Mi?rcoles, 23 de enero de 2013

Juan fue un discípulo que dio testimonio escrito acerca de su experiencia de vida con Jesús. Inicia en su evangelio un discurso abstracto por excelencia, gracias a la lengua griega que le permite utilizar ciertos giros y vocablos no acostumbrados en la lengua hebrea. Si en hebreo Dios es roca, refugio, o se compara a un ave que cubre a sus polluelos bajo sus alas, si el alma humana es semejante a un ciervo que brama por las corrientes de las aguas, en lengua griega el Hijo ha sido nombrado como el  Logos.

En el principio era el Verbo, y ese Verbo era Dios... Pero más allá de estas abstracciones, el evangelio de Juan pone de manifiesto una teología de la salvación muy interesante, por cuanto enuncia la exclusividad de Dios en ese contexto. Es cierto que quien recibe a Cristo tiene la potestad de ser hecho hijo de Dios, pero al mismo tiempo se dictamina que el redimido no puede serlo sino en la medida en que es engendrado por Dios (Juan 1: 12-13). El Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo, es el mismo que no vino para condenar el mundo, sino para que éste fuese salvo por él. Sin embargo, vemos por la Escritura que no todo el mundo es salvo, que no todo el mundo ha escuchado el mensaje de salvación. Asimismo, dentro del mundo (Kosmos) hay mucho pecado no quitado, por lo cual se muestra una antítesis de la exposición hecha. En la teología de Juan nunca se presume una línea salvadora para toda la humanidad, sino que a una proposición de esperanza sigue una restricción semántica condicionada por la específica voluntad de Dios.

Es cierto que algunos quieren, pero no menos válido es que los que quieren son los que el Padre ha preparado para ser enviados al Hijo. También es verdad que los que van a Cristo no son rechazados, pero siempre que sean enviados por el Padre. De la misma manera existe el requisito de ser oveja para querer escuchar la palabra revelada (Juan 10:26). A pesar de creer en el Hijo, no todos los que creen son salvos:  Estando en Jerusalén en la fiesta de la pascua, muchos creyeron en su nombre, viendo las señales que hacía. Pero Jesús mismo no se fiaba de ellos, porque conocía a todos, y no tenía necesidad de que nadie le diese testimonio del hombre, pues él sabía lo que había en el hombre (Juan 2:23-25).

En el encuentro que tuvo con Nicodemo, Jesús le mostró la necesidad de nacer de nuevo. Le dijo que no bastaba con saber que Él había venido de Dios y reconocerlo por sus señales (como se mostraba en el argumento del fariseo principal entre los judíos, según el Capítulo 3, verso 2). Lo que es nacido del Espíritu, espíritu es (Juan 3: 6); Dios amó de tal manera al mundo (Kosmos) para que todo aquel que es creyente no se pierda (pisteuon es el participio presente del verbo griego usado como creer), sino que tenga vida eterna.

La condenación, le expone Jesús a Nicodemo, consiste en no creer en el Hijo de Dios, en amar más las tinieblas que la luz. La razón de no ir a la luz es porque las obras de los hombres son malas y nadie quiere que sean exhibidas por la luz (Juan 3:20). Si tenemos en cuenta que la Escritura ha declarado que no hay justo ni aún uno, que no hay quien busque a Dios, que no hay quien haga lo bueno, entonces hemos de entender que las obras humanas son malas, no son suficientes para querer buscar a Dios o salir a la luz. De manera que los que buscan la luz lo hacen porque tienen obras buenas. Pero, ¿quién puede exhibir buena obra, si todos se han desviado y no hay quien busque el bien? Sin embargo, Jesús deja ver en su explicación a Nicodemo que hay un grupo de personas que aman la luz y no temen exhibir sus obras. ¿Quiénes son estos?

Sabemos que no son seres especiales, pues todos hemos sido hechos de la misma masa (Romanos 9). Sabemos también, por el resto del evangelio de Juan y por el contexto explicado a Nicodemo acerca de la obra del Espíritu (el nuevo nacimiento), que los que van a Jesús son los enviados del Padre, que es necesario ser oveja para oír la voz del pastor. Hay una actividad del ser antes que del hacer, y este ser es por voluntad de Dios, ya que no puede el hombre recibir nada, si no le fuere dado del cielo (Juan 3:27). La exposición del apóstol Juan en su evangelio señala la intervención de Dios en la vida de los hombres, no solo en cuanto a la finalidad de la creación en donde el Verbo es por quien se hicieron todas las cosas, sino también en materia de salvación.

Existe el nuevo nacimiento como actividad exclusiva del Espíritu, ya que el ser engendrados por Dios no presupone voluntad humana.  La obra buena que se exhibe ante la luz es el corazón regenerado por el Espíritu, aquel que ha nacido de nuevo. Antes bien, queda excluida toda jactancia ya que en el paralelismo expuesto del nacer de nuevo, la imagen que se evoca es la de una persona engendrada por Dios. Si en nuestra condición biológica nosotros no tuvimos arte ni parte en nuestro propio nacimiento, y mucho menos en el hecho de que nuestros padres nos engendraran, cuánta menos participación y protagonismo hemos de exhibir en el nacimiento espiritual. La humanidad no redimida está muerta en delitos y pecados y mal puede un muerto auto-regenerarse. Además, Jesús vino a salvar a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21), por lo cual rogó al Padre por las ovejas que le había dado, por todas aquellas que llegarían a creer por la palabra de sus  primeros discípulos, mas sin embargo no rogó por el mundo. ¿Cómo pudo amar a todo el mundo sin excepción si no salvó a Judas que comía con Él? ¿Cómo pudo amar a cada miembro del mundo si momentos antes de su crucifixión intercedió por aquellos que iría a representar en la cruz (los que el Padre le había dado, los cuales incluía a los primeros creyentes y a los que habrían de creer después), mas no rogó por el mundo? Jesús hizo una separación clara entre su pueblo y el mundo: Yo ruego por ellos; no ruego por el mundo, sino por los que me diste; porque tuyos son (Juan 17:9).

Las ovejas de Jesús oyen su voz, le siguen, son conocidas y llamadas por su nombre, son propias del Pastor. Esas ovejas no siguen al extraño, sino que huyen de él, porque no conocen la voz del extraño (Juan 10:1-5). Por eso Jesús puso su vida por las ovejas, no por los extraños (Juan 10: 11). Yo soy el buen pastor; y conozco mis ovejas, y las mías me conocen, así como el Padre me conoce, y yo conozco al Padre; y pongo mi vida por las ovejas (Juan 10: 14-15).

La proposición de Jesús aclara la disposición del Padre de amar al mundo. ¿A cuál mundo amó de esa manera? A nuestro mundo, pero eso no presupone que haya amado a cada miembro de la raza humana. Antes bien, a Jacob amó mas a Esaú aborreció, antes de que hiciesen bien o mal (Romanos 9: 13). De manera que la Biblia no puede contradecirse, aunque aparezcan objetores. Los que no creen ni creerán jamás como ovejas propias son aquellos cuyos nombres no están escritos en el libro de la vida del Cordero (Apocalipsis 13: 8 y 17: 8), los cuales son los extraños, las cabras, la cizaña, los Esaú del mundo, los réprobos en cuanto a fe de los cuales la condenación no se tarda (2 Pedro 2: 3). Ellos representan el mundo por el cual Jesús no rogó (Juan 17: 14); de manera que hay un mundo al cual el Padre amó de tal manera (Juan 3: 16), pero también hay un mundo por el cual Jesús no rogó ante el Padre. Estos son dos mundos distintos de los cuales nos enseña Juan en su evangelio, que conviene tener claro en nuestra mente para no desviarnos de la sana interpretación de las Escrituras.

Os lo he dicho, y no creéis; las obras que yo hago en nombre de mi Padre, ellas dan testimonio de mí; pero vosotros no creéis, porque no sois de mis ovejas, como os he dicho. Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen, y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre que me las dio, es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre. Yo y el Padre uno somos (Juan 10: 25-30). Estas son palabras de Jesucristo que conviene tener presentes en nuestra vida bajo cualquier circunstancia. Las ovejas que el Padre le da al hijo no perecerán jamás ni nadie tiene el poder de arrebatárselas de la mano al Hijo. Ni siquiera la misma oveja tiene la potestad de irse, por cuanto ella también está incluida en la expresión nadie. Asimismo, Pablo nos lo resalta en Romanos 8: 38-39: Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro. Recordemos que las ovejas son cosas creadas o son criaturas de Dios, por lo tanto no podrán ellas mismas huir del Buen Pastor porque los dictámenes o promesas de Dios son absolutamente ciertas.

El mandato de anunciar el evangelio por todo el mundo tiene su propósito eterno. Sabemos que no existe mecanismo diferente al escuchar el evangelio para poder entender la palabra de la revelación y llegar a ser salvos. Pero más allá de este propósito para con los elegidos, también está el testimonio de la luz que vino al mundo al menos en dos maneras: como Jesucristo el enviado y como la revelación de Dios en su creación:  porque lo que de Dios se conoce les es manifiesto, pues Dios se lo manifestó. Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas, de modo que no tienen excusa (Romanos 1: 19-20). Entendemos que la palabra de Dios sale para hacer aquello para lo que fue enviada, y no regresará vacía, sino que hará lo que tenga que hacer. En unos produce la vida eterna, en otros más endurecimiento y provoca mayor castigo. Ciertamente el Dios de la Biblia no es popular, a pesar del intento de los falsos profetas, aquellos que hacen mercadería de la masa cristiana, los que pretenden mostrar un evangelio diferente.

El mensaje de la cruz es que Cristo murió por su pueblo, que salvará a muchos, que todo aquel que le invoque de veras tendrá la vida eterna. El mensaje de la cruz no consiste en agradar a las multitudes con un evangelio diferente, pues Jehová no pretende dar a otro su gloria, ni compartirla con ninguno. Él es soberano y hace como quiere; a unos endurece y a otros muestra misericordia. No obstante, sigue llamando de acuerdo a su plan eterno y a nosotros no nos toca sino anunciar este evangelio, no otro evangelio. El que creyere será salvo, pero el que no creyere ya ha sido condenado. No sabemos quiénes son los que habrán de creer, solamente conocemos que los que creen lo hacen por obra sobrenatural del Espíritu. Tampoco sabemos cuándo habrá de creer el elegido para salvación, pero sí sabemos que lo hará dentro de las condiciones establecidas como mecanismo de salvación.

La presentación de la verdad bíblica produce en algunos un olor grato de gloria, pero en otros un olor fétido de perdición. El profeta Isaías exclamó: si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones. No se trata de jugar con Dios y de dejar su proposición en espera a ver si uno es o no es elegido para salvación. Cuando la persona cree descubre que había sido elegido, pero nunca lo descubre antes, ya que no las cosas espirituales han de ser discernidas espiritualmente, y mientras no haya nacido de nuevo no podrá disfrutar de tal discernimiento. Ante la duda, existe un caso de una persona que quería ser sanada y le dijo a Jesús: creo, ayuda a mi incredulidad. El Espíritu de Dios abrirá el entendimiento espiritual de quienes quiere redimir; no hay otra forma, pero le antecede la predicación del evangelio, asunto que hacemos. Más allá de esta predicación la obra de la salvación sigue siendo sobrenatural. En la eternidad y en el tiempo Dios ha querido manifestar su sabiduría y su amor llevando esta salvación tan grande a su manada pequeña. Por eso, si oyes hoy su voz, no endurezcáis tu corazón.

Dos mundos están expuestos ante nosotros, y Dios es quien llama de un mundo hacia el otro, donde no hay vuelta atrás. Los mecanismos que Él emplea incluyen la predicación del evangelio, pero las circunstancias aplicadas a cada oveja pueden no ser siempre las mismas. A unos llama desde temprano, a otros en forma tardía en su vida. El ladrón en la cruz fue un ejemplo claro de un llamado al final de la existencia; pero Juan el Bautista fue llamado desde el vientre de su madre, ya que saltó de alegría al reconocer al Mesías cuando estaba en el vientre de su madre. En ambos el llamamiento fue eficaz y oportuno. El anuncio de la verdad produce alegría al anunciante, pero conlleva más gozo hacia el cielo cuando un pecador se arrepiente ante este anuncio.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 11:38
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