Mi?rcoles, 06 de febrero de 2013

La inmensa cantidad de religiones dan fe del interés humano por el concepto de lo  divino. Hoy día muchos sostienen que cualquier acercamiento a lo divino es de vital importancia, de manera que la diversidad demuestra diferencia metodológica, pero el objeto de estudio sería el mismo. En realidad no existe objetividad en esta búsqueda, sino más bien un deseo de encontrar pruebas de un mundo desconocido. El hombre sigue inventando dioses a su imagen y semejanza.

Ante la pregunta inicial de si el hombre es capaz de encontrar a Dios surge la otra interrogante: ¿puede Dios encontrar al hombre? De nuevo muchos se dan a la tarea de suponer que el Creador busca al hombre perdido y le ofrece redención; o que cuando la gente muere lo hace porque Dios necesita llevárselo a su reino; en fin, una elucubración tras otra gobierna al imaginario humano, para darle al hombre el centro de interés único en este universo. El cristianismo se presenta como la búsqueda que Dios hace del hombre, el encuentro entre el Creador y su criatura. No obstante, el Dios de la Biblia se muestra interesado en declarar su amor para unos y su justicia e ira para otros. Frente a este planteamiento el ser humano no se detiene a pedir misericordia, sino que prosigue en sus pasos alzando sus puños contra el cielo y profiriendo blasfemias con su lengua. Incluso los que se dicen a sí mismos que han sido encontrados por Dios también reclaman en nombre de aquellos que fueron dejados fuera del amor divino, aduciendo que el Dios de amor no puede amar parcialmente sino  en forma universal.

Estas suposiciones son importantes en un campo filosófico. El problema es que el cristianismo se basa en una declaración o revelación que Dios hace de Sí mismo. Si pretendemos tomar en cuenta parte de lo revelado, entonces es imperativo no olvidar el resto. En otros términos, no le es dado al hombre el recibir a la carta la revelación divina, sino todo el consejo de Dios.

Ahora bien, existe un mecanismo de invalidación de ese consejo, con el rasero que pretende igualar a las divinidades. Pese a que existe un solo Dios revelado, los dioses concebidos en la imaginación humana cobran vida y son instalados en un mismo nivel con el Dios de la Biblia. Por ello, cualquiera de esos dioses cumple la función conceptual de lo divino. En este sentido, la diversidad cultural exhibe la riqueza humana a través de las múltiples formas percibidas de lo sobrenatural y desconocido.

Volver a la revelación es de suma importancia, si creemos que en las Escrituras está la vida eterna. Si nos decimos cristianos, hemos de acudir a la palabra revelada, pues allí existe un principio declarado por el mismo Dios hecho hombre: las Escrituras dan testimonio de mí.  El Dios de la Biblia se presenta como el único Dios que no quiere compartir su gloria con nadie; además, declara su soberanía absoluta y moldea como arcilla en sus manos la voluntad humana. Él es el creador de nuestros destinos.

En un mundo dicotómico, lo que vemos es una lucha entre el bien y el mal. Pero en la revelación bíblica Dios se muestra a Sí mismo como el que crea la luz y al mismo tiempo las tinieblas; el que da la vida y envía la muerte; el que hace al justo como objeto de su amor junto al inicuo para el día de la ira. Uno de sus profetas declaró: ¿Habrá acontecido algún mal en la ciudad, el cual Jehová no haya hecho? (Amós 3:6). Semejante Dios es de temer y reverenciar, pero un sentido democrático ha hecho que se intente igualar y homologar los intereses divinos con los humanos. Concebir a Dios como el Hacedor de todo nos lleva a desesperar, ya que lo hacemos responsable de las calamidades generadas por el pecado. Pero como criaturas limitadas tenemos que preguntarnos ¿quién puede acusar a Dios? ¿Cómo podemos contender con Él y salir libres en el intento? La gran pregunta ya fue declarada en la misma revelación, como un modelo del máximo atrevimiento del hombre frente a su Creador: ¿Por qué, pues, inculpa? Pues, ¿quién ha resistido a su voluntad?

Conocemos la respuesta a esta interrogante. Por cierto, no hubo argumento en relación  a las razones de nuestra culpa, sino en contra de la osadía por la pregunta. ¿Quién eres tú para que alterques con Dios? Los que ven a Dios como un mendigo que ruega por el alma humana ignoran la revelación. El hombre es quien debe rogar para ver si es escuchado. El Dios soberano sigue gobernando cada detalle de la vida humana, y no solo en las acciones justas de los hombres. Para empezar, Dios ha declarado al hombre como nada y como injusto; ha dicho que en la tierra no hay quien haga lo bueno ni quien le busque. Como cada quien se ha desviado y apartado por su propio camino, carecemos de capacidad para agradarle. Dios no toma en cuenta nuestra opinión, sino que tiene misericordia de quien quiere tenerla.

El cúmulo de religiones no es la respuesta adecuada para que Dios escuche, más bien es la obstinación humana en materia de fe. A pesar de la revelación divina el hombre insiste en un dios a su medida. Pese a la manifestación de Dios a través de su creación, el hombre rinde tributo a la criatura antes que al Creador. Ha supuesto que Dios ha de ser un reptil, o un toro o tal vez un perro. Diversas formas de cosas creadas sustituyen la alabanza y honra que se debe al Ser Supremo, pero tal vez la más osada forma simulada de adoración haya sido inventada cuando se combina parte de lo revelado con la imaginación humana. Ahora es común colocar el nombre de Jesús, de Jesucristo, del Cristo para apostar por una adoración pura, cuando lo que existe es un sincretismo religioso. No basta con decir que se adora al Dios de la Biblia, es necesario saber lo que se adora. De allí que no todo el que dice Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos. Hacer la voluntad del Padre pasa por entender al Dios de la revelación.

El Dios que se ha dado a conocer es soberano, absoluto, perfecto. Este Dios no necesita cambiar, simplemente nosotros somos los que necesitamos de Él. La palabra revelada dice que lo busquemos mientras pueda ser hallado, que lo llamemos en tanto que esté cercano. Pero es necesario que el que se acerca a Él crea que existe, y que recompensa a los que le buscan. En un mundo cuyo centro es el hombre como medida de lo conocido, colocar nuestra confianza en el Ser Supremo es un paso de fe. Esta fe será premiada con el hecho de que Dios se acercará a nosotros. Es normal que nuestras carencias nos empujen hacia la persona que las supla; Dios ha prometido que si buscamos primeramente su reino y su justicia, todo lo demás será añadido. Las peticiones de nuestro corazón serán concedidas y seremos saciados.

Tal parece que el mecanismo dejado en su revelación para encontrarlo presupone la predicación del mensaje de salvación. ¿Cómo oirán, si no hay quien les predique?  Asimismo, en la parábola del sembrador, solamente los suelos preparados para la siembra dieron buen fruto. Sabemos que el suelo no se prepara a sí mismo, sino que necesita de una mano externa que lo labre. El Padre es el labrador, de manera que al esparcir la semilla solamente aquella que cae en buena tierra dará el fruto esperado. La manera como es preparado aquel suelo puede variar, pero tiene la constante de que es Dios mismo quien lo prepara.  A veces la semilla cae en un buen suelo al final de la vida de la persona, como en el caso del ladrón en la cruz. Otras veces la semilla es sembrada en la infancia o en el vientre de la madre (caso de Juan el Bautista), pero siempre es Dios quien da el crecimiento adecuado. No importa si es en la juventud, lo interesante es que el buen suelo haya sido preparado por quien conoce los corazones y tiene un propósito eterno al manifestar su amor para con sus elegidos. Jesucristo vino a salvar a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21), de manera que si Dios amó a Jacob, su remanente será salvo. Nuestra preocupación no ha de estar centrada en los Esaú del mundo, por los cuales Jesucristo no rogó (Juan 17:9), sino por cumplir el mandato de ir por todo el mundo a predicar el evangelio. Para hacerlo es necesario saber lo que es el evangelio, la buena noticia para aquel que habrá de creer de acuerdo a la voluntad de Dios.

No debería haber ningún creyente molesto por causa de la voluntad de Dios, más bien se debería estar agradecido por haber sido escogido para salvación. Si la manera de ser salvos estuviese anclada en nuestra libre respuesta, nadie sería salvo. Pero no es por obras, a fin de que nadie tenga de qué gloriarse; no depende del que quiera ni del que corra (por la misma razón dada); depende de Dios que tiene misericordia de quien quiere tenerla. Por lo tanto, vale el texto bíblico para tomarlo en cuenta: Si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones (Hebreos 3:15).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 9:41
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