Lunes, 11 de febrero de 2013

Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida (Romanos 5: 10). La Biblia declara que la humanidad completa se hizo enemiga de Dios y que no hay quien le busque, ni siquiera uno. De esta manera, el hecho de que en estos momentos exista un grupo de personas que ame a Dios y que sea amado por Él sirve para demostrar que ha habido reconciliación. Sabemos que Jesucristo vino para reconciliar a su pueblo (Hebreos 2:17), un pueblo no solamente de entre los judíos sino también de entre los gentiles, pues de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de separación (Efesios 2:14 y 1 Juan 2:2).

Por cierto, el texto mencionado de Juan nos dice que Jesucristo es la propiciación por nuestros pecados; y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo. El apóstol Juan era uno de los tantos pastores de iglesias compuestas principalmente por judíos creyentes en el evangelio, por ello habla de dos grupos de cristianos, de los cuales Jesucristo es la propiciación por los pecados: por los nuestros y por los de todo el mundo. La división de la humanidad que hacían los judíos se basaba en dos grandes grupos: los judíos y los gentiles (el resto del mundo). Cuando ambos grupos o pueblos eran mencionados se hacía referencia a todo el mundo. El pueblo romano también dividió el mundo en dos partes: los romanos y las gentes, por lo cual tenían el Derecho romano y el Derecho de gentes.

El apóstol Juan también dijo que él sabía que ellos eran de Dios (¿quiénes eran ellos? Deducimos por el contexto que se refiere a él y a la iglesia a la que escribe sus cartas); sin embargo, en el mismo texto señaló que el mundo entero estaba bajo el maligno. Cuando dijo el mundo entero no quiso decir que él y su iglesia estaban bajo el maligno, sino solamente el resto del mundo no creyente. Si Juan hubiese incluido a los creyentes como estando bajo el maligno, no tendría sentido que hubiese dicho en el mismo verso que los creyentes sabían que eran de Dios: Sabemos que somos de Dios, y el mundo entero está bajo el maligno (1 Juan 5:19).

Reconciliar es atraer y acordar los ánimos desunidos; de manera que la desunión o enemistad que había entre Dios y los hombres fue acordada en unidad y restituida en unión. Cristo es nuestra paz por haber derribado la pared intermedia de separación entre Dios y los hombres; él abolió en su carne las enemistades, la ley de los mandamientos expresados en ordenanzas; hizo la paz y mediante la cruz reconcilió con Dios tanto a judíos como a gentiles en un solo cuerpo (Efesios 2:14-16). Eso es una gran verdad puntual. Pero debemos tener en cuenta que así como la expresión que dice que el mundo está bajo el maligno no incluye a los que son de Dios, tampoco la reconciliación de los dos pueblos en uno con Dios incluye a aquellos que están bajo el maligno. Es cierto que todos éramos por naturaleza hijos de la ira, como los demás, si bien muchos hemos sido llamados de las tinieblas a la luz. Este llamamiento lo hizo Dios, quien nos despertó de la muerte y nos dio vida, haciéndonos nacer de nuevo. Pero vemos también a un gran grupo que anda por el camino ancho, que no entra por la puerta estrecha, que no son ovejas sino cabras. Existe el grupo de los Esaú del mundo, de los cuales la condenación no se tarda; los réprobos en cuanto a fe, cuyos nombres no están escritos en el libro de la vida desde la fundación del mundo. Estos no pueden estar reconciliados con Dios, sino que fueron endurecidos por Él para su propia destrucción. Dios es quien tiene misericordia y ello no depende de nosotros, sino de Él quien la tiene de quien quiere, pues endurece igualmente al que quiere endurecer (Romanos 9).

Esta reconciliación con Dios por la muerte de su Hijo se hizo cuando éramos enemigos de Dios, de manera que ahora que estamos reconciliados con Él seremos salvos por su vida. La reconciliación se hizo en el momento de nuestra enemistad, por lo tanto ya que somos amigos seremos salvos. La salvación es la consecuencia lógica de la reconciliación. De allí que los que no fueron reconciliados con Dios no pueden tener la misma consecuencia lógica de los reconciliados. Por supuesto que no sabemos quiénes son los reconciliados con Dios, pero a su debido tiempo cada uno de ellos irá manifestando en su vida dicha reconciliación. Jesús lo dijo, que las ovejas oirían su voz y que le seguirían; todo lo cual presupone que no seguirán la voz del extraño, sino que más bien huirán de él (Juan 10:1-5). El Mesías sería herido por la rebelión del pueblo de Dios (Isaías 53:8); pero sería quebrantado y sujeto a padecimiento para poner su vida en expiación por el pecado, por lo cual vería linaje y vería el fruto de la aflicción de su alma, hasta quedar satisfecho (Isaías 53: 10-11).

Un Mesías satisfecho por haber justificado a muchos, cuyas iniquidades él llevaría (Isaías 53: 11), es una proposición de importancia.  Observemos que los muchos justificados son los mismos cuyas iniquidades son llevadas por el Mesías. Además, quedaría satisfecho con el fruto alcanzado por la aflicción de su alma. Jesucristo no apuesta a más, sino que se ha conformado con los que el Padre le dio, que son los mismos por los cuales rogó momentos antes de su sacrificio en la cruz (Juan 17). Con todo, a pesar de ser una manada pequeña en cada época, su generación es cuantiosa (Isaías 53:8) y emblemática de muchos pueblos, naciones y lenguas (Apocalipsis 7: 9).

Otra prueba irrefutable de que Jesucristo quedó satisfecho, como dijo el profeta Isaías en el texto mencionado, es que en la cruz exclamó instantes antes de expirar: Consumado es (Juan 19:30). Esto quiere decir que terminó el trabajo que había venido a hacer: el referido a la expiación de todos los pecados de su pueblo (Mateo 1:21), a quienes él representó en la cruz, por lo cual hubo total perdón, redención, propiciación y reconciliación para cada persona representada. La redención alcanzada por Jesucristo no es aleatoria, ni depende de la voluntad humana como si el hombre tuviera de que gloriarse. La Biblia insiste en que esa salvación no es por obras, para que nadie se gloríe; no depende de quien quiera y corra, para que nadie tenga de que ufanarse. Esa salvación fue total, completa y específica; tiene destinatarios definidos, aquellos cuyos nombres están escritos en el libro de la vida del Cordero, desde la fundación del mundo. En el debido momento histórico serán llamados y se añadirán a la iglesia los que hayan de ser salvos, como muestra el libro de los Hechos (Hechos 2:47).

La obra de Cristo no sería perfecta o consumada si una sola de sus ovejas no fuese salva. Todos sin excepción son salvos, todos aquellos que fueron representados por él en su muerte; todos aquellos que fueron reconciliados con Dios; todos aquellos cuyos nombres fueron inscritos en el libro de la vida desde la fundación del mundo. No se trata de que Dios miró por el túnel del tiempo y vio quién habría de amarle y en consecuencia lo escogió para salvarlo. Eso equivaldría a una salvación dependiente de las obras; eso sería un engaño de Dios al decirnos que no hay quien le busque, además de que no conociendo el futuro tiene que contemplarlo en la voluntad humana. No, el Dios de la Biblia es absolutamente soberano y ha hecho como ha querido. En la carta a los romanos Pablo expuso claramente lo que el Espíritu le había indicado, que antes de que Jacob y Esaú hiciesen bien o mal Dios los había escogido para dos destinos opuestos. Esto es clara demostración de su propósito eterno en base a la elección y no en base a las obras. Si esto molesta a muchos, entonces es porque no les ha amanecido Cristo, pues nadie que tenga el Espíritu de Cristo puede llamar injusto a Dios por las cosas que Él hace. La expiación de Jesucristo es puntual y no universal, es efectiva y no ineficaz. Ni uno solo de los que el Padre le ha dado al Hijo pudo haberse perdido, pues el Padre es mayor que todos y ellos están guardados en la mano de Cristo (Juan 6). Nadie puede arrebatar de sus manos ni una de sus ovejas, y ni la muerte, ni la vida, ni ninguna cosa creada (lo cual incluye a la oveja misma) podrá separar del amor de Dios a los escogidos.

Con esa esperanza gloriosa prosigamos hasta el fin, para obtener el verdadero reposo de Dios. Ya que si siendo enemigos fuimos reconciliados con Dios, ahora que somos amigos seremos salvos por su gracia y por su vida. El núcleo del evangelio es el sacrificio expiatorio que hizo Jesucristo por su pueblo, un sacrificio perfecto hecho por un Dios perfecto. El mismo Cordero de Dios estuvo preparado desde antes de la fundación del mundo para ser manifestado en nuestro tiempo, de tal forma que no fue una respuesta de última hora dada por el Padre a los problemas presentados por Adán y Eva en el Edén. Ese sacrificio del Hijo fue programado y profetizado por Dios para que se cumpliese en forma precisa en el tiempo señalado, como específico fue el pueblo representado en la cruz (Mateo 1:21). Al final de todo debemos agradecer la misericordia de Dios y preguntarnos ¿quiénes somos nosotros para altercar con Él? Si Dios no hubiera dejado un remanente hubiésemos sido semejantes a Sodoma o a Gomorra, con un destino igual. Pero nos alegramos por haber sido llamados de las tinieblas a la luz.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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