Lunes, 17 de diciembre de 2012

La doctrina del Derecho sostiene la tesis de la responsabilidad en los casos de los accidentes de tránsito. Esta doctrina fue creada por los franceses, para dar solución a un vacío jurídico en el sistema legal de ese país; su aparición permitió que otras naciones la adoptaran con el fin igual de solventar sus problemas legales en hechos similares. Sucedía que en un choque, a manera de ejemplo, de un vehículo contra un objeto determinado -que bien puede ser otro auto- no era la voluntad del conductor el tener dicho accidente. El Código Civil no podía establecer la culpa (que se da por negligencia, impericia o desacato de las normas), ni el dolo (la mala intención al hacer el daño), de tal forma que el conductor quedaba libre en sus alegatos de pagar daños a terceros involucrados o a quien había agredido con su automóvil.

La doctrina de la responsabilidad jurídica asume que el conductor de un vehículo -más allá de no tener culpa ni dolo- es responsable de sus actos, por lo cual debe responder por los daños ocasionados. Este hecho ilustra muy bien el punto teológico de la doctrina de la responsabilidad humana frente a su Creador. Más allá de que no sea su voluntad el violar la norma espiritual, el hombre es responsable de sus actos. En el capítulo nueve de la carta a los romanos, Pablo describe a un objetor supuesto que se levanta contra la tesis de la predestinación de Dios. Este objetor es una persona inteligente y razonadora,  lo que se demuestra en la exposición de su argumento. Si Dios es Todopoderoso, si Dios predestina todo cuanto acontece, entonces ¿cómo vengo yo a ser responsable de lo que hago? ¿No es acaso Dios el único responsable de todo cuanto ocurre en el universo, y por ende en la tierra y en mis circunstancias?

A primera vista se ve lógico el planteamiento, además de que suena muy válido su razonar. Pero el apóstol Pablo da la explicación que muchos predicadores han obviado, porque la consideran un atentado contra el humanismo. Es una agresión que espanta a las masas de las iglesias, con el vaciado de las arcas en consecuencia; de igual forma, disminuyen sus propios logros, el de salvar almas. Hay quienes pretenden ver el contraargumento del objetor en el plano estrictamente judicial, alejándolo del área metafísica en que ha sido planteado. El objetor no pretende creer o no creer en Dios, simplemente se confronta con el razonamiento de las Escrituras. Por lo tanto, es un objetor metafísico, pues está batallando con un planteamiento del Espíritu escrito por Pablo. La respuesta que él exige ha de ser metafísica, no de otra índole.

Pablo declaraba desde el inicio del capítulo nueve de su carta a los romanos, que tenía profundo dolor en su corazón por causa de sus parientes según la carne, quienes constituyen parte de un pueblo llamado a llevar la palabra de Dios por el mundo conocido. El mismo apóstol llega al punto de tan cruento sufrimiento personal que prefiere él ser anatema, esto es, maldito, por causa de esos parientes. Sin embargo, sabe que esto no le es posible, y pese a su clamor y gemir sigue exponiendo el argumento en forma límpida, relatando lo expuesto por el objetor inteligente en el bando contrario. El apóstol llega a permitir la exposición en pro de la defensa de los otros, de aquellos que no fueron escogidos para salvación, sino más bien guardados para la condenación desde la fundación del mundo.

El punto presentado por Pablo es muy grave para la teología cristiana embebida en el ambiente humanista.  Es como un espantapájaros que aleja a las aves de la rica comida que proporcionan los granos. En la mente de la mayoría de los predicadores del evangelio relativo (por poner un nombre particular al concepto que queremos exponer) la tesis del apóstol debe ser planteada a nivel judicial y no metafísico. Ellos suponen que lo contrario implicaría una condena a Dios por lo que presuntamente dijo. Desconocen, tal vez sin saber que lo ignoran, que le están dando la razón al objetor antes que al Espíritu. De esta forma, no pueden alegar el no ser responsables de lo que dicen contra el Altísimo.

La iglesia institucional ha debatido desde hace siglos este punto y se ha inclinado últimamente por adoptar la posición humanista que acerca al hombre a una alegría efímera otorgada por la organización eclesiástica, pero que lo aleja cada vez más de la doctrina real de las Escrituras. En este sentido, se convierten en ciegos guías de ciegos, apuntando ambos a caer en el mismo hueco. Lo que molesta del planteamiento del Espíritu es que haya dicho que antes de que hiciesen bien o mal, Jacob y Esaú fueron escogidos uno para salvación y otro para condenación. Esta escogencia por parte del Padre exacerba los espíritus que todavía sueñan con las brisas de la libertad obtenida en el Edén, cuando Eva y Adán se independizaron del Creador. Se independizaron en apariencia, pues el objetor presentado por Pablo eleva su argumento al punto de entender con suma inteligencia que nadie puede resistir la voluntad de Dios. Entonces, esto nos lleva por fuerza a entender que aún la caída del hombre estuvo planificada por el Padre.

No podría ser de otro modo, pues la Biblia declara que el cordero estuvo preparado desde antes de la fundación del mundo (1 Pedro 1:20), lo cual supone que la caída estuvo prevista y la solución no fue ningún plan accidental o plan B por parte del Creador. Contra este argumento del Espíritu, los objetores modernos difieren no sólo del Espíritu sino del objetor inicial presentado por Pablo. Estos de ahora dicen que el texto se refiere a dos pueblos representados por los gemelos de Isaac, pero el texto no lo soporta. Pablo era israelita, descendiente de la tribu de Benjamín; había sido fariseo, docto de la ley, por lo tanto tenía padres y parientes israelitas. ¿Por qué iba a estar con tanto pesar y dolor por sus parientes según la carne, si ya ellos eran israelitas? El tema central del capítulo nueve de la carta a los romanos no es el dolor del apóstol por unos parientes extranjeros, sino porque sabía que muchos de ellos -sea que se refiera a sus familiares sanguíneos o a parientes de raza- habían sido escogidos para tener un destino similar al de Esaú. Esa es la razón por la cual él quería ser anatema, si le hubiese sido posible. Esa es la razón por la cual aparece el objetor.

El objetor no está haciendo ningún reclamo respecto a ciudadanías o pertenencias a pueblos determinados. No se inclina por nación alguna, sino que monta su argumento sobre el hecho de saber que no es posible resistir la voluntad de Dios. La angustia de Pablo es la misma del objetor, pero desde otro ángulo, pero sirve para demostrar que la preocupación lógica no se puede desviar a un hecho tan trivial como la aparición de naciones confrontadas, como si se tratase de un asunto patriótico. El capítulo nueve de Romanos no habla de patriotismo sino de la elección que permanece por parte del elector.

A Jacob amé, mas a Esaú aborrecí. ¿Por qué, pues, Dios inculpa? ¿Quién puede resistir su voluntad? La voluntad de Dios era que Esaú vendiera su primogenitura por un plato de lentejas y que Jacob se la comprase con el chantaje del hambre a su hermano. Se acrecienta la protesta por cuanto se dice que este acto no fue en ningún momento judicial, sino metafísico. Ese es el planteamiento que causa furor, pues es mucho más aceptable saber que hay un castigo derivado de una culpa, que un castigo derivado de la responsabilidad que escapa a mi culpa. De nuevo, sirva el ejemplo inicial de la doctrina del Derecho. Si voy conduciendo mi automóvil, a baja velocidad y con absoluta prudencia, y una llanta estalla dando origen a un accidente, yo soy responsable de lo que acontece. Para eso existen las compañías de seguros que pueden cubrir tales daños, pero no existe legislación alguna que me exonere per se.   

Jacob y Esaú fueron escogidos para dos destinos opuestos; el lenguaje del Espíritu es tan claro como abrumador: a uno amó Dios y a otro odió. Pero lo extrajudicial del asunto estremece tanto a Pablo el creyente como al objetor incrédulo. Esto lo hizo Dios, aclara el Espíritu a través del apóstol, antes de que hiciesen bien o mal. De esta manera se demuestra que no fue necesaria la aparición del pecado en la historia humana para el destino prefijado por el Creador sobre sus criaturas. Tal argumento bíblico desespera a la razón humana que pretende elegir en base a un hipotético y mentiroso libre albedrío que nunca ha tenido ni nunca tendrá. Pero el objetor bíblico es mucho más teológico que los que le sucedieron, pues aquél se circunscribió al plano metafísico y no al judicial.

El objetor de ahora argumenta judicialmente cuando esgrime que un hombre como Esaú merece el castigo eterno por haber vendido su primogenitura, y por haber despreciado de esa manera la gracia de Dios. Sin embargo, el objetor bíblico plantea su argumento metafísicamente y concede a Pablo y al Espíritu la veracidad de lo planteado, por lo cual objeta con mucha razón: ¿Por qué, pues, inculpa? ¿Quién ha resistido su voluntad? Lo interesante es que esta interrogante no se quedó sin respuesta, ya que de inmediato la respuesta del Espíritu fue: ¿Y quién eres tú, para que alterques con tu creador? ¿Podrá decirle el vaso de barro a quien lo formó, por qué me hiciste así? ¿No tiene potestad el alfarero para hacer un vaso para honra y otro para deshonra? Dios ha soportado con mucha paciencia los vasos de ira preparados para el día de la ira, y ha preparado asimismo vasos para su gloria.

En síntesis, el propósito de la salvación y de la condenación se mantiene por el elector, no por las obras. Esa es la gran conclusión del apóstol, por lo cual demuestra la absoluta soberanía de Dios en todas las áreas humanas o universales. Fue por eso que había declarado en capítulo anterior: Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros? (Romanos 8: 31). El que no escatimó ni a su propio Hijo, ¿cómo no nos dará con él todas las cosas? Ni la muerte, ni la vida, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna cosa creada, nos podrá separar del amor de Dios que es en Cristo Jesús. De allí que a los que aman a Dios todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados. Y si amamos a Dios es porque Él nos amó primero.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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