Martes, 22 de enero de 2013

En la carta a los romanos, Pablo menciona, de manera retórica, a un personaje que podemos llamar el objetor. Dicho nombre proviene de su actividad, ya que es quien objeta la acción de Dios o quien se opone y protesta el decreto de Dios. Dos versos del capítulo 9 apuntan a la humanidad representada en ese actor que lucha en forma lógica contra el acto libre de la predestinación: el 14 y el 19. ¿Qué, pues, diremos? ¿Que hay injusticia en Dios? (14) ... Pero me dirás: ¿Por qué, pues, inculpa? porque ¿quién ha resistido a su voluntad? (19).

El verbo objetar significa oponer reparo a una opinión o designio; acogerse a la objeción de conciencia (Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española). El apóstol se inventó esta figura para ilustrar la conciencia humana que se levanta en contra de la tesis o doctrina bíblica de la predestinación. En el verso 14 se usa un plural de primera persona, en el que en forma política se incluye al autor de la carta; en el verso 19 el apóstol se deslinda del objetor, quien es una segunda persona singular. Tal vez Pablo se incluye en la primera aparición de la objeción porque este pensamiento puede llegar a cada cristiano, cuando examina el texto referido. Sabemos por los versos subsiguientes que el apóstol ha determinado con explicación bíblica que Dios no tiene injusticia alguna, ya que la misericordia divina la da a quien quiere. De igual forma ha dado ejemplos del asunto, con especial mención al Faraón de Egipto, quien había sido escogido por Dios para mostrar públicamente Su poder y anunciar Su nombre. El método declarado fue el endurecimiento del mandatario mientras esclavizaba al pueblo de Israel.

Pero una vez expuesta la primera objeción y aclarada la respuesta del Espíritu, el apóstol se deslinda del objetor en su segunda intervención (verso 19).  La objeción clara es que Dios no puede inculpar a quienes Él mismo ha endurecido, como se explica en el caso de Faraón. Esta es la acusación máxima contra Dios y su mundo ético. No tiene sentido en la mente de los opositores el que Dios inculpe a quienes Él mismo ha endurecido, pues nadie puede resistir a su voluntad. En otros términos, este objetor reconoce la potencia divina y la más absoluta impotencia humana frente a la voluntad recia del Creador. Al reconocer Su poder, sin embargo, no reconoce Su justicia. Dios no es justo, aunque es Todopoderoso, parece decir con su argumento. ¿Qué puede hacer la pobre criatura humana frente a un Dios tan fuerte? ¿Dónde está su amor para con toda la humanidad? ¿Por qué, pues, inculpa?

En este momento, Pablo se confronta contra el objetor, indicándonos que su participación colectiva anterior se hizo para explicar al creyente las enseñanzas del Antiguo Testamento. Ahora no hay más referencia inmediata a textos de la Escritura, sino un enfrentamiento al objetor: ¿Quién eres tú? ¿No tiene potestad el alfarero sobre el barro? ¿Y qué ...? (¿Cuál es el problema?). Dios hace vasos, unos para honra y otros para deshonra. De la misma forma se dijo un poco antes, cuando se hizo referencia al destino marcado de Jacob y Esaú, antes de que ellos hiciesen bien o mal, de manera que no fue por las obras de ellos que se escogieron para fines opuestos, sino por la voluntad imperativa y absoluta del Elector.

La respuesta de Pablo parece estar en la misma tónica de la que diera Jesucristo a un grupo de seguidores: ¿Esto os ofende? (Juan 6: 61). La multitud había dicho que esa palabra de la predestinación enseñada por el Maestro era muy dura de oír (Jesús les había dicho que no podían ir a Él si el Padre que le envió no les trajere). La consecuencia de su exposición se tradujo en que muchos de sus discípulos se volvieron atrás y ya no andaban con Él (Juan 6: 66). Pablo al confrontarse con el objetor lo espanta, no trata de seducirlo ni ablandarlo, simplemente lo sopesa y le muestra la voluntad divina respecto a él mismo: ¿Quién eres tú, para que alterques con Dios? Si esto te ofende, el que Dios haya escogido a unos para destrucción y a otros para mostrar su misericordia y amor, entonces tendrás una sola salida posible: no andar con Jesús, como les sucedió a aquellos discípulos que se reseñan en Juan 6. Después de esa aclaratoria, Pablo expone algunos textos de Oseas y de Isaías en referencia a lo que acababa de decir. También Isaías clama tocante a Israel: Si fuere el número de los hijos de Israel como la arena del mar, tan sólo el remanente será salvo; porque el Señor ejecutará su sentencia sobre la tierra en justicia y con prontitud.

En otros términos, Dios continúa siendo justo, a pesar de la opinión de los objetores. La doctrina de la elección de Dios en base a su propia voluntad, no en base a las obras humanas, es muy clara en las Escrituras. Lo que sucede es que molesta y parece antipática dentro de la herencia humanística de la iglesia. Por eso no gusta y se prefiere no enseñar, pero eso es un gran error. Todo el consejo de Dios ha de ser predicado, de manera que ocultar una parte de él es pecado de desobediencia. Sin embargo, ante este pecado se añade el de torcer a las Escrituras, cuando se intenta hacer decir lo que no se dice, y callar lo que no se calla.

Muchos llamados cristianos asumen que Dios tiene misericordia de quien quiere, dentro de la humanidad caída, pero que no endurece sino a los que ya se han endurecido a sí mismos. Con este argumento pretenden convencer que la elección divina es distinta a como el Espíritu ha enseñado a través de Pablo. El castigo eterno de Dios es un problema judicial ante el hombre caído. Sin embargo, este suavizar de la doctrina muestra su debilidad por ser contrario a las Escrituras, ya que fue antes de que Jacob y Esaú hiciesen bien o mal que Dios los apartó para fines opuestos. A uno amó y al otro odió, antes de que hiciesen bien o mal, para que prevaleciese el llamado por el que llama y no en base a las obras (Romanos 9: 11). Y esta elección eterna e incondicional no se hizo porque Dios previó que unos habrían de creer mientras otros no lo harían, sino porque Él lo decretó de esa manera. Su soberanía absoluta le honra y le da gloria, no su soberanía parcial.

El texto de la Escritura sigue apareciendo en el mismo sitio, no ha podido ser removido pese a la más feroz persecución ideológica en contra de la soberanía divina en todos los renglones de la existencia humana. Dios puede crear truenos, hacer lunas, crear al hombre, pero no puede irrespetar la libre voluntad humana. Con mi libre albedrío no te metas, parecieran gritar llenos de ira esos creyentes y discípulos, similares a los descritos en el capítulo 6 del evangelio de Juan. Sea maldito cualquiera que niegue el libre albedrío, y que diga que el hombre no coopera en su salvación dice uno de los artículos emanados del Concilio de Trento en contra de la Reforma Protestante. Tal parece que muchos cristianos tienen miedo de la maldición romana y han abandonado esta doctrina bíblica. A ellos les ha acontecido lo del proverbio: la puerca lavada vuelve a revolcarse en el fango.

Porque esto vino de Jehová, que endurecía el corazón de ellos para que resistiesen con guerra a Israel, para destruirlos, y que no les fuese hecha misericordia, sino que fuesen desarraigados, como Jehová lo había mandado a Moisés (Josué 11:20). Si un hombre peca contra otro hombre, Dios lo juzgará a él. Pero si un hombre peca contra Jehová, ¿quién rogará por él? Pero ellos no oyeron la voz de su padre porque Jehová había decidido ponerlos para muerte (1 Samuel 2:25). Por esa razón los hijos de Elí no escucharon a su padre, de manera que por su desobediencia Dios les mandó la muerte. ¿Qué puede hacer el objetor sino decir cosas contra Jehová, para lo cual también ha sido puesto? Pues Dios soporta con mucha paciencia los vasos de ira preparados para el día de la ira. De semejante manera le aconteció al rey de Asiria, la vara y báculo del furor de Dios. Este rey sería enviado para quitar despojos, arrebatar presa sobre el pueblo de la ira de Jehová. Pero el rey no lo pensaría de esa forma, ni se imaginaría que había sido enviado. Sin embargo, Jehová habría de castigar el fruto de su soberbia, pues con la gloria de la altivez de sus ojos había dicho: Con el poder de mi mano lo he hecho, y con mi sabiduría, porque he sido prudente (Isaías 10: 5-15)

Un indicador de que se ha nacido de nuevo es el aceptar de buena gana la voluntad de Dios. Tu pueblo se te ofrecerá voluntariamente en el día de tu poder, en la hermosura de la santidad. Desde el seno de la aurora tienes tú el rocío de tu juventud (Salmo 110:3).  Los discípulos de Jesús que se volvieron atrás lo hicieron en nombre de su libre albedrío, pues vieron que la palabra predicada era dura de oír, ya que se sintieron ofendidos por su contenido. De seguro pensaron que si seguían a Dios solamente porque esta era Su voluntad, su libre albedrío se vería disminuido. Sin embargo, no se dieron cuenta de que precisamente hacían exactamente lo que estaba escrito de ellos: que habían sido puestos en deslizaderos, que serían menospreciados por Dios, que nunca habían sido objeto de su amor. Ellos formaban parte de los Esaú del mundo, por quienes Cristo nunca habría de rogar: Yo ruego por los que me diste, no por el mundo (Juan 17).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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