Lunes, 28 de enero de 2013

La doctrina es la ciencia o sabiduría en relación a cualquier tesis: religiosa, filosófica, política, económica, etc. Si queremos instruir a alguien debemos adoctrinarlo, esto es, enseñarlo. Normalmente, lo que se hace en las iglesias es la explicación de la esencia bíblica del cristianismo respecto a lo que debe saber un cristiano en razón de sus creencias. En este sentido, no es posible concebir a un creyente que no sepa o entienda lo que cree. La misma Biblia apoya tal criterio cuando sostiene que es necesario que los que se acercan a Dios crean que le hay y que es galardonador de los que le buscan (Hebreos 11:6).

Fijémonos en esta proposición enunciada: si me acerco a Dios es porque creo que existe y premia a los que le buscan. Al mismo tiempo, si creo que existe es porque conozco algo acerca de Él. No se puede uno acercar a Dios (o a alguien) y pretender ser ignorante respecto a ciertos elementos esenciales que lo identifican. La identidad de una persona lo define, lo coloca a la luz, de manera que es imposible que no se sepa de Él.

Ciertamente, vamos a pasar la eternidad conociendo al Padre y al Hijo, por ende al Espíritu (Juan 17:3). Tal vez se objete en razón de que podríamos acercarnos a alguien que no conozcamos, pero en la vida cristiana parece ser una presunción imposible respecto a Dios. El Espíritu Santo nos ha sido dado para llevarnos a toda verdad, para mostrarnos la voluntad del Padre. Él nos hace saber lo que tiene que ver con el Hijo: El me glorificará; porque tomará de lo mío, y os lo hará saber (Juan 16:14). Como todo verdadero creyente tiene el Espíritu de Cristo, entonces es imposible que no conozca a Dios o que presuma de ignorante en su doctrina.

Pero ¿cómo enseña el Espíritu? ¿Será imperativo leer y estudiar las Escrituras para ser enseñados por Él? Muchos sostienen que no necesitan más nada en la vida sino leer la Biblia para estar enterados de todo lo que les es necesario saber. Pero la Biblia le canta a la sabiduría y a la inteligencia, de manera que estamos comprometidos con estas dos ¨hermanas.¨ Por otra parte son muchas las entradas que refieren a ser diligentes en todo aquello que hacemos, y Pablo nos ha dejado el llamado a ocuparnos de la doctrina: Entre tanto que voy, ocúpate en la lectura, la exhortación y la enseñanza ...Ten cuidado de ti mismo y de la doctrina; persiste en ello, pues haciendo esto, te salvarás a ti mismo y a los que te oyeren (1 Timoteo 4: 13 y 16).

Esta enseñanza apostólica echa por tierra la pereza intelectual amparada en el evangelio emocional. Nuestra salvación no depende de nuestro intelecto como causa primaria, pero el intelecto nos es instrumento útil para ocuparnos de la doctrina. La enseñanza de la Biblia nos permite salvarnos a nosotros mismos de los errores de interpretación encontrados en el camino de la vida cristiana. Nos auxilia para evitar las desviaciones en cuanto a lo que podamos concebir de la persona de Dios. En otros términos, nos impide configurar un dios a nuestra medida en tanto nos exhibe las características del verdadero Dios.

Muchos han caído en la falacia de ponerle nombres bíblicos a sus nuevos dioses. Otros piensan que por asumir adorar al Dios de la Biblia se pueden dar al desprecio doctrinal bíblico. Hay quienes pretenden decir que la Biblia está llena de misterios que no podemos descifrar, que presenta respecto a un mismo tema tesis y antítesis para que nosotros seamos eclécticos. Pero nada más lejos que un Dios sinérgico y ecléctico. Dios es perfecto y no puede estar cambiando su criterio acerca de nosotros, de la existencia, de su propósito eterno, de sus decretos. El dijo que no hay nadie que lo busque o que anhele su presencia; que todos los habitantes del planeta se han descarriado, que no hay justo ni aún uno ni quien haga lo bueno. Dijo que el sacrificio de los impíos es abominación delante de Él. Que todos los días está airado contra el impío, que Él ha escogido desde la antigüedad a Jacob y desde la eternidad ha odiado a Esaú, asunto realizado antes de que hiciesen bien o mal, para que su propósito permaneciese en tanto que Elector, no por las obras, a fin de que nadie tenga de que gloriarse en su presencia.

En esta declaración no hay misterio alguno, pero muchos encuentran una roca de tropiezo contra la cual caen. Tal parece que los que se golpean contra esta piedra son expertos en torcer las Escrituras y es como si dijeran: las uvas están verdes. Pero la doctrina bíblica sigue resplandeciente en sus textos revelados, exigiendo de los verdaderos hijos de Dios la debida interpretación.

Un Dios soberano no tuvo en ningún momento consulta con la criatura cuyo destino fijó de antemano. El hombre fue creado y nunca consultado; el Hijo fue preparado como Cordero desde antes de la fundación del mundo, de tal forma que la caída de Adán era necesaria, no fue una posibilidad, ya que Dios no presenta planes B. Desde nuestra perspectiva humana nosotros vemos alternativas, pero desde la óptica divina seguimos un guión a la perfección. Pensemos en el caso de José cuando fue vendido por sus hermanos. Una serie de vicisitudes le acaecieron que lo llevaron de un sitio a otro y él tuvo que actuar de acuerdo a muchas circunstancias. Vemos que él decidió no acostarse con la mujer de su prójimo, que pudo interpretar sueños, que desempeñó con sabiduría el cargo administrativo que le otorgaron. No obstante, a pesar de que sus hermanos pensaron mal contra él, Jehová estaba detrás de todo ello para cambiar lo malo en cosas buenas. Lo mismo aconteció con Jesucristo, quien sufrió la burla y el sarcasmo de los malhechores, fue escupido en el rostro, obligado a cargar una corona de espinas, azotado, asesinado bajo la muerte de cruz. Pero aún la traición tenía un dueño asignado, el hijo de perdición, para que la Escritura se cumpliese.

Este Dios soberano se expone a Sí mismo en sus Escrituras; se revela sin misterio alguno. En forma plana nos educa acerca de su soberanía y su gloria, tan ligada la una a la otra que en la medida en que sea menos soberano se haría menos glorioso. Pero sabemos que Él no comparte su gloria con nadie y no da su alabanza a obras humanas (sean físicas o mentales). El hace todas las cosas según el designio de su voluntad y hace como quiere. Crea la luz y crea la adversidad, incluso ha hecho al malo para el día malo (Proverbios 16:4); y no ha acontecido nada malo en la ciudad el cual Jehová no haya hecho (Amós 3:6):  ¿Se tocará la trompeta en la ciudad, y no se alborotará el pueblo? ¿Habrá algún mal en la ciudad, el cual Jehová no haya hecho?

Ese mismo Dios ha dicho que tendrá misericordia de quien quiera tenerla, que se compadecerá de quien quiera compadecerse; pero al mismo tiempo ha declarado que ha creado vasos de ira para el día de la ira, vasos de destrucción y deshonra. Ese mismo Dios dijo que su amor por Jacob y su odio por Esaú ocurrió antes de que ellos hiciesen bien o mal, de manera que la condenación o la salvación no dependen de las obras sino del propósito eterno de Él como Hacedor de todo (Romanos 9). Ante semejante declaración doctrinal se han levantado muchos objetores, pero el mismo Espíritu que reveló tal verdad se encargó de responder a la objeción: ¿Y quién eres tú, oh hombre, para que alterques con Dios? ¿Podrá la olla de barro decirle al alfarero ¿por qué, pues, me has hecho así? ¿O no tiene poder (potestad) el alfarero para hacer una vasija para honra y otra para deshonra? ¿Y qué, si Dios soportó con mucha paciencia los vasos de ira preparados para el día de la ira?

A pesar de la declaración de absoluta soberanía de Dios, la humanidad sigue diciendo: ¿Por qué, pues, inculpa? Pues ¿quién ha resistido a su voluntad? Muchos son los teólogos que han tropezado con esta roca que representa la declaración y el derecho de Dios en relación al destino eterno de la raza humana. Estos se han ocupado de la doctrina para torcerla y para decirnos que el texto no dice lo que expresa, en contradicción con las cuantiosas referencias al mismo tema en el resto de las Escrituras. Por esta razón, entre tantas, debemos ocuparnos de la doctrina, pues haciendo esto podemos salvarnos a nosotros mismos de la malsana interpretación, de los lobos disfrazados de ovejas, de los falsos maestros  que pretenden despojar a Dios de su gloria absoluta. Pero a estos les ha acontecido lo del proverbio, la puerca lavada vuelve a revolcarse en el cieno. Asimismo, para esto fueron creados, réprobos en cuanto a fe de los cuales la condenación no se tarda. Muchos grandes teólogos de la Reforma han caído en estas rocas y han llegado a proferir insultos contra semejante Dios: tirano, merecedor del castigo eterno, ante el cual es menester abjurar. Ellos, a pesar de su conocimiento general de las Escrituras y de la soberanía de Dios, a pesar de haber anunciado durante años que creían en la predestinación como el más absoluto designio divino en materia de salvación, reniegan de la otra parte decretada y revelada por Dios: que odió a Esaú antes de que hiciese bien o mal. De esta forma, aducen que semejante Dios no merece sino repudio y tiene ante sus pies la sangre de las almas perdidas (Véase este improperio dicho por Spurgeon, en su sermón Jacob y Esaú). Pero el Dios de la Biblia no es otro, sino que de esta forma es mostrado desde el Antiguo Testamento. Semejante Dios es digno de temer reverentemente, no es diocesillo que clama por amor o porque sus criaturas le abran su corazón. De Él se ha dicho que nos ha amado (a su pueblo) antes de que nosotros podamos amarle. Él nos ha quitado el corazón de piedra y nos ha dado a cambio un corazón de carne para que podamos comprender y gustar su ley. Además, nadie puede ir a Cristo si Él -como Padre- no lo lleva. ¿Diremos que hay injusticia en Dios? De ninguna manera. Antes de juzgar a Dios -como han hecho miles- debemos preguntarnos quiénes somos nosotros para discutir con Él. Si esto hacemos obtendremos una respuesta también doctrinal: no somos nada y somos como menos que nada.

Al destronar al hombre de su centrado ego, no le queda sino inclinarse para pedir misericordia. Dios la tendrá de quien la quiera tener; pero no dará su gloria a ninguna escultura humana (sea esta incluso una escultura mental). Si este Dios revelado en la Biblia no gusta a la humanidad, ésta está en libertad para su desvarío -libertad relativa, pues para ello también fue destinada- y podrá confeccionarse un dios a su medida. Pero el Dios de la Biblia ya decretó lo que haría con esos otros dioses: no compartiría su gloria con esculturas. Por lo tanto, yerran los que tal hacen y se desvían para su propia perdición. Ocupémonos de la doctrina, porque con esto nos podemos salvar.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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