Jueves, 31 de enero de 2013

David fue un rey ejemplar en cuanto a la alabanza al Dios de Israel. Nunca retiró su mano del arte de la composición poética que acompañaba con su arpa. Como antiguo pastor de ovejas supo lo que era lidiar contra las fieras del campo para salvaguardar su rebaño. Esta destreza lo llevó a proteger al pueblo de Israel de sus enemigos naturales, enfrentó muchas guerras  y en muchas también salió vencedor. Al final quedó como un emblema de tenacidad y de hombre encomiable cuya vida fue conforme al corazón de Dios.

También se le recuerda por haber escrito el Salmo 51, en ocasión de su arrepentimiento por un pecado público muy notorio, el adulterio acompañado de asesinato. Más de un año duró el rey sin arrepentirse de sus delitos contra Jehová, hasta que un profeta llegó hasta su presencia y le presentó una parábola. En ella le mostró la forma en que actúa el alma impía que desea arrebatar lo único que tiene el prójimo, a pesar de la abundancia personal que ésta posee. El caso se presentó en relación a un hombre que teniendo muchas ovejas en su rebaño sacrificó el único cordero que poseía su vecino. Frente a esta exposición, David se molestó contra quien tal hizo, pero el profeta no tardó en replicarle que él era ese hombre.

En ese instante, el rey cayó a tierra desplomado por su pecado. Comprendió que había hecho mal delante  de Jehová y su llanto comenzó en su corazón. Más allá del castigo que le vendría de acuerdo al esquema disciplinario del Señor, David supo cuán abominable había sido su conducta. Consecuencia de su situación espiritual fue el Salmo 51, en el cual suplicó al Dios del cielo que tuviera piedad de él conforme a su misericordia. En un momento dado pidió que al ser perdonado fuese también sostenido con espíritu noble.

David había perdido el gozo de su salvación, pero no la misma. Semejante situación la vivió también el hijo pródigo, aunque en otro contexto. El hombre de la parábola de Jesucristo había pedido todos los bienes a su padre para irse lejos a dilapidarlos. Una vez sumergido en el error, hasta el punto en que le tocó comer junto a los cerdos, recordó cuántas cosas buenas había dejado en la casa de su padre. Se levantó y se fue de camino de regreso hasta ese hogar, con el fin de ser uno de sus jornaleros. Su padre al verlo lo abrazó, lo vistió con ropas dignas de hijo, le dio el anillo del hogar y buen calzado para festejar en gran manera sacrificando al becerro más gordo. El hijo que había muerto ahora estaba vivo.

A David le sucedió algo parecido. Había estado muerto en la esterilidad del pecado y ahora pedía un espíritu noble para su vida. El gozo obtenido en los momentos de fornicación o adulterio no compensaban  el estupor causado por su maldad.  Había vivido por más de un año con una inconsciencia parcial sin capacidad de respuesta inmediata en materia mental y espiritual. Estaba como muerto en vida, aturdido, casi convertido en un estúpido. Había hecho algo horrendo contra su prójimo, pero además había pecado abiertamente contra Jehová. Recordemos la vida especial que había tenido este pastor de ovejas, cuando fue escogido por Dios a través del profeta Samuel. La unción dada le había permitido prevalecer frente a Goliath, así como el triunfar en numerosas batallas, pero el hombre que había guardado la vida de su enemigo Saúl ahora había menospreciado la vida de su amigo de campaña.

Todo se le había vuelto al revés. Los valores exhibidos en su vida no fueron suficientes para prevalecer contra la tentación de su concupiscencia. Dios quiso hacerlo pasar por semejante prueba para mostrarnos muchos aspectos de su carácter, que disciplina a los que ama y azota a todo aquel que tiene por hijo; pero al mismo tiempo es un Dios de misericordia infinita para con aquellos a quienes Él ama. El rey fue perdonado y disciplinado, a él se le devolvió el gozo de la salvación y siguió siendo rey. Su estatus fue preservado y siguió como el salmista que había sido, aunque su familia vivió consecuencias nefastas como parte del castigo recibido. Cuánto dolor no tuvo que vivir David cuando su hijo Absalón se rebeló contra él y quería matarlo; cuánta tristeza y llanto sufrió con la noticia de la muerte de este hermoso hijo, cuando sus sueños de padre se desvanecieron ante la rebeldía del muchacho. Pero David siguió entonando cantos de alabanzas, y su relación con Dios se mantuvo sin altibajos.

Nosotros tenemos fases semejantes a las del rey, pues en ocasiones nos cansamos de la obediencia y comenzamos a suponer que el pecado no es tan gris como parece. Seducidos por sus encantos nos dejamos atrapar voluntariamente, hasta que viene la desolación en nuestras almas y sabemos que tenemos que emprender el largo camino de regreso a casa. En ese instante nos damos cuenta de que nos hemos convertido en el hijo pródigo, pero contamos con el padre amoroso que nos recibirá con gozo. A algunos les toca vivir las consecuencias nefastas de su pecado, pues en la medida de su gravedad el pecado genera consecuencias sociales duras. A otros les toca más fácil, aunque internamente sufran por la desolación y efecto que el error deja en sus espíritus. Pero más allá de las diferencias entre unos y otros, la humildad es la constante que une a todos estos hermanos de David. Ten piedad de mí, conforme a tu misericordia, es el canto inicial que damos en la súplica por volver al hogar del padre.

El salmista sabía que su confesión sincera lo llevaría a la restauración absoluta. Sería reconocido justo en la palabra de Dios y tenido por puro en su juicio. Justo y puro eran los dos calificativos a los que apuntaba el rey, y eso obtendría después de la confesión y perdón. La terrible consecuencia inmediata del pecado es el aturdimiento del espíritu, porque David pidió oír gozo y alegría por causa de sus huesos abatidos, porque la estructura de su alma y de su mente estaban por el suelo. Su aflicción estuvo en pensar que cada vez que mirara a Dios éste vería sus pecados; por eso pide que Dios esconda su rostro de sus pecados y que borrara todas sus maldades. ¡Cuán espantosas son las consecuencias del pecado para el creyente! El daño fue tan severo que David pidió una nueva creación para él: crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí (Salmo 51:10). Su temor consistía en que suponía que podría ser echado delante de Jehová y que le fuese quitado el santo Espíritu (verso 11). El salmista le pidió a Dios que lo librara de homicidios, lo cual hace inducir que este fue su pecado que más le atormentaba. Se mantuvo compungido por mucho tiempo, al punto que tuvo que pedirle al Señor que abriera sus labios para poder publicar con su boca su alabanza.

Finalmente, en su restauración reconoció que los sacrificios que Dios quiere son el espíritu quebrantado, un corazón contrito y humillado que demuestren el sincero arrepentimiento. David quería ordenar su camino y en consecuencia se apartó del mal hasta el aborrecimiento. Entendemos que fue oído porque siguió escribiendo bajo la inspiración del Espíritu, lo cual incluía esta oración de clamor recogida bajo el nombre del Salmo 51. Es decir, que aún el arrepentimiento que le fue dado al rey y su manifestación a través de lo que escribió, fue bajo la inspiración del Espíritu. Su clamor procedía de la fe en Dios, en pro de la búsqueda de la gracia de Dios. David la encontró y de igual manera el hijo pródigo. También le pasó algo parecido al rey Manasés, quien habiéndose apartado hacia el mal prevaricó durante mucho tiempo, por lo que fue castigado en gran medida en tierra enemiga, pero una vez que hubo orado fue oído y reivindicado como rey. Tal vez nosotros no seamos capaces de perdonar a un rey tan malvado como Manasés, pero Dios lo hizo para demostrar su magnanimidad y su misericordia. Tal vez nos parezca muy atroz nuestro pecado, pero Dios perdonó a David; tal vez nos hemos desviado del camino, pero Dios perdonó también al hijo pródigo.

El inicio del Salmo 51 habla de la súplica por el perdón conforme a la misericordia de Dios. El resultado de esa plegaria fue haber alcanzado la remisión de la pena. Algo muy importante que se ha dicho tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento es que Dios prometió que nunca más se acordaría de nuestros pecados, más bien los echaría al fondo del mar. En esta promesa descansa nuestro espíritu, pues no podríamos sostenernos ante el Señor con nuestras impurezas. David fue tenido por justo y por puro, nosotros también lo seremos y lo somos en la medida en que Cristo nos haya representado en la cruz.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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