu. La razón válida de todo ello es que ese Espíritu intercede por nosotros con gemidos indecibles y nos ayuda a pedir en nuestras oraciones, pues entiende a perfección la mente del Señor.

Por otro lado, la relación con Dios supera la petición que hagamos, ya que ¿quién no se siente seguro al poder comprobar que Dios le ha respondido una oración secreta? La oración secreta es aquella que hemos hecho y que nadie sabe que la hicimos. De allí que no podamos atribuirle a otro el haber pedido sino a nosotros mismos. Cuando la respuesta llega sabemos que fuimos escuchados y ese acto viene a ser interpretado como el hecho de que el Padre nos ama aquí y ahora. Si pedimos algo conforme a nuestra necesidad real seremos oídos. En el andar de Jesús por esta tierra siempre respondió positivamente a las peticiones que le hicieron. Muy pocas fueron las ocasiones en que dijo no como respuesta. Recuerdo el caso de una madre que pedía se le reservara a sus dos hijos los dos puestos adyacentes en su trono, el de la derecha y el de la izquierda. Jesús le dijo que eso dependía del Padre y de si ellos estaban dispuestos a beber la copa que él bebería. Tal vez este sea un ejemplo de lo mencionado por Santiago, en el cual se pide para gastar en nuestros deleites. Eso no era una necesidad válida sino para disfrute de la carne (porque hay carne en el espíritu humano).

Normalmente Jesús respondió a las peticiones de sanidad, alimento, expulsión de demonios y demás (como el llevar vino a una boda). Le dijo a sus discípulos que podían pedir directamente a su Padre porque el Padre mismo los amaba. De manera que la respuesta a la oración ha de interpretarse como amor del Padre hacia nosotros. Los epicuros tenían un proverbio de vida que está registrado en el Nuevo Testamento: comamos y bebamos que mañana moriremos. No tenían esperanza como los creyentes en Jesucristo, por lo tanto no les quedaba otra cosa por hacer que ocuparse de la necesidad inmediata de su cuerpo: comer y beber para morir. Los creyentes podríamos deducir que el proverbio que se implica de las enseñanzas de Jesús bien pudiera ser: Llamemos, pidamos y busquemos que de seguro conseguiremos. ¿Cuál es la restricción a la oración? Se nos pide que pidamos en todo tiempo, que perdonemos si hemos sido ofendidos para que seamos perdonados. Que amemos a nuestros hermanos, para que nuestras oraciones no tengan estorbo.

Resulta grato el comprobar que en medio del caos del mundo existe un Dios de orden que arregla nuestro camino para que todo lo que hagamos resulte armónico. Esa armonía se va tejiendo con la oración y la respuesta obtenida. Jesucristo dijo también a sus discípulos: Hasta ahora nada habéis pedido en mi nombre; pedid, y recibiréis, para que vuestro gozo sea cumplido (Juan 16:24). Si hemos dicho que creemos en Él deberíamos creerle a Él. Probemos cada día esta verdad registrada en la Biblia y verifiquemos si se cumple en nosotros.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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