Domingo, 30 de diciembre de 2012

De tal manera amó Dios el mundo, dice uno de los textos más conocidos de las Escrituras. No solamente lo amó sino que lo hizo de tal forma que entregó a Su Hijo por  su pueblo escogido. La intensidad del adverbio en esta frase (de tal manera) implica que ese amor es superior por necesidad a cualquier otro tipo de amor. Si lo dio por cada uno de los miembros del mundo, entonces no se entiende como puede haber gente en el infierno. De manera que los que están en el infierno nunca fueron amados por Dios, por lo cual Su Hijo no los representó en la cruz. ¿Amó Dios a Judas, cuando lo escogió como hijo de perdición para entregar al Hijo? ¿Amó Dios a Faraón, cuando también lo levantó para hacer de él un paradigma de la justicia soberana de Dios? Si Dios dio o entregó a Su Hijo, lo hizo por su pueblo, por aquellos a quienes Él amó de tal manera.

Para que todo aquel que es creyente en Él no se pierda; pisteuon es el participio presente del verbo griego que significa creer. En el texto griego no dice para que todo aquel que crea, sino para que los creyentes tengan vida eterna. Una errónea o infeliz traducción no puede servir de mucha ayuda a los enemigos de la predestinación y de la expiación limitada de Cristo en la cruz. No todos en el mundo tienen la capacidad para creer, ni siquiera la oportunidad para hacerlo. A muchos ni siquiera se les ha predicado el evangelio, acerca de lo cual la Biblia enseña: ¿Cómo oirán si no hay quien les predique? Y Jesucristo dijo: Nadie viene al Padre sino por mí. De manera que si no se les predica el evangelio no podrán saber nada de Cristo, mucho menos podrán ir al Padre sin Él. Pero en caso de que alguien alegue que se le predicó el evangelio, todavía eso no sería suficiente, pues nadie puede ir a Cristo a menos que el Padre lo lleve a Él. Este círculo no se puede obviar, ya que Jesús dijo de los que no creían en Él que no podían porque no eran de sus ovejas (Juan 10).

Jesús hablaba con Nicodemo, un fariseo de la ley de Moisés, cuando le explicaba del amor de Dios por el mundo. Le acababa de mostrar la necesidad del nuevo nacimiento, asunto que al parecer el maestro de la ley no entendía. Jesús le hizo referencia a la serpiente en el desierto levantada por Moisés, símbolo suyo en ese preciso momento. Bajo este contexto del nuevo nacimiento y de la serpiente levantada en el desierto, le expuso acerca del gran amor por el mundo (Kosmos), pero no el mundo en forma distributiva sino colectiva. En otros términos, Dios no amó a cada uno de los habitantes del mundo, sino que su amor siempre efectivo, eficaz y eficiente, se mostró para con el mundo a quien Cristo vino a representar. En Mateo 1:21 un ángel le explica a José la razón del nombre que habría de colocarle al niño: Jesús, pues salvaría a su pueblo de sus pecados. La misma serpiente en el desierto estuvo reservada para el pueblo de Israel, no para el resto del mundo.

Sin embargo, con el nacimiento de la iglesia, surge el llamado a los gentiles, es decir, al resto del mundo no judío. Pablo expone en Romanos 11 el endurecimiento de Israel como una necesidad para que se abriera el compás de tiempo para los gentiles. Una vez que este tiempo se cumpla, Israel entenderá lo del Mesías que ya vino y será salvo. De manera que el amor de Dios por el mundo, descrito en Juan 3:16, no es un amor distributivo para toda la raza humana, sino colectivo en representación de la humanidad (ya que no incluye a todos los judíos ni a todos los gentiles, sino a muchos: Isaías 53:11).

Al leer Ezequiel 33 encontramos algo interesante para nuestro análisis: ¿Desea Dios algo que no puede hacer? Dice que no desea la muerte del impío, pero sin embargo el impío se pierde. O tal vez, como desea que el impío se vuelva de su camino, todos los hombres serán salvos. Si lo miramos a simple vista encontramos una paradoja: Dios Todopoderoso desea algo que no puede lograr. Para evitar esa contradicción muchos apuestan a un Dios universalista: Dios desea que el impío no perezca, por lo tanto los salva a todos. Algunos teólogos acuden al Teísmo Abierto, especie de doctrina que sostiene que Dios desconoce las contingencias, por lo cual el futuro le es incierto, y está a la espera de lo que haga el hombre para apoyarlo o para dejarlo en su desvarío.

Al intentar resolver una paradoja generan otra, de acuerdo al contexto bíblico general. Jesús habló del infierno más que ningún otro personaje de la Biblia. Es por ello que conviene entender el contexto en que Dios le dijo la frase a su profeta Ezequiel.

Los judíos estaban cautivos en Babilonia, y Dios anunciaba que los hijos no pagarían la culpa de sus padres. Está hablando con Ezequiel su profeta para advertirle acerca de la función del atalaya: tocar trompeta y anunciar con su sonido el peligro de la espada sobre la tierra (espada enviada incluso por Jehová). Si el atalaya cumple su función, la sangre derramada del que no se aperciba caerá sobre el descuidado que perece; pero si el atalaya no tocare la trompeta, la sangre derramada caerá sobre el atalaya, a pesar de que el pueblo haya sido tomado por causa de su pecado (Ezequiel 33: 1-9).

Dios enfatiza que había puesto a Ezequiel por atalaya sobre la casa cautiva de Israel, para amonestarlos de parte de Jehová. La queja de la casa de Israel era que estaban conscientes de sus rebeliones y pecados que caían como un fardo sobre sus cabezas, por lo cual tenían la garantía de que iban a perecer, por cuya razón se preguntaban ¿cómo, pues, viviremos? Ante esta interrogante Jehová respondió: Vivo yo, dice Jehová el Señor, que no quiero la muerte del impío, sino que se vuelva el impío de su camino, y que viva. Volveos, volveos de vuestros malos caminos; ¿por qué moriréis, oh casa de Israel? (verso 11). Y tú, hijo de hombre, di a los hijos de tu pueblo: La justicia del justo no lo librará el día que se rebelare; y la impiedad del impío no le será estorbo el día que se volviere de su impiedad; y el justo no podrá vivir por su justicia el día que pecare. (verso12).

En realidad Dios no castiga al impío por el placer de castigarlo, sino por su propia gloria (Romanos 9). Sin embargo, lo que estos textos muestran sirve de comprensión para la tesis del Dios soberano. 1) Dios envía atalayas a su pueblo (en este caso específico se habla de la casa de Israel, no del resto del mundo); 2) Había gente que se creía justa, por lo cual su injusticia manifiesta en el día de su rebelión lo delataría para castigo; 3) Asimismo, otros eran considerados impíos (pecadores) pero se arrepentían y se volvían de su mal camino, lo cual abogaba su causa; 4) Dado que todos son impíos en sentido general, es decir, pecadores, Dios no quiere la muerte de los pecadores a los cuales Él da arrepentimiento; 5) La queja de la casa de Israel acerca de cómo vivir si eran víctimas de su pecado fue resuelta con la manifestación de Dios de que no quería la muerte del impío arrepentido; 6) En este contexto se habla de espada enviada por Jehová, y la muerte mencionada se refiere a la física, no necesariamente a la muerte espiritual; 7) Entender el texto en un sentido amplio referido a toda la humanidad no hace justicia al contexto del atalaya enviado, Ezequiel, a la casa de Israel. Por ningún lado se menciona el envío de atalayas al resto de los pueblos del planeta.  Inferir que estos textos hacen alusión a un deseo general de Dios para con toda la humanidad no le hace justicia a Dios. Sabemos que muchos perecen, de manera que si el deseo de Dios para con este grupo específico de la casa de Israel en tiempos de Ezequiel se extiende a toda la humanidad, estaríamos en presencia de un Dios frustrado y contradiría la Biblia. Jehová está en los cielos, todo lo que quiso ha hecho (Salmo 115:3).

El apóstol Pablo escribió en su carta a los romanos, que nadie podrá acusar a los escogidos de Dios, pues Él es el que justifica. De manera que en comparación con este texto de Ezequiel 33 y también del capítulo 18, el contraste es muy relevante. En el Antiguo Testamento se habla de un Israel histórico, afligido en la cautividad de Babilonia, a quien Jehová responde su queja. En el Nuevo Testamento, Pablo habla de los escogidos de Dios para salvación, los cuales no podrán ser separados del amor de Dios que es en Cristo Jesús, nuestro Señor. De éstos, el apóstol asegura lo siguiente: 1) No existe ninguna condenación, porque hemos sido justificados por la fe en Cristo Jesús; 2) estas personas no pueden andar según la carne (voluntad de varón) sino por el Espíritu (el mismo que da el nuevo nacimiento); 3) hemos sido librados de la ley del pecado y de la muerte (no en el mismo contexto de los israelitas de Ezequiel 33 y 18);  4) la razón estriba en la imposibilidad de la ley (del Antiguo Testamento, la referencia de  Ezequiel), y en la justicia de la ley cumplida en nosotros por Jesucristo; 5) por tener el Espíritu de Cristo, somos de Dios (la casa de Israel en Babilonia no tenía el Espíritu de Cristo); 6) hemos llegado a ser hechos hijos de Dios, por lo cual clamamos ¡Abba, Padre!; 7) esperamos la adopción, la redención de nuestro cuerpo; 8) el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad (ese es nuestro Atalaya, colocado en el corazón de carne ofrecido), en nuestras oraciones, por lo cual  todas las cosas nos ayudan a bien, ya que hemos sido llamados conforme a su propósito y por eso le amamos; 9) si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros? (Romanos 8). 

 

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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