S?bado, 02 de febrero de 2013

Muchos piensan que antes de asumir la doctrina de la gracia se tiene que poseer buena voluntad ante el Creador. En otras palabras, la dádiva de vida eterna debemos recibirla para poder ser salvos. Esto suena lógico y sencillo, pero no necesariamente posible desde el plano espiritual. El planteamiento de la Biblia está inclinado a que existe un paquete completo otorgado por Dios a la persona que ha sido predestinada para salvación, pues por gracia se recibe aún la buena disposición que tengamos hacia el evangelio de Jesucristo.

Es un error suponer que nosotros colocamos nuestro grano de arena en materia soteriológica, ya que Dios produce en nosotros tanto el querer como el hacer por su buena voluntad (Filipenses 2:13). ¿Pero en qué medida se ha de estimar el error doctrinal? Más que una causa de no ser salvos es un síntoma de que no se ha sido enseñado por Dios al respecto. Y les daré un corazón, y un espíritu nuevo pondré dentro de ellos; y quitaré el corazón de piedra de en medio de su carne, y les daré un corazón de carne (Ezequiel 11:19). El error doctrinal muestra que no se sabe en quién se ha creído, sino que la gente se acerca a Dios sin saber quién es (Hebreos 11:6).

¿Es doctrina bíblica decirle a una persona que Jesucristo hizo su parte, que ahora le toca a él o a ella hacer la suya? ¿Puede una persona muerta en delitos y pecados tener voluntad de aceptación hacia un Dios a quien odia por naturaleza? Si la Biblia afirma que no hay quien busque a Dios, ¿puede alguien aceptar aquello que no le interesa o que no conoce? Cuando se asume la tesis equivocada es porque se parte del hecho de que el hombre no está totalmente caído en Adán; dicen que si bien estamos afectados por la caída, existe dificultad pero no imposibilidad de venir a Cristo. 

Pero la Biblia aporta absoluta claridad al respecto; ella afirma: Si bien todos nosotros somos como suciedad, y todas nuestras justicias como trapo de inmundicia; y caímos todos nosotros como la hoja, y nuestras maldades nos llevaron como viento. Nadie hay que invoque tu nombre, que se despierte para apoyarse en ti; por lo cual escondiste de nosotros tu rostro, y nos dejaste marchitar en poder de nuestras maldades (Isaías 64:6-7). Nadie tiene la capacidad de venir a mí, a menos que el Padre que me envió lo traiga ... (Juan 6:44). No hay justo ni aún uno, no hay quien busque a Dios ... no hay quien haga lo bueno, ni siquiera uno (Romanos 3: 9-12).  Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente (1 Corintios 2:14).  Porque los que son de la carne piensan en las cosas de la carne; pero los que son del Espíritu, en las cosas del Espíritu. Porque el ocuparse de la carne es muerte, pero el ocuparse del Espíritu es vida y paz. Por cuanto los designios de la carne son enemistad contra Dios; porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden; y los que viven según la carne no pueden agradar a Dios (Romanos 8: 5-8).

Es decir, el hombre natural está en enemistad con Dios, no puede sujetarse a la ley de Dios, y se ocupa de la carne y de la muerte (no de la vida y de la paz). ¿Cómo se le puede decir al hombre natural que Jesucristo hizo su parte y que ahora le toca a él hacer la suya? El hombre natural no puede escoger entre el bien y el mal porque es un cadáver espiritual y para poder amar a Dios necesita nacer de nuevo (ser una nueva criatura). Este nuevo nacimiento es por voluntad de Dios y no ha sido la voluntad de Dios el que toda la humanidad nazca de nuevo. Acá entra su designio eterno e inmutable, pues si Él es un Dios perfecto no tiene necesidad de cambiar sus decretos que también son perfectos. De igual manera, cuando Dios regenera un corazón no encuentra resistencia, pues su poder acompaña a su voluntad. Dios no depende de la voluntad humana, ni se limita por la ficción del libre albedrío, ya que todo lo que quiso ha hecho (Salmo 115:3).

La muerte de Cristo es la garantía de que existan creyentes; el Espíritu de Cristo es las arras de nuestra salvación. El que no tiene el Espíritu de Cristo sencillamente no es de Él (Romanos 8:9). ¿Por quién murió Jesús? Por su pueblo, por muchos, por los escogidos. De lo contrario su muerte implicaría una redención universal, lo cual chocaría con la realidad de los que se pierden, que no son pocos sino muchos también. Es el trabajo de Cristo lo que ha hecho la diferencia entre la salvación y la condenación, si bien lo que uno cree viene a ser un síntoma de la posición que tengamos en Él. En otros términos, muchos de los que dicen creer en el evangelio no tienen el síntoma de una doctrina acorde con las Escrituras. ¿Se puede creer en Jesucristo bajo un acopio doctrinal errado? ¿Hasta qué punto importa el error?

El error importa en el sentido de que él no es un simple equívoco, sino en que es una posición contraria a lo que Dios enseña. Si las ovejas oyen la voz del Buen Pastor, y al extraño no seguirán sino que huirán de él porque no conocen su voz, ¿no es el error doctrinal una enseñanza del extraño? Jesucristo no enseña errores doctrinales, entonces tener un cuerpo doctrinal contrario a las Escrituras viene a ser un síntoma de que no se ha oído la voz del Pastor. Muchos de los discípulos de Jesús se apartaron de Él porque se dieron cuenta de que la doctrina que enseñaba era dura de oír. El no poder oírla no fue la causa de apartarse de Jesús, sino un síntoma de que no se había nacido de nuevo. Si alguien se llama creyente o cristiano pero se escandaliza porque Dios amó a Jacob y odió a Esaú aún antes de que hiciesen bien o mal (Romanos 9: 13), entonces le está pareciendo dura de oír esa palabra (Juan 6: 60).

 

¿Qué significa el sacrificio de Cristo? Significa que estamos reconciliados con Dios; pero si Cristo reconcilió a cada miembro del planeta, entonces todos tenemos paz para con Dios, aún los que están en el infierno. También significa que Él fue la propiciación por nuestros pecados, ya que apaciguó la ira de Dios. De nuevo, si la muerte de Cristo se hizo por toda la humanidad sin excepción, entonces ya no existe más ira de Dios contra ninguno. ¿Cómo es que todavía mantiene su ira contra aquellos que castiga y castigará eternamente? El sacrificio de Cristo también significa que nos redimió, es decir, que pagó el precio del rescate; nos compró con su sangre. ¿Pagó Jesucristo por la salvación de Judas, de Faraón, o de Esaú? ¿Pagó por los réprobos en cuanto a fe, de los cuales la condenación no se tarda?

Tal vez algunos piensen que un simple error doctrinal no es un síntoma de carencia de fe, pero la definición de herejía dice lo siguiente: Error en materia de fe, sostenido con pertinacia. Disparate, acción desacertada (RAE). Entonces, los que sostienen y defienden con pertinacia su error acerca de la expiación de Jesucristo cometen herejía. Y hablar en forma contraria a la doctrina bíblica es cometer un disparate en materia de fe. ¿Son estos los síntomas de una persona redimida? Pues no es válido el argumento que se expone para afirmar que se cree con el corazón a pesar de que con la mente se cometen errores. El corazón en la Biblia es el centro de donde manan los pensamientos, las alabanzas y los homicidios. De manera que pensar es una actividad intelectual realizada con el corazón. No es posible separar el creer con el corazón y el errar con la mente; ambas actividades presuponen el uso de las facultades intelectuales y emocionales del individuo. ¿Cómo se puede ser oveja del Buen Pastor y escuchar la voz o doctrina del extraño? Eso es imposible, según lo afirmó Jesucristo: (Juan 10: 1-5).

Los que conocemos el verdadero evangelio sabemos que el corazón del cristianismo radica en la muerte en la cruz del Hijo de Dios. La doctrina de la gracia de Dios vence sobre la doctrina de las obras humanas; la libertad de Dios triunfa sobre la hipotética libertad humana. Esto es un asunto de vida o muerte, o se vive en el Espíritu o se muere en la carne. Las cosas espirituales se disciernen espiritualmente; de una humanidad muerta en delitos y pecados -como recompensa por la desobediencia de Adán- no se puede esperar sino obras muertas. Todos los días está Dios airado contra el impío (Salmo 7:11) y nosotros éramos por naturaleza hijos de la ira, lo mismo que los demás (Efesios 2:3). Pero un día Dios mostró su misericordia reservada por los siglos sobre los vasos de misericordia que Él preparó de antemano para hacer notorias las riquezas de su gloria (Romanos 8: 23), nos llamó a través del evangelio (Romanos 10:14) y nos dio el corazón de carne y espíritu nuevo para poder amarlo (Ezequiel 36:26). Nacimos de nuevo, pero esta vez en forma espiritual, y como esta fue la voluntad de Dios estamos persuadidos que el que empezó la buena obra la terminará en el día de nuestro Señor Jesucristo (Filipenses 1:6).

En todas estas actividades u obras nosotros somos sujetos pasivos; el sujeto activo es Dios. De nuevo la gran pregunta: ¿Por qué Dios no ha hecho este trabajo con toda la humanidad? Simplemente porque esa ha sido su voluntad, pues todo lo que quiso ha hecho (Salmo 115:3). No se trata de que sea un Dios impotente o que respete la voluntad humana, sino porque así lo ha dispuesto, de manera que a quien quiere endurecer endurece y de quien quiere tener misericordia la tiene (Romanos 9. 14-21). Finalmente, cada quien examínese a sí mismo para saber cuál es su síntoma con esta palabra de Dios expuesta, pues si parece dura de oír es porque se ha escuchado la voz del extraño, por lo cual no se ha nacido de nuevo. Ved ahora que yo, yo soy, y no hay dioses conmigo; yo hago morir, y yo hago vivir; yo hiero, y yo sano; y no hay quien pueda librar de mi mano (Deuteronomio 32: 39). He aquí se cumplieron las cosas primeras, y yo anuncio cosas nuevas; antes que salgan a luz, yo os las haré notorias (Isaías 42:9).  ¿Quién enseñó al Espíritu de Jehová, o le aconsejó enseñándole? ¿A quién pidió consejo para ser avisado? ¿Quién le enseñó el camino del juicio, o le enseñó ciencia, o le mostró la senda de la prudencia? ... Como nada son todas las naciones delante de él; y en su comparación serán estimadas en menos que nada, y que lo que no es. ¿A qué, pues, haréis semejante a Dios, o qué imagen le compondréis? ¿No sabéis? ¿No habéis oído? ¿Nunca os lo han dicho desde el principio? ¿No habéis sido enseñados desde que la tierra se fundó? El está sentado sobre el círculo de la tierra, cuyos moradores son como langostas; él extiende los cielos como una cortina, los despliega como una tienda para morar. ¿A qué, pues, me haréis semejante o me compararéis? dice el Santo (Isaías 40: 13-25).

César Paredes

[email protected]

destino.blogcindario.com

 


Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 14:45
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios