Domingo, 06 de enero de 2013

Dentro de los creyentes es común encontrar dos causas que generan impaciencia. La primera pudiera ser la prosperidad de los impíos, mientras que la segunda está ligada a la respuesta de Dios a sus oraciones. Normalmente, dentro de un mundo que presiona por la ansiedad en que vive, es natural encontrar a la gente angustiada por lo que acontece en el planeta. Cuando se leen las noticias del día a día, lo que se despierta es zozobra por la falta de seguridad en las relaciones  entre los países, así como entre los ciudadanos. La actividad de las personas se ve influenciada por todas las circunstancias de estrés que provoca un mundo convulsionado por la maldad.

¿Quién controla el universo? Las leyes físicas, responde la ciencia. Más allá de esa verdad, el creyente comprende que existe un Creador que ha hecho esas leyes y que es el responsable de todo cuanto sucede. Pero poco nos inquieta si el sol se va enfriando o si no existe vida en otros planetas. Sin embargo, cuando hablan del calentamiento global, de la rotura de la capa de ozono, entonces puede ser que los más avezados en tales conocimientos se inquieten.

Pero lo que sí parece ser un malestar común es la toma de conciencia del alto costo de la vida. Saber que nuestro salario no alcanza para los gastos más elementales nos produce ansiedad. El cristiano tiene el refugio de la oración, en la cámara secreta con el Padre. No obstante, cuando sale de ese lugar, la impaciencia lo embarga al comprender que trabaja y vive en un mundo gobernado por seres tramposos, ávidos de dinero, dentro de ciudades y países conducidos por políticos que hacen de acuerdo a los intereses del mercado, de la sociología popular y de la ética cambiante y relativa del hombre contemporáneo.

Es una serpiente de muchas cabezas con la que el hombre de hoy tiene que enfrentarse. El cristiano no escapa a esas batallas, máxime cuando también participa en el regocijo de las cuotas de placer que le otorgan los centros de entretenimiento más comunes de los ciudadanos: la televisión y el internet. Imposibilitado de aislarse del mundo vive atado a una serie de valores que están en pugna con la ética bíblica. El Dios a quien dice servir se ve muy rígido con su propia ética y la cámara secreta parece un lavatorio de culpas. Es en esta coyuntura que vive su peor momento frente a la impaciencia por las oraciones que no son respondidas. Sin embargo, logra ver que aquellos que controlan la administración del mundo prosperan en casi todos sus caminos.

Los íconos de la televisión son hermosos, llenos de dinero, con preocupaciones muy distintas a las suyas. Ellos se inquietan por cómo demostrar de una manera más impactante quién será su próxima pareja, cuál será el nombre de su próximo hijo. Aún la muerte de alguno de ellos es noticia celebrada con dolor por la pérdida que supone la desaparición física de un semi-héroe. Los personajes de la Biblia corresponden a épocas muy distantes y conforman el entorno de una nación que no tiene mucho que ver con las nuestras.

Cuán pesado se le hace al cristiano seguir adelante con su fe, confiando en que lo que se narra en el gran libro que conoce tiene la importancia necesaria para ser tomado en cuenta. ¿Le responderá Dios con tan poca fe mostrada? ¿La respuesta obtenida ayudará a cambiar la realidad del mundo? Es común ante estos dilemas que se aflojen las ganas de conversar con Dios. Por eso hemos dicho que la impaciencia parece gobernar la vida del creyente.

Más allá de los análisis que podamos realizar al respecto, de sus causas y consecuencias, echemos un vistazo acerca de lo que la Biblia nos recomienda. En primer lugar debemos entender que las Escrituras no son un tratado de ética o moral para saber comportarnos en el mundo. Mucho menos constituyen un manual de buenas costumbres para relacionarnos con Dios. Lo que sí es cierto de la Biblia, aparte de los múltiples temas de los que trata, es que nos da unos consejos divinos que por su naturaleza son verdaderos. La Biblia se anticipa a nuestra inquietud y tiene la respuesta que esperábamos oír de los labios de Dios. Ella nos recomienda la paciencia, por lo tanto nuestra conducta impasible es un contrasentido ético frente a la palabra de Dios. Estad quietos, y conoced que yo soy Dios, dice en uno de sus textos. En quietud y reposo seréis salvos, leemos en otro de sus versos.

Pero en ocasiones las palabras son más abundantes y descubrimos ensayos o tratados acerca del tema que nos ocupa. Por un lado, Pablo nos recomienda a no estar afanosos por nada, sino a orar delante de Dios, para que sean conocidas nuestras peticiones con acción de gracias, de manera que la paz de Dios que sobrepasa nuestro entendimiento, guarde nuestros corazones en Cristo Jesús. Jesucristo enseñó que nuestro Padre celestial sabe de antemano de qué cosas tenemos necesidad, pero que debemos pedirlas.

Frente a este contexto de la oración y la sapiencia divina, obtenemos un aprendizaje de importancia. Dios quiere que lo tengamos por Padre, que nos relacionemos  como hijos que necesitados acudimos a Él para hallar aquello que buscamos. Al mismo tiempo, nos demuestra que el Padre es soberano, pues está en control de todos los detalles de este engranaje tan complejo que se llama mundo. Aún al malo ha hecho Dios para el día malo, de manera que las guerras, los rumores de guerras, son necesarios que acontezcan.

Pero Dios no solamente suple, sino que desea que sepamos el destino de todos aquellos que nos afligen sin causa. Uno de sus profetas escribió un tratado acerca de los malignos y lo hizo bajo la forma de un canto. Me refiero a David, cuando escribiera el Salmo 37: No te impacientes a causa de los malignos, ni tengas envidia de los que hacen iniquidad...No te alteres con motivo del que prospera en su camino, por el hombre que hace maldades. En este canto, el profeta describe al hombre malo, dice que toma prestado y no paga, que maquina contra el justo y cruje contra él sus dientes. Incluso desenvaina su espada y prepara el arco para matar, pero será en vano. Hay una razón esencial por la cual esto acontece: la existencia de Jacob y de Esaú. Sí, dos grupos de personas que aunque hechas de la misma masa son distinguidas por el Hacedor de todo: Porque los benditos de él heredarán la tierra; Y los malditos de él serán destruidos.

Esta es la clave de la solución a la impaciencia que tenemos en ocasiones, esta es la razón por la que el Salmo inicia con un llamado a no impacientarnos por causa de los malignos. Sabemos que Dios está airado contra el impío todos los días (Salmo 7:11). Entonces hay benditos y malditos, impíos y justos. Pero el error es suponer que esa calificación se hace en base a nuestra naturaleza, o a nuestros actos. La realidad es que nadie puede acusar a los escogidos de Dios porque ellos han sido justificados gratuitamente por Dios mismo a través de Jesucristo.

¿Qué les acontece a estos malditos de Dios? Serán cortados como la hierba, y como la hierba verde se secarán. Serán destruidos y en poco tiempo no existirán. El día del impío llega pronto, día en que sus brazos serán quebrados, en que su espada entrará en su mismo corazón. Ellos se disiparán como el humo, serán consumidos como la grasa de los carneros y su posteridad será extinguida.

¿Qué les acontece a los justos? Habitaremos en la tierra y nos apacentaremos de la verdad. Las peticiones de nuestro corazón serán concedidas porque nos deleitamos en Jehová; Jehová hará cuando nosotros le encomendamos nuestros caminos; exhibirá nuestra justicia como la luz y nuestro derecho como el mediodía. Incluso, cuando llegáremos a caer, no quedaremos postrados, porque Jehová sostiene nuestras manos.  La salvación de los justos es de Jehová, y Él es nuestra fortaleza en el tiempo de la angustia, Jehová nos ayudará, nos librará de los impíos y nos libertará de ellos y nos salvará, por la sencilla razón de que esperamos en Él.

¿Qué nos recomienda Dios hacer? Confiar y deleitarnos en Él, encomendarle nuestro camino y esperar. No alterarnos con motivo del que prospera en su camino; debemos dejar la ira y desechar el enojo. Simplemente, haciendo esto, tenemos la garantía de que viviremos para siempre, pero también veremos la recompensa de los hombres malos (impíos), porque Jehová ama la rectitud y no desampara a sus santos.

La próxima vez que veas perdida tu paciencia por causa de los malignos, o porque sientas que tus oraciones no son respondidas, lee y medita este Salmo para que puedas sentir el aliento necesario y proseguir adelante. Estamos muy contaminados de mundo, esto es, estamos muy entretenidos con él. Son demasiados los tentáculos del monstruo y con ellos nos atrapa, sobretodo cuando estamos descuidados. El mundo es como el caballo de Troya, pues contiene soldados ocultos que salen del regalo ofrecido para conquistar y atacar. David lo supo también, por eso dedicó más tiempo para estar con su Señor y buscó distraerse menos con los impíos. La amistad con el mundo es enemistad para con Dios.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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