Jueves, 07 de febrero de 2013

Suele suceder que uno se vuelve fastidioso si habla mucho de Dios. Podemos hablar de política, de sexo o de juegos, pero referirse al tema de la divinidad puede connotar síntomas de problemas emocionales o mentales. Tal vez se escuche que el fanatismo nos haya cercado a tal punto en que ya no queremos ver otra perspectiva de análisis que la teológica. Lo cierto es que se nos sugiere que el tema de Dios ha de ser relegado para los momentos de meditación o de contemplación, y no debe mostrarse mucho en público a no ser que uno se encuentre con similares. Curioso es que cuando estamos entre iguales aparece un espíritu de competitividad donde todos queremos hacernos notar, exhibiendo lo que conocemos del tema.

También está el grupo de evangelizadores a la fuerza, aquellos que no pierden una ocasión para repetir el discurso acerca del estado natural de la humanidad y la necesidad de reconciliarse con Dios. Pero habiendo superado el estigma que produce cualquiera de los equipos a los que nos incorporemos queda abierta la ilusión del tema acerca del Creador. De nuevo Dios ocupa el centro de interés de todo aquel que un día logró comprender las dificultades en la tarea de conocer al Ser Supremo. Pasaremos la vida eterna conociendo al Padre y al Hijo (Juan 17), si bien ya hemos empezado con esa labor.

A Dios se conoce por su creación y por su revelación. También puede conocerse por su manifestación en cualquiera de sus hijos, la experiencia derivada del diálogo producido en la oración. Una respuesta pública a una oración secreta puede derivar en un incremento de fe. No obstante, este resultado puntual no será suficiente para el día a día y tal parece que necesitamos nuevas respuestas para seguir firmes en la esperanza que hemos creído. Vivir en el recuerdo de una oración contestada requiere un compromiso de fe sólido; otros más débiles optan por obtener nuevas respuestas a sus peticiones. Sin embargo, la ciencia es una magnífica forma de experimentar a Dios. Llegar a conocer el mecanismo que utiliza la naturaleza (como obra creada) nos lleva a maravillarnos por la complejidad del sistema que se estudia. La respuesta técnica aplicada en la medicina, por ejemplo, además de su utilidad preciosa, sirve para maravillarnos de la mente del Señor.

El milagro de la vida ha dejado de ser milagro por lo cotidiano de su expresión. Es milagro lo raro, lo que se da de vez en cuando, pero el acto de vivir es repetido y por lo tanto ya no maravilla. No obstante, al contemplar un caballo, una flor, un planeta, vemos obra de Dios. Lo que de Dios se conoce ha sido manifiesto en la creación, aunque exista otro plano de su manifestación con la revelación. El Dios revelado se ha dado a conocer en medio de su palabra, pero las cosas espirituales solamente se pueden discernir espiritualmente. Al hombre natural le parecen locura las cosas de Dios, por lo tanto no las puede entender como lógicas o sensatas y se aparta de la revelación; incluso el libro de la naturaleza ya no tiene autor, de manera que a la humanidad le queda una profunda soledad circundante que retumba en su memoria.

El sentido de la vida pasa a ser temporal y el ser humano-natural se esmera en dejar huella en el mundo para ser recordado, aunque de igual manera busca que ese mundo haga marca profunda en su ser para darle un sentido a su existencia. Pero muchas de las personas que un día gustaron del don celestial siguen apegados a la idea de Dios, a su persona y a su concepto. De nuevo Dios toma sentido en sus pensamientos y palabras, de tal manera que sigue siendo el móvil de su conversación y de su meditación. Desde esta perspectiva la existencia cobra un sentido de eternidad, pues no hay deseo de acabar este conocimiento tan denso, que no termina de llenar las ansias del espíritu.

Por supuesto, muchos de los que dejan a un lado la revelación de Dios se han dado a la tarea de buscar lo no revelado. El mundo esotérico se abre ante ellos y muestra una forma paralela que compite y sustituye al Dios de la revelación. El Dios no revelado se convierte ahora en el dios oculto (el dios del ocultismo) que se manifiesta como la sustitución que siempre quiso hacer y ser. Según la revelación bíblica, Lucifer quiso un día subir a lo alto y ocupar el lugar de Dios; ahora tiene su sueño realizado aunque sea en otro plano del universo celestial. Los hombres a quienes Dios no se ha revelado siguen la otra revelación del príncipe de este mundo. Un código religioso multiforme y cambiante como caleidoscopio se ofrece ante la monotonía que supone el Dios único. En esa otra religión las reglas cambian, se innovan, se eligen de acuerdo a los intereses de sus militantes; pero en esta otra, se asume una verdad absoluta que no cambia. En aquella se cumple la oferta de ser como dioses, aunque sea por poco tiempo; pero en la otra el interés radica en estar con Dios, no existe el deseo de ser dios, sino de estar bajo la protección y cuidado del Altísimo.

Hacer de la ley de Dios nuestra meditación genera el gozo de nuestra fortaleza. Podemos apostar por mejores tiempos ya que todas las cosas nos ayudan a bien. Dejamos a un lado al príncipe de este mundo con sus seguidores, mientras proseguimos a la meta de nuestro llamamiento; no somos quitados del mundo sino guardados del mal. Nuestra lectura de la revelación así como de la naturaleza nos ha enseñado que la paga del pecado es muerte, en especial la muerte del espíritu. De esta forma corroboramos la mentira de Lucifer (Satanás, la serpiente antigua), quien le dijo a Eva que no iba a morir sino a ser divina con el conocimiento del bien y del mal. Por esa muerte el hombre natural no discierne las cosas del espíritu pues le parecen locura; pero nosotros sabemos que también estuvimos muertos en delitos y pecados y éramos por naturaleza hijos de la ira, como los demás, por lo cual se hizo imperativo que naciésemos de nuevo. Pero como el nuevo nacimiento es obra de Dios y no de voluntad humana, nos queda esperar a ver quiénes nacerán de nuevo por la transmisión de este mensaje de salvación, que Cristo vino a morir por su pueblo para ver linaje y quedar satisfecho. Finalmente, las palabras de la Biblia siguen vigentes: si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones (Hebreos 4:7).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 12:45
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