Mi?rcoles, 02 de enero de 2013

Cuando el profeta Amós declaró en su libro que Jehová hacía tanto lo bueno como lo malo, estaba suministrando una definición muy específica de la soberanía de Dios. Normalmente leemos historias del Dios bueno, ese que se disfraza de pobre y llega a los hogares desposeídos para conceder deseos. La visión romántica acerca de Dios no es muy nueva, es casi tan vieja como la historia del Génesis. Ya en el Edén, Adán creyó en el Dios bueno descrito por la serpiente: que el hombre no moriría sino que adquiriría conocimiento haciéndose semejante a un dios. Por eso es relevante esta declaración de Amós, ya que combate contra el Dios romántico.


¿Habrá acontecido algo malo en la ciudad, el cual Jehová no haya hecho? (Amós 3:6). Esa pregunta retórica es una declaración porque no busca respuesta sino que la suministra. El contenido expuesto puede molestar nuestra sensibilidad en torno a una teología mal aprendida. Somos por naturaleza dualistas, preferimos ver la existencia de la vida bajo la metáfora del combate entre el bien y el mal. ¿No es más fácil suponer que Dios permite el mal porque el diablo tiene mucho poder? ¿No es más grato al alma imaginar que los que se pierden siguen el mal y no ven el bien que se ofrece ante ellos? ¿O no es mejor para la paz de la mente andar en el imaginario adventista que propaga la inexistencia del infierno? Ciertamente hay religiones más nobles que la propuesta por la teología cristiana.


Pero la Biblia enseña que hay caminos que al hombre parecen rectos, mas su fin es camino de muerte (Proverbios 16: 25). Una cosa es imaginar a un Dios de acuerdo a nuestras prerrogativas intelectuales, otra muy distinta es asumir al Dios de la Biblia. Resulta de vital importancia entender esta divergencia de criterios, pues el Dios confeccionado a nuestra medida es en realidad un ídolo, no el Dios revelado.


Los objetores del Dios bíblico aluden a la vía interpretativa para mostrar sus puntos de vista como los que son válidos. En la interpretación del discurso bíblico descansa la divergencia de criterio, no en la Palabra Revelada. Pero asumir su actitud implica partir de una ideología preconcebida para elaborar la estructura discursiva en aras de mostrarla como prueba de los criterios elegidos.
Los textos bíblicos han sido seleccionados, unos apartados para siempre, otros releídos, pues molestan al constructo preconcebido. El texto de Amós es uno que no se lee nunca en las sinagogas donde se reúne la gente que pretende estudiar al Creador, y si alguien lo asomara sería debatido como un problema de contexto, o aislado del resto de los versos de la Biblia. Sin embargo, lo que el profeta dijo fue enseñado por otros profetas. Isaías, por ejemplo, menciona que Dios es el creador de la adversidad. Salomón nos dice que el Señor ha hecho al malo para el día malo (Proverbios 16:4). Jesucristo nos repite que ha ocultado sus palabras en formas literarias difíciles de entender (las parábolas) para que los que la oigan no la entiendan y su sentido permanezca oculto de manera que no se puedan arrepentir. Solamente, agregó, a algunos les es dado el comprenderlas. Pablo, el apóstol, expuso abiertamente la doctrina de la elección de Dios bajo el criterio único de su placer, de la voluntad soberana de un Dios que aunque parezca injusto hace como quiere, siguiendo su propósito apartado del criterio de las obras. Estos enunciados escriturarios molestan al alma humana, chocan de frente contra el Dios preconcebido de la humanidad. Muchos predicadores y teólogos se ofenden con semejante cuerpo doctrinal, de la misma forma en que se ofendieron los judíos que exclamaron: dura es esta palabra, ¿quién la puede oír? (Juan 6: 60). Pero Jehová nos recuerda que no hay otro Dios fuera de él, y que no dará su alabanza a esculturas (imágenes mentales simbolizadas en obras artísticas enunciativas de otro Dios).


La recomendación de los profetas fue unánime al recordarnos que hemos de ir a la ley y al testimonio, a la palabra revelada. De lo contrario, se implica que no hemos creído la verdad. ¿Por qué razón le pareció repugnante a Arminio la doctrina de la predestinación? ¿Por qué sus discípulos continúan asumiendo que las palabras de la Biblia repugnan a la mente que concibe a un Dios de amor? Se asume que un Dios que es definido como amor puro (Dios es amor -1 Juan 4: 16) no puede darse a la tarea injusta de seleccionar a unos vasos para honra y a otros para destrucción, antes de que hiciesen bien o mal. El ejemplo mostrado por Pablo en romanos 9 afirma que Dios escogió a Jacob y a Esaú para dos destinos opuestos, el del cielo y el del infierno, de acuerdo a su soberana voluntad. Este hacer de Dios lo realizó antes de que hiciesen bien o mal, con el objeto de que la elección prevaleciese por sobre las obras. Al mismo tiempo, el otro propósito divino estuvo centrado en su propia gloria: la de su poder en los vasos preparados para ira y destrucción y la de su amor y gloria en los vasos preparados para honra.


Esta visión integral sacude la simiente de los que edificaron sobre la arena, pues es como ola gigante que arremete contra las construcciones sin fundamento sólido. Habíamos señalado antes que existen caminos que parecen rectos ante los hombres, pero basados en su propia opinión, mas su fin es destrucción y muerte. Los que centran su teología en el criterio de un Dios preconcebido y adaptado a su imagen y semejanza, se malogran cuando las aguas arremeten contra sus edificios. En cambio, aquellos que edificaron sobre la roca sólida que es el Cristo revelado, no temen ningún mal al ver venir las aguas de los ríos contra sus casas. Estos no pueden considerar repugnante la obra del Espíritu, ni sus declaraciones, pues este Espíritu interpreta la mente de Dios y nos enseña toda verdad. Los objetores olvidan que las palabras de Pablo no son de Pablo, sino del Espíritu de Dios, si es que la Biblia es la palabra inspirada de Dios.


No pocos han abjurado de tal Dios, presumiendo que su interpretación privada de la Biblia hace a Dios más justo. Asumen la defensa voluntaria de un Dios que es juzgado por la conciencia de sus abogados defensores. Pero ese Dios no pretende ocultar su actividad en la historia, ni ha ordenado a sus profetas esconder su responsabilidad en todo cuanto acontece en la humanidad creada. El ha declarado que los habitantes de la tierra son como nada, y como menos que nada. El ha ofrecido que mirará con desprecio al altivo, pero tendrá compasión de los humildes, que que se consagra como aquel que resiste a los soberbios y da gracia a los humildes. Pero aún el humilde podría gloriarse de su humildad si esta no le fuera otorgada por el mismo Dios Salvador.


El Dios de la providencia es quien ha querido presentarse como el autor de todo cuanto existe, lo cual incluye al malo (diablo) para el día malo. Ciertamente, hizo a Lucifer perfecto, hasta que fue hallado en él maldad. La arrogancia del ángel de luz fue tal que quiso ser como Dios, quiso ocupar su lugar. Esa es la misma pretensión que tienen los que intentan cambiar el rostro del Creador, haciendo imágenes que se parezcan a lo que su mente natural les dicta. Por eso algunos predicadores de importancia mundial han exclamado que reniegan de un Dios que tiene en su cuenta la sangre de las almas escogidas para perdición (véase la predicación que hiciera Spurgeon acerca de Jacob y Esaú). Pero el Dios de la Biblia insiste en responder que le es lícito hacer como quiere con lo que es suyo. El se proclama como el Alfarero que ha hecho incluso su propia masa, para moldear vasos de ira y deshonra y vasos de gloria y misericordia.


Ante su persistente declaración la lógica objetora se levanta y se pregunta: ¿Por qué, pues, inculpa? Pues, ¿quién ha resistido su voluntad? Este objetor mostrado por Pablo en romanos 9 es mucho más sensato que el predicador Spurgeon, o el pietista John Wesley, y todos sus discípulos modernos. El objetor presentado por Pablo tiene la virtud de que reconoce estar atrapado en los designios de un Dios implacable. Pero los objetores de ahora (incluyendo los dos clásicos mencionados) acuden al plano interpretativo y desvarían con su interpretación privada de las Escrituras. Estos alegan que tal Dios no es cónsono con el Dios de amor que ellos pretenden haber conocido; llegan más lejos que su modelo bíblico al afirmar que reniegan o abjuran de tal Dios, que tiene ante sus pies la sangre de las almas que Él mismo ha destinado para perdición. Además, su desvarío al abjurar y renegar les ha conducido a no querer compartir la eternidad con semejante Dios.


A los objetores de antaño y a los contemporáneos, la respuesta del Espíritu a través del apóstol es la misma: ¿Y quién eres tú para que alterques con Dios? ¿Acaso podrá la olla de barro decirle a su alfarero, por qué me has hecho así? ¿O no tiene potestad el alfarero para hacer de su propia masa un vaso para honra y otro para deshonra? ¿Y qué, si Dios, queriendo mostrar su ira y hacer notorio su poder, soportó con mucha paciencia los vasos de ira preparados para destrucción, y para hacer notorias las riquezas de su gloria, las mostró para con los vasos de misericordia que él preparó de antemano para gloria, a los cuales también ha llamado, esto es, a nosotros, no sólo de los judíos, sino también de los gentiles? (Romanos 9: 22-24).


El fin de todo este discurso insistente es dar la gloria debida al Dios de las Escrituras, exaltar su nombre temible entre las naciones, decirle al mundo que se aperciba de lo que le viene, por si acaso alguien es amonestado por el Espíritu para que se arrepienta y crea en el evangelio. Pablo soportaba todo por amor a los escogidos de Dios; de la misma manera estas exposiciones se hacen por amor a esos escogidos. El mecanismo para creer es activado por la palabra anunciada (id por todo el mundo y predicad este evangelio) de la gran comisión. La palabra de Dios no volverá a Él vacía, sino que hará lo que tenga previsto que haga. En algunas personas genera arrepentimiento de acuerdo a la voluntad de Dios y al acto operativo del Espíritu en el nuevo nacimiento; pero en otras, aparecerá mayor endurecimiento para cumplir también el propósito del Dios soberano que hace como quiere.
Lo cierto es que ante la pregunta clásica de por qué hay que predicar el evangelio, si ya Dios ha elegido quiénes habrán de creer y quiénes lo rechazarán, la respuesta es que no hay otro mecanismo diferente a la predicación, pues también dicen las Escrituras: ¿Cómo oirán si no hay quien les predique? ¿Y cómo predicarán si no fueren enviados? (Romanos 8). El Dios que predestinó el fin también estableció los medios para conseguir lo que se propuso.


Finalmente, he aquí un resumen de Isaías 53: yo Jehová, y ninguno más que yo, que formo la luz y creo las tinieblas, que hago la paz y creo la adversidad. Yo Jehová soy el que hago todo esto ... ¡Ay del que pleitea con su Hacedor! ¡el tiesto con los tiestos de la tierra! ¿Dirá el barro al que lo labra: ¿Qué haces?; o tu obra: No tiene manos? ¡Ay del que dice al padre: ¿Por qué engendraste? y a la mujer: ¿Por qué diste a luz?! Así dice Jehová, el Santo de Israel, y su Formador: Preguntadme de las cosas por venir; mandadme acerca de mis hijos, y acerca de la obra de mis manos. Yo hice la tierra, y creé sobre ella al hombre. Yo, mis manos, extendieron los cielos, y a todo su ejército mandé ... Confusos y avergonzados serán todos ellos; irán con afrenta todos los fabricadores de imágenes (imágenes mentales de un dios que no existe). Israel será salvo en Jehová con salvación eterna; no os avergonzaréis ni os afrentaréis, por todos los siglos. Porque así dijo Jehová, que creó los cielos; él es Dios, el que formó la tierra, el que la hizo y la compuso; no la creó en vano, para que fuese habitada la creó: Yo soy Jehová, y no hay otro. No hablé en secreto, en un lugar oscuro de la tierra; no dije a la descendencia de Jacob: En vano me buscáis. Yo soy Jehová que hablo justicia, que anuncio rectitud. Reuníos, y venid; juntaos todos los sobrevivientes de entre las naciones. No tienen conocimiento aquellos que erigen el madero de su ídolo, y los que ruegan a un dios que no salva (por inexistente). Proclamad, y hacedlos acercarse, y entren todos en consulta; ¿quién hizo oír esto desde el principio, y lo tiene dicho desde entonces, sino yo Jehová? Y no hay más Dios que yo; Dios justo y Salvador; ningún otro fuera de mí. Mirad a mí, y sed salvos, todos los términos de la tierra, porque yo soy Dios, y no hay más. Por mí mismo hice juramento, de mi boca salió palabra en justicia, y no será revocada: Que a mí se doblará toda rodilla, y jurará toda lengua. Y se dirá de mí: Ciertamente en Jehová está la justicia y la fuerza; a él vendrán, y todos los que contra él se enardecen serán avergonzados. En Jehová será justificada y se gloriará toda la descendencia de Israel (el Israel de Dios).

César Paredes
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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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