Martes, 22 de enero de 2013

Dios no es un Dios de confusión, sino de paz (1 Corintios 14:33). Tal es la aseveración bíblica para recalcar que bajo ninguna circunstancia podemos aducir que el Logos eterno pueda abrigar un ápice de perturbación en sus decretos o en su sabiduría. Por tener el atributo de un Ser perfecto se supone que todo lo que Dios hace obedece a un plan eternamente perfecto. Pero esta argumentación conlleva elementos de importancia en nuestro diario vivir. Se implica del texto que la presencia de la confusión hace que la paz se esfume o se aleje del confundido. Si Dios es lógico y si ama la cordura, entonces donde hay confusión e intranquilidad es notorio el Dios ausente.

La presencia de Dios más que una manifestación física es una característica de armonía espiritual. Los que tenemos el Espíritu de Cristo no podemos vivir en la ausencia de paz o andar confundidos. Cuando un argumento no es claro se dice que es confuso, esto es, se fusiona con elementos de incoherencia. El antiguo Derecho romano hablaba de la confusio para indicar el hecho de que un deslizamiento de tierra se había unido a otra tierra adyacente que por ley pertenecía a linderos diferentes. Esto permitía catalogar el problema como una confusio y darle el tratamiento que la ley exigía.  Supone, de igual forma, el modo de extinguirse las obligaciones por reunirse en una misma persona el crédito y la deuda. Nuestra lengua distingue varias acepciones para el verbo confundir, íntimamente ligado a la confusio: Mezclar, fundir cosas diversas, de manera que no puedan reconocerse o distinguirse. Perturbar, desordenar las cosas o los ánimos.

Dios no perturba ni desordena, simplemente da paz (al menos esta ha de ser una premisa derivada del argumento de Pablo, pues en los creyentes se implica que por el Espíritu de Cristo se es de Él). Al interpretar hemos de actuar con lógica, con inteligencia (del intelecto), sin que el pietismo exacerbado amague con izar la espiritualidad como signo de la ignorancia. Nada más lejos que la ausencia del valor intelectual en la debida interpretación bíblica, ya que acá es donde comienzan los desmanes en la elucubración. La paz de Dios no es mágica, sino adquirible como fruto de la comunión con Él, como una dádiva o recompensa a todos aquellos que oran (Juan 14:27 y Filipenses 4:7). El orar no ha de ser un acto irracional sino una actividad coherente en donde convergen el espíritu, el alma, la mente y el cuerpo. Me refiero al cuerpo porque estamos en esta dimensión física del espacio-tiempo y éste ha sido nuestra casa del espíritu, si bien entendemos que habrá de ser transformado con la resurrección o levantamiento hacia los cielos.

Hay quienes  apuestan a sentirse más espirituales que otros, gracias a una disparatada conciencia acerca de lo que es el estudio, la academia o el desarrollo intelectual. Ninguna de esas personas ha abrigado la idea de oponerse a la adquisición de una lengua, o de aprender a leer y a escribir para poder leer y comprender la palabra revelada. Pero suponen mal si allí se quedan y mal entienden que lo espiritual cabalga en forma independiente al entendimiento o al ejercicio de nuestro intelecto. El ser letrado no garantiza la comprensión espiritual, pero el ser espiritual presupone ser letrado o docto en la palabra revelada. Para instruirnos de esa palabra hay que hacer esfuerzos intelectuales: ¿quién se atrevería a decir que leer la Biblia no es una actividad donde se requiere el intelecto? ¿De qué presumen los que separan lo espiritual de lo intelectual? No hay tal cosa como una actividad paralela en la manifestación del Espíritu. Si la fe viene por el oír, entonces el sentido auditivo cobra importancia en su aporte instrumental a la actividad intelectual, como es el discernir los sonidos.  O tal vez la persona no oye, pero puede leer y escuchar internamente lo que dice el texto. O es posible que ni oiga ni vea pero en alguna manera alguien le haya expuesto lo que es el evangelio y eso se haya convertido en el enlace intelectual entre el Espíritu y la fe. Por ello, lo espiritual es una actividad inseparable de nuestro quehacer intelectual.

Ciertamente hay confusión cuando un pastor o un predicador arremete desde el púlpito contra cualquiera de las funciones intelectuales que usa nuestro cerebro en la comprensión del mensaje revelado encontrado en las Escrituras. No hay paz en la mente del que habla tales incoherencias, y suena a andar en consejo de malos el escuchar semejante mentira expuesta bajo el manto de la autoridad espiritual.

Un obrero construye una casa gracias a su capacidad de discernimiento para diferenciar un material de otro, una pala de una cuchara, una viga de una columna. Siempre está presente en nuestras vidas la actividad biológica del cerebro en interacción con nuestra cultura, para lograr un resultado de eso que solemos llamar el intelecto.

Si el intelecto está presente en las cotidianas cosas que hacemos, cuánto más presente no ha de estar si tocamos la esfera de lo espiritual. Presumir que está ausente es mostrar ignorancia y carencia de respeto por los valores del Espíritu, ya que el Padre, el Hijo y el Espíritu son uno solo, y Jesucristo fue llamado el Logos, la Palabra, el Verbo. De manera que el Logos eterno no puede estar reñido con el razonamiento -que es una actividad intelectual por excelencia- por lo cual resulta esperanzador recurrir a este lugar común antes que entregarse a perecer ante la confusión que ahuyenta la paz.

Si Dios es un Dios de orden (no de confusión) y de paz, tenemos la garantía del buen uso de nuestros argumentos a favor de la inteligencia. La Biblia está repleta de ejemplos relacionados con la inteligencia y con la sabiduría que viene de lo alto. Nunca podríamos asumir que la actividad del espíritu marcha en forma paralela a la actividad del raciocinio. Ambos se combinan y se ayudan, para perfeccionar nuestro conocimiento. De igual manera, si las cosas espirituales se disciernen espiritualmente, el discernir es una actividad intelectual al servicio de lo espiritual. Pensar implica discernir,  distinguir algo de otra cosa, señalando la diferencia que hay entre ellas. Las cosas espirituales se piensan o disciernen espiritualmente.

No despreciemos el intelecto, ya que también es una obra de Dios. Todo lo que Él ha hecho es bueno en gran manera y para probarlo hay que pensar y argumentar, para lo  cual es necesario tener nuestra habilidad intelectual desarrollada.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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