Martes, 15 de enero de 2013

Muchos presuponen que el comunismo sale de la Biblia, con aquella práctica de vida en la cual los primeros creyentes tenían todas las cosas en común. El libro de los Hechos señala que los cristianos vendían sus propiedades y le daban a los apóstoles el dinero para que lo repartieran de acuerdo a las necesidades de cada hermano. De esta forma nadie padecía por insatisfacción del sustento básico. Muy a menudo se oyen prédicas que ensalzan tal costumbre, quizás con la añoranza de que hoy día algo semejante pueda ocurrir. Aquella época era encomiable: No había entre ellos ningún necesitado, porque todos vendían sus heredades o casas y las traían a los pies de los apóstoles (Hechos 4: 34) ... y tenían todas las cosas en común (Hechos 2:44).

También dice la Biblia que aquellos eran de un mismo sentir. De manera que la práctica social de tener las cosas en común se basaba en varios principios: 1) ser de un mismo parecer; 2) la presencia apostólica (a los pies de los apóstoles); 3) una clara comprensión del evangelio. Sin embargo, para los que todavía no ven sino rosas en la iglesia primitiva, fueron los mismos apóstoles quienes escribieron advertencias contra la apostasía en aquel momento. Juan, por ejemplo, dijo que ya habían salido muchos anticristos, que había personas que decían creer pero que negaban que Jesucristo había venido en carne (los gnósticos). Asimismo, este apóstol nos dejó el texto referido a los creyentes falsos que estaban con nosotros, pero que no eran de nosotros.

Pablo también dio claras advertencias en relación a los problemas en iglesia naciente (o iglesia primitiva). El que no trabaje que no coma (2 Tesalonicenses 3:10), se atrevió a decir, en contra de la práctica que dentro de la institución tenían muchos hermanos al atenerse a la caridad de los demás. También dejó recomendaciones específicas para la Comunión o denominada Santa Cena, pues muchos iban a comer y a emborracharse, no a hacer memoria del sacrificio de Cristo en la cruz (1 Corintios 11:20-22). La moral de la Iglesia en Corinto es un ejemplo de la crisis ética de ese reciente grupo. Pedro habló de los indoctos que tuercen las  Escrituras para su propia perdición (2 Pedro 3:16).  Santiago también advirtió sobre los problemas emergentes dentro de las primeras congregaciones: Hermanos míos, ¿de qué aprovechará si alguno dice que tiene fe, y no tiene obras? ¿Podrá la fe salvarle? Y si un hermano o una hermana están desnudos, y tienen necesidad del mantenimiento de cada día, y alguno de vosotros les dice: Id en paz, calentaos y saciaos, pero no les dais las cosas que son necesarias para el cuerpo, ¿de qué aprovecha? Así también la fe, si no tiene obras, es muerta en sí misma (Santiago 2:14-17).  Por eso la fe ha de ser sin acepción de personas, de manera de no adular a los más aventajados en dinero o mirar con agrado la apariencia, pues, al contrario, Dios eligió a los pobres de este mundo para que fuesen ricos en fe.

El autor de Hebreos hace toda una exposición en contra del hábito de la judaización de esos primeros creyentes, de entre los cuales había muchos que llamándose cristianos pretendían seguir con la tradición judaica, de manera que se atrevían en su presunción a sacrificar de nuevo a Cristo, como si tal cosa fuese posible. Judas también habló para exhortar a los hermanos, de manera que contendáis ardientemente por la fe que ha sido una vez dada a los santos. Porque algunos hombres han entrado encubiertamente, los que desde antes habían sido destinados para esta condenación, hombres impíos, que convierten en libertinaje la gracia de nuestro Dios, y niegan a Dios el único soberano, y a nuestro Señor Jesucristo (Judas 1:3). Está hablando en tiempo presente durante su época, de manera que esos problemas ya se estaban manifestando entre los miembros de las congregaciones.

Hoy día nos enfrentamos a una situación altamente problemática y peligrosa, la pasión por la justicia social camuflada bajo la participación política, en la pretensión de dar solución a la escasez económica de muchos, debido al monopolio de unos pocos. En apariencia se ve como una causa de admiración, pero las palabrerías huecas se evidencian con el acto de quitarle a otros lo que han obtenido como producto de su trabajo, para otorgarles dádivas a los más necesitados. En ocasiones estos necesitados lo son de oficio, no siempre, si bien no todas las veces se despoja a los usureros lo que han obtenido con la sustracción indebida del dinero del Estado. El comunismo ha pretendido presentarse como la solución al desequilibrio económico de la sociedad. Se ha entendido como organización social y económica, es una asociación basada en la comunidad de los medios sociales de producción y los bienes que con ellos se producen, mediante la participación directa de sus miembros en un ámbito de vida colectiva. Desde el plano socio-político comprende la tesis marxista que ha prevalecido sobre gran parte de la humanidad como sustento ideológico. En este punto cabe bien preguntarse quién fue el creador de la ideas que son conocidas hoy día como marxismo.

Carlos Marx, fue un hijo de un emblemático protestante, sin embargo, su fe cristiana mostró ser una costumbre educativa adquirida bajo la tutela del hogar. Desde su juventud abandonó lo que había creído y se entregó por completo a la adoración satánica. De allí que resulte contradictorio el deseo de fusionar el evangelio con el marxismo. La práctica primitiva de tener todas las cosas en común pasaba por darse en una iglesia de un mismo sentir, bajo la administración apostólica y en el concierto de la visión prístina del evangelio. Conocemos que esa práctica fue abandonada como institución, pues los problemas que afloraron en la temprana iglesia daban testimonio de que la vieja naturaleza humana batallaba con firmeza contra el nuevo corazón implantado por Dios. Suponer que es posible retomar ese ideal para concretarlo en una mixtura ideológica con una doctrina opuesta a la tesis evangélica, como lo es el marxismo, es un oxímoron conceptual.

Marx (Karl Marx) escribió en su juventud un poema que le dio inicio oficial a su camino por el cual también sería conocido. Dijo: Quiero vengarme de Aquel que reina arriba ...  Levantaré mi trono bien alto, fría, tremenda será su cumbre... (Invocación de un desesperado, p.30). Pareciera existir una similitud con lo descrito por Isaías, cuando refirió a Lucifer las palabras archiconocidas: En lo alto, junto a las estrellas de Dios, levantaré mi trono (Isaías 14:13).  La deificación del hombre es uno de los aspectos más relevantes del satanismo o del ocultismo. Y seréis como dioses, fue la frase aplicada por la serpiente para seducir al hombre; hoy día continúan los líderes del mundo gozándose en el reconocimiento que le hacen las masas dirigidas, mientras también procuran ellos mismos seguir a otro más notorio. En un poema de Marx, llamado Orgullo Humano, leemos: Con desdén tiraré mi guante/duro como la cara del mundo,/y veré el colapso de este pigmeo gigante/cuya caída no sofocará mi ardor./ Entonces recorreré como un dios victorioso/entre las ruinas del mundo/ y, dándole a mis palabras activa fuerza,/ me sentiré igual al Creador (Karl Marx, ¨Menschenstolz¨-Orgullo Humano- MEGA, I, i (2), pág. 50).

Cuando Dios dijo que resistía a los soberbios y daba gracia a los humildes, estaba afianzando su doctrina acerca de que no daría su gloria a otro, que no compartiría con nadie lo referido a su grandeza. Por eso Lucifer fue expulsado de los cielos, porque quiso ser como Dios. Satanás se enfrentó a Jesucristo en el desierto para tentarlo y en una de sus tentaciones le propuso darle los reinos de la tierra si postrado le adoraba. Es notorio el hecho de que Jesucristo no le refutara la pertenencia de tales reinos, sino el que la adoración ha de ser solamente para Dios. Este hecho implica que los gobiernos de los países y naciones le pertenecen al príncipe del mundo, sin menoscabar la autoridad divina del Todopoderoso en conducir el mundo bajo sus planes y propósitos eternos.

No en vano se dijo en las Escrituras (Romanos 9) que Dios ha soportado con mucha paciencia los vasos de ira preparados para ira y destrucción, por cuanto cualquiera de esos vasos está repleto de blasfemias, frases de enojo y rabia contra el Omnipotente. ¿Por qué, pues, inculpa? Pues, ¿quién ha resistido su voluntad? Por eso sabemos que desde el plano de la absoluta soberanía de Dios el mundo marcha de acuerdo a como Él ha dispuesto, sin quitar por eso la responsabilidad que el hombre tenga en su goce temporal con el mal. La mezcla religiosa entre el comunismo y cualquiera de sus formas con el evangelio declarado en la Biblia forma parte del plan de Dios para las naciones; sin embargo, cada participante en ese desvarío conceptual se hace responsable de pretender dañar la pureza del  mensaje de salvación. Esta clara idea bíblica exacerba a los enemigos de la cruz, por lo tanto se enojan y muestran sus puños contra la religión infranqueable del evangelio. ¿Por qué, pues, inculpa?, vuelven a decir una y otra vez, para pretender inocencia en aquello que gustosos hacen y practican. 

La mezcla religiosa y política tiene varias superficies, pasa por elegir un modelo político económico como el ideal, esgrimiendo los conceptos bíblicos que podrían apoyarlo. Aunque todos puedan ser falsos, unos son más peligrosos que otros. La teología de la liberación es un subproducto del intento de aglutinar el evangelio con el marxismo. En ella se proclama un nuevo paraíso terrenal que es el comunismo, con una serpiente  que representa al capitalismo. Moisés viene a ser el modelo liberador, el revolucionario, que recibió de Jehová el mandato de sacar a su pueblo de Egipto (Exodo 3:10).  La opresión faraónica, altamente despótica, es por extensión el yugo político que somete a la humanidad, por lo tanto hay que luchar contra tal opresión. El cuadro general es presentado fuera del contexto, pues si bien Moisés se constituyó en el líder enviado por Dios ante su pueblo, no hizo nada por la fuerza de la violencia humana sino todo bajo la dirección divina. Ni un arco ni una flecha fueron disparados por los israelitas en el intento de ser liberados de Egipto; antes bien, fue Jehová quien peleó la batalla. El modelo bíblico no se ajusta al modelo simulado de la teología de la liberación.

Conviene estar atentos a lo que enseña la Biblia en materia política, pues muchas falsas doctrinas han sido manifestadas por indoctos que pretenden torcer las Escrituras para su propia perdición. Es cierto que el enemigo de las almas anda como león rugiente buscando a quien devorar, pero también es cierto que le será dado solamente el tratar de engañar a los escogidos, no el poder engañarlos. Eso es lo que enseña la Biblia: Porque se levantarán falsos Cristos y falsos profetas, con señales y prodigios, que tratarán de engañar, si les fuere posible, aún a los escogidos (Marcos 13::22). El engaño no puede ser posible sino en aquellos que presumen de ovejas pero que no son las propias del Señor, pues el mismo Buen Pastor lo dijo claramente: Mas al extraño no seguirán, sino huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños (Juan 10:5).

En forma clara la Biblia asegura que no seremos engañados aquellos que seamos escogidos para salvación. De nuevo la pregunta del opositor, del objetor de Dios: ¿Por qué, pues, inculpa? Pero la respuesta del Espíritu ha sido siempre la misma: ¿Y quién eres tú, para que alterques con Dios? (Romanos 9). Resulta indudable que las advertencias puestas en nuestro camino son una valiosa ayuda para ocuparnos de la doctrina que nos ha sido declarada en la Biblia, pues el elegido tiene un camino que recorrer, ya que habrá de oír el evangelio, ser guiado por el Espíritu y ser enseñado en la doctrina de Cristo (Juan 16:14 y 14:26). No existe una salvación por arte de magia, sino que Aquél que predestinó el fin predestinó también los medios para ser salvos. Y esos medios han sido declarados en las Escrituras.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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