Viernes, 25 de enero de 2013

Un personaje bíblico que aparece en el libro de los Hechos resulta en un paradigma explicativo de ciertos eventos que se suceden hoy día. Se trata de Simón el mago, quien tenía un culto a su personalidad gracias a sus actos de hechicería que atraía a muchos a su alrededor. En la ciudad de Samaria todos le prestaban atención, por lo que él estaba interesado en que esto nunca se acabara. Cuando vio que los apóstoles ponían la mano sobre los creyentes y éstos recibían el Espíritu, quiso que le aplicaran esa dosis, pues de esa manera seguiría siendo el centro de atención. Si lograba la imposición de manos él podría imponerlas a los demás y transferir a otros el poder de este Dios extraño y milagroso.

Simón estaba acostumbrado a la agilidad de la magia, a esperar ese momento en que la ilusión se combina con las expectativas de la gente, para hacer sus trucos de encantamiento y realizar su número. Bajo una férrea persecución religiosa los primeros cristianos se habían dispersado, pero uno de los apóstoles acudió a la ciudad de Samaria para anunciar el evangelio del reino. Muchos gustaron de la palabra predicada acompañada del poder del Espíritu y su manifestación especial en medio de aquella iglesia incipiente. Entre los que creyeron estaba el mago Simón.

Acostumbrado a escuchar de sus seguidores, a Simón le encantaba escuchar la expresión del pueblo que decía: Ese es el gran poder de Dios. Simón engañaba a la gente y se hacía pasar por un grande en el universo de lo oculto. Pero cuando Felipe el apóstol anunció el nombre de Jesucristo, Simón creyó y se bautizó junto con muchos hombres y mujeres. Dice la Biblia que el mago estaba atónito al ver las señales y milagros que se hacían, quizás porque los comparaba con el limitado poder oculto que ejercía. Pero Samaria fue noticia por haber recibido la palabra de Dios, hecho que llamó la atención de los demás apóstoles que enviaron como emisarios especiales a Pedro y a Juan. Estos apóstoles oraron para que recibieran el Espíritu Santo, que todavía no había descendido sobre ninguno de ellos.

La costumbre de entonces consistía en orar e imponer las manos para que recibiesen el Espíritu, por lo que cuando Simón vio que por esta imposición de manos de los apóstoles se daba el Espíritu Santo le ofreció dinero a Pedro para obtener su poder. En otras palabras, supuso que con dinero compraría una prerrogativa apostólica. Se imaginó a sí mismo imponiendo manos sobre la gente, en una actividad de liderazgo que le devolvería el protagonismo que un día había tenido en Samaria y que le había arrebatado Felipe.

Lo que Simón el mago obtuvo fue una reprimenda de Pedro que ha sido muy notoria desde entonces: Tu dinero perezca contigo, porque has pensado que el don de Dios se obtiene con dinero. No tienes tú parte ni suerte en este asunto, porque tu corazón no es recto delante de Dios. Arrepiéntete, pues, de esta tu maldad, y ruega a Dios, si quizás te sea perdonado el pensamiento de tu corazón; porque en hiel de amargura y en prisión de maldad veo que estás (Hechos 8: 20-23). Ante las palabras del apóstol, Simón se asustó pues conocía del poder sobrenatural que le acompañaba. Su terror le llevó a suplicar que ellos rogaran al Señor para que nada de lo dicho le aconteciera.

La Biblia deja el relato en ese punto y no nos dice si Pedro oró a Dios por él o si permaneció en silencio. Sin embargo, por el texto escrito uno puede inferir que Simón no tenía ni parte ni suerte en el asunto del evangelio, pues su corazón estaba torcido delante de Dios. No obstante, Pedro le dio la opción del arrepentimiento, para que saliera de la hiel de amargura y de la prisión de maldad en que estaba metido. ¿Se arrepintió Simón? ¿Salió de su hiel de amargura? Su primera reacción pareciera indicarnos que sí quiso arrepentirse, pero sus palabras nos dicen que no rogó a Dios sino que pidió que lo hiciera el apóstol. Es indudable que no conocía a Jesús sino en manera referida; por eso pidió que Pedro rogara al Señor. Si fue perdonado o si continuó su vida de mago no lo sabemos. Simples conjeturas se levantaron en torno a su figura, pues se escribió de él en lo que se ha denominado la literatura cristiana primitiva, que él llegó a ser un gnóstico con doctrinas modificadas.

El hechicero de Samaria se convirtió al cristianismo, pero su atadura con el mundo del ocultismo lo exhibió como un hombre preso de su afán por ser famoso y por buscar lucrarse con los asuntos de la religión. A partir de su nombre y de su conducta se deriva un concepto nuevo, el de la simonía. Esta actividad consiste en pagar para obtener un beneficio eclesiástico. Hoy día es normal ver en la televisión a los tele-evangelistas que reciben dinero de parte de sus fieles para otorgarles bendiciones especiales. Hoy estamos en presencia de una simonía invertida, pues los predicadores se hacen ricos gracias a las muchedumbres que acuden presurosos, como Simón, con sus diezmos y ofrendas para obtener el beneficio de bendiciones especiales.

Los samaritanos tenían la información de la ley de Moisés, por cuanto formaban parte de la división que hubo entre Judá e Israel. Conocían bastante pero no lo suficiente, por ello habían mezclado la verdad con la mentira (el paganismo de entonces). Recordemos que Jesús se encontró con la mujer samaritana y le dijo que la salvación venía de los judíos, pero que ellos, los samaritanos, adoraban lo que no sabían. Este cuadro ambiental permitía que un individuo como Simón el mago floreciera en medio de la multitud y gozara de la fama de un hombre grande. Si miramos a nuestra iglesia contemporánea sumergida en el afán de ganar almas para salvarlas, hemos de darnos cuenta de la cantidad de personas que se aglomeran en los templos bajo el denominador común de una teología combinada de doctrinas bíblicas y mezclas paganas. En nuestro tiempo, la preocupación por la doctrina parece haber bajado a muy poco interés, ya que lo más relevante para los predicadores contemporáneos es la emoción y lo que ellos denominan el corazón y no la mente.

Muchos interpretan que la mente va separada del corazón y que poco importa lo que se piense o como se piense, siempre que se tenga un corazón dispuesto. Ignoran los que así piensan que Jesucristo declaró que del corazón del hombre mana la vida y la muerte (pues de dentro de él salen los homicidios y muchas maldades, por lo cual es menester cuidar el corazón, porque también de él mana la vida). De allí que la doctrina bíblica se asuma también con el corazón, y no sea posible separar el intelecto o el raciocinio del sentimiento o la emoción. Uno puede querer algo y manifestar su emoción al respecto, pero el hecho mismo de la manifestación implica un entendimiento de lo que se hace y de por qué se hace. Por ello, esta gente en las iglesias no puede validar su mezcla entre la verdad y las doctrinas extrañas y ajenas a la verdad. No es válido el argumento de yo no entiendo mucho de la doctrina pero amo a Jesús.

Ese fue el disparate de los samaritanos y también de los judíos. Ellos no amaban a Jesús porque no lo conocían, pero decían que amaban a Dios (durante el período del Antiguo Testamento). Pablo da fe de que los judíos tenían celo de Dios, pero no conforme a ciencia (Romanos 10:3); Jesucristo da fe de que los samaritanos adoraban lo que no sabían, pues la salvación venía de los judíos (Juan 4:22). Ni los unos ni los otros sabían bien lo que hacían porque les faltaba la doctrina (el conocimiento o la ciencia) acerca de la persona de Dios o de Jesucristo. Pablo le pide a Timoteo que se ocupe de la doctrina para que se salve a sí mismo y ayude a salvar a otros. Sabemos por la doctrina misma que la salvación no es posible por nosotros mismos, pero en este caso Pablo expuso la importancia vital de la doctrina al punto que dice que ella nos salva (la doctrina de la verdad); precisamente, por ser predestinados para salvación, se nos han otorgado medios para tal fin, uno de ellos es el ocuparnos de la doctrina de la redención, la doctrina acerca de quién es Dios y cuál es su evangelio. Ten cuidado de ti mismo y de la doctrina; persiste en ello, pues haciendo esto, te salvarás a ti mismo y a los que te oyeren (1 Timoteo 4:16).

La manera de frenar a los Simón el mago que se acercan por las iglesias, el mecanismo de abolir la simonía instalada en los templos, radica en ocuparse de la doctrina. Es tan importante entender que Dios nos envió a predicar este evangelio por todo el mundo, a hacer discípulos entre las naciones, pero nunca habló de insistir con las cabras. Al contrario, cuando envió a unos discípulos de dos en dos para predicar en las casas, les encomendó a retirarse y a sacudir el polvo de sus pies si adonde fueren no los recibieren. No les dijo que rogasen o insistiesen. Hoy día vemos a los predicadores rogando a las multitudes para que sean salvas de la ira venidera, pero las técnicas de manipulación de masas no fueron aportadas por Jesús, sino que éstas han sido un invento en medio de una visión doctrinal apartada de la verdad.

El evangelio se ha abaratado y las palabras de Jesús se han transmutado: ustedes adoran lo que no saben, pero no importa porque tienen un buen corazón. Eso es lo que se cree de las masas y eso es lo que se les dice. Déle a Jesucristo una oportunidad por 60 días y si no le conviene lo devuelve, fueron las palabras de Rick Warren, un predicador contemporáneo en un mensaje televisado. En la multitud de cabras siempre aparecerá un Simón mago con sus trucos para conseguir los vítores de la galería. La frontera entre religiones parece borrarse para que no se pierda el dividendo generado por la feligresía. Al proclamarse la verdad, que es lo mismo que ocuparse de la doctrina, se hieren sensibilidades y se corre el riesgo de que muchos abandonen las bancas junto con sus ofrendas.

Pedro hizo el dictamen que ha perdurado hasta nuestros días: no tienes tú parte ni suerte en este camino del evangelio, pues en hiel de amargura y en prisión de maldad habitas. Su sentencia se extiende por igual hasta nuestro tiempo, ya que no ha sido abolida. Los predicadores de esta post-modernidad pretenden ocultar los barrotes de su prisión con el festín organizado en sus cárceles de maldad; desde allí intentan suavizar su hiel de amargura al diluirla entre los que les compran sus bendiciones y oraciones. Primero el dinero, después las cosas, es una frase infeliz escuchada en uno de los tantos canales de la llamada iglesia electrónica (la de las redes televisivas de la simonía contemporánea). Simón el mago todavía es relevante en la Samaria actual, todavía es prominente y tiene la fama de un hombre grande. Samaria sigue adorando lo que no sabe, sigue combinando pedazos de verdad con doctrina pagana.

Si en Samaria o Babilonia hubiere pueblo de Dios, el llamado que Él hace es a salir de allí: Y oí otra voz del cielo, que decía: salid de ella pueblo mío, para que no seáis partícipes de sus pecados ... (Apocalipsis 18:4).

Hay pueblo que perece por falta de entendimiento (doctrina); hay ovejas que son esparcidas y arrebatadas por sus naturales depredadores. Sabemos que las ovejas propias del Pastor no serán arrebatadas de sus manos, pero el cuidado de los pastores de la iglesia no ha sido muy eficaz porque se han distraído con los circos del mundo. Ellos también son atrapados y seducidos por su propia concupiscencia y tienen pereza a estudiar la doctrina a la que han sido llamados a ocuparse. La comunión feliz de los santos se opaca por el trabajo inadecuado de estos pastores que más parecen asalariados que estudiosos de la doctrina de la verdad encomendada. Ante este panorama samaritano (de la Samaria que no sabía lo que adoraba) uno se pregunta si en ocasiones los pastores son también cabras que felices conducen a sus iguales del rebaño. Hay ovejas acorraladas en apriscos enemigos, guiadas por lobos disfrazados con piel de oveja, que en lugar de escuchar el clamor del león de la tribu de Judá escuchan al león rugiente que anda alrededor buscando a quien devorar.

Una vez más cobra importancia la encomienda de Pablo a Timoteo: ocúpate de la doctrina. La doctrina nos puede salvar del león rugiente, del lobo con piel de oveja, de los golpes de las cabras, de la mezcla doctrinal de Samaria, de Simón el mago y de la práctica de la simonía. Saber en quién hemos creído es de vital importancia para evitar caer en las trampas tendidas por los acontecimientos sociales y políticos que se dan en el mundo de hoy. Muchos suponen que han creído en Jesucristo, pero a la luz de la revelación bíblica puede resultar que creen en un dios diferente. Hay muchos Cristos, muchos falsos profetas, que van anunciando una verdad al estilo samaritano y que reparten bendiciones de acuerdo a un canon tabulado según las prácticas de la simonía. Una vez más se levanta el testimonio de Pablo, que daba fe de que los judíos tenían celo de Dios, pero no conforme a ciencia. Ese celo no sirve de nada, como tampoco sirvió la adoración de los de Samaria, que adoraban lo que no sabían. Ocuparse de la doctrina presupone un esfuerzo intelectual en el estudio de las Escrituras, en donde creemos que está la vida eterna. El espiritualismo no podrá jamás superar la solidez doctrinal, ni la  fraseología de algunos que se llaman hermanos sustituirá la envergadura doctrinal.

La gente de hoy busca ser hechizada (cautivada) por alguien que tenga una personalidad atractiva. Por eso muchos líderes aparecen para darle verbo a los deseos del corazón de la masa aglutinada que tiene comezón de oír y busca apresurada quien le presente las fábulas necesarias para calmar temporalmente sus angustias. La profecía bíblica sobre estos tiempos se cumple a cabalidad, por lo cual también la advertencia hecha por los apóstoles y por el mismo Jesús sigue teniendo relevancia. Los que no hacen caso de la palabra sino que continúan en su prisión de maldad son los que se sorprenderán en aquel día cuando el Señor les diga: nunca os conocí. Como Simón el mago, sabían de Jesús por referencia, conocían su poder a través de los actos milagrosos de los apóstoles, pero nunca pudieron hablarle personalmente porque Jesús nunca los conoció. Si el mago Simón se arrepintió y fue perdonado no lo sabemos; lo que sabemos es que en el momento en que Pedro lo confrontó estaba en prisión de maldad y en hiel de amargura. Semejantes a él son los que participan en cualquier grado de la simonía. Ocúpate de la doctrina parece ser un clamor cada vez más importante de escuchar y de poner en práctica. Dios nos ayude a ponerle atención.

 

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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